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El liberalismo es pecado

Asesinato colectivo

Felix Sardà i Salvany

I.-¿EXISTE HOY DÍA ALGO QUE SE LLAMA LIBERALISMO?

Ciertamente: y parecerá ocioso que nos entretengamos en demostrar este aserto. A no ser que todos los hombres de todas las naciones de Europa y de América, regiones principalmente infestadas de esta epidemia, hayamos convenido en engañarnos y en hacer del engañado, existe hoy día en el mundo una escuela, sistema, partido, secta, o llámase como se quiera, que por amigos y enemigos se conoce con el nombre de Liberalismo.

Los periódicos y Asociaciones y Gobiernos suyos se apellidan con toda franqueza liberales; sus adversarios se lo echan en rostro, y ellos no protestan, ni siquiera lo excusan ni atenúan. Más aún: se lee cada día que hay corrientes liberales, tendencias liberales, reformas liberales, proyectos liberales, personajes liberales, fechas y recuerdos liberales, ideales y programas liberales; y al revés, se llaman antiliberales, o clericales, o reaccionarios, o ultramontanos, todos los conceptos opuestos a los significados por aquellas expresiones Hay, pues, en el mundo actual una cierta cosa que se llama Liberalismo, y hay a su vez otra cierta cosa que se llama Antiliberalismo. Es, pues, como muy acertadamente se ha dicho, palabra de división, pues tiene perfectamente dividido el mundo en dos campos opuestos.

Mas no es sólo palabra, pues a toda palabra debe corresponder una idea; ni es sólo idea, pues a tal idea vemos que corresponde de hecho todo un orden de acontecimientos exteriores. Hay, pues, Liberalismo, es decir, hay doctrinas liberales y hay obras liberales, y en consecuencia hay hombres, que son los que profesan aquellas doctrinas y practican estas obras. Tales hombres no son individuos aislados, sino que viven y obran como agrupación organizada, con jefes reconocidos, con dependencia de ellos, con fin unánimemente aceptado. El Liberalismo, pues, no sólo es idea y doctrina y obra, sino que es secta.

Liberales

Queda, pues, sentado que cuando tratamos de Liberalismo y de liberales no estudiamos seres fantásticos o puros conceptos de razón, sino verdaderas y palpables realidades del mundo exterior. ¡Harto verdaderas y palpables por nuestra desdicha!

Sin duda habrán observado nuestros lectores, que la preocupación primera que se nota en tiempos de epidemia es siempre la de pretender que no existe tal epidemia. No hay memoria en las diferentes que nos han afligido en el siglo actual, o en los pasados, de que ni una sola vez haya dejado de presentarse este fenómeno. La enfermedad lleva ya devoradas en silencio gran número de víctimas cuando se empieza a reconocer que existe, diezmando la población. Los partes oficiales han sido alguna vez los más entusiastas propagadores de la mentira; y casos se han dado en que por la Autoridad han llegado a imponerse penas a los que asegurasen que el contagio era verdad. Análogo es lo que acontece en el orden moral de que estamos tratando. Después de cincuenta años o más de vivir en pleno Liberalismo, todavía hemos oído a personas respetabilísimas preguntarnos con asombrosa candidez: “¡Vaya! ¿Tomáis en serio eso del Liberalismo? ¿Son éstas, por ventura, más que exageraciones del rencor político? ¿No valdría más hacer caso omiso de esa palabra que a todos nos trae divididos y enconados?, ¡Tristísima señal cuando la infección está de tal suerte en la atmósfera, que por la costumbre no la perciben ya la mayor parte de los que la respiran!

Hay, pues, Liberalismo, caro lector; y de esto no te permitas nunca dudar.

II.- ¿QUÉ ES EL LIBERALISMO?

Al estudiar un objeto cualquiera, después de la pregunta: an sit? hacían los antiguos escolásticos la siguiente: quid sit? y ésta es la que nos va a ocupar en el presente capítulo.

¿Qué es el Liberalismo? En el orden de las ideas es un conjunto de ideas falsas; en el orden de los hechos es un conjunto de hechos criminales, consecuencia práctica de aquellas ideas.

En el orden de las ideas el Liberalismo es el conjunto de lo que se llaman principios liberales, con las consecuencias lógicas que de ellos se derivan. Principios liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta, asimismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo.

El fondo común de ellos es el racionalismo individual, el racionalismo político y el racionalismo social. Derívanse de ellos la libertad de cultos más o menos restringida; la supremacía del Estado en sus relaciones con la Iglesia; la enseñanza laica o independiente sin ningún lazo con la Religión; el matrimonio legalizado y sancionado por la intervención única del Estado: su última palabra, la que todo lo abarca y sintetiza, es la palabra secularización, es decir, la no intervención de la Religión en acto alguno de la vida pública, verdadero ateísmo social, que es la última consecuencia del Liberalismo.

En el orden de los hechos el Liberalismo es un conjunto de obras inspiradas por aquellos principios y reguladas por ellos. Como, por ejemplo, las leyes de desamortización; la expulsión de las ordenes religiosas; los atentados de todo género, oficiales y extraoficiales, contra la libertad de la Iglesia; la corrupción y el error públicamente autorizado en la tribuna, en la prensa, en las diversiones, en las costumbres; la guerra sistemática al Catolicismo, al que se apoda con los nombres de clericalismo, teocracia, ultramontanismo, etc., etc.

Es imposible enumerar y clasificar los hechos que constituyen el procedimiento práctico liberal, pues comprenden desde el ministro y el diplomático que legislan o intrigan, hasta el demagogo que perora en el club o asesina en la calle; desde el tratado internacional o la guerra inicua que usurpa al Papa su temporal principado, hasta la mano codiciosa que roba la dote de la monja o se incauta de la lámpara del altar desde el libro profundo y sabihondo que se da de texto en la universidad o instituto, hasta la vil caricatura que regocija a los pilletes en la taberna. El Liberalismo práctico es un mundo completo de máximas, modas, artes, literatura, diplomacia, leyes, maquinaciones y atropellos enteramente suyos. Es el mundo de Luzbel, disfrazado hoy día con aquel nombre, y en radical oposición y lucha con la sociedad de los hijos de Dios, que es la Iglesia de Jesucristo.

He aquí, pues, retratado, como doctrina y como práctica, el Liberalismo.

III.- SI ES PECADO EL LIBERALISMO, Y QUÉ PECADO ES..

El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos.

En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas. En el orden de los hechos es pecado contra los diversos Mandamientos de la ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende todas: en el orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona.

Procedamos por parte en la demostración.

En el orden de las doctrinas el liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana. El liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social, o criterio público, en la sociedad. Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admitido. Niega la jurisdicción absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisdicción delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sea, recibió de Dios la Cabeza visible de la Iglesia. Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin. Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento. Niega el magisterio infalible de la Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas. Y después de esta negación general y en global, niega cada uno de los dogmas, parcialmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentra opuestos a su criterio racionalista. Así niega la fe del Bautismo cuando admite o supone la igualdad de todos los cultos; niega la santidad del matrimonio cuando sienta la doctrina del llamado matrimonio civil; niega la infalibilidad del Pontífice Romano cuando rehúsa admitir como ley sus oficiales mandatos y enseñanzas, sujetándolos a su pase o exequatur, no como en su principio para asegurarse de la autenticidad, sino para juzgar del contenido.

En el orden de los hechos es radical inmoralidad. Lo es porque destruye el principio o regla eterna de Dios imponiéndose a la humana; canoniza el absurdo principio de la moral independiente, que es en el fondo la moral sin ley, o lo que es lo mismo, la moral libre, o sea una moral que no es moral, pues la idea de moral además de su condición directiva, encierra esencialmente la idea de enfrentamiento o limitación Además, el Liberalismo es toda inmoralidad, porque en su proceso histórico ha cometido y sancionado como lícita la infracción de todos los mandamientos, desde el que manda el culto de un solo Dios, que es el primero del Decálogo, hasta el que prescribe el pago de los derechos temporales a la Iglesia, que es el último de los cinco de ella.

Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ex genere suo, gravísimo; es pecado mortal.

IV.- DE LA ESPECIAL GRAVEDAD DEL PECADO DEL LIBERALISMO.

Enseña la teología católica que no todos los pecados graves son igualmente graves, aun dentro de su esencial condición que los distingue de los pecados veniales. Hay grados en el pecado, aun dentro de la categoría de pecado mortal, como hay grados en la obra buena dentro de la categoría de obra buena y ajustada a la ley de Dios. Así el pecado directo contra Dios, como la blasfemia, es pecado mortal más grave de sí que el pecado directo contra el hombre, como es el robo. Ahora bien, a excepción del odio formal contra Dios y de la desesperación absoluta, que rarísimas veces se cometen por la criatura, como no sea en el infierno, los pecados más graves de todos son los pecados contra la fe. La razón es evidente. La fe es el fundamento de todo orden sobrenatural; el pecado es pecado en cuanto ataca cualquiera de los puntos de este orden sobrenatural; es, pues, pecado máximo el que ataca el fundamento máximo de dicho orden.

Un ejemplo lo aclarará. Se ocasiona una herida al árbol cortándole cualquiera de sus ramas; se le ocasiona herida mayor cuando es más importante la rama que se le destruye; se le ocasiona herida máxima o radical si se le corta por su tronco o raíz. San Agustín, citado por Santo Tomás, hablando del pecado contra la fe, dice con fórmula incontestable: Hoc est peccatum quo tenentur cuncta peccata: “Pecado es éste en que se contienen todos los pecados”. Y el mismo Ángel de las Escuelas discurre sobre este punto, como siempre, con su acostumbrada claridad. “Tanto, dice, es más grave un pecado, cuanto por él se separa más el hombre de Dios. Por el pecado contra la fe se separa lo más que puede de El, pues se priva de su verdadero conocimiento; por donde, concluye el santo Doctor, el pecado contra la fe es el mayor que se conoce”

Pero es mayor todavía cuando el pecado contra la fe no es simplemente carencia culpable de esta virtud y conocimiento, sino que es negación y combate formal contra dogmas expresamente definidos por la revelación divina. Entonces el pecado contra la fe, de suyo gravísimo, adquiere una gravedad mayor, que constituye lo que se llama herejía. Incluye toda la malicia de la infidelidad, más la protesta expresa contra una enseñanza de la fe, o la protesta expresa a una enseñanza que por falsa y errónea es condenada por la misma fe.

Añade al pecado gravísimo contra le fe la terquedad y contumacia en él, y una cierta orgullosa preferencia: la da razón propia sobre la razón de Dios.

De consiguiente, las doctrinas heréticas y las obras hereticales constituyen el pecado mayor de todos, a excepción de los arriba dichos, de los que, como ya dijimos, sólo son capaces por lo común el demonio y los condenados.

De consiguiente, el Liberalismo, que es herejía, y las otras liberales, que son obras hereticales, son el pecado máximo que se conoce en el código de la ley cristiana.

De consiguiente (salvo los casos de buena fe, de ignorancia y de indeliberación), ser liberal es más pecado que ser blasfemo, ladrón, adúltero u homicida, o cualquier otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga su justicia infinita.

No lo comprende así el moderno Naturalismo; pero siempre lo creyeron así las leyes de los Estados cristianos hasta el advenimiento de la presente era liberal, y sigue enseñándolo así la ley de la Iglesia, y sigue juzgando y condenando así al tribunal de Dios. Sí, la herejía y las obras hereticales son los peores pecados de todos, y por tanto el Liberalismo y los actos liberales son ex genere sue, el mal sobre todo mal.

V.- DE LOS DIFERENTES GRADOS QUE PUEDE HABER Y HAY DENTRO DE LA UNIDAD ESPECÍFICA DEL LIBERALISMO .

El Liberalismo como sistema de doctrina puede apellidarse escuela; como organización de adeptos para difundirlas y propagarlas, secta; como agrupación de hombres dedicados a hacerlas prevalecer en la esfera del derecho público, partido. Pero, ya se considere al Liberalismo como escuela, como secta, ya como partido, ofrece dentro de su unidad lógica y específica varios grados o matices que con viene al teólogo cristiano estudiar y exponer.

Ante todo conviene hacer notar que el Liberalismo es uno, es decir, constituye un organismo de errores perfecta y lógicamente encadenados, motivo por el cual se le llama sistema. En efecto, partiendo en él del principio fundamental de que el hombre y la sociedad son perfectamente autónomos o libres con absoluta independencia de todo otro criterio natural o sobrenatural que no sea el suyo propio, síguese por una perfecta ilación de consecuencias todo lo que en nombre de él proclama la demagogia más avanzada.

La Revolución no tiene de grande sino su inflexible lógica Hasta los actos más despóticos, que ejecuta en nombre de la libertad, y que a primera vista tachamos todos de monstruosas inconsecuencias, obedecen a una lógica altísima y superior. Porque reconociendo la sociedad por única ley social el criterio de los más, sin otra norma o regulador, ¿cómo puede negarse perfecto derecho al Estado para cometer cualquier atropello contra la Iglesia siempre y cuando, según aquel su único criterio social, sea conveniente cometerlo? Admitido que los más son los que tienen siempre razón, queda admitida por ende como única ley la del más fuerte, y por tanto muy lógicamente se puede llegar hasta la última brutalidad.

Mas a pesar de esta unidad lógica del sistema, los hombres no son lógicos siempre, y esto produce dentro de aquella unidad la más asombrosa variedad o gradación de tintas. Las doctrinas se derivan necesariamente y por su propia virtud unas de otras; pero los hombres al aplicarlas son por lo común ilógicos e inconsecuentes.

Los hombres, llevando hasta sus últimas consecuencias sus principios, serían todos santos cuando sus principios fuesen buenos, y serían todos demonios del infierno cuando sus principios fuesen malos. La inconsecuencia es la que hace, de los hombres buenos y de los malos, buenos a medias y malos no rematados.

Aplicando estas observaciones al asunto presente del Liberalismo diremos: que liberales completos se encuentran relativamente pocos gracias a Dios; lo cual no obsta para que los más, aún sin haber llegado al último límite de depravación liberal, sean verdaderos liberales, es decir, verdaderos discípulos o partidarios o sectarios del Liberalismo, según que el Liberalismo se considere como escuela, secta o partido.

Examinemos estas variedades de la familia liberal.

Hay liberales que aceptan los principios, pero rehuyen las consecuencias, a lo menos las más crudas y extremadas. otros aceptan alguna que otra consecuencia o aplicación que les halaga, pero haciéndose los escrupulosos en aceptar radicalmente los principios. Quisieran unos el Liberalismo aplicado tan sólo a la enseñanza; otros a la economía civil; otros tan sólo a las formas políticas. Sólo los más avanzados predican su natural aplicación a todo y para todo. Las atenuaciones y mutilaciones del credo liberal son tantas cuantos son los interesados por su aplicación perjudicados o favorecidos; pues generalmente existe el error de creer que el hombre piensa con la inteligencia, cuando lo usual es que piense con el corazón, y aun muchas veces con el estómago.

De aquí los diferentes partidos liberales que pregonan Liberalismo de tantos o cuantos grados, como expende el tabernero el aguardiente de tantos o cuantos grados, a gusto del consumidor. De aquí que no haya liberal para quien su vecino más avanzado no sea un brutal demagogo, o su vecino menos avanzado un furibundo reaccionario. Es asunto de escala alcohólica y nada más. Pero así los que mojigatamente bautizaron en Cádiz su Liberalismo con la invocación de la Santísima Trinidad, como los que en estos últimos tiempos le han puesto por emblema ¡Guerra a Dios! están dentro de tal escala liberal, y la prueba es que todos aceptan, y en caso apurado invocan, este común denominador. El criterio liberal o independiente es uno en ellos, aunque sean en cada cual más o menos acentuadas las aplicaciones. ¿De qué depende esta mayor o menor acentuación? De los intereses muchas veces; del temperamento no pocas; de ciertos lastres de educación que impiden a unos tomar el paso precipitado que toman otros; de respetos humanos tal vez o de consideraciones de familia; de relaciones y amistades contraídas, etc., etc.

Sin contar la táctica satánica que a veces aconseja al hombre no extremar una idea para no alarmar, y para lograr hacerla más viable y pasadera; lo cual, sin juicio temerario, se puede afirmar de ciertos liberales conservadores, en los cuales el conservador no suele ser más que la máscara o envoltura del franco demagogo. Mas en la generalidad de los liberales a medias, la caridad puede suponer cierta dosis de candor y de natural bonhomia o boteria, que si no los hace del todo irresponsables, como diremos después, obliga no obstante a que se les tenga alguna compasión.

Quedamos, pues, curioso lector, en que el Liberalismo es uno solo; pero liberales los hay, como sucede con el mal vino, de diferente color y saber.

VI.- DEL LLAMADO LIBERALISMO CATÓLICO O CATOLICISMO LIBERAL.

De todas las inconsecuencias y antinomias que se encuentran en las gradaciones medias del Liberalismo, la más repugnante de todas y la más odiosa es la que pretende nada menos que la unión del Liberalismo con el Catolicismo, para formar lo que se conoce en la historia de los modernos desvaríos con el nombre de Liberalismo católico o Catolicismo liberal. Y no obstante han pagado tributo a este absurdo preclaras inteligencias y honradísimos corazones, que no podemos menos de creer bien intencionados. Ha tenido su época de moda y prestigio, que, gracias al cielo, va pasando o ha pasado ya.

Nació este funesto error de un deseo exagerado de poner conciliación y paz entre doctrinas que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas. El Liberalismo es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social; el Catolicismo es el dogma de la sujeción absoluta de la razón individual y social a la ley de Dios. ¿Cómo conciliar el sí y el no de tan opuestas doctrinas? A los fundadores del Liberalismo católico pareció cosa fácil. Discurrieron una razón individual ligada a la ley del Evangelio, pero coexistiendo con ella una razón pública o social libre de toda traba en este particular. Dijeron: “EI Estado como tal Estado no debe tener Religión, o debe tenerla solamente hasta cierto punto que no moleste a los demás que no quieran tenerla. Así, pues, el ciudadano particular debe sujetarse a la revelación de Jesucristo; pero el hombre público puede portarse como tal, de la misma manera que si para él no existiese dicha revelación. De esta suerte compaginaron la fórmula célebre de: La Iglesia libre en el Estado libre, fórmula para cuya propagación y defensa se juramentaron en Francia varios católicos insignes, y entre ellos un ilustre Prelado; fórmula que debía ser sospechosa desde que la tomó Cavour para hacerla bandera de la revolución italiana contra el poder temporal de la Santa Sede; fórmula de la cual, a pesar de su evidente fracaso, no nos consta que ninguno de sus autores se haya retractado aún.

No echaron de ver estos esclarecidos sofistas, que si la razón individual venía obligada a someterse a la ley de Dios, no podía declararse exenta de ella la razón pública o social sin caer en un dualismo extravagante, que somete al hombre a la ley de dos criterios opuestos y de dos opuestas conciencias. Así que la distinción del hombre en particular y en ciudadano, obligándole a ser cristiano en el primer concepto, y permitiéndole ser ateo en el segundo, cayó inmediatamente por el suelo bajo la contundente maza de la lógica íntegramente católica. El Syllabus, del cual hablaremos luego, acabó de hundirla sin remisión. Queda todavía de esta brillante pero funestísima escuela, alguno que otro discípulo rezagado, que ya no se atreve a sustentar paladinamente la teoría católico-liberal, de la que fue en otros tiempos fervoroso panegirista, pero a la que sigue obedeciendo aún en la práctica; tal vez sin darse cuenta a sí propio de que se propone pescar con redes que, por viejas y conocidas, el diablo ha mandado ya recoger.

VII.- EN QUÉ CONSISTE PROBABLEMENTE LA ESENCIA O INTRÍNSECA RAZÓN DEL LLAMADO CATOLICISMO LIBERAL.

Si bien se considera, la íntima esencia del Liberalismo llamado católico, por otro nombre llamado comúnmente Catolicismo liberal consiste probablemente, tan sólo en un falso concepto del acto de fe. Parece, según dan razón de la suya los católico liberales, que hacen estribar todo el motivo de su fe, no en la autoridad de Dios infinitamente veraz e infalible, que se ha dignado revelarnos el camino único que nos ha de conducir a la bienaventuranza sobrenatural sino en la libre apreciación de su juicio individual que le dicta al hombre ser mejor esta creencia que otra cualquiera. No quieren reconocer el magisterio de la Iglesia, como único autorizado por Dios para proponer a los fieles la doctrina revelada y determinar su sentido genuino sino que, haciéndose ellos jueces de la doctrina, admiten de ella lo que bien les parece, reservándose el derecho de creer la contraria, siempre que aparentes razones parezcan probables ser hay falsa lo que ayer creyeron como verdadero.

Para refutación de lo cual baste conocer la doctrina fundamental De Fide, expuesta sobre esta materia por el santo Concilio Vaticano.

Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el Catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación. De suerte que, sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha sustituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio naturalista del libre examen. Con lo cual, aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tiene tal fe de ellas, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto.

Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer, y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en lo de no admitir creencia alguna. Por lo cual es muy ajustado a este principio el horror a toda presión moral o física que venga por fuera a castigar o prevenir la herejía, y de ahí su horror a las legislaciones civiles francamente católicas. De ahí el respeto sumo con que entienden deben ser tratadas siempre las convicciones ajenas, aun las más opuestas a la verdad revelada; pues para ellos son tan sagradas cuando son erróneas como cuando son verdaderas, ya que todas nacen de un mismo sagrado principio de libertad intelectual. Con lo cual se erige en dogma lo que se llama tolerancia, y se dicta para la polémica católica contra los herejes un nuevo código de leyes, que nunca conocieron en la antigüedad los grandes polemistas del Catolicismo.

