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Profecía del beato Francisco Palau

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La personalidad extraordinaria del carmelita Francisco Palau, con su celo ardiente y combativo por la causa de Dios y de la Iglesia, hace recordar al profeta Elías. Su fiesta se celebra el 7 de noviembre.

“Antes que se levante otro rey católico, Dios dirá a un hombre lo que dijo a Moisés:
Ahí tienes una vara: en ella ostentaré a todas las naciones mi existencia y mi omnipotencia”.
A este hombre serán entregados a discreción los demonios, para ser arrojados del cuerpo de la sociedad actual, del cuerpo de las naciones…
A este hombre obedecerán tierra, infierno y cielos, los elementos y la naturaleza entera: este hombre estará en pie firme ante las potencias horrendas, ante esos reyes con quienes ahora Pío IX tiene que transigir, y en ese hombre terminará el sistema de las transacciones; este hombre, el más extraordinario que hayan visto los siglos, tendrá el poder de “herir la tierra con plagas”, este hombre es escogido por la Reina del monte Carmelo por el general en jefe de todos los ejércitos de Dios, y este hombre está a las órdenes de su Reina, escondido en el monte santo, y preparado para el día y hora en que Dios ha marcado su misión, y por este hombre la Reina del Carmelo restituirá a su orden la sociedad humana…
“¿Cuándo vendrá? Cuando nadie lo crea; cuando todas las naciones hayan consumado en la persona de sus reyes la apostasía de la Fe; cuando veas al diablo gloriándose en su triunfo, resistiendo al poder de los católicos.
Cuando el diablo llegue al extremo de presentarse al frente de todos los reyes de la Tierra dando en guerra contra Dios bajo su lema propio: ¡Revolución! Cuando vosotros los encargados de arrojarle al abismo, seáis impotentes para vencerle por causa de vuestra incredulidad. Entonces aparecerá al mundo este hombre para anunciarle su fin…
“Sí: “el venturoso podrá restituir el mundo”, pero será despreciado y horriblemente perseguido de los mismos católicos, porque son estos los que han perdido al mundo por su incredulidad…” (El Ermitaño, Año III, n° 89, 21 de julio de 1870)
“No se conoce otro restaurador que él. Si viene la restauración verdadera que consiste en la conversión a Dios de todas las naciones y de sus reyes, el restaurador no puede ser un rey, sino un apóstol… Y este apóstol será Elías, el Elías prometido, sea cual fuere el nombre que se le dé.
Llámese Juan, Moisés, Pedro, el nombre importa poco; la misión de Elías restaurará la sociedad humana porque así Dios lo tiene en su Providencia ordenado”. (El Ermitaño, Año IV, n° 113, 5 de enero de 1871)
“Cuando veas al diablo gloriándose en su triunfo, resistiendo al poder de los católicos. Cuando el diablo llegue al extremo de presentarse al frente de todos los reyes de la Tierra dando guerra contra Dios bajo su lema propio: ¡Revolución!
Cuando vosotros los encargados de arrojarle al abismo, seáis impotentes para vencerle por causa de vuestra incredulidad. Entonces aparecerá al mundo este hombre (Dios dirá a un hombre lo que dijo a Moisés: “Ahí tienes una vara: en ella ostentaré a todas las naciones mi existencia y mi omnipotencia”.
A este hombre serán entregados a discreción los demonios, para ser arrojados del cuerpo de la sociedad actual, del cuerpo de las naciones…
A este hombre obedecerán tierra, infierno y cielos, los elementos y la naturaleza entera: este hombre estará en pie firme ante reyes horrendos) para anunciarles su fin…
Pero será despreciado y horriblemente perseguido de los mismos católicos, porque son estos los que han perdido al mundo por su incredulidad… el restaurador no puede ser un rey, sino un apóstol». “¿Cuándo vendrá? Cuando nadie lo crea; cuando todas las naciones hayan consumado en la persona de sus gobernantes la apostasía de la Fe».
