
San Atanasio, San Juan Crisóstomo, San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno. Son los 4 grandes padres de la iglesia de Oriente.
San Basilio es considerado uno de los tres grandes “Padres de la Capadocia” de la Iglesia de Oriente del siglo IV, junto con su hermano, el famoso filósofo, Gregorio de Nisa, y Gregorio Nacianceno, obispo de Constantinopla, que había compartido con Basilio sus primeras experiencias ascéticas. Los tres se opusieron al arrianismo, una idea desarrollada por Arrio, un presbítero de Alejandría, que postulaba que, como Jesucristo había sido creado de la nada, no podía ser igual a Dios. Las ideas de Arrio fueron condenadas por su propio obispo, pero la herejía se convirtió en un movimiento poderoso, respaldado y promovido activamente por varios emperadores. Basilio y los dos Gregorios fueron defensores de la ortodoxia.
En el Concilio de Nicea, el Obispo Nicolás de Mira le dio un puñetazo al hereje Arrio en el rostro. Se le había pedido a Arrio que defienda su doctrina de que Jesucristo era solamente un ser creado y no Dios encarnado. Arrio dijo toda clase de sandeces, Nicolás harto de este sinsentido, se paró y le administró un poco de corrección.
Juan Crisóstomo patriarca de Constantinopla, poco antes de morir en destierro, escribió al Papa Inocencio para darle las gracias por el «gran consuelo» que había recibido por el generoso apoyo que le había otorgado[39]. En su carta, afirmaba que, aun hallándose separado por la gran distancia del destierro, se encontraba «diariamente en comunión» con él.
Sin embargo, le suplicaba que perseverara en su esfuerzo por buscar justicia para él y para la Iglesia de Constantinopla, dado que «la batalla que has de afrontar ahora se ha de librar en favor de casi todo el mundo, de la Iglesia humillada hasta la tierra, del pueblo disperso, del clero agredido, de los obispos enviados al destierro, de las antiguas leyes violadas». San Juan, escribiendo a san Basilio Magno, expresaba el temor reverencial que sentía al celebrar los sagrados misterios con estas palabras: «Cuando ves que el Señor, inmolado, yace sobre el altar y que el sacerdote, de pie, ora sobre la víctima (…), ¿piensas que estás entre los hombres, que estás en la tierra? ¿No te sientes, más bien, transportado al cielo?». Los ritos sagrados, dice san Juan, «no son sólo maravillosos para la vista, sino también extraordinarios por el temor reverencial que suscitan. Allí está de pie el sacerdote (…), el cual hace que el Espíritu Santo descienda; ora largamente para que la gracia que desciende sobre el sacrificio ilumine en aquel lugar las mentes de todos y las haga más resplandecientes que la plata purificada por el fuego. ¿Quién puede menospreciar este misterio digno de veneración?»
Al respecto de la tradición violada, el futuro Benedicto XVI escribió: «Hoy nos encontramos en una segunda Ilustración, que ha impuesto la ideología marxista, que trata la esperanza como irracional y en su lugar ha postulado un objetivo racional del futuro, que lleva el título de «nuevo orden mundial» y debe convertirse ahora, en la norma ética esencial. Lo que impone el marxismo es la idea evolutiva de un mundo nacido de un caos irracional, que por tanto no puede contener en sí mismo ninguna ética». Pero un orden mundial con estos fundamentos, se convertirá en una utopía de terror, ¿No necesita Europa, no necesita el mundo, elementos correctores, a partir de su tradición CATÓLICA?».Joseph Ratzinger, septiembre 2001
San Basilio al mismo respecto escribió: “Las doctrinas de la religión verdadera son derribadas. Las leyes de la Iglesia están en confusión. La ambición de los hombres que no temen a Dios se precipita hacia los altos cargos de la Iglesia, y los cargos exaltados ahora se conocen públicamente como la recompensa de la impiedad. El resultado es que cuanto más blasfema un hombre, más apto le considera el pueblo para ser obispo. La dignidad clerical pertenece al pasado. Faltan por completo hombres que alimenten el rebaño del Señor con conocimiento de los hechos. Los eclesiásticos con autoridad tienen miedo de hablar, porque aquellos que han alcanzado el poder a través del interés humano son esclavos de aquellos a quienes deben su ascenso. La fe es incierta; las almas están sumergidas en la ignorancia porque los aduladores de la palabra imitan la verdad. Las bocas de los verdaderos creyentes callan, mientras toda lengua blasfema se mueve libremente; las cosas santas son pisoteadas” (Ep. 92).
«San Basilio, recurrió al Papa Dámaso, para que le ayude a mantener celosamente las santas tradiciones del pasado, todos los papas del pasado, todos los valientes obispos confesores del pasado, todos los mártires católicos, en palabras de Santa Teresa de Ávila, estaban “decididos a sufrir mil muertes por un solo artículo del credo, lo apoyan y alientan».
