El demonio, arrojado del cielo sobre la tierra, lleno de furia se dispone a aprovechar el poco tiempo que le queda para deshacer la obra de Dios en este mundo.
Su reino es organizado imitando el modelo de su adversario, o sea el de Cristo.
Prepara para su Bestia, el anticristo, una especie de resurrección, -a imitación de la del Mesías—, la parusía diabólica. Lo que podría efectuarse con el transhumanismo y la reanimación del cuerpo criogenizado de algún prócer satánico y no debería sorprendernos. Hoy vemos la oficialización o resurrección del satanismo y el panteismo en los países de occidente, que estuvo muerta por 16 siglos. En el 380 el emperador Teodosio dictó el Edicto de Tesalónica, el cual proclamaba el cristianismo como religión oficial del Imperio romano, declarando ilegales las prácticas religiosas paganas de adoración a demonios. Que hoy se revive.
Sin embargo, la Bestia sola no puede rivalizar con la potencia del Cordero. Esta es la razón por la que Satanás consigue la ayuda de una segunda Bestia, la Bestia de la tierra. Esta segunda bestia, sirve a la primera, y ambas sirven al dragón. Son la trinidad satánica.
Tertuliano y San Ireneo enseñan que esta segunda bestia simboliza un gran impostor que aparece con la mansedumbre de un cordero, pero engaña por su astucia a los hombres a tal punto que los lleva a adorar a la primera bestia, es el falso profeta, Jesús advierte sobre los lobos que se vestirán de blanco, como corderos, “todo un sistema de pensamiento que sustituye el ideal divino por un ideal terreno”. El sacerdocio pagano, servilmente sometido al capricho de los poderosos. Id al mundo y anunciad errores, como el fracaso de Jesucristo o que el mesías desciende de paganos, porque al fin y al cabo quien es la iglesia para Juzgar.
Las dos Bestias, imitando a los dos Testigos de Cristo, engañan. Logrando seducir a muchos hombres sirviéndose de milagros aparentes; y los marcan con su señal.
El dragón, símbolo de Satán, representado como monstruo marino de Gran inteligencia con («siete cabezas»), gran fuerza, por eso tiene («diez cuernos») y autoridad soberana («diez diademas») representa al adversario de Dios, los nombres que lleva en sus cabezas; son títulos de soberanía, con los que se abroga ser Dios él mismo.
El Anticristo es un gobernante político que pone en juego todo su poder al objeto de eliminar el último resto de la soberanía de Dios sobre la tierra y de contribuir a que lo antidivino alcance absoluto dominio sobre el mundo y la humanidad, mediante el poder que Satán le transmite, a imitación y paralelo con el Mesías de Dios, así como Cristo lo había afirmado de sí durante su vida y lo demostró con su resurrección. Dándoles poder de atar y desatar e incluso hacer milagros a los apóstoles, satanás empodera sus bestias, para que conduzcan a la apostasía.
El que el Anticristo se halle en condiciones de representar la resurrección de Jesús, invirtiéndola satánicamente, es algo que produce sobre los hombres un efecto persuasivo, así, que la multitud sigue fascinada a la bestia, como ante un prodigio tangible.
La primera bestia es, el símbolo de las potencias que luchan contra el Reino de Dios, o la encarnación del Anticristo con sus secuaces, para destruir la obra del Redentor, engañando a los desprevenidos con apariencia de piedad (II Timoteo 5, 3) y de paz (I Tesalonicenses 5, 3) , llevado a su colmo con el endiosamiento del hombre (II Tesalonicenses 2, 4) en forma no ya disimulada como hasta entonces en aquel misterio, sino abierta, desembozada y triunfante
Pantera, oso, león: son las tres primeras bestias de la visión de Daniel (7, 3-7). Esta bestia del Apocalipsis recuerda también la cuarta de Daniel por los diez cuernos. Además reúne en sí el total de las siete cabezas de aquellas cuatro bestias.
La apostasía general no debe llenarnos de pasmo, pues es anunciada por Jesucristo y por los apóstoles como antecedente del Anticristo. Siempre quedará un pequeño grupo de verdaderos y fieles cristianos, la “pequeña grey” (Lucas 12, 32), aun cuando se haya enfriado la caridad de la gran mayoría (Mateo 24, 12) al extremo de que si fuera posible serían arrastrados aún los escogidos (Mateo 24, 24).
Dios permite esta persecución, de altanerías y blasfemias y su momentánea victoria, por Cuarenta y dos meses.