Siendo esencialmente naturalista el concepto primario de la fe, síguese de eso que ha de ser naturalista todo el desarrollo de ella en el individuo y en la sociedad. De ahí el apreciar primaria, y a veces casi exclusivamente, a la Iglesia por las ventajas de cultura y de civilización que proporciona a los pueblos; olvidando y casi nunca citando para nada su fin primario sobrenatural, que es la glorificación de Dios y salvación de las almas. Del cual falsa concepto aparecen enfermas varias de las apologías católicas que se escriben en la época presente. De suerte que, para los tales, si el Catolicismo por desdicha hubiese sido causa en algún punto de retraso material para los pueblos, ya no sería verdadera ni laudable en buena lógica tal Religión. Y cuenta que así podría ser, como indudablemente para algunos individuos y familias ha sido ocasión de verdadera material ruina el ser fieles a su Religión, sin que por eso dejase de ser ella cosa muy excelente y divina.

Este criterio es el que dirige la pluma de la mayor parte de los periódicos liberales, que si lamentan la demolición de un templo, sólo saben hacer notar en eso la profanación del arte, si abogan por las ordenes religiosas, no hacen más que ponderar los beneficios que prestaron a las letras; si ensalzan a la Hermana de la Caridad, no es sino en consideración a los humanitarios servicios con que suaviza los horrores de la guerra; si admiran el culto, no es sino en atención a su brillo exterior y poesía; si en la literatura católica respetan las Sagradas Escrituras, es fijándose tan sólo en su majestuosa sublimidad. De este modo de encarecer las cosas católicas únicamente por su grandeza, belleza, utilidad o material excelencia, síguese en recta lógica que merece iguales encarecimientos el error cuando tales condiciones reuniere, como sin duda las reúne aparentemente en más de una ocasión alguno de los falsos cultos.

Hasta a la piedad llega la maléfica acción de este principio naturalista, y la convierte en verdadero pietismo, es decir, en falsificación de la piedad verdadera. Así lo vemos en tantas personas que no buscan en las prácticas devotas más que la emoción, lo cual es puro sensualismo del alma y nada más. Así aparece hoy día en muchas almas enteramente desvirtuado el ascetismo cristiano, que es la purificación del corazón por medio del enfrentamiento de los apetitos. y desconocido el misticismo cristiano, que no es la emoción, ni el interior consuelo, ni otra alguna de esas humanas golosinas, sino la unión con Dios por medio de la sujeción a su voluntad santísima Y por medio del amor sobrenatural.

Por eso es Catolicismo liberal, o mejor, Catolicismo falso, gran parte del Catolicismo que se usa hoy entre ciertas personas. No es Catolicismo, es mero Naturalismo, es Racionalismo puro, es Paganismo con lenguaje y formas católicas, si se nos permite la expresión .

VIII.- SOMBRA Y PENUMBRA, O RAZÓN EXTRÍNSECA DE ESTA MISMA SECTA CATÓLICO-LIBERAL

Vista en el anterior capítulo la razón intrínseca, o llámase formal, del Liberalismo católico, pasemos en el presente a examinar lo que podríamos llamar su razón extrínseca o histórica, o material, si les place más a nuestros lectores esta última calificación escolástica.

Las herejías que estudiamos hoy, en el dilatado curso de los siglos que median entre la venida de Jesucristo y los tiempos en que vivimos, se nos presentan a primera vista como puntos clara y definitivamente circunscritos, en su respectivo periodo histórico, pudiéndose al parecer señalar, como con un compás, dónde empiezan y dónde acaba, o sea la línea geométrica que separa estos puntos negros de lo restante del campo iluminado en que se extienden. Mas esta apreciación, si bien se considera, no es más que ilusión de la distancia. Un más detenido estudio, que nos acerque con el catalejo de una buena crítica a aquellas épocas, y nos ponga en verdadero contacto intelectual con ellas, nos permite observar que nunca, en ninguno de esos periodos históricos, aparecen tan geométricamente definidos los límites que separan al error de la verdad, no en la realidad de ella, que ésta muy claramente formulada la de la definición de la Iglesia, sino en su aprehensión y profesión externa, o sea en el modo que ha tenido de negarla o profesarla con más o menos franqueza la respectiva generación. El error en la sociedad es como una fea mancha en una tela de primoroso tejido. Se le ve claramente, pero cuesta precisar sus límites; son vagas sus fronteras como los crepúsculos que separan el día que muere de la noche que se avecina, y a su vez la noche que se va del renaciente día. Preceden al error, que es negra sombra, y le siguen y le rodean unas como vagas penumbras, que pueden tomarse a veces por la misma sombra, iluminada todavía por alguno que otro reflejo de moribunda luz, o como la misma luz a la que empañan y oscurecen ya las primeras sombras.

Así todo error claramente formulado en la sociedad cristiana tuvo en torno de sí otra como atmósfera del mismo error, pero menos densa y más tenue y mitigada. El Arrianismo tuvo su Semi-arrianismo; el Pelagianismo su Semi-pelagianismo; el Luteranismo feroz su Jansenismo, que no fue más que un Luteranismo moderado. Así, en la época presente el Liberalismo radical tiene en torno de si su correspondiente Semi-liberalismo, que otra cosa no es la secta católico-liberal que estamos aquí examinando. Es lo que llamó el Syllabus un racionalismo moderado; es el Liberalismo sin la franca crudeza de sus principios al descubierto, y sin el horror de sus últimas consecuencias, el Liberalismo para el uso de los que no consienten todavía en dejar de parecer o creerse católicos. Es el Liberalismo el crepúsculo de la verdad que empieza a obscurecerse en el entendimiento, o de la herejía que no ha llegado aún a tomar completa posesión de el. observamos, en efecto, que suelen ser católicos liberales los católicos que van dejando de ser firmes católicos, y los liberales crudos que, desengañados en parte de su error, no han acabado en dar todavía de lleno en los dominios de la íntegra verdad. Es el medio sutil e ingeniosísimo que encontró siempre el diablo para retener por suyos a muchos que de otra manera hubieran aborrecido de veras, a haberla bien conocido, su maquinación infernal. Este medio satánico es permitir que los tales tengan todavía un pie en terreno de la verdad, a condición de que el otro pie lo tenga ya completamente en el campo opuesto. Así evitan el saludable error del remordimiento los todavía no encallecidos de conciencia.

Así además se libran de los compromisos que trae siempre toda revisión decisiva los espíritus apocados y vacilantes, que son los más; así logran los aprovechados figurar, según les conviene, un rato en cada campo, haciendo por aparecer en ambos como amigos y afiliados; así puede, finalmente, el hombre dar como un paliativo oficial y conocido a la mayor parte de sus miserias, debilidades e inconsecuencias.

Tal vez no ha sido aún debidamente estudiada por este lado la presente cuestión en la historia antigua y contemporánea; lado que es el menos noble, es por lo mismo el más práctico, ya que por hay, en lo menos noble y levantado hay que buscar por lo común el secreto resorte de la mayor parte de los fenómenos humanos. A nosotros nos ha parecido bien hacer aquí esta indicación, dejando a mas expertas y sutiles inteligencias el cuidado de ampliarla y de desenvolverla por completo.

IX.- DE OTRA DISTINCIÓN IMPORTANTE, O SEA DEL LIBERALISMO PRÁCTICO Y DEL LIBERALISMO ESPECULATIVO O DOCTRINAL

Enséñase en filosofía y en teología, que hay dos clases de ateísmo: uno doctrinal y especulativo, y otro práctico. Consiste el primero en negar franca y redondamente la existencia de Dios, pretendiendo anular o desconocer las pruebas irrefutables en que se funda. Consiste el segundo en vivir y obrar sin negar la existencia de Dios, pero como si Dios realmente no existiese. los primeros se llaman ateos teóricos o doctrinales; los segundos, ateos prácticos, y son los que abundan más.

Lo propio acontece con el Liberalismo y con los liberales. Hay liberales teóricos y liberales prácticos. los primeros son los dogmatizadores de la secta: filósofos, catedráticos, diputados o periodistas, que enseñan en sus libros, discursos o artículos el Liberalismo; que defienden tal doctrina con argumentos y autoridades y con arreglo a un criterio racionalista, en oposición embozada o manifiesta con el criterio de la divina y sobrenatural revelación de Jesucristo.

Los liberales prácticos son la mayoría del grupo, los borregos de él, que creen a pie juntillas lo que les dicen sus maestros, o que sin creerlo siguen dóciles a quien los lleva, y siempre ajustados a su compás. Nada saben de principios ni de sistemas, y hasta quizá los detestarían si conocieran toda su deformidad; sin embargo, son las manos que obran, así como los teóricos son las cabezas que dirigen. Sin ellos no saldría el Liberalismo del recinto de las academias; ellos son los que le dan vida y movimiento exterior. Pagan el periódico liberal; votan el candidato liberal; apoyan las situaciones liberales, y vitorean a sus personajes y celebran sus fechas y aniversarios. Son la materia prima del Liberalismo, dispuesta a recibir cualquier forma y a servir siempre para cualquier barbaridad. Muchos de ellos iban a Misa y mataron a los frailes; más tarde asistían a novenas y daban carrera eclesiástica a sus hijos, y compraban fincas de la desamortización; hoy día rezan tal vez el Rosario y votan al diputado librecultista. Hanse formado una como cierta ley de vivir con el siglo, y creen (o quieren creer) que se va bien así. ¿Les exime esto de responsabilidad o culpa delante de Dios? No, por cierto, como veremos después.

Liberales prácticos son también los que rehuyendo explanar la teoría liberal, que saben está ya desacreditada para ciertos entendimientos, procuran, no obstante, sostenerla en el procedimiento práctico de todos los días, escribiendo y perorando a lo liberal. Proponiendo y eligiendo candidatos liberales; elogiando y recomendando sus libros y personas; juzgando siempre de los sucesos con el criterio liberal; manifestando siempre odio tenaz a todo lo que tienda a desacreditar o menospreciar su querido Liberalismo. Tal es la conducta de muchos periodistas prudentes, a quienes difícilmente se encontrará en delito de formular proposiciones concretamente liberales, pero que, sin embargo, en todo lo que dicen y en todo lo que callan no dejan de hacer la maldita propaganda sectaria. Es éste de todos los reptiles liberales el más venenoso.

X.- EL LIBERALISMO DE TODO MATIZ Y CARÁCTER,

¿HA SIDO FORMALMENTE CONDENADO POR LA IGLESIA?

Sí; el Liberalismo en todos sus grados y aspectos ha sido formalmente condenado. Así que, además de las razones de malicia intrínseca que le hacen malo y criminal, tiene para todo fiel católico la suprema y definitiva declaración de la Iglesia, que como a tal le ha juzgado y anatematizado. No podía permitirse que error de tal trascendencia dejase de ser incluido en el catálogo de los oficialmente te reprobados, y lo ha sido en distintas ocasiones.

Ya al aparecer en Francia, en su primera Revolución, la famosa Declaración de los derechos del hombre, en que estaban contenidos en germen todos los desatinos del moderno liberalismo fue condenada esta Declaración por Pío VI.

Más tarde, ampliada esta doctrina funesta, y aceptada por casi todos los Gobiernos de Europa, aun por los propios soberanos, que es una de las más horribles ceguedades que ofrece la historia de las monarquías, tomó en España el nombre con que en todas partes se le conoce hoy de Liberalismo.

Diéronsele las terribles contiendas entre realistas y constitucionales, que mutuamente se designaron desde luego con los apodos de serviles y liberales. De España se extendió a toda Europa esta denominación. Pues bien; en lo más recio de la lucha con ocasión de los primeros errores de Lamennais, publicó Gregorio XVI su Encíclica Mirari vos, condenación explícita del Liberalismo, cual en aquella ocasión se entendía y predicaba y practicaba por los Gobiernos constitucionales.

Mas, avanzando los tiempos y creciendo con ellos la avasalladora corriente de estas ideas funestas, y hasta tomando bajo el influjo de extraviados talentos la máscara de Catolicismo. Deparó Dios a su Iglesia el Pontífice Pío IX, el cual con toda razón pasará a la historia con el dictado de azote del Liberalismo. El error Liberal en todas sus fases y matices ha sido desenmascarado por este Papa. Para que más autoridad tuviesen sus palabras en este asunto, dispuso la Providencia que saliese la repetida condenación del Liberalismo de labios de un Pontífice, al cual desde el principio se empeñaron en presentar como suyo los liberales. Después de él no le queda ya a este error subterfugio alguno a que acogerse. Los repetidos Breves y Alocuciones de Pío IX le han mostrado al pueblo cristiano tal cual es, y el Syllabus acabó de poner a su condenación el último sello. Veamos el contenido principal de algunos de estos documentos pontificios. Sólo unos pocos citaremos entre muchísimos que se podrían citar.

En 18 de Junio de 1871 al contestar Pío IX a una Comisión de católicos franceses, les habló así: el ateísmo en las leyes, la indiferencia en materia de Religión y esas máximas perniciosas llamadas católico-liberales, éstas, sí, éstas son verdaderamente la causa de la ruina de los Estados, éstas lo han sido de la perdición de la Francia. Creedme el daño que os anuncio es más terrible que la Revolución, y más aún que la Commune. Siempre he condenado el Liberalismo católico, y volveré cuarenta veces a condenarlo, si es menester”.

En el Breve de 6 de Marzo de 1873 al Presidente y socios del Circulo de San Ambrosio de Milán, se expresa de esta suerte: “No faltan algunos que intentan poner alianza entre la luz y las tinieblas, y mancomunidad entre la justicia y la iniquidad a favor de las doctrinas llamadas católico-liberales, que basadas en perniciosísimos principios, muéstranse halagüeñas para con las invasiones de la potestad secular en los negocios espirituales, e inclinan los mismos a estimar, o tolerar al menos, leyes inicuas, como si no estuviese escrito que nadie puede servir a dos señores. Los que tal hacen, de todo punto son más peligrosos y funestos que los enemigos declarados, no sólo en razón a que, sin que se les note y quizá también sin advertirlo ellos mismos, secundan las tentativas de los malos, sino también porque, encerrándose dentro de ciertos limites, se muestran con apariencias de probidad y sana doctrina para alucinar a los imprudentes amadores de conciliación, y seducir a las gentes honradas que habrían combatido el error manifiesto”.

En el Breve de 8 de Mayo de igual año a la Confederación de los Círculos católicos de Bélgica, dice: “Lo que sobre todo alabamos en esa vuestra religiosísima empresa, es la absoluta aversión que, según noticias, profesáis a los principios católico-liberales y vuestro denodado intento de desarraigarlos de los mismos. Verdaderamente, al emplearos en combatir ese insidioso error, tanto más peligroso que una enemistad declarada, cuanto más se encubre bajo el especioso velo del celo y caridad, y en procurar con ahínco apartar de él a las gentes sencillas extirparéis una funesta raíz de discordias, y contribuiréis eficazmente a unir y fortalecer los ánimos. Seguramente vosotros, que con tan plena sumisión acatáis todos los documentos de esta Sede Apostólica, cuyas reiteradas reprobaciones de los principios liberales os son conocidas, no habéis menester estas advertencias ” .

En el Breve a La Croix, periódico de Bruselas, en 21 de Mayo de 1874, dice lo siguiente: “No podemos menos de elogiar el intento expresado en vuestra carta, y la cual hemos sabido que satisface plenamente vuestro periódico, de publicar, divulgar, comentar e inculcar en los ánimos todo cuanto esta Santa Sede tiene enseñado contra las perversas o cuando menos falsas doctrinas profesadas en tantas partes, y señaladamente contra el Liberalismo católico, empeñado en conciliar la luz con las tinieblas y la verdad con el error.

En 9 de Junio de 1873 escribía al Presidente y Consejo de la Asociación Católica de Orleáns, y sin nombrarlo retrataba el Liberalismo pietista y moderado en los siguientes términos: “Aunque vuestra lucha haya de trabarse en rigor contra la impiedad, quizá por este lado no nos amenaza riesgo tan grande como por el de ese grupo de amigos imbuidos en aquella doctrina ambigua, que mientras rehuye las ultimas consecuencias de los errores, retiene obstinadamente sus gérmenes, y no queriendo ni abrazarse con la verdad íntegra, ni atreviéndose a desecharla por entero, afánase en interpretar las tradiciones y doctrinas de la Iglesia, ajustándolas al molde de sus privadas opiniones”

Mas para no hacernos interminables y cansados nos contentaremos en aducir las frases de otro Breve, el más expresivo de todos, y que por tal no lo podemos en conciencia omitir Es el dirigido al obispo de Quimper, en 28 de Julio de 1873. En él se dice lo siguiente, refiriéndose el Papa a la Asamblea general de las Asociaciones católicas, que se acababa de celebrar en aquella diócesis: “Seguramente no se apartarán tales Asociaciones de la obediencia debida a la Iglesia ni por los esortos ni por los actos de los que con injurias e invectivas la persiguen; pero pudieran ponerla en la resbaladiza senda del error esas opiniones llamadas liberales, acepta a muchos católicos, por otra parte hombres de bien y piadosos, los cuales por la influencia misma que les da su religión y piedad, pueden muy fácilmente captarse los ánimos e inducirlos a profesar máximas muy perniciosas. Inculcad, por lo tanto, venerable Hermano, a los miembros de esa católica Asamblea, que Nos al increpar tantas veces, como lo hemos hecho, a los secuaces de esas opiniones liberales, no nos hemos referido a los declarados enemigos de la Iglesia, pues a éstos habría sido ocioso denunciarlos, sino a esos otros antes aludidos, que reteniendo el virus oculto de los principios liberales que han mamado con la leche, cual si no estuviese impregnado de palpable malignidad, y fuese tan inofensivo como ellos piensan para la Religión, lo inoculan iFácilmente en los ánimos, propaganda así la semilla de esas turbulencias que tanto tiempo ha traen revuelto al mundo. Procuren, pues, evitar estas emboscadas, y esfuércense en asestar sus tiros contra este insidioso enemigo, y ciertamente merecerán bien de la Religión y de la patria”.

Ya lo ven nuestros amigos y también nuestros adversarios: todo lo dice el Papa en esos Breves, particularmente en el último, que de un modo especial deben desmenuzar y estudiar..

XI.- DE LA ÚLTIMA Y MÁS SOLEMNE CONDENACIÓN DEL LIBERALISMO POR MEDIO DEL “SYLLABUS”.

Resumiendo cuanto ha dicho del Liberalismo el Papa en distintos documentos, podemos sólo indicar los siguientes durísimos epítetos con que en diferentes ocasiones le ha calificado. En efecto, en su Breve a Segur con motivo de su conocido libro Hommage, le llamó pérfido enemigo, en su alocución al obispo de Nevers, verdadera calamidad actual; en su carta al Círculo Católico de San Ambrosio de Milán, pacto entre la justicia y la iniquidad; en este mismo documento le califico de más funesto y peligroso que un enemigo declarado; en la citada carta al obispo de Quimper, virus oculto, en el Breve a los de Bélgica, error insidioso y solapado; en otro Breve a Mons. Gaume, peste perniciosisima. Todos estos documentos se pueden leer íntegros en el citado libro de Segur, Hommage aux catholiques libéraux.

Sin embargo, podía con cierta apariencia de razón el Liberalismo recusar la autoridad de estas declaraciones pontificias, por haber sido todas ellas dadas en documentos de carácter meramente privado. La herejía es siempre tenaz y cavilosa, y se agarra a cualquier pretexto o excusa para eludir la condenación. Necesitábase, pues, un documento oficial, público, solemne, de carácter general, universalmente promulgado, y por tanto definitivo. La Iglesia no podía negar a la ansiedad de sus hijos esta formal y decisiva palabra de su soberano magisterio. Y la dio, y fue el Syllabus de 8 de Diciembre de 1864.

Acogiéronle todos los buenos católicos con entusiasmo igual a los paroxismos de furor con que le saludaron los liberales. Los católico-liberales creyeron más prudente herirle de soslayo con capciosas interpretaciones. Razón tenían unos y otros en reconocerle debida importancia. El Syllabus es un catálogo oficial di los principales errores contemporáneos, en forma de proposiciones concretas, tales como se encuentran en los autores más conocidos que los propalaron. En ellos se encuentran, pues, en detalle todos los que constituyen el dogmatismo liberal. Aunque en una solo de sus proposiciones se nombra al Liberalismo, lo cierto es que la mayor parte de los errores allí abocados a la picota son errores liberales, y por tanto de la condenación separada de cada uno resulta la condenación total del sistema. No haremos más que enumerarlos aquí rápidamente.

En la proposición XV y en las LXXVII y LXXVIII se condena la libertad de cultos; el pase regio en la XX y XXVIII; la desamortización en las XXVI y XXVII; la supremacía absoluta del Estado en a XXXIX; el laicismo en la enseñanza pública en la XLV, XLVII y XLVIII; la separación de la Iglesia y del Estado en la LV, el absoluto derecho de legislar sin Dios en la LVI; el principio de no intervención en la LXII; el llamado derecho de insurrección en la LXIII, el matrimonio civil en la LXXIII y alguna otra; la libertad de imprenta en la LXXIX; el sufragio universal como principio de autoridad en la LX; por fin, el mismo nombre de Liberalismo en la LXXX.

