
Antonio Abad nació en el pueblo de Comas, cerca de Heracleópolis Magna, en el Bajo Egipto, a los veinte años de edad vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres y se retiró a vivir en una cueva, en absoluta soledad. Vivió hasta los 105 años
Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto, con su prédica sostuvo a los confesores de la fe durante la persecución desencadenada bajo el emperador Diocleciano, apoyó a san Atanasio contra los arrianos y reunió a tantos discípulos que mereció ser considerado padre de los monjes.
Abandonó su retiro en 311 para predicar contra el arrianismo, una herejía que niega que Jesús es Dios, consubstancial con el padre y el espíritu santo. En el camino encontró a Pablo el ermitaño, un famoso decano de los anacoretas de Tebaida, y lo dirigió en la vida monástica; Un cuervo que, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. A la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con la ayuda de dos leones.
Es patrono de la Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios, de donde deriva la palabra hospital, hospitalidad etc, ya que la iglesia ejercía las obras de misericordia e hizo surgir estos establecimientos, que luego le fueron arrebatados por la revolución Francesa y en concreto por el Mason Napoleón Bonaparte.
La orden de los antonianos se ha especializado desde el principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, enfermedades venéreas y sobre todo el ergotismo, llamado también fuego de san Antón o fuego sacro o culebrilla. Se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago, a las afueras de las ciudades, donde atendían a los peregrinos afectados. El Pan de San Antón era la única cura contra el fuego de satanás que producía una muerte horrorosa.

Jacobo de Inglaterra el de la biblia King james, era un hombre caprichoso, vanidoso y sumamente cobarde, del que se decía que no podía ver una espada sin echarse a temblar. Se hallaba desprovisto de toda gracia y se lavaba muy raramente. Tenía accesos de cólera durante los cuales no sabía bien lo que decía, llegando a los insultos.
Era miedoso y desconfiado, y recelaba de todo el mundo, temiendo constantemente ser asesinado
Su aversión hacia las mujeres fue notoria a pesar de su boda con Ana de Dinamarca, era homosexual y otorgó títulos de nobleza, tierras, pensiones y joyas a sus diversos favoritos…
Se involucro en la Guerra de los Treinta Años que estallo en 1618, un conflicto político-religioso entre partidarios de la reforma y la contrarreforma, que se podria denominar como la gran primera guerra mundial. Es decir una guerra por los bienes de la iglesia que los protestantes habían robado. Su yerno, Federico V del Palatinado, nombrado rey de Bohemia por los protestantes, fue expulsado del país por el Emperador Fernando II en 1620, mientras que las tropas españolas invadían el Bajo Palatinado.
Jacobo convocó Parlamento en 1621 para financiar una expedición militar en apoyo de su yerno. Los Comunes aprobaron un presupuesto insuficiente para socorrer al Elector Palatino -recordando el botín obtenido por Isabel I con la «ayuda» de su «amigo» Francis Drake pirateando las flotas españolas procedentes del Nuevo Mundo, -reclamaron la guerra contra España.
En noviembre de 1621, dirigidos por Sir Edward Coke, formularon una petición no sólo para declararle la guerra con España, y para que las leyes anticatólicas fueran endurecidas. El Rey les dijo que no debían interferir en asuntos de prerrogativa real, lo que les llevó a protestar exigiendo su autoridad para discutir cualquier materia referente al bienestar del reino. Jacobo eliminó la protesta y disolvió el Parlamento en 1621.
Los de la secta le exigieron que se casara o casara a su hijo con una princesa protestante, para evitar el regreso de los católicos a la corte de Inglaterra, sin embargo Jacobo casó a su Hijo Carlos I de Inglaterra con Enriqueta María de Francia. Debido a que era católica, su elección como futura reina fue recibida con desagrado entre los ingleses y como consecuencia Carlos I fue declarado traidor por al ejército presbiteriano y decapitado el 30 de enero de 1649.