Cuando los revolucionarios españoles vinieron puñal
en mano para asesinarnos en nuestros mismos conventos,
no por eso me asusté; y una vez salvado por la protectora
mano de la Providencia me conformé lo mejor que pude con
las reglas de mi profesión religiosa. Yo estaba bien confiado de que estas gentes tolerarían a un ermitaño en su pobre cabaña, pues que no les demandaba protección alguna sino simplemente que me permitieran seguir libremente mi vocación religiosa; tolérase aquí todo lo que hay de más execrable y abominable, como son materialistas y ateos, deistas y paganos, mahometanos, judíos y protestantes, toda clase de sectarios, todo lo que hay de más impío todo está tolerado en el territorio francés.
Bien persuadido, pues, estaba yo de que un país,
que tolera las bestias más feroces del infierno, daría hospitalidad a un pobre solitario que expulsado de su convento por la revolución venía a pedirle asilo; aquel asilo que no se niega  ni a los lobos, ni a las demás bestias del bosque de este mundo.
Pero me he equivocado; la gente de este país ha visto mi
género de vida y lo ha juzgado, y desde el primer día que me
ha visto entrar en una cueva se ha escandalizado, y ha
resuelto echarme de ella, y a este fin ha empleado todas las
vejaciones y persecuciones que ha tenido en su mano; he
ahí un pueblo ingrato que desde hace tanto tiempo abusa de
vuestras misericordias, y cuyos crímenes hácenle indigno del
depósito de vuestra religión que le habéis confiado, pues que
sus iniquidades sobrepujan el deicidio de los judíos, el cisma
de los griegos, la revolución de los protestantes, el error de
los mahometanos y las tinieblas de las enormes masas de
las naciones infieles que duermen todavía en las sombras de
la muerte.
Pesad, Señor, en la balanza de vuestra justicia y comparad las faltas y los escándalos del pueblo cristiano con los de
los judíos, de los protestantes, de los griegos y de los infieles.
Cortad, Señor, cortad del árbol de la vida esa rama podrida y corrompida que le impide su desarrollo; limpiad el árbol
de vuestra Iglesia de la putrefacción y corrupción de un pueblo que blasfema y deshonra vuestro nombre [Ap 22,2; Dn
4,10-11].
Buscando por todas partes la virtud, he encontrado
el crimen en el lugar santo, es decir en el pueblo cristiano,
pues ahí está la abominación desoladora predicha por el profeta Daniel [Mt 24,15; Dn 9,27; 12,11], temblando y con
las lágrimas en los ojos, el rostro pegado en el suelo y prosternado ante el trono de Dios, mi espíritu abogaba como
sacerdote por nuestra causa y luchaba contra la justicia de
Dios.
Cuando oigo la voz: «arrancad del árbol de la vida esos ingratos cristianos» [Dn 4,11; Ap22,19], quisiera enterrar mi cuerpo en la tumba. Esta súplica que a primera vista pudiera parecer una horrible blasfemia, sin embargo no lo es en modo alguno pues, si una rama amenaza pudrir todo el árbol, es obligación del dueño cortarla.
Una época en que nuestra infidelidad, nuestra ingratitud a los beneficios recibidos, el abuso de las gracias y de las misericordias del Señor y nuestros crímenes y nuestras faltas sobrepujen la iniquidad detodos los que están fuera del campo de la Iglesia de Dios [Dn 9,5], ¡ah! ¡época fatal aquella para nosotros!, porque aquellos serán días de lágrimas y de llanto, de venganzas y de cólera [Lc 21,23; Mc 13, 19; Mt 24,21; Ap 6,17]. ¡Desgraciados aquellos que no tendrán la caridad fundada en la verdad!, ¡desgraciados aquellos cristianos que no tendrán sus nombres escritos en el libro de la vida [Ap 21,27].
Elogio de la vida solitaria, fué  escrito después de experimentar una desilusión profunda debido a la hostilidad del gobierno francés hacia la Iglesia.
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