Varios libros se han escrito desde entonces para la exposición clara y sucinta de cada una de estas proposiciones, y a ellos puédese acudir. Pero la interpretación y comentario más autorizado se lo han dada al Syllabus sus propios impugnadores, los liberales de todos matices, cuando nos lo han presentado siempre como su más odioso enemigo y como el símbolo más completo de lo que llaman clericalismo. ultramontanismo y reacción. Satanás, que es malvado pero no tonto, veía muy claro a dónde iba a parar derechamente golpe tan certero, y le ha puesto a tan grandioso monumento el sello más autorizado de todos después del de Dios: el de su profundo rencor. Creamos en esto al padre de la mentira; que lo que él aborrece y difama, lleva con esto solo, cierto y seguro testimonio de ser la verdad.

XII.- DE ALGO QUE PARECIENDO LIBERALISMO NO LO ES,
Y DE ALGO QUE LO ES AUNQUE NO LO PAREZCA.

Es gran maestro el diablo en artes y embelecos, y lo mejor de su diplomacia se ejerce en introducir en las ideas la confusión. La mitad de su poderío sobre los hombres perdería el maldito con que las ideas, buenas o malas, apareciesen francas y deslindadas. Adviértase de paso que llamarle al diablo de esta manera no es moda hoy, tal vez porque el Liberalismo nos ha acostumbrado a tratar aun al señor diablo con cierto respeto. El diablo, pues, en tiempos de cismas y herejías, lo primero que procuró fue que barajasen y trastocasen los vocablos; medio seguro para traer desde luego mareadas y al retortero la mayor parte de las inteligencias. Esto pasó con el Arrianismo, en términos que varios obispos de gran santidad llegaron a suscribir en el Concilio de Milán una fórmula en que se condenaba al insigne Atanasio, martillo de aquella herejía. Y aparecerían en la historia como verdaderos autores de ella si Eusebio Mártir, legado pontificio, no hubiese acudido a tiempo a desenredar de tales lazos lo que el Breviario llama captivatam simplicitatem de alguno de aquellos candorosos ancianos. Lo mismo sucedió con el Pelagianismo; lo mismo con el Jansenismo tiempo atrás; lo mismo acontece hay con el Liberalismo.

Liberalismo son para unos las formas políticas de cierta clase; Liberalismo es para otros cierto espíritu de tolerancia y generosidad opuestas al despotismo y tiranía; Liberalismo es para otros la igualdad civil, salva la inmunidad y fuero de la Iglesia; Liberalismo es, en fin, para muchos una cosa vaga e incierta, que pudiera traducirse sencillamente por lo opuesto a toda arbitrariedad gubernamental Urge, pues, volver a preguntar aquí: ¿Qué es el liberalismo? O mejor ¿qué no es?

En primer lugar; no son ex se Liberalismo las formas políticas de cualquier clase que sean, por democráticas o populares que se las suponga. Cada cosa es lo que es. Las formas son formas, y nada más. Una república unitaria o federal, democrática, aristocrática o mixta; un Gobierno representativo o mixto, con más o menos atribuciones del poder Real, o con el máximun o minimum de rey que se quiera hacer entrar en la mixtura; la monarquía absoluta o templada, hereditaria o electiva, nada de eso tiene que ver ex se (repárase bien este ex se) con el Liberalismo. Tales Gobiernos pueden ser perfecta e íntegramente católicos. Como acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de El, y se sujeten en su ejercicio al criterio inviolable de la ley cristiana, y den por indiscutible en sus Parlamentos todo lo definido, y reconozcan como base del derecho público la supremacía moral de la Iglesia y el absoluto derecho suyo en todo lo que es de su competencia; tales Gobiernos son verdaderamente católicos, y nada les puede echar en cara el más exigente ultramontismo, porque son verdaderamente ultramontanos. La historia nos ofrece repetidos ejemplos de poderosísimas repúblicas, fervorosísimas católicas. Ahí está la aristocrática de Venecia; ahí la mercantil de Génova y ciertos cantones suizos.

Como ejemplo de monarquías mixtas muy católicas, podemos citar nuestra gloriosísima de Cataluña y Aragón, las más democráticas y a la vez la más católicas del mundo en los siglos medios, la antigua de Castilla hasta la Casa de Austria; la electiva de Polonia hasta la inicua desmembración de este religiosísimo reino. Es una preocupación creer que las monarquías han de ser ex se más religiosas que las repúblicas. Precisamente los más escandalosos ejemplos de persecución al Catolicismo los han dado en los tiempos modernos monarquías como la de Rusia y la de Prusia. Un Gobierno de cualquier forma que sea, es católico si basa su Constitución y legislación y política en principios católicos; es liberal si basa su Constitución, su legislación y su política en principios racionalistas. No en que legisle el rey en la monarquía, o en que legisle el pueblo en la república, o en que legislen ambos en las formas mixtas, está la esencial naturaleza de una legislación o Constitución; sino en que se haga o no se haga todo bajo el sello inmutable de la fe y conforme a lo que manda a los Estados como a los individuos la ley cristiana. Así como lo mismo puede ser católico un rey con su púrpura, un noble con sus blasones o un trabajador con su blusa de algodón; de igual suerte los Estados pueden ser católicos, sea cual fuere la clasificación que se les dé en el cuadro sinóptico de las formas gubernativas. De consiguiente, tampoco tiene que ver el ser liberal o no serlo, con el horror natural que todo hombre debe profesar a la arbitrariedad y tiranía, con el deseo de la igualdad civil entre todos los ciudadanos, salva la eclesiástica inmunidad, y mucho menos con el espíritu de tolerancia y generosidad, que (en su debida acepción) no son sino virtudes cristianas. Y sin embargo, todo esto en el lenguaje de ciertas gentes, y aun de ciertos periódicos, se llama Liberalismo. He aquí, pues, una cosa, que pareciendo Liberalismo, no lo es en manera alguna.

Hay en cambio alguna cosa que, no pareciéndose a Liberalismo, efectivamente lo es. Suponed una monarquía absoluta, como la de Rusia, o como la de Turquía, si os parece mejor; o suponed un Gobierno de los llamados conservadores de hoy, el más conservador que os sea dable imaginar, y suponed que tal monarquía absoluta o tal Gobierno conservador tengan establecida su Constitución y basada su legislación, no sobre principios de derecho católico, ni sobre la indiscutibilidad de la fe, no sobre la rigurosa observancia del respeto a los derechos de la Iglesia, sino sobre el principio, o de la voluntad libre del rey, o de la voluntad libre de la mayoría conservadora. Tal monarquía y Gobierno conservador son perfectamente liberales y anticatólicos.

Que el librepensador sea un monarca, con sus ministros responsables, o que lo sea un ministro responsable, con sus Cuerpos colegisladores, para el efecto es igual. En uno y otro caso anda aquélla informada por el criterio librepensador, y de consiguiente liberal Que tenga o no tenga, por sus miras, aherrojada la prensa; que azote por cualquier nonada al país; que rija con vara de hierro a sus vasallos, podrá no ser libre aquel mísero país, pero será perfectamente liberal Tales fueron los antiguos imperios asiáticos; tales varios modernas monarquías; tal el Imperio alemán de hoy, como lo sueña Bismarck; tal la actual monarquía española, cuya Constitución declara inviolable a Dios. Y he aquí el caso de algo que pareciendo no ser Liberalismo, lo es sin embargo, y del más refinado y del más desastroso, por lo mismo que no tiene apariencia de tal.

Por donde se verá con qué delicadeza se ha de proceder cuando se tratan tales cuestiones. Es preciso ante todo definir los términos del debate y evitar el equívoco, que es lo que más favorece al error.

XIII.- NOTAS Y COMENTARIOS A LA DOCTRINA
EXPUESTA EN EL CAPÍTULO ANTERIOR

Hemos dicho que no son ex se liberales las formas democráticas o populares, puras o mixtas, y creemos haberlo suficientemente probado. Sin embargo, esto que especulativamente hablando, o sea en abstracto, es verdad; no lo es tanto en praxis, o sea en el orden de los hechos, al que principalmente debe andar siempre atento el propagandista católico.

En efecto; a pasar de que, consideradas en sí mismas, no son liberales tales formas de gobierno; lo son en nuestro siglo, dada que la Revolución moderna, que no es otra cosa que el Liberalismo en acción, no nos las presenta más que basadas en sus erróneas doctrinas. Así que muy cuerdamente el vulgo, que entiende poco de distingos, califica de Liberalismo todo lo que en nuestros días se le presenta como reforma democrática en el gobierno de las naciones; porque, aun cuando por la natural esencia de las ideas no lo sea, de hecho lo es. Y por tanto discurrían con singular tino y acierto nuestros padres cuando rechazaban como contraria a su fe la forma constitucional o representativa, prefiriendo la monarquía pura que en los últimos siglos era el gobierno de España. Porque cierto natural instinto decía, aun a los menos avisados, que las nuevas formas políticas, en sí inofensivas como tales formas, venían impregnadas del principio herético liberal, por lo que hacían muy bien en llamarlas liberales; de igual suerte que la monarquía pura, que de sí podía ser muy impía y aun herética, se les presentaba como forma esencialmente católica, pues desde muchos siglos atrás venían recibiéndola los pueblos informada con el espíritu del Catolicismo.

Erraban, pues, ideológicamente hablando, nuestros realistas, que identificaban la Religión con el antiguo régimen político, y reputaban impíos a los constitucionales; pero acertaban. prácticamente hablando, porque en lo que se les quería presentar como mera forma política indiferente, veían ellos, con el claro instinto de la fe, envuelta la idea liberal. Esto sin contar con que los corifeos y sectarios del bando liberal hicieron todo lo posible, con blasfemias y atentados, para que no desconociese El verdadero pueblo cuál era en: el fondo la significación de su odiosa bandera.

Tampoco es rigurosamente exacto que las formas políticas sean indiferentes a la Religión, aunque ésta las acepte todas. El sano filósofo las estudia y analiza, y sin condenar alguna, no deja de manifestar preferencia por las que más a salvo dejan el principio de autoridad, que está basado principalmente en la unidad Con lo cual dicho se está que la forma más perfecta de todas es la monarquía, que es la que más se asemeja al gobierno de Dios y de la Iglesia. Así como la más imperfecta es la república por la inversa razón. La monarquía exige la virtud de un hombre solo, y la república exige la virtud de la mayoría de los ciudadanos. Es, pues, lógicamente hablando, más irrealizable el ideal republicano que el ideal monárquico. Este es más humano que aquél, porque exige menos perfección humana y se acomoda mas a la rudeza y vicios de la generalidad.

Mas para el católico de nuestro siglo la mayor de todas las razones para prevenirle en contra de los gobiernos de forma popular, debe ser el afán constante con que en todas partes ha procurado implantarlos la Masonería. Por intuición maravillosa ha conocido el infierno que éstos eran los sistemas mejor conductores de su electricidad, y que ningunos podrán servirla más a su gusto. Es, pues indudable que un católico debe mirar como sospechoso todo lo que en este concepto le predica como más acomodado a sus miras la Revolución; y que, por tanto, todo lo que la Revolución acaricia y pregona con el nombre de Liberalismo, hará bien en mirarlo el como tal Liberalismo, aunque sólo de formas se trate; pues tales formas no son en este caso más que el envase o envoltura con que se quiere que admita en casa el contrabando de Satanás.

XIV.- SI EN VISTA DE ESTO ES LÍCITO O NO AL BUEN CATÓLICO ACEPTAR EN BUEN SENTIDO LA PALABRA “LIBERALISMO”, Y ASIMISMO EN BUEN SENTIDO GLORIARSE DE SER LIBERAL.

Permítasenos sobre esto trasladar aquí íntegro un capítulo de otra obrita nuestra (Cosas del día), en que se da contestación a esta singular consulta. Dice así:

“Válgame Dios, amigo mío, con las palabritas Liberalismo y liberal! Andas realmente enamorado de ellas, y tráete ciego el amor como a todos los enamorados. ¿Qué inconvenientes tiene su uso? Tantos tiene para mí, que en él llego a ver hasta materia de pecado. No te asustes, sino escúchame con paciencia. Vas a entenderme pronto y sin dificultad. Es indudable que la palabra Liberalismo tiene en Europa en el presente siglo significación de cosa sospechosa y que no concuerda del todo con el verdadero Catolicismo. No me dirás que planteo el problema en términos exagerados. Efectivamente. Me has de conceder que en la acepción ordinaria de la palabra, Liberalismo y Liberalismo católico son cosas reprobadas por Pío IX. Prescindamos por ahora de los pocos o muchos que pretenden poder continuar profesando un cierto Liberalismo, que en el fondo quizá no lo sea. Pero lo cierto es que la corriente liberal en Europa y América, en el siglo XIX en que escribimos, es anticatólica y racionalista. Pasa revista al mundo. Mira qué significa partido liberal en Bélgica, en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Holanda, en Austria, en Italia, en las repúblicas hispanoamericanas y en las nueve décimas partes de la prensa española. Pregunta a todos qué significa en el idioma común, criterio liberal, corriente liberal, atmósfera liberal, etc., y mira si de los hombres que se dedican a estudios políticos y sociales en Europa y América los noventa y nueve por ciento no entienden por Liberalismo el puro y crudo racionalismo aplicado a la ciencia social.

Ahora bien. Por más que tú y unas cuantas docenas más de caballeros particulares os empeñéis en dar un sentido de cosa indiferente a lo que la corriente general ha sellado ya con el sello de cosa anticatólica, es lo cierto que el uso, árbitro y norma suprema en materia de lenguaje, sigue teniendo al Liberalismo como bandera contra el Catolicismo. Por consiguiente, aunque con mil distingo y salvedades y sutilezas logres formarte para ti solo un Liberalismo que nada tenga de contrario a la fe, en la opinión de los más, desde que te llames liberal, pertenecerás como todos a la gran familia del Liberalismo europeo, tal como todos lo entienden; tu periódico, si lo redactas. y lo llamas liberal, será en la común creencia un soldado más entre los que bajo esta divisa combaten de frente o por el flanco a la iglesia católica. En vano será que te excuses alguna que otra vez. Estas excusas y explicaciones no las puedes dar todos los días, que fuera cosa asaz pesada; en cambio la palabra liberal has de usarla en cada párrafo; serás, pues, en la común creencia nada más que un soldado como tantos otros que militan bajo esta divisa, y por más que en tus adentros seas tan católico como el Papa (como de eso se jactan algunos liberales), lo cierto es que en el movimiento de las ideas, en la marcha de los sucesos, influirás como liberal, y aun a pesar tuyo, un satélite que no podrás menos de moverte dentro de la órbita general en que gira el Liberalismo. ¡Y todo por una palabra! ¡Vea V., no mas que por una palabra! Sí, amigo mío. Esto sacarás de llamarte liberal y de llamar liberal a tu periódico. Desengáñate. El uso de la palabra te hace casi siempre y en gran parte solidario de lo que se ampara a su sombra. Y lo que a su sombra se ampara, ya lo ves y no me lo has podido negar, es la corriente racionalista. Escrúpulo tendría yo, pues, en mi conciencia de aceptar esta solidaridad con los enemigos de Jesucristo.

Vamos a otra reflexión. Es también indudable que de los que leen tus periódicos y oyen tus conversaciones, pocos están en el caso de poder hilar tan delgado como tú en materia de distinciones entre Liberalismo y Liberalismo. Es, pues, evidente que una gran parte tomará en el sentido general, y creerá que la empleas en igual sentido. Tú no tendrás esta intención, pero contra tus intenciones producirás este resultado, adquirir adeptos al error racionalista. Dime ahora, pues, ¿sabes lo que es escándalo? ¿sabes lo que es inducir al prójimo a error con palabras ambiguas? ¿sabes lo que es, por cariño más o menos justificado a una palabra, sembrar dudes, desconfianzas, hacer vacilar en la fe a las inteligencias sencillas? Yo, a fuer de moralista católico, veo en esto materia de pecado, y si no te abona una suma de buena fe o algún otro atenuante, materia de pecado mortal. Óyeme una comparación. Sabes que ha nacido casi en nuestros días una secta que se llama de los viejos católicos. Ha tenido la humorada de llamarse así, y paz con todos. Haz cuenta, pues, que yo, que por la gracia de Dios, aunque pecador soy católico, y por añadidura soy de los mas viejos porque mi Catolicismo data del Calvario y del Cenáculo de Jerusalén, que son fechas en que fundo un periódico y viejas, haz cuenta, digo, ó más o menos ambiguo y le llamo con todas las letras Diario viejo católico. ¿Diré mentira? Nítido de la palabra Pero ¿a qué, me dirás por que adoptar un titulo mal sonante, que es divisa de un cisma, y que dará lugar a que crean los incautos que soy cismático, y a que tengan un alegrón los viejos católicos de Alemania, creyendo que acá les ha nacido un nuevo cofrade? ¿a qué, me dirás, escandalizar a los sencillos -Pero yo lo digo en buen sentido- Es verdad, pero ¿no sería mejor no dar lugar a que se crea que lo dices en sentido malo? “He aquí, pues, lo que diría yo a quien se empeñase en sostener todavía como inofensivo el dictado de liberal, que es objeto de tantas reprobaciones por parte del Papa, y de tanto escándalo por parte de los verdaderos creyentes. ¿A qué hacer gala de títulos que necesitan explicación? ¿A qué suscitar sospechas que luego procurarse a desvanecer? ¿A que contarse en el número de Ios enemigos y hacer gala de su divisa, si en el fondo se es de los amigos’)

“¡Que las palabras, dices, no tienen importancia! Más de lo que te figuras, amigo mío. Las palabras vienen a ser la fisonomía exterior de las ideas, y tú sabes cuán importante es a veces en un asunto una buena o mala fisonomía. Si las palabras no tuviesen importancia alguna, no cuidarían tanto los revolucionarios de disfrazar el Catolicismo con feas palabras; no andarían llamándole a todas horas oscurantismo, fanatismo, teocracia, reacción, sino pura y sencillamente Catolicismo; ni harían ellos por engalanarse a todas horas con los hermosos vocablos de libertad, progreso, espíritu del siglo, derecho nuevo, conquistas de la inteligencia, civilización, luces etc., sino que se dirían siempre con su propio y verdadero nombre: revolución “Lo mismo ha pasado siempre. Todas las herejías han empezado por ser Juego de palabras, y han acabado por ser lucha sangrienta de ideas. Algo de esto debió ya pasar en tiempo de San Pablo o previó el bendito Apóstol que pasaría en los tiempos futuros, cuando dlrigiéndose a Timoteo (I ad Timot. VI, 20), le exhorta a vivir prevenido, no sólo contra la falsa ciencia oppositinones falsi nominis scientiae, sino contra las simples novedades en la expresión o palabra profanas vocum novitates. ¿Qué diría hoy el Doctor de las gentes si viese a ciertos católicos adornarse con el adjetivo de liberales, en oposición a los que se llaman simplemente con el apellido antiguo de la familia , y desentenderse de las repetidas reprobaciones que sobre esta profana novedad de palabras ha lanzado con tanta insistencia la Cátedra apostólica? ¿Qué diría al verles añadir a la palabra inmutable Catolicismo ese feo apéndice que no conoció Jesucristo, ni los Apóstoles, ni los Padres, ni los Doctores, ni ninguno de los maestros autorizados que constituyen la hermosa cadena de la tradición cristiana?

“Medítalo, amigo mío, en tus intervalos lúcidos, si alguno te concede la ceguedad de tu pasión, y conocerás la gravedad de lo que a primera vista te parece mera cuestión de palabras. No, no puedes ser católico-liberal, ni puedes llamarte con este nombre reprobado, aunque por medio de sutiles cavilaciones llegues a encontrar un medio secreto de conciliarlo con la integridad de la fe. No; te lo prohíbe la caridad cristiana, esta santa caridad que está a todas horas invocando, y que, según comprendo, es en ti sinónima de la tolerancia revolucionaria. Y te lo prohíbe la caridad, porque la primera condición de la caridad es que no haga traición a la verdad, que no sea lazo para sorprender la buena fe de tus hermanos menos avisados. No, amigo mío, no; no puedes llamarte liberal.”

Y nada más nos ocurre decir aquí sobre este punto, completamente resuelto para un hombre de buena fe. Además de que hoy los mismos liberales hacen ya menos uso que antes de este apellido; tan gastado y desacreditado anda él, por la misericordia de Dios. Más frecuente es todavía encontrar hombres que, renegando cada día y cada hora del Liberalismo, le tengan aún metido hasta los tuétanos, y no sepan escribir y hablar y obrar sino inspirados por él. Estos son en el día los más de temer.

XV.- UNA OBSERVACIÓN SENCILLÍSIMA QUE ACABARÁ DE PONER EN SU VERDADERO PUNTO DE VISTA LA CUESTIÓN.

