




El mártir de Armero: Beato, proximamente santo…
Pedro María Ramírez Ramos.
En 1948, el 10 de abril, fue asesinado, arrastrado y vejado, el párroco de Armero, Pedro María Ramírez, a manos de una multitud de gente del mismo pueblo en que oficiaba como sacerdote.
A punta de machete y garrote entraron a la iglesia y destruyeron las imágenes de santos, profanaron y regaron las formas sagradas y destruyeron el mobiliario y otros objetos con el pretexto de buscar unas armas que no existían.
Arrastraron al sacerdote al centro de la plaza donde lo asesinan cruelmente a machetazos, un tal Loco Arturo: “le metió un machetazo por el lado de la nuca”. La gente se ensañó contra su cuerpo, “las coperas de las cantinas del centro le daban puntapiés al cadáver del señor cura”, “Los muchachos le tiraban piedras en el estómago y otros lo golpeaban con varillas de hierro” (Lombo 1996, citado por G. Díaz 2000, 32).
El 10 de abril de 1948, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, la violencia se extendió rápidamente por varias regiones de Colombia. En Armero, Tolima, el padre Pedro María Ramírez fue señalado por la turba y finalmente martirizado en la plaza. La parroquia y el convento contiguo fueron asaltados.
🔹 El prostíbulo vecino
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Se ha documentado que una de las casas colindantes con la iglesia era un prostíbulo, donde trabajaban varias mujeres (la tradición oral habla de unas 18).
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En medio del saqueo y el caos, una de las religiosas logró refugiarse allí y fue escondida por las mujeres del burdel, que la protegieron del linchamiento.
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Este hecho aparece en algunos testimonios incluidos en la investigación histórica de la diócesis y en narraciones recogidas después de la beatificación, como ejemplo paradójico de caridad: las prostitutas —que en el ambiente religioso eran vistas con desprecio— terminaron siendo las que salvaron la vida de una consagrada.
🔹 Valor histórico y simbólico
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Este episodio muestra la complejidad de la violencia en Colombia: mientras unos destruían y asesinaban, otros —incluso desde los márgenes sociales— mostraban gestos de humanidad.
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En la memoria popular de Armero, esa protección de la monja ha quedado como un signo de gracia inesperada en medio del horror.
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Armero era una ciudad próspera, considerada una de las más importantes del Tolima, con gran actividad agrícola (algodón, arroz, café) y comercial.
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Ambiente moralmente permisivo:
Las crónicas señalan que había un número significativo de prostíbulos y cantinas, algo común en ciudades de paso con gran flujo de trabajadores y comerciantes. Esto generaba tensiones con las autoridades eclesiásticas que denunciaban la “vida desordenada” del pueblo. -
Poco antes de 1948 habían llegado misioneros protestantes que abrieron el “Colegio Americano”, una institución educativa privada de corte evangélico.
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Para el catolicismo local, esta presencia se percibía como un desafío en un ambiente ya marcado por tensiones políticas y sociales, que insuflaba el odio anticatólico.
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El padre Pedro María Ramírez Ramos fue crítico con lo que él llamaba “vicios” del pueblo, prostíbulos, embriaguez, abandono religioso y herejías.
El Martirio, luego de varios Machetazos:
El cuerpo no dejaba de moverse por los estímulos nerviosos ; Claudina Valderrama escuchó a personas que decían: “Dele, dele que todavía está vivo. Denle que así era como lo queríamos ver morir” (folio 97).
Ante el cadáver, a uno de los presuntos asesinos, Alonso Cruz, le escucharon decir: “Ay juep… le di un machetazo, esta (y le mostraba a otros el filo del machete) es sangre de cura” (f. 109, dicho por Trino Díaz)
Luego lo amarran con cadenas a una zorra (carreta de caballos) y lo arrastraron por todo el pueblo como un crucificado, luego fue arrojado a la entrada del cementerio, donde las mujeres de la zona de tolerancia (vecina al cementerio) se hicieron con los restos del padre e intentaron darle cristiana sepultura, pero sólo pudo ser cristianamente sepultado pasados más de 20 días de su martirio.
El obispo de Ibagué de la época, Mons. Pedro María Rodríguez Andrade, al enterarse del Hecho, alzó los brazos al cielo y pronunció la famosa frase, «Armero delenda est» («Armero debe ser destruida»). Que recuerda la destrucción de la Pentápolis, las cinco ciudades del pecado, Sodoma, Gomorra, Adma, Zoar y Zeboím, en Génesis 19,15-29, y otros pasajes bíblicos, tanto del antiguo testamento como del nuevo, en que Dios castiga, incluso con un lago de fuego, a quienes se salen de SU voluntad.
Como castigo a las profanaciones hechas, el obispo condenó a la parroquia y la puso en entredicho, una forma de excomunión reservada a los Adúlteros y herejes, que prohíbe la realización de todo sacramento.
Uno de los primeros milagros del padre se obró sobre sus asesinos.
A Camilo Leal y a Yesid Chavarro se les manifestó el padre Ramírez en la cárcel de Ibagué, donde pagaban condena.
Según Restrepo:
[…] a principios de junio de 1950 [Chavarro] oyó que le llamaban por su nombre; y vio a un individuo que no dudó él que fuera el padre Ramírez: esa persona era de “color gris”, se paseaba por la celda y le dijo: “Hay infierno y hay cielo”. (1952, 231-232)
En 1985 el volcán del Ruiz destruyo Armero, solo quedaron en pie el cementerio y el barrio de las prostitutas, los dos únicos lugares que se habían apiadado de los restos del martirizado…


