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Arte Sacro

San Ambrosio

virgenes

Sobre las Vírgenes

Libro 1, caps. 2. 5. 7-9

De santa Inés, sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.

¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se poner a llorar como si se tratara de una herida.

Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.

¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.

Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.

El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:

«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero».

Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; como temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.

«La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (cf 1Co 7,31; Mc 12,25)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1619).

En el siglo IV, una joven viuda, entregada a la educación de sus hijos con esmero llamada Marcelina, vivía en una casa patricia con sus hijos Sátiro, que ayudaba a su madre llevando la administración y Ambrosio, el pequeño, inseparable de su hermano mayor. Aquella casa había sido convertida en monasterio por Marcelina para albergar a las vírgenes consagradas a Cristo, vistiendo el velo de su consagración con el testimonio y magisterio de Marcelina, la madre de Ambrosio.

Este será un indicio para entender el carisma de Ambrosio de apóstol de la virginidad. Vilipendiado por la gente por su constante predicación, se defenderá con estos argumentos: «Me dirá alguno: Tú todos los días nos estás hablando de las excelencias de la virginidad.» ¿Pues qué he de hacer, ya que alabando diariamente lo mismo no consigo ningún fruto entre vosotros? No es al menos mía la culpa. Ved cómo vienen las vírgenes desde Piacencia, desde Bolonia, desde la Mauritania, para recibir aquí el velo sagrado. ¿No es maravilloso? Hablo aquí y allí persuado… Sé de muchas jóvenes que desean ser vírgenes y sus madres, o lo que es peor, las viudas, a las que ahora me dirijo, se lo impiden y aun les prohíben venir a escucharme…»

El obispo era un formidable propagandista de la virginidad, propaganda que no era fácil y crecían entre sus diocesanos las murmuraciones y las resistencias. Por experiencia se que tampoco ahora es fácil la tarea ni frecuente. «Confiésate con quien quieras menos con ese sacerdote».

Mas tal era la autoridad de Ambrosio, tal su virtud, que en su presencia todos enmudecían. Hasta aquel discípulo de Arrio, el sutil Helvidio, que se atreverá a impugnar, no sólo a atacar los afanes dé Ambrosio, sino la misma virginidad de Santa María.

Razón para leer hoy, en la víspera de la Virgen Inmaculada, esta actividad de Ambrosio, pues ambas causas están unidas estrechamente: Ambrosio utilizaba este gran recurso y argumento de la bendita y augusta virginidad. «Sírvaos, decía, la vida de María de modelo de virginidad, cual imagen que se hubiese trasladado a un lienzo; en ella como en un espejo, brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda virtud… El mayor estímulo del alumno es la excelencia del maestro. Y ¿qué Maestra más insigne que la Madre de Dios? Cuál más preclara que aquella que fué elegida por su misma claridad, o cuál más casta que la que engendró sin mancillar su pureza?» Y con la virginidad de Santa María por emblema y escudo, el obispo proseguía su campaña.

No era enemigo del matrimonio, bien que lo afirmó y reafirmó; pero no podía dejar de comparar esposos con Esposo: «Hija mía, has elegido un buen matrimonio. Ya ves cuánta gente ha venido para celebrar el Nacimiento del Esposo…; ámale, hija mía, porque es bueno. No hay nadie bueno sino solo Dios. Pues, si no se duda de que el Hijo es Dios y de que Dios es bueno…, te lo repito: ámale. Porque es el mismo a quien el Padre engendró desde toda la eternidad antes que al lucero de la mañana…» Así era San Ambrosio, así exhortaba y formaba el rebaño de sus vírgenes en aquella santa comunidad que presidió su madre Marcelina.

BASE DOCTRINAL DE LA VIRGINIDAD

Citando Santo Tomás a San Jerónimo, contra Jovino, que afirma que el error de Jovino consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio, escribe: Este error queda rechazado por el ejemplo de Cristo, que eligió a su madre virgen y él mismo se mantuvo virgen, y según la doctrina del Apóstol en 1 Cor 7, 25, que aconsejó la virginidad como un bien mejor que el matrimonio. También lo rechaza la razón porque el bien divino es mejor que el humano. Porque el bien del alma es más excelente que el del cuerpo. Y porque el bien de la vida contemplativa es más excelente que el de la activa.

Como la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación del género humano, y pertenece a la vida activa, puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol en 1 Cor 7, 33, afirma sin lugar a duda, que la virginidad es mejor que la continencia conyugal .