Mil veces me he hecho una reflexión que no sé cómo no les ha ocurrido cada día a los liberales de buena fe, si alguno hay que merezca aún esta caritativa atenuación de su feo apellido. Es la siguiente:

Tiene hoy todavía el mundo católico en justo y merecido concepto de impiedad el calificativo de librepensador, apIicado a cualquier persona, periódico o institución. Academia librepensadora, sociedad de librepensadores, periódico escrito con criterio librepensador, son todavía frases horripilantes y que les ponen los pelos en punta a la mayor parte de nuestros hermanos, aun a los que afectan más desvío por la feroz intransigencia ultramontana. Y sin embargo, véase lo que son las cosas y cuán necia importancia se da por lo común a meras palabras. Persona, asociación, libro o Gobierno a los que no preside en materias de fe y moral el criterio único y exclusivo de la Iglesia católica, son liberales. Y se reconoce que lo son, y se honran ellos con serlo, y nadie se escandaliza con eso más que nosotros, los fieros intransigentes. Cambiad, empero, la palabra; llamadlos librepensadores. Al punto le rechazan el epíteto como una calumnia, y gracias si no os piden satisfacción por el insulto. ¿Pero qué, amigos míos, curtam varie? ¿No habéis rechazado de vuestra conciencia, de vuestro gobierno o de vuestro periódico o academia el veto absoluto de la Iglesia? ¿No habéis erigido un criterio fundamental de vuestras ideas , resoluciones la razón libre?

Pues, decís bien: sois liberales, y nadie os puede regatear este dictado. Pero, sabedlo: sois con eso librepensadores, aunque os sonroje tal denominación. Todo liberal, de cualquier grado o matiz que sea, es, ipso facto, librepensador. Y todo librepensador, por odiosa que sea y aun ofensiva a las conveniencias sociales esta denominación, no pasa de ser un lógico liberal. Es doctrina precisa y exacta, como de matemáticas, y no tiene vuelta de hoja, corno se suele decir.

Aplicaciones prácticas. Sois católicos más o menos condescendiente o resabiado, y pertenecéis, por malos de vuestros pecados, a un Ateneo liberal. Recogeos un momento, y preguntaos: ¿Seguiría perteneciendo yo a ese Ateneo si mañana se declarase pública y paladinamente Ateneo librepensador? ¿Qué os dicen la conciencia y la vergüenza? Que no. Pues mandad que os borren de las listas de ese Ateneo, porque no podéis como católico, pertenecer a él.

Tenéis un periódico y lo leéis y dais a leer a los vuestros sin escrúpulo, a pesar de que se llama y discurre como liberal. ¿Seguiríais suscrito a el si de repente apareciese en su primera página el titulo de periódico librepensador? Paréceme que de ninguna manera. Pues cerradle desde luego las puertas de vuestra caso; el tal liberal, manso o fiero, años ha que era ni más ni menos que librepensador.

¡Ah! ¡De cuántas preocupaciones nos corregiríamos con sólo fijar un poco la atención en el significado de las palabras! Toda asociación científica, literaria o filantrópica, liberalmente constituida, es asociación librepensadora Todo Gobierno, liberalmente organizado, es Gobierno librepensador. Todo libro o periódico, liberalmente escrito, es periódico o libro de librepensadores. Hacer asco a la palabra y no hacerlo a la realidad por ella representada es manifiesta obcecación. Piénselo bien aquellos de nuestros hermanos que, sin escrúpulo alguno de su o endurecida o demasiado blanda o acomodaticia conciencia, forman parte de Círculos, Certámenes, Redacciones, Gobiernos u otra clase cualquiera de instituciones erigidas con entera independencia del magisterio de la fe. Tales instituciones son liberales y son por lo mismo librepensadoras. Y a una agrupación librepensadora no puede pertenecer católico alguno, sin dejar de serlo por el mero hecho de aceptar como suyo el criterio librepensador de la agrupación consabida. Luego tampoco puede pertenecer a una agrupación liberal.

¡Cuántos católicos, no obstante, sirven muy buenamente al diablo con obras de este jaez! iSe van convenciendo ahora de cuán perversa cosa es el Liberalismo, ¿de cuán merecido es el horror con que debe mirar un buen católico las cosas liberales, y de cuán justificada es y natural nuestra feroz intolerancia ultramontana?.

XVI.- ¿CABE HOY EN LO DEL LIBERALISMO ERROR DE BUENA FE?

He hablado arriba de liberales de buena fe, y me he permitido cierta frase de duda sobre si hay o no hay in reram natura algún tipo de esta rarísima familia. Inclínome a creer que pocos hay, y que apenas cabe hoy día en la cuestión del Liberalismo ese error de buena fe, que podría alguna vez hacer excusable su profesión. No negaré en absoluto que tal o cual caso excepcional puede darse, pero ha de ser verdaderamente caso fenomenal.

En todos los períodos históricos dominados por una herejía se han dada casos frecuentísimos de algún o algunos individuos que, a pesar suyo, arrollados en cierta manera por el torrente invasor, se han encontrado participantes de la herejía, sin que se pueda explicar tal participación más que por una suma ignorancia o buena fe.

Forzoso es, no obstante, convenir en que si algún error se presentó jamás con ningunas apariencias que le hiciesen excusable, fue este del Liberalismo. La mayor parte de las herejías que han asolado el campo de la Iglesia procuraron encubrirse con disfraces de afectada piedad, que disimulasen su maligna procedencia. Los Jansenistas, más hábiles que ningún otro de sus antecesores, llegaron a tener adeptos en gran número, a quienes faltó poco para que el vulgo ciego tributase los honores sólo debidos a la santidad. Su moral era rígida, sus dogmas tremendos, el aparato exterior de sus personas ascético y hasta iluminado. Añádase que la mayor parte de las antiguas herejías versaron sobre puntos muy sutiles del dogma, sólo discernibles por el hábil teólogo, y que no podía por sí propia formar criterio la indocta multitud, como no fuera sometiéndose confiada al criterio de sus maestros reconocidos. Por donde, era natural que caído en el error el superior jerárquico de una diócesis o provincia, cayesen con el igualmente la mayor parte de sus subordinados que tenían depositada en su Pastor la mayor confianza; máxime cuando las comunicaciones, en otro tiempo menos fáciles con Roma, hacían menos accesible a toda la grey cristiana la voz nunca errada del Pastor universal. Esto explica la difusión de muchas antiguas herejías, que nos permitiremos calificar de meramente teológicas; esto da la razón de aquel angustioso grito con que exclamaba San Jerónimo en el siglo IV, cuando decía: Ingemuit universus orbis se esse arianum. “Gimió el mundo entero asombrado de encontrarse arriano”. Y esto hace comprender como en medio de los mayores cismas y herejías, como son los actuales de Rusia e Inglaterra, es posible tenga Dios muchas almas suyas en quienes no está extinguida la raíz de la verdadera fe por más que ésta, en su profesión externa, aparezca deforme y viciada. Las cuales, unidas al cuerpo místico de la Iglesia por el Bautismo, y a su alma por la gracia interior santificante, pueden llegar a ser con nosotros partícipes del reino celestial.

¿Acontece esto con el Liberalismo? Presentóse envuelto con el disfraz de meras formas políticas; pero éste fue ya desde el principio tan transparente, que muy ciego hubo de ser quien no le adivinó al ruin disfrazado toca su perversidad. No supo contenerse en los embozos de la mojigatería y del pietismo con que le envolvía alguno que otro de sus panegiristas; rompió al momento por todo, y anuncio con siniestros resplandores su abolengo infernal. Saqueó iglesias y conventos; asesinó Religiosos y clérigos, dio rienda suelta a toda impiedad; hasta en las imágenes más veneradas cebo su odio de condenado. Acogió al momento bajo su bandera a toda la hez social; fue su precursora y aposentadora en todas partes la corrupción calculada.

No eran dogmas abstractos y metafísicos los nuevos que predicaba en sustitución de los antiguos; eran hechos que bastaba tener ojos para verlos y simple buen sentido para abominarlos. Gran fenómeno se vio en esta ocasión, y que se presta mucho a serias meditaciones. El pueblo sencillo e iletrado, pero honrado, fue el más refractario a la novedad. Los grandes talentos corrompidos por el filosofismo fueron los primeros seducidos. El buen sentido natural de los pueblos hizo justicia en seguida a los atrevidos reformadores. En esto, como en todo, se confirmó que veían más claro, no los listos de entendimiento, sino los limpios de corazón. Y si esto podía decirse del Liberalismo en sus albores, ¿qué no se podrá decir hoy de él, cuando tanta luz se ha hecho sobre su odioso proceso? Nunca error alguno tuvo en contra sí más severas condenaciones de la experiencia, de la historia y de la Iglesia. Al que no quiera creer a ésta como buen católico, han de forzarle aquéllas a que se convenza como hombre de mera honradez natural.

El Liberalismo en menos de cien años de reinar en Europa ha dado ya de si todos sus frutos; la generación presente está recogiendo los últimos que traen harto amargado su paladar y perturbada su tranquila digestión. El argumento del divino Salvador que nos encarga juzgar del árbol por sus frutos, rara vez tuvo aplicación más oportuna.

Por otra parte, ¿no se vio muy claro desde el principio cuál era el parecer de la Iglesia ante la nueva reforma social? Algunos desdichados ministros de ella fueron arrastrados por el Liberalismo a la apostasía; este era el primer dato con que habían de juzgar los simples fieles de una doctrina que tales prosélitos arrastraba. Pero el conjunto de la jerarquía, ¿cuándo no fue refutado con gran razón como enemigo del Liberalismo? ¿Qué significa el dictado de clericalismo con que se ha honrado por los liberales a la escuela más tenaz enemiga de sus doctrinas, sino una confesión de que la Iglesia docente fue siempre enemiga de ellas? ¿Por qué se ha tenido al Papa? ¿Por qué a los obispos y Curas? ¿Por qué a los frailes de todo color? ¿Por qué al común de las gentes de piedad y de sana conducta? Por clericales siempre, es decir, por antiliberales. ¿Cómo puede, pues, nadie alegar buena fe en un asunto en que aparece tan claramente deslindada la corriente ortodoxa de la que no lo es? Así los que comprenden claramente la cuestión pueden ver las razones intrínsecas de ella; los que no la comprenden tienen de sobra autoridad extrínseca para formarlo en todas las cosas que se Tocan con su fe un buen cristiano. Luz no ha faltado por la misericordia de Dios; lo que ha sobrado son indocilidad, intereses bastardos , deseo de ancha vida. No engañó aquí la seducción que deslumbra al entendimiento con falso resplandor, sino la que le obscurece ensuciando con negros vapores el corazón.

Creemos, pues, que salvas muy raras excepciones, sólo grandes esfuerzos de ingeniosísima caridad pueden hacer que, discurriendo sean rectos principios de moral, se admita hoy en el católico la excusa de buena fe en el asunto del Liberalismo’ particularmente en los liberales teóricos.

XVII.- DE VARIOS MODOS CON QUE SIN SER LIBERAL UN CATÓLICO PUEDE HACERSE NO OBSTANTE CÓMPLICE DEL LIBERALISMO.

Dánse varios modos con que sin ser precisamente liberal, puede un católico hacerse cómplice del Liberalismo. Y he aquí un punto todavía más práctico que el anterior y acerca del cual debe estar muy frustrada y prevenida la conciencia del fiel cristiano en estos tiempos.

Sabido es que hay pecados de los cuales nos hacemos reos, digámoslo así, no por verdadera y directa comisión de ellos sino por mera complicidad o connivencia con sus autores. Siendo de tal naturaleza esta complicidad, que llega muchas veces a igualar en gravedad a la acción pecaminosa directamente cometida. Puede, pues, y debe aplicarse al pecado de Liberalismo cuanto sobre este punto de complicidad enseñan los tratadistas de Teología moral. Nuestro objeto no es más que dejar apuntados aquí brevemente los principales modos con que acerca del Liberalismo se puede contraer hoy día esta complicidad.

1.° Afiliándose formalmente a un partido liberal. Es la complicidad mayor que puede darse en esta materia, y apenas se distingue de la acción directa a que se refiere. Muchos hay que, en su claro juicio, ven toda la falsedad doctrinal del Liberalismo y conocen sus siniestros propósitos y abominan su detestable historia. Mas, o por tradición de familia, o heredados rencores, o por esperanzas de medro personal, o por consideración a favores recibidos, o por temor a perjuicios que les puedan sobrevenir, o por otra causa cualquiera, aceptan un puesto en el partido que tales doctrinas sustenta y tales propósitos abriga, y permiten se les cuente públicamente entre sus individuos y se honran con su apellido y trabajan bajo su bandera. Estos desdichados son los primeros cómplices, los grandes cómplices de todas las iniquidades de su partido; aun sin conocerlas detalladamente, son verdaderos coautores de ellas y participan de su inmensa responsabilidad. Así hemos visto en nuestra patria a hombres muy de bien, excelentes padres de familia, honrados comerciantes o artesanos, figurar en partidos que traen en su programa usurpaciones y rapiñas que ninguna honradez humana puede justificar. Son, pues, ante Dios responsables de este atentado como el tal partido que los cometió, siempre que el tal partido los considere, no como hecho accidental, sino como lógico procedimiento suyo. La honradez de tales sujetos sólo sirve de hacer más grave esta complicidad. Porque es claro que si un partido malo no se compusiera más que de malvados, no habría gran cosa que temer de él. Lo horrible es el prestigio que a un partido malo dan las personas relativamente buenas que le honran y recomiendan con figurar en sus filas.

2º Aun sin estar formalmente afiliados a un partido liberal, antes haciendo publica protesta de no pertenecer a él, contraen también complicidad liberal los que manifiesten por él públicas simpatías, elogiando sus personajes, defendiendo o excusando sus periódicos, tomando parte en sus festejos. La razón es evidente. El hombre, sobre todo si vale algo por su talento o posición, hace mucho en favor de cualquier idea con sólo mostrarse en relaciones más o menos benévola con sus fautores. Da más con el obsequio de su prestigio personal, que si diese dinero, armas, o cualquier otro material auxilio. Así, por ejemplo, honrar un católico, sobre todo si es sacerdote, a un periódico liberal con su colaboración, es manifiestamente favorecerle con el prestigio de su firma, aunque con ella no se defienda la parte mala del periódico, aunque con ella se disienta de esta misma parte mala. Se dirá tal vez que con escribir allí se logra hacer oír la voz del bien por muchos que en otro periódico no la escucharían. Es verdad, pero también la firma del hombre bueno sirve allí de abonar tal periódico a la vista de los lectores poco hábiles en distinguir las doctrinas de un redactor de las de su vecino; y así, lo que se pretendía fuese contrapeso y compensación del mal, se convierte para la generalidad en efectiva recomendación de él. Mil veces lo hemos oído: “¿Malo es tal periódico? Pues ¿no escribe en él D. Fulano de tal?” Así discurre el vulgo, y vulgo somos casi la totalidad del género humano. Por desgracia es frecuentísima en nuestros días esta complicidad.

3.º Se comete verdadera complicidad votando candidatos liberales, y esto aunque no se voten por la razón de tales, sino por opiniones económicas o administrativas, etc., de aquel diputado. Por más que en una cuestión de éstas puede estar conforme tal diputado con el Catolicismo, es evidente que en las demás cuestiones ha de hablar y votar según su criterio herético; y se hace cómplice de sus herejías el que le puso en el caso de que fuese a escandalizar con ellas el país.

4.° Es complicidad estar suscrito al periódico liberal o recomendarlo en el periódico sano por falsa razón de compañerismo, o lamentar por análoga razón de falsa cortesía, su cese o suspensión. Ser suscriptor de un periódico liberal es dar dinero para fomentar el Liberalismo; más aún, es ocasionar que otro incauto se decide a leerlo viendo que vos lo tomáis; es, además, propinar a la familia y a los amigos de la casa una lectura más o menos envenenada. ¿Cuántos periódicos malos debieran desistir de su ruin y maléfica propaganda, si no los apoyasen ciertos bonachones suscriptores? Lo mismo decimos de la frase de cajón entre periodistas: nuestro estimado colega, o la otra de desearle abundante suscripción, o la más común de sentimos el percance de nuestro compañero, tratándose respectivamente de la primera salida o de la suspensión de un periódico liberal No debe haber estos compadrazgos entre soldados de tan opuesta bandera como lo son la de Dios y la de Satanás. Al cesar o ser suspendido un periódico de éstos deben darse gracias a Dios porque venga Su Divina Majestad ,un enemigo menos: al anunciarse su aparición debe, no saludarse ésta, sino lamentarse como una calamidad.

5º Complicidad es administrar, imprimir, vender, repartir, anunciar o subvencionar tales periódicos o libros, aunque sea haciéndolo a la vez con los buenos, aunque sea por mera profesión industrial, aunque sea como medida material de ganar el diario sustento.

6º Es complicidad en los padres de familia, directores espirituales, dueños de talleres, catedráticos y maestros, callar cuando son preguntados sobre estas cosas; o simplemente no explicarlas cuando tienen obligación, para ilustrar las conciencias de sus subordinados.

7.º Es complicidad a voces ocultar la convicción, propia buena, dando lugar a que se sospeche que se tiene malo. No se olvide que hay mil ocasiones en que es obligación del cristiano dar público testimonio de la verdad, aun sin ser formalmente requerido.

8º .-Es complicidad comprar fincas sagradas o de beneficencia sin el beneplácito de la Iglesia, aunque las saque a pública subasta la desamortización, como no se compren para devolverlas a su legitimo dueño. Es complicidad redimir censos eclesiásticos sin permiso del verdadero señor de ellos, aunque se presente muy lucrativa la operación. Es complicidad intervenir como agente en tales compras y ventas, publicar los anuncios de subastas, practicar corredurías, etc. Todos estos actos traen además consigo obligación de restituir en la proporción de lo que con ello se ha contribuido al inicuo despojo.

9º.-Es en algún modo complicidad prestar la casa propia para actos liberales o cederla en alquiler para ello, como por ejemplo, para casinos patrióticos, escuelas laicas, clubs, redacciones de periódicos liberales, etc.

10º .-Es complicidad celebrar fiestas cívicas o religiosas por actos notoriamente liberales o revolucionarios; asistir voluntariamente a dichas fiestas; celebrar exequias patrióticas que tienen más de significación revolucionaria que de sufragio cristiano; pronunciar discursos fúnebres en elogio de difuntos notoriamente liberales; adornar con coronas y cintas sus sepulcros, etc. ¡Cuántos incautos han flaqueado en su fe por estas causas!

Estas indicaciones hacemos, abarcando sólo lo más común en esta materia. Las complicidades pueden ser de variedad infinita, como los actos de la vida del hombre, que son, por lo infinitos, inclasificables. Grave es la doctrina que en algunos puntos hemos sentado, pero si es cierta la Teología moral aplicada a otros errores y crímenes, ¿ha de serlo menos aplicada al que nos ocupa esta ocasión?.

XVIII.- DE LAS SEÑALES O SÍNTOMAS MÁS COMUNES CON QUE SE PUEDE CONOCER SI UN LIBRO, PERIÓDICO O PERSONA ANDAN ATACADO O SOLAMENTE RESABIADOS DEL LIBERALISMO.

En esta variedad, o mejor, confusión de matices y medias tintas que ofrece la abigarrada familia del Liberalismo, ¿hay señales o notas características con que distinguir fácilmente al liberal del que no lo es? He aquí otra cuestión también muy práctica para el católico de hoy, y que de un modo u otro frecuentemente el teólogo moralista ha de resolver.

Dividiremos para esto los liberales (sean personas, sean escritos) en tres clases.

-Liberales fieros.

-Liberales mansos.

-Liberales impropiamente dichos o solamente resabiados de Liberalismo.

Ensayemos una descripción semi-fisiológica de cada uno de estos tipos. Es estudio que no carece de interés.

El liberal fiero se conoce, desde luego, porque no trata de negar ni de encubrir su maldad Es enemigo formal del Papa y de los Curas y de la gente toda de Iglesia; bástale sea sagrada cualquier cosa para excitar su desapoderado rencor. Busca entre los periódicos los más encandilados; vota entre los candidatos los más abiertamente impíos; de su funesto sistema acepta hasta las últimas consecuencias. Hace gala de vivir sin práctica alguna de religión, y a duras penas la tolera en su mujer e hijos. Suele pertenecer a sectas secretas, y muere por lo regular sin consuelo alguno de la Iglesia.

El liberal manso suele ser tan malo como el anterior, pero cuida bastante de no parecerlo. Las buenas formas y las conveniencias sociales lo son todo para él; salvado este punto no le importa gran cosa lo demás. Incendiar un convento no le parece bien; apoderarse del solar del convento incendiado, es cosa para él ya más regular y tolerable. Que un periodicucho cualquiera de esos de burdel venda sus blasfemias en prosa, verso o grabado a dos cuartos ejemplar, es un exceso que él prohibiría y hasta lamenta no lo prohiba un Gobierno conservador; pero que se diga todo lo mismo en frases cultas, en un libro de buena impresión o en un drama de sonoros versos, sobre todo si el autor es académico o cosa así, ya no ofrece inconveniente. Oír hablar de clubs le da escalofríos y calentura, porque allí, dice él, se seduce a las masas y se subvierten los fundamentos del orden social. Pero ateneos libres se pueden muy bien consentir porque la discusión científica de todos los problemas sociales ¿quién los va a condenar? Escuela sin Catecismo es un insulto al católico país que la paga. Mas universidad católica, es decir, con sujeción entera al Catecismo, o sea al criterio de la fe, debe dejarse para los tiempos de la Inquisición El liberal manso no aborrece al Papa, sólo no encuentra bien ciertas pretensiones de la Curia romana y ciertos extremos del ultramontanismo que no dicen bien con las ideas de hoy. Ama a los Curas, sobre todo a los ilustrados, es decir, a los que piensan a la moderna como el; en cuanto a los fanáticos y reaccionarios, los evita o los compadece. Va a la iglesia, y tal vez hasta a los Sacramentos; pero su máxima es, que en la iglesia se debe vivir como cristiano, mas fuera de ella conviene vivir con el siglo en que se ha nacido, y no obstinarse en remar contra la corriente. Navega así entre dos aguas, y suelen morir con el sacerdote al lado, pero lleno de libros prohibidos la librería.

El católico simplemente resabiado de Liberalismo se conoce en que, siendo hombre de bien y de prácticas sinceramente religiosas, huelen no obstante a Liberalismo en cuanto habla o escribe o trae entre manos. Podría decir a su modo, como Mad. Sevigné: “No soy la rosa, pero estuve cerca de ella, y tomé algo de su olor”. El buen resabiado discurre y habla y obra como liberal de veras, sin que él mismo, pobrecito, lo eche de ver. Su fuerte es la caridad: este hombre es la caridad misma. ¡Cómo aborrece él las exageraciones de la prensa ultramontana! Llamarle malo a un hombre que difunde malas ideas, parécele a ese singular teólogo pecado contra el Espíritu Santo. Para el no hay más que extraviados. No se deba resistir ni combatir; lo que se debe procurar siempre es atraer. “Ahogar el mal con la abundancia del bien”, esta es su fórmula favorita, que leyó un día en Balmes por casualidad, -y fue lo único que del gran filósofo catalán se le quedó en la memoria. Del Evangelio aduce únicamente los textos que saben a miel y almíbar. Las invectivas espantosas contra el fariseísmo diríase que las tiene él por genialidades e intemperancias del divino Salvador. A bien que sabe usarlas él mismo muy reciamente contra los irritables ultramontanos, que con sus exageraciones comprometen cada día la causa de una Religión que toda es paz v amor. Contra éstos anda acerbo y duro el buen resabiado, contra éstos es amargo su celo y agria su polémica y agresiva su caridad. Por él exclamó el P. Felix en un discurso célebre, a propósito de las acusaciones de que era objeto en persona del gran Veuillot: “Señores, amemos y respetemos hasta a nuestros amigos”. Pero no; el buen resabiado no lo hace así: guarda todos sus tesoros de tolerancia y de caridad liberal para los enemigos jurados de su fe. ¡Es claro, como que el infeliz los ha de atraer! En cambio, no tiene más que el sarcasmo y la intolerancia cruel para sus más heroicos defensores. En suma. al buen resabiado, aquello de la oposición per diametrum del Padre San Ignacio en sus Ejercicios espirituales, nunca le pudo entrar. No conoce más táctica que la de atacar por los flancos, que en religión suele ser la más cómoda, pero no la más decisiva. Bien quisiera él vencer, pero a trueque de no herir al enemigo ni causarle mortificación o enfado. El nombre de guerra le alborota los nervios mas le acomoda la pacífica discusión. Está por los Círculos liberales en que se perorea y delibera, no por las Asociaciones ultramontanas en que se dogmatiza e increpa. En una palabra, si por sus frutos se conoce al liberal fiero y al manso, por sus acciones principalmente es como al resabiado de liberalismo se le ha de conocer.

Por estos rasgos mal perfilados, que no llegan a diseños o bocetos, cuando menos a verdaderos y acabados retratos, será fácil conocer muy luego a cualquiera de los tipos de la familia en sus diversas gradaciones. Resumiendo en pocas palabras el rasgo más característico de su respectiva fisonomía, diremos que el liberal fiero ruge su Liberalismo; el liberal manso lo perora; el pobre resabiado lo suspira y gimotea.

Todos son peores, como decía de su padre y madre aquel pillete del cuento; pero al primero le paraliza muchas veces su propio furor; al tercero su condición híbrida, de suyo infecunda y estéril. El segundo es el tipo satánico por excelencia, y el que en nuestros tiempos produce el verdadero estrago liberal.

XIX.- DE LAS PRINCIPALES REGLAS DE PRUDENCIA CRISTIANA QUE DEBE OBSERVAR EL BUEN CATÓLICO EN SU TRATO CON LIBERALES.

Y no obstante, ¡oh lector! con liberales fieros y mansos, o con católicos miserablemente resabiados de Liberalismo, hay que vivir en el siglo presente como con arrianos se vivió en el cuarto, y con pelagianos en el quinto, y con jansenistas en el decimoséptimo. Y no es posible dejar de alternar con ellos, porque se los encuentra uno por todas partes, en el negocio, en las diversiones, en las visitas hasta en la iglesia tal vez, hasta en la propia familia. ¿Cómo se habrá, pues, de portar el buen católico en sus relaciones con tales apestados? ¿Cómo podrá prevenir y evitar, o disminuir por lo menos, ese constante riesgo de infección?

Dificilísimo es señalar reglas precisas para cada caso. Sin embargo, máximas generales de conducta se pueden muy bien indicar, dejando a la prudencia de cada uno lo concreto e individual de su aplicación.

Parécenos que ante todo conviene distinguir tres clases de relaciones que se pueden suponer entre un católico y un liberal, o sea entre un católico y el Liberalismo. Decimos así porque las ideas en la práctica no se pueden considerar separadas de las personas que las profesan y sustentan. El Liberalismo ideológico es puro concepto intelectual: el Liberalismo real y práctico son las instituciones, personas, libros y periódicos liberales. Tres clases, pues de relaciones se pueden suponer entre un católico y el Liberalismo

Relaciones necesarias.

Relaciones útiles.

Relaciones de pura afición o placer.

Relaciones necesarias. Son las que inevitablemente trae a cada cual su estado o posición particular. Así son las que deben mediar entre hijos y padre, marido y mujer, hermanos y hermanas, súbditos y superiores, amos y criados, discípulos y profesores, etc. Claro es que si un buen hijo tiene la desdicha de que su padre sea liberal. no por eso le ha de abandonar; ni la mujer al marido; ni el hermano o pariente a otro de la familia, más que en los casos en que el Liberalismo en los tales llegase a exigir de su súbdito respectivo actos esencialmente contrarios a la Religión, y que indujesen a formal apostasía de ella. No cuando solamente impidiesen la libertad de cumplir los preceptos de la Iglesia; pues sabido es que la Iglesia no entiende obligar a los tales sub gravi incommode. En todos estos casos debe el católico soportar con paciencia su dura situación; rodearse de todas las precauciones para evitar el contagio del mal ejemplo, como se aconseja en todos los libros al tratar de las ocasiones próximas necesarias; tener muy levantado el corazón a Dios, y rogar cada día por su propia salvación y por la de las infelices víctimas del error: rehuir todo lo posible la conversación o disputa sobre tales materias o no entrar en ellas sino muy pertrechado de armas ofensivas y defensivas. Buscar éstas en la lectura de libros y periódicos sanos a juicio de un prudente director; contrapesar la inevitable influencia de tales personas inficionadas con el trato frecuente de otras de autoridad y luces que estén en clara posesión de la sana doctrina, obedecer al superior en todo lo que no se oponga a la fe y moral católica pero renovar cada día el firme propósito de negar la obediencia a quien quiera que sea, en lo que directa o indirectamente sea opuesto a la integridad del Catolicismo. Y no desmaye el que en esa situación se encontrare. Dios, que ve sus luchas, no le faltará con El auxilio conveniente. Hemos reparado que los buenos católicos de países liberales y de familias liberales suelen distinguirse, cuando son verdaderamente buenos, por cierto especial vigor y temple de espíritu. Es este el constante proceder de la gracia de Dios, que allí alienta con más firmeza donde más apurada y apretada ve la necesidad.

Relaciones útiles. Otras relaciones hay que no son absolutamente indispensables, pero que lo son moralmente, por cuanto sin ellas no es apenas posible la vida social, que toda estriba en un cambio de servicios. Tales son las relaciones de comercio, las de empresarios y trabajadores, las del artesano con sus parroquianos, etc. En éstas no hay la estrecha sujeción que en las del grupo anterior; puede hacerse, pues, alarde de mayor independencia. La regla fundamenta es no ponerse en contacto con tales gentes más que por el lado en que sea preciso engranar con ellas para el movimiento de la máquina social. Si es comerciante, no trabar con ellas otras relaciones que las de comercio; si es criado, ningunas otras más que las de servicio; Si es artesano, no otras que los de toma y daca relativas a su profesión guardando esta prudencia, se puede vivir sin menoscabo de la fe, aun en medio de un pueblo de judíos. Sin olvidar las demás prevenciones generales recomendadas en el grupo anterior, y teniendo en cuenta que aquí no media razón alguna de vasallaje, y que de la independencia católica conviene hacer alarde en frecuentes ocasiones para imponer respeto con ella a los que creen poder anonadarnos con su desvergüenza liberal. Mas si llegase el caso de una imposición descarada, débese repelerla con toda franqueza y erguirse ante el descaro del sectario con todo el noble y santo descaro del discípulo de la fe.

Relaciones de mera afición. Estas son las que contraemos y sostenemos libremente con sólo quererlo. Con liberales debemos abstenernos libremente con sólo quererlo. Con liberales debemos abstenernos de ellas como de verdaderos peligros para nuestra salvación Aquí tiene lugar de lleno la sentencia del Salvador: El que ama el peligro perecerá en él. ¿Cuesta? Rómpase el lazo peligroso, aunque mucho cueste. Tengamos presente para eso las siguientes consideraciones, que sin duda nos convencerán o por lo menos nos confundirán si no nos convencen. Si aquella persona estuviese atacada de mal físico contagioso, ¿la frecuentaría? Sin duda que no. Si tu trato con ella comprometiese tu reputación mundana, ¿lo mantendrías? Pues, cierto que no. Si profesase ideas injuriosas con respecto a tu familia, ¿la fueras a visitar? Clarito que no. Pues bien: miremos en este asunto de honra divina y de espiritual salud lo que nos dicta la humana prudencia con respecto a los propios intereses y honra humana. Sobre esto le habíamos oído decir a persona de gran jerarquía hoy en la Iglesia de Dios: “¡Nada con liberales; no frecuentéis sus casas; no cultivéis sus amistades!” A bien que antes lo había dicho ya de sus congéneres el Apóstol: Ne commiscemini: “No os relacionéis con ellos”, (1 Corinth. V, 9). Cum hujusmodi nec cibum sumere: “Con ellos ni sentarse a la mesa.” (Ibid. V, 11).

¡Horror, pues a la herejía, que es el mal sobre todo mal! En país apestado lo primero que se procure es aislar. ¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluta entre católicos y sectarios del Liberalismo!.

XX.- DE CUÁN NECESARIO SEA PRECAVERSE CONTRA

LAS LECTURAS LIBERALES.

Si esta conducta conviene observar con las personas, mucho más conveniente, y por suerte mucho más fácil, es observarla con las lecturas.

El Liberalismo es sistema completo, como el Catolicismo, aunque en sentido inverso. Tiene, pues, sus artes, ciencias, letras, economía, moral, es decir, un organismo enteramente propio y suyo animado por su espíritu, marcado con su sello y fisonomía. También lo han tenido las más poderosas herejías, como, por ejemplo, el arrianismo en la antigüedad y el jansenismo en los siglos modernos. Hay, pues, no sólo periódicos liberales, sí que libros liberales o resabiados de Liberalismo, y los hay en abundancia, y triste es decirlo, en ellos se apacienta principalmente la generación actual y por esto, aun sin saberlo o advertirlo, son tantos los que se encuentran miserablemente contagiados.

¿Qué reglas hay que dar para este caso?

Análogas o casi iguales a las que se han dada con relación a las personas. Vuélvase a leer lo dicho poco ha, y aplíquese a los libros lo que de los individuos se dijo. No es trabajo difícil, y ahorrará a nosotros y a los lecturas la molestia de la repetición.

Una cosa solo advertiremos aquí, que especialmente se refiere a esta materia. Y es que nos guardemos de deshacernos en elogios de libros liberales, sea cual fuere su mérito científico o literario, a menos que no hagamos tales elogios sino con grandísimas reservas y salvando siempre la reprobación que merecen por su espíritu o sabor liberal. Y hacemos hincapié en esto, porque son muchos los católicos bonachones (aun en el periodismo católico), que, para que les tengan por imparciales, y por darse barniz de ilustración, que siempre halaga, tocan el bombo y soplan la trompeta de la Fama en favor de cualquier obra científica o literaria que nos venga del campo liberal; y dicen que hacerlo así es probar que a los católicos no nos duele reconocer el mérito donde quiera que lo veamos, que así se atrae al enemigo (maldito sistema de atracción, que viene a ser nuestro juego de gana pierde! pues insensiblemente somos nosotros los atraídos); que, finalmente, no hay peligro alguno en esto, y si notorio espíritu de equidad. ¡Qué pena nos dio hace pocas meses leer en un periódico fervorosamente católico repetidos elogios y recomendaciones de un poeta célebre que ha escrito, en odio a la Iglesia, poemas como la Visión de Fr Martín y La última Lamentación de Lord Byron! ¿Qué importa sea o no grande su mérito literario, si con este su mérito literario, nos asesina las almas que hemos de salvar? Lo mismo fuera guardarle consideración al bandido por brillo de la espada con que nos embiste, o por los bellos dibujos que adornan el fusil con que nos dispara. La herejía envuelta en los artificiosos halagos de una rica poesía, es mil veces más mortífera que la que sólo se da a tragar en los áridos y fastidiosos silogismos de la escuela. La gran propaganda herética de casi todos los siglos, leo en las historias, que la han ayudado a hacer los sonoros versos. Poetas de propaganda tuvieron los arrianos; tuviéronlos los luteranos, que muchos se preciaban, con su Erasmo, de cultos humanistas; de la escuela jansenista de Arnaldo, de Nicole y de Pascal no hay que decir que fue esencialmente literaria. Voltaire ya se sabe a qué debió los principios y sostén de su espantosa popularidad. ¿Cómo hemos, pues, de hacernos cómplices los católicos de tales sirenas del infierno, y darles nombre y fama, y ayudarlos en su obra de fascinación y corrupción de la juventud? El que lee en nuestros periódico que tal o cual poeta es admirable poeta, aunque liberal; va y coge y compra en la librería aquel admirable poeta, aunque liberal; y lo traga y devora, aunque liberal; y lo digiere e inficiona con él su sangre, aunque liberal; y tórnase a la postre el desdichado lector liberal como su autor favorito. ¡Cuántas inteligencias y corazones echó a perder el infeliz Espronceda! ¡Cuántas el impío Larra! ¡Cuántas casi hoy día el malhadado Bécquer! Por no citar nombres de vivos; que nos costara por cierto citarlos a docenas. ¿Por qué le hemos de hacer a la Revolución el servicio de pregonar sus glorias infaustas? ¿A título de qué? ¿De imparcialidad? No, que no debe haber imparcialidad en ofensa de lo principal, que es la verdad. Una mala mujer es infame por bella que sea, y es más peligrosa cuanto es más bella. ¿Acaso por título de gratitud? No, porque los liberales más prudentes que nosotros, no recomiendan lo nuestro aunque sea tan bello como lo suyo, antes procuran obscurecerlo con la crítica o enterrarlo con el silencio.

De San Ignacio de Loyola dice su ilustre historiador, el P. Ribadeneyra, que era tan celoso de esto, que nunca permitió se leyese en sus clases obra alguna del famoso humanista de su época Erasmo de Rotterdan, a pesar de que muchos de sus elegantes escritos no se referían a religión, sólo porque en la mayor parte de ellos mostraba saber protestante.

Del P. Fáber, a quien no se tachará de poco ilustrado, intercalamos aquí un precioso fragmento a propósito de sus famosos compatricios Milton y Byron. Decía así el gran escritor inglés, en una de sus hermosísimas cartas: ¿No comprendo la extraña anomalía de las gentes de salón, que citan con elogio a hombres como Milton y Byron, manifestando al mismo tiempo que aman a Cristo y ponen en El toda esperanza de salvación. Se ama a Cristo y a la Iglesia, y se alaba en sociedad a los que de Ellos blasfeman; se truena y se habla contra la impureza como cosa odiosa a Dios, y se celebra a un ser cuya vida y obras han estado saturadas de ella. No puedo comprender la distinción entre el hombre y el poeta, entre los pasajes puros y los impuros. Si un hombre ofende Al objeto de mi amor, no puedo recibir de él consuelo ni placer, y no puedo concebir que con amor ardiente y delicado hacia nuestro Salvador puedan gustar las obras de su enemigo. La inteligencia admite distinciones pero el corazón, no. Milton ( maldita sea la memoria del blasfemo! ) pasó gran parte de su vida escribiendo contra la divinidad de mi Señor, mi única fe, mi único amor; este pensamiento me envenena. Byron, hollando sus deberes para con su patria y todos los afectos naturales, se rebajó vergonzosamente, vistiendo con hermosos versos el crimen y la incredulidad. El monstruo que puso (¿me atreveré a escribirlo?) a Jesucristo al nivel y como compañero de Júpiter y de Mahoma, no es para mí otra cosa que bestia fiera, hasta en sus pasajes más puros, y nunca me he arrepentido de haber arrojado al fuego en Oxford una hermosa edición de sus obras en cuatro volúmenes… Inglaterra no necesita a Milton. ¿Cómo puede necesitar mi país una política, un valor, un talento o cualquier otra cosa que esté maldita de Dios; ¿Y cómo el Eterno Padre puede bendecir el talento y la obra de quien en prosa y en verso ha renegado’ ridiculizado y blasfemado la divinidad de su Hijo? Si quis non amat Dominum Nostram Jesum Christam, sit anathema. Así decía San Pablo.,

En tales términos escribía el gran literato católico inglés, una de las más grandes figuras literarias de la Inglaterra moderna. Eso escribía cuando no había hecho aún su completa abjuración del Protestantismo. Así ha discurrido siempre la sana intransigencia católica, así habló siempre el buen sentido de la fe.

Asómbrame que se hayan tenido tantas polémicas sobre si conviene o no la educación clásica, basada en el estudio de los autores griegos y latinos de la pagana antigüedad, a pesar de lo que les disminuye a éstos su eficacia la distancia de los siglos, el mundo distinto de ideas y costumbres y la diversidad del idioma. Asómbrame esto, y que apenas nada se haya escrito sobre lo venenoso y letal de la educación revolucionaria, que sin escrúpulo se da o se tolera dar por muchos católicos a la juventud.

XXI.- DE LA SANA INTRANSIGENCIA CATÓLICA EN OPOSICIÓN A LA FALSA CARIDAD LIBERAL.

¡Intransigente! ¡Intransigencia! Oigo exclamar aquí a una porción de mis lectores más o menos resabiados, tras la lectura del capitulo anterior. ¡Qué modo de resolver la cuestión tan poco cristiano! ¿Son o no prójimos, como cualquier otro, los liberales? ¿A dónde vamos a parar con estas ideas? ¿Cómo tan descaradamente se recomienda contra ellos el desprecio de la caridad?

“¡Ya apareció aquello!”, exclamaremos nosotros a nuestra vez. Ya se nos echo en nosotros Io de la “falta de caridad”. Vamos, pues, a contestar también a este reparo, que es para algunos el verdadero caballo de batalla de la cuestión. Si no lo es, sirve a lo menos a nuestros enemigos de verdadero parapeto. Es, como muy a propósito ha dicho un autor, hacer bonitamente servir a la caridad de barricada contra la verdad.

Sepamos ante todo qué significa la palabra caridad.

La teología católica nos da de ella la definición por boca de un órgano el más autorizado para la propaganda popular, que es el sabio y filosófico Catecismo. Dice así: Caridad es una virtud sobrenatural que nos inclina a amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. De esta definición, después de la parte que a Dios se refiere, resulta que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, y esto no de cualquier manera, sino en orden y con sujeción a la ley de Dios y por amor de Dios.

Ahora bien: ¿Qué es amar? Amare est velle bonum, dice la filosofía: “Amar es querer bien a quien se ama”,. ¿Y a quién dice la caridad que se ha de amar o querer bien? Al prójimo, esto es, no a tal o cual hombre solamente, sino a todos los hombres. ¿Y cuál es este bien que se le ha de querer para que resulte verdadero amor? Primeramente el bien supremo de todos, que es el bien sobrenatural: luego después, los demás bienes de orden natural, no incompatibles con aquél. Todo lo cual viene a resumirse en aquella frase “por amor de Dios,”, y tras mil de análogo sentido.

Síguese, pues, de ahí, que se puede amar y querer bien al prójimo (y mucho) disgustándole, y contrariándole, y perjudicándole materialmente, y aun privándole de la vida en alguna ocasión. Todo estriba en examinar si, en aquello que se le disgusta o contraría o mortifica, se obra o no en bien suyo, o de otro que tenga mas derecho que él a este bien, o simplemente en mayor servicio de Dios.

1.° O en bien suyo. Si claramente aparece que disgustando y ofendiendo al prójimo se obra en bien suyo, claro está que se le ama aún en aquello en que por su bien se le disgusta y contraría. Así al enfermo se le ama abrasándole con el cauterio o cortándole la gangrena con el bisturí; al malo se le ama corrigiéndole con la reprensión o el castigo, etc. Todo lo cual es excelente caridad

2º O en bien de otro prójimo que tenga derecho mejor. Sucede frecuentemente que hay que disgustar a uno, no en bien propio suyo, sino para librar de un mal a otro a quien el primero se lo procure causar. En este caso es ley de caridad defender al agredido de la violencia injusta del agresor, y se puede hacer mal a éste cuanto sea preciso o conveniente para la defensa de aquél. Así sucede cuando en defensa del pasajero, a quien acomete el ladrón, se mata a éste. Y entonces matar o dañar, o de otra cualquier manera ofender al injusto agresor, es acto de verdadera caridad.