CLIMA DE ALTURA

El amor virginal es el más profundo y extenso. La virginidad no es soledad del corazón. Al contrario, supone compañía fiel de amistades puras y eternas. ¡Y qué hermosa la amistad! ¡Y qué provechosa! Dos almas que se aman y se ayudan, que se reparten sus luces. La virginidad es flor de alta montaña, no puede resistir las temperaturas de la tierra baja. Su cultivo exige vida espiritual poderosa, fe fuerte, especialmente la de la mujer por su psicología más sensible y voluble. Supone mirada de águila para descubrir su belleza, telescopio poderoso para ver a Dios. Como consejo evangélico, es un atajo para llegar a Dios.

El atajo se aparta del camino general, supone más incomodidad, que sólo se está dispuesto a abrazar cuando la visión de la meta es muy clara y deseada. Un exiliado que está muchos años sin ver a su madre está en disposición de aceptar las penalidades de todos los atajos, porque le mueve el poderoso amor y deseo de encontrar a su madre. Saber saborear la hermosura de la amistad y que la virginidad es el mejor camino para que la amistad germine. José y María son los dos grandes modelos de amigos vírgenes. Los dos miran en la misma dirección: Jesús, su Bien Supremo, su Amor total.

LA SITUACION DE AMBROSIO COMO OBISPO

Mas lo admirable de este campeón de la virginidad es su circunstancia en la que desarrolló su campaña. Ambrosio no era, ni por temperamento, ni por su género de vida, un monje escondido y tímido que sólo sabía de santas purezas y retiros; Ambrosio era un hombre de leyes, educado en la comodidad y en la jurisprudencia, que muy pronto supo de honores y de gobierno. Su estilo de alma era recio, reflexivo y hasta imperioso. Era él un joven gobernador que acude al templo para pacificar los ánimos revueltos por la elección de nuevo obispo, y lo hizo con tal autoridad, que de pronto a él mismo le proclamaron el clero y el pueblo unánimes. Ambrosio manifestó su grandeza resistiendo la elección. Y el que era gobernador fué consagrado, ocupando desde entonces en aquel siglo uno de los puestos más influyentes y decisivos del imperio. El campeón de las vírgenes era el amigo y prefecto o gobernador, amigo de los emperadores; primero de Valentiniano; después, de Graciano y de Teodosio. Obispo de cuerpo entero, que no se doblegó ante ningún poder de la tierra, detuvo la cólera de Máximo dispuesto a devastar Italia. Su grandeza de ánimo quedó patente en la excomunión lanzada contra Teodosio por su cruel carnicería en Tesalónica castigando un motín sedicioso en esta ciudad, matando a 7000 personas. Cuando regresó a Milán y quiso entrar en la basílica, San Ambrosio le detuvo en el umbral, diciéndole: «Ya que has imitado a David en el crimen, imítalo también en la penitencia». Y no quiso admitirle en la iglesia hasta que hubo cumplido una penitencia pública, durante ocho meses.Tal era aquel hombre pétreo y firmísimo, que supo hacer compatible su sabiduría, su gobierno, su gravedad, su prestigio universal, con aquel amor delicado y tierno por la virginidad y sus flores.

LA MADRE ABEJA VIRGEN

San Ambrosio de Milán, el serio y gravísimo San Ambrosio, fué el hombre que escribía: «Muy bien se puede comparar a la abeja con la virgen, así es de trabajadora, pudorosa y casta. La abeja se alimenta de rocío, desconoce las uniones sexuales, fabrica miel. El rocío de la virgen es su conversación con Dios…, su cuerpo inmaculado es el pudor virginal, los frutos de la virgen son sus palabras. exentas de amargura… Cuánto deseo, hermana mía, que imites a la pequeña abeja, que se alimenta de flores, en su boca lleva el fruto y con su boca lo prepara…» San Ambrosio, el caballero celeste de las vírgenes, es también San Ambrosio, el doctor de los saberes copiosos y San Ambrosio el liturgo de una liturgia fastuosa y sublime, y el San Ambrosio el de los pobres, ciegos, cojos, mancos y hambrientos. El que escribió contra los arrianos y una serie de himnos solemnes, que se utilizan todavía en la liturgia actual.

http://www.mariologia.org/vidas/vidasejemplaresmarianas15.htm

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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