3.° O en el debido servicio de Dios. El bien de todos los bienes es la divina gloria, como el prójimo de todos los prójimos es para el hombre su Dios. De consiguiente, el amor que se debe a los hombres, como prójimos, debe entenderse siempre subordinado al que debemos todos a nuestro común Señor. Por su amor y servicio, pues, se debe (si es necesario) disgustar a los hombres; se debe (si es necesario) herirlos y matarlos. Adviértase la fuerza de los paréntesis (si es necesario), lo cual dice claramente el caso único en que exige tales sacrificios el servicio de Dios. Así en guerra justa, como se hieren y se matan hombres por el servicio de la patria, se pueden herir y matar hombres por el servicio de Dios; y como con arreglo a la ley se pueden ajusticiar hombres por infracción del Código humano, pues dense en sociedad católicamente organizada ajusticiar hombres por infracción. del Código divino, en lo que obliga éste en el mero externo. Lo cual justifica plenamente a la maldecida Inquisición. Todo lo cual (cuando tales actos sean necesarios y justos ) son actos de virtud, Y pueden ser imperados por la caridad.

No lo entiende así el Liberalismo moderno, pero entiende mal en no entenderlo así. Por esto tiene y da a los suyos una falsa noción de la caridad, y aturrulla y apostrofa a todas horas a los católicos firmes, con la decantada acusación de intolerancia e intransigencia. Nuestra fórmula es muy clara y concreta. Es la siguiente: La suma intransigencia católica es la suma católica caridad. Lo es en orden al prójimo por su propio bien, cuando por su propio bien le confunde y sonroja y ofende y castiga. Lo es en orden al bien ajeno, cuando por librar a los prójimos del contagio de un error desenmascara a sus autores y fautores, les llama con sus verdaderos nombres de malos y malvados, los hace aborrecibles y despreciables como deben ser, los denuncia a la execración común, y si es posible, al celo de la fuerza social encargada de reprimirlos y castigarlos. Lo es, finalmente, en orden a Dios cuando por su gloria y por su servicio se hace necesario prescindir de todas las consideraciones, saltar todas las vallas, lastimar todos los respetos, herir todos los intereses, exponer la propia vida y la de los que sea preciso para tan alto fin.

Y todo esto es pura intransigencia en el verdadero amor, y por esto es suma caridad, y los tipos de esta intransigencia son los héroes mas sublimes de la caridad, como la entiende la verdadera Religión. Y porque hay pocos intransigentes, hay en el día pocos caritativos de veras. La caridad liberal que hay está de moda es en la forma el halago y la condescendencia y el cariño; pero es en el fondo el desprecio esencial de los verdaderos bienes del hombre y de los supremos intereses de la verdad y de Dios.

XXII.- DE LA CARIDAD EN LO QUE SE LLAMA LAS FORMAS DE LA POLÉMICA,

Y SI TIENEN EN ESO RAZÓN LOS LIBERALES CONTRA LOS

APOLOGISTAS CATÓLICOS.

Mas no es este último principalmente el terreno en que coloca la cuestión. el Liberalismo, porque sabe que en el de los principios sería irremediablemente vencido. Mas a menudo acusa a los católicos su propaganda, y en este punto es donde, como hemos dicho, suelen hacer especial hincapié ciertos católicos buenos en el fondo, pero resabiados de la maldita paste liberal. ¿Qué hay, pues, sobre el particular?

Hay lo siguiente: Que tenemos razón los católicos en esto como en lo demás, y no la tienen, ni sombra de ella, los liberales Fijémonos para esto en los siguientes puntos:

1.° Puede claramente el católico decir a su adversario liberal, que lo es. Nadie pondrá en duda esta proposición. Si tal autor o periodista o diputado empieza por jactarse de Liberalismo, y no oculta poco ni mucho sus ideas o aficiones liberales ¿qué injuria se le hace en llamarle liberal? Es principio de derecho: Si palam res est, repetitio injuriam non est: “No hay injuria en decir lo que está a la vista de todos”. Mucho menos en decir del prójimo lo que él mismo dice a todas horas de sí . ¿Cuántos liberales, no obstante, particularmente del grupo de los mansos o templados, tienen a gran injuria que los llamen liberales o amigos del Liberalismo un adversario católico?

2º Dado que el Liberalismo es cosa mala, no es faltar a la caridad llamar malos a los defensores públicos y conscientes del Liberalismo. Es en sustancia aplicar al caso presente la ley de justicia que se ha aplicado en todos los siglos.

Los católicos de hoy no hacemos innovación en este punto, nos atenemos a la práctica constante de la antigüedad. Los propagadores y fautores de herejías han sido en todos tiempos llamados herejes. como los autores de ellas. Y como la herejía ha sido siempre considerada en la Iglesia como gravísimo mal, a tales fautores y propagadores ha llamado siempre la Iglesia malos y malvados. Regístrense las colecciones de los autores eclesiásticos. Véase cómo trataron los Apóstoles a los primeros heresiarcas, y cómo siguieron tratándolos los Santos Padres, cómo los han seguido tratando los modernos controversistas y la misma Iglesia en su lenguaje oficial. No hay, pues, falta de caridad en llamar a lo malo, malo; a los autores, fautores y seguidores de lo malo, malvados; y al conjunto de todos sus actos, palabras y escritos, iniquidad, maldad, perversidad. El lobo fue llamado siempre lobo a secas, y nunca se creyó hacer mala obra al rebaño ni a su dueño con llamarle y apostrofarle así.

3.º Si la propaganda del bien y la necesidad de atacar el mal exigen el empleo de frases duras contra los errores y sus reconocidos corifeos, éstas pueden emplearse sin faltar a la caridad. Es éste un corolario o consecuencia del principio anterior. Al mal debe hacérsele aborrecible y odioso; y no puede hacérsele tal, sino denostándolo como malo y perverso y despreciable. La oratorio cristiana de todos los siglos autoriza el empleo de las figuras retóricas más vivas contra la impiedad. En los escritos de los grandes atletas del Cristianismo es continuo el uso de la ironía, de la imprecación, de la execración, de los epítetos depresivos. La ley de todo esto deben ser únicamente la oportunidad y la verdad.

Hay otra razón además. La propaganda y apologética popular (y siempre es popular la religiosa) no puede guardar las formas enguantadas y sobrias de la academia y de la escuela. No se convence al pueblo sino hablándole al corazón y a la imaginación, y éstos sólo se emocionan con la literatura calurosa y encendida y apasionada. No es malo el apasionamiento producido por la santa pasión de la verdad. Las llamadas intemperancias del moderno periodismo ultramontano, aparte de ser muy flojas comparadas con las del periodismo liberal (ejemplos recientes tenemos por ahí cerca), están justificadas con sólo abrir por cualquier página las obras de los grandes polemistas católicos de los mejores tiempos.

El Bautista empezó por llamar a los fariseos “raza de víboras”. Cristo Dios no se abstuvo de apostrofarlos con los epítetos de “hipócritas, sepulcros blanqueados, generación malvada y adúltera”, sin que creyese por ello manchar la santidad de su mansísima predicación. San Pablo decía de los cismáticos de Creta, “qua eran mentirosos, malos bestias, barrigones, perezosos”. Al seductor Elimas Mago llámale el mismo Apóstol hombre lleno de todo fraude y embuste hijo del diablo, enemigo de toda verdad y justicia”.

Si abrimos las colecciones de los Padres, no topamos más que con rasgos de esta naturaleza, que no dudaron emular a cada paso en su eterna polémica con los herejes. Citaremos tan sólo uno que otro de los principales. San Jerónimo, disputando con el hereje Vigilancio, le echo en cara su antigua profesión de tabernero, y le dice: “Otras cosas aprendiste (y no teología) desde tu temprana edad; a otros estudios te has dedicado. No es por cierto cosa que pueda ejecutar bien un mismo hombre, averiguar el valor de las monedas y el de los textos de la Escritura; catar los vinos y tener inteligencia de los Profetas y de los Apóstoles”. Y se ve que el Santo controversista les tenía afición a esos modos de desautorizar al adversario, pues en otra ocasión, atacando al mismo Vigilancio, que negaba la excelencia de la virginidad y del ayuno, pregúntale con festiva donaire “si lo predicaba así para no perder el consumo de su taberna.” ¡Oh’ ¡cuántas cosas hubiera dicho un crítico liberal, si eso hubiese escrito contra un hereje de hay uno de nuestros controversistas!

¿Qué diremos de San Juan Crisóstomo en su famosa invectiva contra Eutropio, que en personal y agresiva no tiene comparación con las tan agrias de Cicerón contra Catilina o contra Verres? El melifluo Bernardo no era ciertamente de miel al tratar con los enemigos de su fe. A Arnaldo de Brescia (gran agitador liberal de su siglo) le llama con todas las letras “seductor, vaso de injurias, escorpión, lobo cruel.” El buen Santo Tomás de Aquino olvida la calma de sus fríos silogismos para dirigirse en vehemente apóstrofe contra su adversario Guillermo de Saint-Amour y sus discípulos, Y llamarlo a boca llena “enemigos de Dios, ministros del diablo, miembros del Anticristo, ignorantes, perversos, réprobos.” Nunca dijo tanto el insigne Luis Veuillot. El dulcísimo San Buenaventura increpa a Geraldo con los epítetos de “imprudente’ calumniador, espíritu maléfico, impío, impúdico, ignorante, embustero, malhechor, pérfido e insensato.” Al llegar a la época moderna se nos presenta el tipo encantador de San Francisco de Sales, que por su exquisita delicadeza y mansedumbre mereció ser llamado viva imagen del Salvador. ¿Creéis que les guardó consideración alguna a los herejes de su tiempo y país? ¡Ca! Les perdonó sus injurias, les colmó de beneficios, procuró hasta salvar la vida a quien había atentado contra la suya. Llegó a decir a un su rival: “Si me arrancaseis un ojo, no dejaría con el otro de miraros como hermanos”. Pues bien; con los enemigos de su fe no guardaba clase alguna de temperamento o consideración. Preguntado por un católico si podía decir mal de un hereje que esparcía sus venenosas doctrinas, le contestó: “Si, podéis. con tal que no digáis de él cosa contraria a la verdad, y sólo por el conocimiento que tengáis de su mal modo de vivir; hablando de lo dudoso como dudoso, y según el grado mayor o menor de duda que sobre eso tengáis.” Más claro lo dejó dicho en su Filolea, libro tan precioso como popular. Dice así: “Los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia deben ser vituperados lo más que se pueda. La caridad obliga a cada cual a gritar: “¡Al lobo!” cuando éste se ha metido en el rebaño, y aun en cualquier lugar en que se le encuentre.”

¿Habrá necesidad de dar a nuestros enemigos un curso práctico de retórica y de critica literaria? He aquí lo que hay sobre la tan decantada cuestión de las formas agresivas de los escritores ultramontanos, vulgo católicos verdaderos. La caridad nos prohíbe hacer a otros lo que razonablemente no hemos de querer para nosotros Nótese el adverbio razonablemente, en el cual está todo el quid de la cuestión. La diferencia esencial de nuestro modo de ver y del de los liberales en este asunto, estriba en que estos señores consideran a los apóstoles del error como simples ciudadanos libres, que en uso de su perfecto derecho, opinan de otro modo en Religión, y así se creen obligados a respetar aquélla su opinión y a no contradecir- la más que en los términos de una discusión libre; al paso que nosotros no vemos en ellos sino enemigos declarados de la fe que estamos obligados a defender, y en sus errores no miramos libres opiniones, sino formales herejías y maldades, como enseña la ley de Dios. Con razón, pues, dice un gran historiador católico a los enemigos del Catolicismo: “Vosotros os hacéis infames con nuestras acciones; pues bien, yo os acabaré de cubrir de infamia con mis escritos.” Y por igual tenor enseñaba a la viril generación romana de los primeros tiempos de Roma la ley de las Doce tablas: Adversus Lostem aeterna auctoritas esto. Que se podría traducir: “a los enemigos, guerra sin cuartel.

XXIII.- SI ES CONVENIENTE AL COMBATIR EL ERROR, COMBATIR Y DESAUTORIZAR LA PERSONALIDAD DEL QUE LO SUSTENTA Y PROPALA .

Pero dirá alguno: “Pasa esto con las doctrinas en abstracto”, ¿es conveniente el combatir el error, por más que sea error cebarse y encarnizarse en la personalidad del que lo sustentan.

Responderemos a eso, que muchísimas veces sí, es conveniente, y no sólo conveniente, sino indispensable y meritorio ante Dios y ante la sociedad. Y aunque bien pudiera deducirse esta afirmación de lo que llevamos anteriormente expuesto, queremos todavía tratarla exprofeso aquí, pues es grandísima su importancia.

En efecto; no es poco frecuente la acusación que se hace al apologista católico de andarse siempre con penalidades; y cuando se le ha echado en cara a uno de los nuestros lo de que comete una personalidad, paréceles a los liberales y a los resabiados de Liberalismo, que ya no hay más que decir para condenarle.

Y no obstante no tienen razón; no, no la tienen. Las ideas malas han de ser combatidas y desautorizadas, se las ha de hacer aborrecibles y despreciables y detestables a la multitud, a la que intentan embaucar y seducir. Mas da la casualidad de que las ideas no se sostienen por sí propias en el aire, ni por sí propias se difunden y propagan, ni por sí propias hacen todo el daño a la sociedad. Son como las flechas y balas que a nadie herirían si no hubiese quien las disparase con el arco o con el fusil. Al arquero y al fusilero se deben dirigir, pues, primeramente los tiros del que desee destruir su mortal puntería, y todo otro modo de hacer la guerra sería tan liberal como se quisiese, pero no tendría sentido común. Soldados con armas de envenenados proyectiles son los autores y propagandistas de heréticas doctrinas; sus armas son el libro, el periódico, la arenga pública, la influencia personal. No basta, pues, ladearse para evitar el tiro, no; lo primero y más eficaz es dejar inhabilitado al tirador. Así, conviene desautorizar y desacreditar su libro, periódico o discurso; y no sólo esto, sino desautorizar y desacreditar en algunos casos su persona. Sí, su persona, que este es el elemento principal del combate, como el artillero es el elemento principal de la artillería, no la bomba, ni la pólvora, ni el cañón. Se le pueden, pues, en ciertos casos sacar en público sus infamias, ridiculizar sus costumbres, cubrir de ignominia su nombre y apellido Sí, señor; y se puede hacer en prosa, en verso, en serio y en broma, en grabado y por todas las artes y por todos los procedimientos que en adelante se puedan inventor. Sólo debe tenerse en cuenta que no se ponga en servicio de la justicia la mentira. Eso no; nadie en esto se salga un punto de la verdad, pero dentro de los límites de ésta, recuérdese aquel dicho de Crétineau-Joly: La verdad es la única caridad permitida a la historia; y podría añadir: La defensa religiosa y social.

Los mismos Santos Padres que hemos citado prueban esta tesis. Aún los títulos de sus obras dicen claramente que, al combatir las herejías, el primer tiro procuraban dirigirlo a los heresiarcas Casi todos los títulos de las obras de San Agustín se dirigen al nombre del autor de la herejía: Contra Fortunatum manichoeum; Adversus Adamanctum; Contra Felicem; Contra Secundinum; Quis fuerit Petilianus; De gestis Pelagii; Quis fuerit Julianus, etc. De suerte que casi toda la polémica del grande Agustín fue personal, agresiva, biográfica, por decirlo así, tanto como doctrinal; cuerpo a cuerpo con el hereje tanto como contra la herejía. Y así podríamos decir de todos los Santos Padres.

¿De dónde ha sacado, pues, el Liberalismo la novedad de que al combatir los errores se debe prescindir de las personas, y aun mimarlas y acariciarlas? Aténgase a lo que le enseña sobre esto la tradición cristiana, y déjenos a los ultramontanos defender la fe como se ha defendido siempre en la Iglesia de Dios. ¡Que hiera la espada del polemista católico, que hiera y que vaya derecha al corazón; que esta es la única manera real y eficaz de combatir! .

XXIV.- RESUÉLVESE UNA OBJECIÓN A PRIMERA VISTA GRAVE CONTRA LA DOCTRINA DE LOS DOS CAPÍTULOS PRECEDENTES.

Dificultad, a primera vista gravísima, puede al parecer oponerse por nuestros contrarios a la doctrina que en los anteriores capítulos acabamos de sentar. Nos conviene dejar de esos escrúpulos (o lo que fueren) limpio y desembarazado nuestro camino.

El Papa, dicen, es cierto, ha recomendado diferentes veces a los periódicos católicos la templanza y moderación en las formas de la polémica, la observancia de la caridad, el huir las maneras agresivas, los epítetos denigrantes y las injuriosas personalidades. Y esto dirán ahora, es lo diametralmente opuesto a cuanto acabáis de exponer.

Vamos a demostrar que no hay contradicción ¡válganos Dios entre estas nuestras indicaciones y los sabios consejos del Papa. Y no nos costará, por fortuna, ponerlo patente.

En efecto: ¿a quién se ha dirigido el Papa en esas sus repetidas exhortaciones? Siempre a la prensa católica, siempre a los periodistas católicos, siempre suponiendo que lo son. De consiguiente, es evidente que al dar tales consejos de moderación y templanza, los refirió a católicos que trataban con otros católicos cuestiones libres entre ellos; no a católicos que sostenían contra anticatólicos declarados el recio combate de la fe.

Es evidente que no aludió a las incesantes batallas entre católicos y liberales; que por lo mismo que el Catolicismo es la verdad y el Liberalismo la herejía, han de reputarse en buena lógica batallas entre católicos y herejes. Es evidente que quiso se entendiesen sus consejos sólo en relación con nuestras disidencias de familia, que no pocas son por desgracia, y que no pretendió que con los eternos enemigos de la Iglesia y de la fe luchásemos nosotros con armas sin filo y sin punta, usadas sólo en justas y torneos. De consiguiente, no hay oposición entre la doctrina sentada por nosotros y la que contienen los aludidos Breves y Alocuciones de Su Santidad Porque la oposición en buena lógica debe ser ejusdem, de eodem el secundum idem. Y aquí nada de esto tiene lugar.

¿Y cómo podría la palabra del Papa interpretarse rectamente de otra manera? Es regla de sana hermenéutica que un texto de las Sagradas Letras debe interpretarse en sentido literal, cuando a este sentido no se opone el restante contexto de los Libros Santos; acudiendo al sentido libre o figurado cuando aparece dicha oposición. Análogo es lo que podemos establecer al tratar de la interpretación de los documentos pontificios.

¿Puede suponerse al Papa en contradicción con toda la tradición católica desde Jesucristo hasta nuestros días? ¿Pueden creerse condenados de una plumada el estilo y manera de los más insignes apologistas y controverstista de la Iglesia, desde San Pablo hasta San Francisco de Sales? Es evidente que no. Y es evidente que así sería, si debiesen entenderse tales consejos de moderación y de templanza en el sentido en que (para su conveniencia particular) los interpreta el criterio liberal. Es, pues, sólo admisible conclusión la de que el Papa, al dar tales consejos (que para todo buen católico deben ser preceptos) intentó referirse, no a las polémicas entre católicos y enemigos del Catolicismo, como son los liberales, sino a la de los buenos católicos en sus disidencias y diferencias entre sí.

No, no puede ser de otra manera, y lo dice el mismo sentido común. Nunca en batalla alguna les encargó el capitán a sus soldados que no hiriesen demasiado al adversario; nunca les recomendó blandura con él; nunca halagos y consideraciones. La guerra es guerra; y nunca se hizo de otra manera que ofendiendo. Sospecha lleva de ser traidor el que en el fragor del combate anda gritando entre las filas de los leales: “¡Cuidado con que no se disguste el enemigo! ¡no tirarle demasiado al corazón!”

Pero ¿qué más? El mismo Papa Pío IX nos dio por sí propio la interpretación auténtica de aquellas palabras, y mostró de qué manera aquellos consejos de templanza y moderación deben aplicarse. A los sectarios de la Comuna llamó en una ocasión solemnísima demonios, y a los del Catolicismo-liberal llamo peores que esos demonios. Esta frase dio la vuelta al mundo, y salida de los labios mansísimos del Papa, quedóle grabada en la frente al Liberalismo como estigma de eterna execración. ¿Quién, después de ella. temerá excederse en la dureza de los calificativos?

Y las mismas palabras de la Encíclica Cum multa, de que tanto ha abusado contra los más firmes católicos la impiedad liberal, aquellas mismas palabras en que nuestro Santísimo Padre León XIII encarga a los escritores católicos que “las disputas en defensa de los sagrados derechos de la Iglesia no se logran con altercados, sino con moderación y templanza, de suerte que dé al escritor la victoria en la contienda, más bien el peso de las razones que la violencia y aspereza del estilo, es evidente que no pueden entenderse más que de las polémicas entre católicos y católicos sobre el mejor modo de servir a su causa común, no a las polémicas entre católicos y enemigos declarados del Catolicismo, cuales son los sectarios formales y conscientes del Liberalismo.

Y la prueba está al ojo con sólo mirar el contexto de la referida preciosísima Encíclica.

El Papa acaba de exhortar a que se mantengan unidas las Asociaciones y los individuos católicos. Y después de ponderar las ventajas de esta unión, señala como media principalísimo para conservarla esta moderación y templanza en el estilo que acabamos de indicar.

He aquí deducido de esto un argumento que no tiene contestación.

El Papa recomienda la suavidad del estilo a los escritores católicos para que les ayude a conservar la paz y la mutua unión. Es así que esta paz y mutua unión sólo debe quererla el Papa entre católicos y católicos, y no entre católicos y enemigos del Catolicismo. Luego la suavidad y moderación que recomienda el Papa a los escritores sólo se refiere a las polémicas de los católicos entre sí, nunca a las que debe haber entre católicos y sectarios del error liberal. Más claro. Esta moderación y templanza la ordena el Papa como medio para el fin de aquella unión. Aquel media debe, de consiguiente, caracterizarse por este fin al que se ordena. Es así que este fin es puramente la unión entre católicos, nunca (quia absurdum) entre católicos y enemigos del Catolicismo. Luego tampoco debe entenderse aplicada a otra esfera aquella moderación.

XXV.- CONFÍRMASE LO ÚLTIMAMENTE DICHO CON UN MUY CONCIENZUDO ARTÍCULO DE “LA CIVILTÁ CATTOLICA”.

Dudamos se encuentre salida a este argumento, porque no la tiene. Mas como la materia es trascendentalísima, y ha sido objeto en estos últimos tiempos de acalorada controversia; siendo además escasa y de flojo peso nuestra autoridad para fallar sobre ella en definitiva; habrán de permitirnos nuestros lectores aduzcamos aquí en pro de nuestras doctrinas voto de más reconocida, por no decir de incontestable y de incontestada competencia.

Es el de La Civiltá Cattolica, periódico religioso el primero del mundo, no oficial en su redacción, pero sí en su origen, pues fue fundado por Breve especial de Pío IX, y por él confiado a los Padres de la Compañía de Jesús. Este periódico, pues, que no deja sosegar con sus artículos, ya en serio, ya en sátira, a los liberales de su país, se vio varias veces reprendido de falta de caridad por esos mismos liberales. Para contestar a estas farisaicas homilías sobre la templanza y la caridad, publicó dicha Civiltá un artículo donosísimo y lleno de chiste, a la por que de profunda filosofía Vamos a reproducirlo aquí para consuelo de nuestros liberales y desengaño de tantos pobres católicos resabiados que les hacen coro, escandalizándose a todas horas por nuestra tan anatematizada falta de moderación.

Dicho artículo se titula: “¡Un poco de caridad!”, y es como sigue:

“Dice De Maistre que la Iglesia y los Papas nunca pidieron para su causa más que verdad y justicia. Todo al revés de los liberales, quienes, por cierto saludable horror que deben naturalmente de tener a la verdad y mucho más a la justicia, no hacen más que pedirnos a todas horas caridad.

“Cerca de doce años ha que estamos por nuestra parte asistiendo a este curioso espectáculo que nos dan los liberales italianos, los que no cesan un punto de mendigar lacrimosamente fastidiosamente, desvergonzadamente nuestra caridad, suplicándonos, puestos los brazos en cruz, en prosa y en verso, en folletos y periódicos, en cartas públicas y privadas, anónimas y seudónimas, directa o indirectamente, que ¡por Dios! tengamos con ellos un poco de caridad; que no nos permitamos ya más hacer reír al prójimo a su costa; que no nos entretengamos en examinar tan al por menor y con tantos perfiles sus elevados escritos; que no seamos tan pertinaces en sacar a luz sus gloriosas hazañas; que hagamos vista gorda y oídos sordos para con sus descuidos, solecismos, mentiras, calumnias y mistificaciones; que (en una palabra) les dejemos vivir en paz.

Pues en definitiva, caridad es caridad; y que no la tengan los liberales, está muy en su lugar y se comprende perfectamente; pero que no la usen escritores como los de La Civiltá Cattolica, este sí, que es otro cantar.

“Justo castigo de Dios es que los liberales, que tanto han aborrecido siempre la publica mendicidad, hasta el punto de prohibirla en muchos países bajo pena de cárcel, se vean ahora forzados a hacerse públicos pordioseros, pidiendo de puerta en puerta, como pícaros reaccionarios… un poco de caridad.

Con cuya edificante conversión al amor de la mendiguez, han imitado los liberales aquella otra no menos célebre y edificante conversión de un rico avaro a la virtud de la limosna. El cual, habiendo asistido una vez al sermón y oído una exhortación muy fervorosa a la práctica de ella, de tal suerte se conmovió, que llegó a tenerse por verdaderamente convertido. Y a la verdad, habíale gustado sobremanera el sermón, tanto que (decía él al salir del templo) es imposible que esos buenos cristianos que lo han escuchado no me den de vez en cuando y desde hoy en adelante alguna cosa por caridad. Así nuestros siempre estupendos liberalazos, después de haber demostrado con hechos y escritos (cada cual según sus alcances) que le tienen a la caridad el mismo amor que el diablo al agua bendita: cuando después, oyendo hablar de aquélla, vuelven en sí y recuerdan que hay en el mundo algo que se llama la virtud de la caridad, y que esa puede en ocasiones serles de algún provecho, muéstranse de repente furiosamente enamorados de ella y vanla pidiendo a voz en cuello al Papa, a los Obispos, al clero, a los frailes, a los periodistas. a todos… hasta a los redactores de La Civiltá.

“¡Y es preciso oírles cuán bellas razones saben aducir en su abono! A creerles a ellos, no hablan en eso por interés propio, ¡santo Dios! sino por el interés de nuestra Religión santísima, que tienen ellos en las entretelas del corazón, y que no puede menos que salir muy perjudicada del modo tan poco caritativo con que nosotros la defendemos. Hablan por el interés de los mismos reaccionarios, y especialmente (¡quién lo creyera!) por el de nosotros mismos, los redactores de La Civiltá Cattolica. “¿Qué necesidad tenéis, en efecto (así dicen en tono confidencial), de meteros en esas peleas? ¿No tenéis bastantes hostilidades que arrostrar? Sed tolerantes, y lo serán con vosotros vuestros adversarios. ¿Qué os ganáis con este ruin oficio de perros aullando siempre al ladrón? Y si a la postre salís de eso molidos y apaleados, ¿a quién debéis la culpa sino a vosotros mismos, que os lo andáis buscando, al parecer, con el mayor empeño?”

“Sabia y desinteresada manera de discurrir, que no tiene otro defecto que el de ser muy parecida a aquella que en la novela I pro messi spossi recomendaba a Renzo Tramaglino el comisario de policía, cuando a las buenas quería llevarle a la cárcel, porque presumía que a las malos el mancebo no se había de dejar conducir “Creedme (le decía a Renzo), creedme a mí, que soy práctico en esas cosas. Caminad pasito y en derechura, sin ladearos acá ni allá, sin que os noten; así nadie reparará en nosotros, nadie advertirá lo que hay, y conserváis así vuestro honor.

“Mas aquí observa Manzoni que “de tan galanas razones Renzo no creía ni una, ni que el comisario le quisiese a él, ni que tomase muy a pecho su honra y reputación, ni que de veras tuviese intención alguna de favorecerle. De suerte que tales exhortaciones no sirvieron más que de confirmarle en el designio ya preconcebido de portarse enteramente al revés.”

“Designio que (hablando en plata) estamos muy tentados de formar también nosotros. Porque no sabemos, a fe, persuadirnos de que a los liberales les importe poco o mucho el daño mucho o poco que podamos causar a la Religión, o de que se tomen gran pena por lo que realmente a nosotros pueda convenirnos. Creemos, al contrario, que si los liberales juzgasen verdaderamente que nuestro modo de vivir perjudicaba a la Religión, o siquiera a nosotros mismos, no solamente guardaríanse de advertírnoslo, sino que antes bien nos alentarían con aplausos.

“Y se nos figure que ese hacerse el celoso y ese rogarnos que modifiquemos nuestro estilo, son clara señal de que nada pierde en eso por culpa nuestra la Religión, y que nuestros escritos tienen algunos lectores, lo cual para el escritor no deja de ser siempre algún consuelo.

“Y por lo que toca a nuestro interés y al principio utilitario, toda vez que los liberales han sido con justa razón tenidos siempre por grandes maestros en este particular, y tienen fama de haber aplicado este principio más bien en provecho propio que en favor nuestro, habrán de permitirnos creer, como hasta hoy hemos creído, que en todo este negocio que se ventila sobre nuestro modo de escribir contra ellos, no somos nosotros los que más perjudicados salimos, ni es la Religión.

“Por lo cual habiendo manifestado esta nuestra pobre opinión! y supuesto que las razones que podríamos llamar intrínsecas e independientes del principio utilitario, que alegan los liberales en favor propio y contra nuestro modo de escribir, han sido muchas veces refutadas en las pasadas series de La Civilta Cattolica, no nos restaría aquí más que despedir con buenos modos a esos mendigos de nuevo cuño, advirtiéndoles hagan en adelante su oficio de abogados en causa propia, mejor de lo que lo hacían con Renzo aquéllos dichos esbirros del siglo XVII. Mas porque no dejan aun alguno de ellos de seguir pordioseando, y recientemente han publicado en Perusa un opúsculo con el título: “¿Qué es el llamado partido católico?” en que no se hace más que mendigarle a La Civiltá Cattolica un poco de caridad, no será inútil repitamos una vez más en. el principio de esta quinta serie las mismas antiguas respuestas contra las mismas antiguas objeciones. Y también será eso gran obra caritativa. No ciertamente aquella que nos piden los liberales, sino otra que tiene también su mérito, cual es el de escucharlos con paciencia, no sabemos ya si por la centésima vez.

No merece menos el tono humilde y quejumbroso con que de algún tiempo acá nos andan pidiendo un poco de caridad.

XXVI.- CONTINÚA LA HERMOSA Y CONTUNDENTE CITA DE “LA CIVILTÁ CATTOLICA”.

Prosigue así el famoso artículo de La Civiltá Cattolica, y proseguimos nosotros la oportunísima cita de él.

“Si nos piden (dice) los liberales la verdadera caridad, única que les conviene y única que nosotros como redactores de La Civiltá Catolica les podemos y debemos dar, tan lejos andamos de querer negársela, que, al revés, creemos habérsela prodigado muy mucho hasta ahora, si no según todas sus necesidades, al menos según nuestra posibilidad. Es intolerable abuso de palabras el que cometen por ahí los liberales, diciendo que no usamos con ellos de caridad. La caridad, una en su principio, es varia y multiforme en sus obras. Tanto usa muchas veces de la caridad el padre que reciamente pega a su hijo, como el que le cubre de besos. Y muy fácil es que sea muy a menudo manar para con su hijo la caridad del padre que le besa que la del que le sacude.

Nosotros pegamos a los liberales, no puede negarse, y les pegamos muy a menudo; con meras palabras, por supuesto. Pero ¿se podrá decir por esto que no les amamos?, ¿que no tenemos para con ellos caridad? Esto podráse decir más bien de lo que contra las prescripciones de la caridad interpretan mal las intenciones del prójimo En cuanto a nosotros, lo más que podrán decir los liberales es que la caridad con que les tratamos no es la que ellos desean. Mas no por eso deja de ser caridad, sí, señor, y es mucha caridad, y pues sor ellos quienes piden caridad y nosotros quienes se la regalamos de balde, bien podrían recordar aquí aquel viejo refrán que dice: “A caballo regalado no le mires el pelo”.

“Quisieran ellos la caridad de que les alabásemos, admirásemos, apoyásemos, o de que por le. menos les dejásemos obrar, a sus anchas. Nosotros, al revés, no queremos hacerles sino la caridad de gritarles, reprenderles, excitarles por mil modos a salir de su mal camino. Cuando sueltan una mentira, o plantan una calumnia, o pillan los bienes ajenos, quisieran esos liberales que nosotros les cubriésemos esos y otros pecadillos veniales con el manto de la caridad. Nosotros, al contrario, les apostrofamos de ladrones, embusteros y calumniadores, ejerciendo con ellos la caridad más exquisita de todas, la de no adular ni engañar a aquellos a quienes queramos bien. Cuando se les escape algún disparate gramatical, de ortografía, de lenguaje, o simplemente de lógica, quisieran ellos que hiciésemos sobre eso la vista gorda, y lloran y gimotean cuando de eso les advertimos en público, quejándose de que faltamos a la caridad. Nosotros, al revés, hacemos con ellos la buena obra de obligarles como a palpar con sus propias manos una cosa que deben saber, y es que no son tan grandes maestros como se les figura, que no llegan más que a medianejos estudiantes; y así procuramos en lo que podemos, promover en Italia el cultivo de las bellas artes, y en el corazón de esos liberales el ejercicio de la humildad cristiana, de la cual se sabe tienen harta necesidad.

“Quisieran sobre todo esos señores liberales que se les tomase siempre muy en serio, que se les estimase, reverenciase, y obsequiase y tratase como personajes de importancia; resignaríanse a que se les refutase, sí, pero sombrero en mano, inclinando el cuerpo y baja la cabeza en reverente y humildosa actitud. De donde vienen sus quejas cuando alguna vez se les pone en solfa, como se suele decir, esto es, en caricatura, a ellos, los padres de la patria, los héroes del siglo, los italianos de verdad, la “propia Italia, Como suelen decir de sí mismos en más compendiosa expresión.. ¿Quién tiene, empero, la culpa, si es tan ridícula esa pretensión que al mismo Eleráclito le hiciera soltar la carcajada?

“¡Pues qué! ¿Hemos de estar siempre ahogando todo movimiento natural de risa?

“Dejarnos reír cuando ciertamente no se puede pasar por menos, es también obra de misericordia, que los liberales podrían otorgarnos con toda voluntad, ya que por su parte nada les cuesta. Cualquiera comprenderá muy bien que así como hacer reír honestamente a costa del vicio y de los viciosos es de suyo cosa muy buena, según aquello de castigat ridendo mores, y aquello otro de ridendo dicere vetum, quid vetat? así hacer reír alguna que otra vez a nuestros lectores a costa de los liberales, es verdadera obra de misericordia y caridad, para los mismos lectores, que ciertamente, no han de estar siempre serios y con la cuerda tirante mientras leen el periódico. Y al fin y al cabo los mismos liberales, si bien lo consideran, ganan mucho en que se rían los otros a costa de ellos, por cuanto de esta suerte viene a conocer todo el mundo, que no son a voces todos sus hechos tan horribles y espantables como pudiera parecer, ya que la risa no suelen provocarla de ordinario más que las deformidades inofensivas.

“¿No nos agradecerán alguna vez el carácter de inocentonas con que procuramos presentar algunas de sus picardías? Y ¿cómo no advierten que no hay medio más eficaz para lograr se corrijan de ellas, que esta chacota y risa con que se mueve a sabiendas todo aquel que las ve por nosotros puestas en su debida luz? Y ¿cómo no ven que no tienen derecho alguno para acusarnos, cuando así lo hacemos, de no obrar con ellos como manda la caridad?

“Si hubiesen leído la vida de su gran Victor Alfieri, escrita por él mismo, sabrían que, cuando chicuelo, su madre, que lo quería muy bien educado, solía, cuando le atrapaba en alguna travesura, mandarle ir a Misa con la gorra de dormir. Y cuenta Alfieri que este castigo, que no hacía sino ponerle algo en ridículo, de tal suerte se afligió una vez, que por más de tres meses se portó del modo más intachable. “Después de lo cual (dice él), al primer amago de rareza o travesura, amenazábanme con la aborrecida gorra de dormir, y al punto entraba yo temblando en la línea de mis deberes. Después, habiendo caído un día en cierta faltilla, para excusar la cual le dije a mi señora madre una solemne mentira, fui de nuevo sentenciado a llevar en público la gorra de dormir. Llegó la hora; puesta la tal gorra en la cabeza, llorando yo y aullando, me tomó de la mano el ayo para salir y me empujaba por detrás el criado”. Pero por más que llorase y aullase y pidiese inexorable; y ¿cuál fue el resultado? “Fue, continúa Alfieri, que por me atreví a soltar ninguna otra mentira: y ¡quién bendita gorra de dormir debo yo el haber salido más enemigos de aquella!” En cuya última frase el fariseo que siempre suele tenerse por mejor.

“No insistan, pues, los liberales en quejársenos de que no les tratamos con caridad. Digan más bien si quieren que la caridad que nosotros les damos, esa no la reciben de buena gana. Lo sabíamos ya. Mas eso no prueba sino que por su estragado gusto necesitan ser tratados con la sable caridad que gastan los cirujanos con sus enfermos, o los médicos del manicomio con sus locos, o las buenas madres con sus hijos embusteros.

“Mas aunque fuese verdad que no tratamos con caridad a los liberales, y que los tales nada de eso han de agradecernos, no por eso tendrían ellos derecho alguno a quejarse de nosotros. Sabido es que no a todo el mundo se puede hacer caridad. Nuestras facultades son muy escasas: hacemos la caridad según la medida de ellas, prefiriendo, como es nuestro deber, a aquellos que nos manda preferir la misma ley de la caridad bien ordenada.

“Decimos nosotros (entiéndase bien) que hacemos a los liberales toda la caridad que podemos, y creemos haberlo demostrado. Mas en la suposición de que no la hagamos, insistimos aún en que no por eso han de abrumarnos a quejas los liberales. He aquí un símil que hace muy a nuestro caso. Está un asesino con su puñal agarrado a un pobre inocente para clavárselo al garguero. Acierta a pasar de pronto un quídam que lleva en la mano un buen garrote, y le arrima al asesino un firme garrotazo a la cabeza, lo aturde, lo ata, lo entrega a la justicia, y Libra así, por su buena estrella, de la muerte a un inocente, y de un malvado a la sociedad.

“Este tercero ¿ha faltado en nada a la caridad? Si hemos de escuchar al asesino, a quien es regular le duela el porrazo, claro que sí. Dirá tal vez, que contra lo que se llama norma incuipatae tutelae, el golpe fue asaz recio, y que con serlo menos podía bastar. Pero, a excepción del asesino, alabarán todos al pasajero, y dirán que verificó un acto, no sólo de valor, sí que de caridad, no en favor del asesino, ciertamente, sino en favor de su víctima. Y que si por salvar a éste abrió los cascos a aquel, sin tener tiempo de medir muy escrupulosamente la fuerza del golpe, no fue ciertamente por falta de caridad, sino porque la urgencia del lance era tal, que no se podía usar de caridad para con el uno sin sacudirle lindamente al otro, y eso sin pararse en sutilezas sobre el más o el menos de la: inculpata tutela.

“Apliquemos la parábola. Se da a luz por ejemplo, un folleto maldiciente, calumnioso y escandaloso contra la Iglesia, contra el Papa, contra el clero, contra cualquier cosa buena. Creen muchos que todo lo de aquel folleto es pura verdad, supuesto que es su autor un célebre, distinguido honrado escritor, cualquiera que sea. Si alguien para defender a los calumniados y para librar del error a los lectores, le arrima unas cuantos varapalos al desvergonzado autor, ¿habrá aquél faltado a la caridad?

“No podrán ahora negar los liberales que se encuentran ellos más a menudo en el caso de salteadores que en el de víctimas. ¿Qué maravilla será, de consiguiente, que lleven por ello algún trancazo? ¿Qué tendrá de extraño se quejen de que no se les trate con caridad?

Ensayen empero no ser ellos tan bravucones y buscarruidos; acostúmbrense a respetar los bienes y la honra de los demás; no suelten tanta mentira; no derramen tanta calumnia; piénsenlo un poco antes de dar su fallo sobre cualquier cosa; tengan en más las leyes de la lógica y de la gramática; sean sobre todo honrados. como poco ha se lo aconsejó el barón de Ricasoli, con poca esperanza de buen éxito, a pesar de la autoridad y ejemplos de tal consejero, y podrán entonces querellarse con razón si no se les trata, como de la libertad, pretenden ser absolutos monopolizadores.

“Mas ya que obran tan mal como escriben; ya que andan siempre con el partial a la garganta de la verdad y de la inocencia. asesinos de una y de otra con sus hechos y con sus libros, lleven en paciencia si no podemos en nuestros periódicos prodigarles otra caridad que aquella algo dura que creemos, aun contra su parecer, es la más provechosa, así a ellos como a la causa de los hombres de bien”.

XXVII.- EN QUE SE DA FIN A LA TAN OPORTUNA COMO DECISIVA CITA DE “LA CIVILTÁ CATTOLICA”.

“Hemos defendido (prosigue) contra los liberales nuestra manera especial de escribir, demostrando que no puede estar más conforme a aquella caridad que tan de continuo nos están encomendando. Y porque hablábamos hasta aquí con liberales, a nadie habrá causado maravilla el tono irónico que hemos venido empleando con ellos, no pareciéndonos, por cierto, exceso de crueldad oponer a los dichos Y hechos del Liberalismo ese poquitillo de figuras retóricas. Mas ya que tocamos hoy este asunto, no será quizá ocioso que, cambiando por supuesto de estilo, y repitiendo ahora lo que ya en otra ocasión hemos escrito a igual propósito, demos fin a este artículo con algunas palabras dirigidas en serio y con todo respeto, a los que no siendo en modo alguno liberales, antes siendo firmes adversarios de tal doctrina, puedan no obstante creer que jamás es licito, escríbase contra quien se quiera, salirse de ciertas formas de respeto y caridad, a que tal vez han .juzgado no se conformaban bastante nuestros escritos”.

“A cual censure queriendo contestar nosotros, ya por el respeto que a esos tales debemos, ya por el interés que tenemos en nuestra propia defensa, no creemos poder hacerlo más cumplidamente que resumiendo aquí, con brevedad, la apología que de sí mismo hace muy extensamente el P. Mamachi, de la S. O. de Predicadores, en la Introducción al libro III de su doctísima obra: Del libre derecho de la iglesia de adquirir y poseer bienes temporales. “Algunos, dice, si bien confiesan quedar convencidos de nuestras razones, decláramos, sin embargo, amigablemente que hubieran deseado, en las respuestas que damos a nuestros adversarios, mayor moderación. No hemos combatido por nosotros, sino por la causa de Nuestro Señor y de la Iglesia. y por más que se nos haya atacado con manifiestas mentiras y con atroces imposturas, no hemos querido salir jamás en defensa de nuestra persona. Si empleamos, pues, alguna expresión que pueda parecer a alguien áspera o punzante, no se nos hará la injusticia de pensar que provenga eso de mal corazón nuestro o rencor que tengamos contra los escritores que combatimos, supuesto que no hemos recibido de ellos injurias, ni siquiera les tratamos o conocemos. El celo que debemos todos tener por la causa de Dios es quien nos ha puesto en el caso de gritar y de levantar como voz de trompeta nuestra voz.

“-Pero ¿y el decoro del hombre honrado? ¿Y las leyes de la caridad? ¿Y las máximas y ejemplos de los Santos? ¿Y los preceptos de los Apóstoles? ¿Y el espíritu de Jesucristo?

“Poquito a poco, Es verdad que los hombres extraviados y errados han de ser tratados con caridad, mas eso ha de ser cuando hay fundada esperanza de llevarlos con tal procedimiento a la verdad; si no hay tal esperanza, y sobre todo si está probado por la experiencia que callando nosotros y no descubriendo al público el temple y humor del que esparce errores, redunda eso en gravísimo daño de los pueblos, es crueldad no levantar muy libremente el grito contra tal propagandista, y dejar de echarle en rostro las invectivas que tiene muy merecidas.

“De las leyes de la caridad cristiana tenían, a fe, muy claro conocimiento los Santos Padres. Por esto el angélico doctor Santo Tomas de Aquino, al principio de su célebre opúsculo Contra los implanadores de la Religión, presenta a Guillermo y a sus secuaces (que por cierto no estaban aún condenados por la Iglesia) como enemigos de Dios, ministros del diablo, miembros del Anticristo, enemigos de la salud del género humano, difamadores, sembradores de blasfemias, réprobos, perversos, ignorantes, iguales a Faraón, peores que Jovíniano y Vigilancio.” ¿Hemos acaso nosotros llegado a tanto?

“Contemporáneo de Santo Tomás fue San Buenaventura, el cual juzga deber increpar con la mayor dureza a Geraldo, llamándole “protervo, calumniador, loco, impío, que añadía necedad a necedad, estafador, envenenador, ignorante, embustero, malvado, insensato, perdido.” ¿Alguna vez hemos llamado nosotros así a nuestros adversarios?

“Muy justamente (prosigue el P. Mamachi) es llamado melifluo San Bernardo. No nos detendremos en copiar aquí cuanto escribió durísimamente contra Abelardo. Nos contentaremos con citar lo que escribe contra Arnaldo de Brescia, pues habiendo éste izado bandera contra el clero y habiéndole querido privar de sus bienes fue uno de los precursores de los políticos de nuestros tiempos. Trátale pues, el Santo Doctor de “desordenado, vagabundo, impostor, vaso de ignominia, escorpión vomitado de Brescia, visto con horror en Roma y con abominación en Alemania, desdeñado del Sumo Pontífice, afamado por el diablo, obrador de iniquidad, devorador del pueblo, boca llena de maldición, sembrador de discordias, fabricador de cismas, fiero lobo”.

“San Gregorio Magno, reprendiendo a Juan, obispo de Constantinopla, le echa en cara su “profano y nefando orgullo, su soberbia de Lucifer, sus necias palabras, su vanidad, su corto talento, “No de otro modo hablaron los Santos Fulgencio, Próspero, Jerónimo, Siricio Papa, Juan Crisóstomo, Ambrosio, Gregorio Naciarcen, Basilio, Hilario, Atanasio, Alejandro obispo de Alejandría, los santos mátires Cornelio y Cipriano, Atenágora, Ireneo, Policarpo, Iguacio mártir, Clemente, todos los Padres en fin, que en los mejores tiempos de la Iglesia se distinguieron por su heroica caridad.

“Omitiré describir los cáusticos aplicados por algunos de éstos a los sofistas de su tiempo, aunque menos delirante que los de los nuestros, y agitados de menos ardientes pasiones políticas.

“Citare sólo algunos pasajes de San Agustín, quien observó “que los herejes son tan insolentes como poco sufridos en la reprensión; que muchos, por sufrir la corrección, apostrofan de buscarruidos y de disputadores a aquellos que les reprenden>; añadiendo “que algunos extraviados han de ser tratados con cierta caritativa aspereza, Veamos ahora cómo seguía él estos sus propios documentos. A varios llama “seductores, malvados, ciegos, tontos, hinchados de soberbia, calumniadores”; a otros, “embusteros de cuyas bocas no salen más que monstruosas mentiras, perversos, maldicientes, delirantes”; a otros, “neciamente locuaces, furiosos, frenéticos, entendimientos de tinieblas, rostros desvengonzados, lenguas procaces, Y a Juliano le decía: “O a sabiendas calumnias, fingiendo tales cosas, o no sabes lo que dices, por creer a embusteros”; y en otro lugar le llama “tramposo, mentiroso, de no sano juicio, calumniador, necio.”.

“Digan ahora nuestros acusadores, ¿hemos dicho nosotros algo de eso, o siquiera mucho menos?”

“Mas basta ya de ese extracto, en el cual no hemos puesto palabra nuestra, aunque algunas hemos omitido de dicho P. Mamachi, entre otras las citas de los lugares de los Santos Padres, por deseo de abreviar. Por igual razón no hemos extractado la parte de la defensa, en que dicho Padre saca del Evangelio iguales ejemplos de caritativa aspereza.

“De tales ejemplos, pues, bien pueden deducir nuestros amables censuras, que en cualquier motivo en que afiancen su crítica, sea en un principio moral, sea en reglas de conveniencia social y literaria, si no queremos decir que su opinión resulta plenamente refutada por el ejemplo de tantos Santos, que fueron a la vez excelentes literatos, queda por lo menos muy desautorizada y muy de incierto valor.

“Y si a la autoridad de los ejemplos quiere verse reunida la de las razones, muy breve y claramente las expuso el cardenal Pallavicini, en el capítulo II del libro de su Historia del Concilio de Trento. En la cual dicho autor, antes de empezar a probar como fue Sarpi Malvado, de maldad notoria, falsificador, reo de enormes felonías, despreciador de toda religión, impío y apóstata”, dice entre otras cosas, que “así como es caridad no perdonar la vida a un malhechor, para salvar a muchos inocentes, así es caridad no perdonar la fama de un impío, para salvar la honra de muchos buenos.” Permite toda ley que, para defender a un cliente de un falso testigo, se aduzca en juicio y se pruebe lo que a éste puede infamarle, y que en otra ocasión el decirlo seria castigado con gravísima pena. Por esto yo, defendiendo en este tribunal del mundo, no a un particular cliente, sino a toda la Iglesia católica, seria vil prevaricador si no opusiese al testigo falso aquellas notes y tachas que desvirtúan y anulan su testimonio.

“Si, pues, todos creerían prevaricador al abogado que, pudiendo demostrar que su acusador es un calumniador, no lo hiciese por razones de caridad, ¿por qué no se ha de comprender de igual manera que, por lo menos, no puede acusarse de haber violado la caridad al que hace lo mismo con los perseguidores de toda clase de inocencia? Sería esto desconocer la instrucción que da San Francisco de Sales en su Filotea al final del capítulo XX de la parte II. “De eso, dice, exceptuad a los enemigos declarados de Dios y de su Iglesia, los cuales deben ser difamados tanto como se pueda (por supuesto, sin faltar a la verdad), siendo gran obra de caridad gritar: “¡Al lobo!” cuando está entre el rebaño o en cualquier lugar en que se le divise.”

Hasta aquí La Civilta Cattolica (vol. I ser. V, página 27), cuyo artículo tiene la fuerza de su elevado y respetabilísimo origen, la fuerza de las razones incontrovertibles que aduce; la fuerza, por fin, de los gloriosos testimonios que emplaza. Nos parece que con mucho menos baste para convencer a quien no sea liberal o miserablemente resabiado de Liberalismo.

XXVIII.- SI HAY O PUEDE HABER EN LA IGLESIA MINISTROS DE DIOS ATACADOS DEL HORRIBLE CONTAGIO DEL LIBERALISMO.

En gran manera favorece al Liberalismo el hecho, por desgracia harto común y frecuente, de que se encuentren algunos eclesiásticos contagiados de este error. En estos casos la singular teología de ciertas gentes convierte desde luego en argumento de gran peso la opinión o los actos de tal o cual persona eclesiástica. y de eso hemos tenido deplorabilísimas experiencias en todos tiempos los católicos españoles. Conviene, pues, salvando todos los respetos, tocar ahora este punto y preguntar con sinceridad y buena fe: ¿Puede haber también ministros de la Iglesia maleados del Liberalismo?

Sí amigo lector, si puede haber también por desdicha ministros de la Iglesia liberales, y los hay de esta secta fieros, y los hay mansos, y los hay únicamente resabiados. Exactamente como sucede entre los seglares.

No está exento el ministro de Dios de pagar miserable tributo a las humanas flaquezas, y de consiguiente lo ha pagado también repetidas veces el error contra la fe.

¿Y qué tiene esto de particular, cuando no ha habido apenas herejía alguna en la Iglesia de Dios que no haya sido elevada o propagada por algún clérigo? Más aún: es históricamente cierto, que no han dado qué hacer ni han medrado en siglo alguno las herejías que no han empezado por tener clérigos a su devoción.

El clérigo apóstata es el primer factor que busca el diablo para esta su obra de rebelión. Necesita presentarla en algún modo autorizada a los ojos de los incautos, y para eso nada le sirve tanto como el refrendo de algún ministro de la Iglesia. Y como, por desgracia, nunca faltan en ella clérigos corrompidos en sus costumbres, camino el más común de la herejía; o ciegos de soberbia, causa también muy usual de todo error; de ahí que nunca le han faltado a éste apóstoles y fautores eclesiásticos, cualquiera que haya sido la forma con que se ha presentado en la sociedad cristiana.

Judas, que empezó en el propio apostolado a murmurar y a sembrar recelos contra el Salvador, y acabó por venderle a sus enemigos, es el primer tipo del sacerdote apóstata y sembrador de cizaña entre sus hermanos; y Judas, adviértase, fue uno de los doce primeros sacerdotes ordenados por el mismo Redentor.

La secta de los Nicolaítas tomó origen del diácono Nicolás, uno de los siete primeros diáconos ordenados por los Apóstoles para el servicio de la Iglesia, y compañero de San Esteban, protomártir.

Paulo de Samosata, gran heresiarca del siglo III, era obispo de Antioquía.

De los Novacianos, que tanto perturbaron con su cisma a la Iglesia universal, fue padre y autor el presbítero de Roma, Novaciano.

Melecio, obispo de la Tebaida, fue autor y jefe del misma de los Melecianos.

Tertuliano, asimismo sacerdote y elocuente apologista, cae y muere en la herejía de los Montanistas.

Entre los Priscilianistas españoles, que tanto escándalo causaron en nuestra patria en el siglo IV, figuran los nombres de Instancio y Salviano, dos obispos, a quienes desenmascaró y combatió Higinio; fueron condenados en un concilio reunido en Zaragoza.

El principal heresiarca que ha tenido tal vez la Iglesia fue Arrio, autor del Arrianismo, que llegó a arrastrar en pos de sí tantos reinos como el Luteranismo de hoy. Arrio fue un sacerdote de Alejandría, despechado por no haber alcanzado la dignidad episcopal. Y clero arriano lo hubo en esta secta, hasta el punto de que gran parte del mundo no tuvo otros obispos ni sacerdotes durante mucho tiempo.

Nestorio, otro de los famosísimos herejes de los primeros siglos, fue monje, sacerdote, obispo de Constantinopla y gran predicador. De él procedió el Nestorianismo.

Eutiques, autor del Eutiquismo, era presbítero y abad de un monasterio de Constantinopla.

Vigilancio, el hereje tabernero tan donosamente satirizado por San Jerónimo, había sido ordenado sacerdote en Barcelona.

Pelagio, autor del Pelagianismo, que fue objeto de casi todas las polémicas de San Agustín, era monje, adoctrinado en sus errores sobre la gracia por Teodoro, obispo de Mopsuesta.

El gran cisma de los Donatistas llegó a contar gran número de clérigos y obispos.

De éstos dice un moderno historiador (Amat, Hist. de la Iglesia de J. C.): “Todos imitaron luego la altivez de su jefe Donato, y poseídos de una especie de fanatismo de amor propio, no hubo evidencia, ni obsequio, ni amenaza que pudiese apartarlos de su dictamen. Los obispos se creían infalibles e impecables; los particulares en estas ideas se imaginaban seguros siguiendo a sus obispos, aun contra la evidencia”.

De los herejes Monotelistas fue padre y doctor Sergio, patriarca de Costantinopla.

De los herejes Adopcianos, Felix, obispo de Urgel.

En la secta Iconoclasta cayeron Constantino, obispo de Natolia; Tomás, obispo de Claudiópolis, y otros Prelados, a los cuales combatió Sari (lerman, patriarca de Constantinopla.

Del gran cisma de Oriente no hay que decir quiénes fueron los autores, pues sabido es lo fueron Focio, patriarca de Constantinopla, y sus obispos sufragáneos.

Berengario, el perverso impugnador de la Sagrada Eucaristía, fue arcediano de la catedral de Angers.

Vicleff, uno de los precursores de Lutero, era párroco de Inglaterra; Juan Huss, su compañero de herejía, era también párroco de Bohemia. Fueron ambos ajusticiados como jefes de los Viclefitas y Husitas.

De Lutero sólo necesitamos recordar que fue monje agustino de Witemberg.

Zuinglio era párroco de Zurich.

De Jansenio, autor del maldito Jansenismo, ¿quién no sabe que era obispo de Iprés?

El cisma anglicano, promovido por la lujuria de Enrique VIII, fue principalmente apoyado por su favorito el arzobispo Crammer.

En la revolución francesa, los más graves escándalos en la iglesia de Dios los dieron los curas y obispos revolucionarios. Horror y espanto causan las apóstasías que afligieron a los buenos en aquellos tristísimos tiempos. La Asamblea francesa presenció con este motivo escenas que puede leer el curioso en Henrion o en cualquier otro historiador .

Lo mismo sucedió después en Italia. Conocidas son las apostasías públicas de Gioberti y fray Pantaleone, de Passaglia, del cardenal Andrea.

En España hubo clérigos en los clubs de la primera época constitucional, clérigos en los incendios de los conventos, clérigos impíos en las Cortes, clérigos en las barricadas, clérigos en los primeros introductores del Protestantismo después de 1869. Obispos jansenistas los hubo en abundancia en el reinado de Carlos III. (Véase sobre esto el tomo III de los Heterodoxos, por Menéndez Pelayo.)

Varios de éstos pidieron, y muchos aplaudieron en sendas pastorales, la inicua expulsión de la Compañía de Jesús. Hoy mismo en varias diócesis españolas son conocidos públicamente algunos clérigos apostatas, y casados inmediatamente, como es lógico y natural.

Conste, pues, que desde Judas hasta el ex-Padre Jacinto la raza de los ministros de la Iglesia traidores a su Jefe y vendidos a la herejía, se sucede sin interrupción. Que al lado y enfrente de la tradición de la verdad, hay también en la sociedad cristiana la tradición del error; en contraste con la sucesión apostólica de los ministros buenos, tiene el infierno la sucesión diabólica de los ministros pervertidos. Lo cual no debe escandalizar a nadie. Recuérdese a propósito de esto la sentencia del Apóstol, que no se olvidó de prevenirnos: Es preciso que haya herejías, para que se manifieste quiénes son entre vosotros los verdaderamente probados.

XXIX.- ¿QUÉ CONDUCTA DEBE OBSERVAR EL BUEN CATÓLICO CON TALES MINISTROS DE DIOS CONTAGIADOS DE LIBERALISMO?

Está bien, dirá alguno al llegar aquí. Todo esto es facilísimo de comprender, y basta haber medianamente hojeado la historia para tenerlo por averiguado. Mas lo delicado y espinoso es exponer cuál debe ser la conducta que con tales ministros de la Iglesia extraviados debe observar el fiel seglar, santamente celoso de la pureza de su fe así como de los legítimos fueros de la autoridad.

Es indispensable establecer aquí varias distinciones y clasificaciones, y responder diferentemente a cada una de ellas.

1.º Puede darse el caso de un ministro de la Iglesia públicamente condenado como liberal por ella. En este caso bastará recordar que deja de ser católico (en cuanto a merecer la consideración de tal) todo fiel, eclesiástico o seglar, a quien la Iglesia separa de su seno, mientras por una verdadera retractación y formal arrepentimiento no sea otra vez admitido a la comunión de los fieles. Cuando así suceda con un ministro de la Iglesia, es lobo el tal; no es pastor, ni siquiera oveja. Evitarle conviene, y sobre todo rogar por el.

2.º Puede darse el caso de un ministro de la Iglesia caído en la herejía, pero sin haber sido aún oficialmente declarado culpable por la referida Iglesia. En este caso es preciso obrar con mayor circunspección. Un ministro de la Iglesia caído en error contra la fe, no puede ser oficialmente desautorizado más que por quien tenga sobre el Jerárquica jurisdicción. Puede, sin embargo, en el terreno de la polémica meramente científica, ser combatido por sus errores y convicto de ellos, dejando siempre la última palabra, o sea el fallo de la polémica, a la autoridad, única infalible, del Maestro universal. Gran regla, estamos por decir única regla en todo, es la práctica constante de la Iglesia de Dios, según aquello de un Santo Padre Quod semper quad ubique, quad ad omnibus. Pues bien. Así se ha procedido siempre en la Iglesia de Dios. Los particulares han visto en un eclesiástico doctrinas opuestas a las que se han enseñado comúnmente únicas sanas. Han dado el grito sobre ellas, se han lanzado a combatirlas en el libro, en el folleto, de viva voz, y han pedido de esta suerte al magisterio infalible de Roma el fallo decisivo. Son los ladridos del perro que advierten al pastor. Apenas hubo herejía alguna en el Catolicismo que no se empezase a confundir y desenmascarar de esta manera.

3.º Puede darse el caso de que el infeliz extraviado sea un ministro de la Iglesia, al cual debamos estar particularmente subordinados. Es preciso entonces proceder todavía con más mesura y mayor discreción. Hay que respetar siempre en él la autoridad de Dios, hasta que la Iglesia lo declare desposeído de allá, Si el error es dudoso, hay que llamar sobre él la atención de sus superiores inmediatos para que le pidan sobre ello clara explicación. Si el error es evidente, no por esto es lícito constituirse en inmediata rebeldía, sino que es preciso contentarse con la resistencia pasiva a aquella autoridad, en lo que aparezca evidentemente en contradicción con las doctrinas reconocidas por sanas en la Iglesia. Guardarle se debe empero todo respeto exterior, obedecerle en lo que no aparezca dañada ni dañosa su enseñanza, resistirle pacífica y respetuosamente en lo que se aparte de la común sentencia católica.

4.º Puede darse el caso (y es el más general) de que el extravío de un ministro de la Iglesia no verse sobre puntos concretos de doctrina católica, sino sobre ciertas apreciaciones de hechos o personas, ligadas más o menos con ella. En este caso aconseja la prudencia cristiana mirar con prevención al tal sacerdote resabiado, preferir a los suyos los consejos de quien no tenga tales resabios recordar a propósito de esto la máxima del Salvador: Un poco de levadura hace fermentar toda la masa.” De consiguiente, una prudente desconfianza es aquí la regla de mayor seguridad. Y en esto, como en todo, pedir luz a Dios, consejo a personas dignas e íntegras, procediendo siempre con gran recelo tocante a quien no juegue muy limpio o no hable muy claro sobre los errores de actualidad.

Y he aquí lo único que podemos decir sobre este punto, erizado de infinitas dificultades, y que es imposible resolver en tesis general. No olvidemos una observación que arroja torrentes de luz. Más se conoce al hombre por sus aficiones personales que por sus palabras y por sus libros. Sacerdotes amigo de liberales, mendigo de sus favores y alabanzas, y ordinariamente favorecido con ellas, trae consigo, por lo regular, muy sospechosa recomendación de ortodoxia doctrinal.

Párense nuestros amigos en este fenómeno, y verán cuan segura norma y cuán atinado criterio les da.

http://www.mercaba.org/Libros/liberalismo_03.htm

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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