
Virgen de la leche, catacumbas de Priscila, Roma, altorelieve de San Lucas Apóstol
En la Sagrada Escritura, la Puerta de Oriente posee un significado profundamente mesiánico y escatológico. El profeta Ezequiel (44,1–3) contempla la puerta oriental del Templo, La puerta Dorada, cerrada, por donde solo el Señor entra y sale. La tradición cristiana ve en esta puerta una figura de Cristo, por quien Dios entra en el mundo y por quien el hombre accede a Dios. El oriente es el lugar de la luz naciente, símbolo de la resurrección y de la venida gloriosa del Señor.
Cristo se revela a sí mismo como Puerta:
“Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará” (Jn 10,9).
Y simultáneamente como Piedra Angular:
“La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser piedra angular” (Sal 118,22; cf. Mt 21,42).
Para los Padres de la Iglesia, estas dos imágenes no se oponen, sino que se unen. San Ireneo, San Agustín y San Cipriano enseñan que Cristo es la piedra que sostiene el edificio y la puerta que permite entrar en él. La Iglesia está edificada sobre los apóstoles, pero Cristo es el fundamento último, el punto donde convergen judíos y gentiles, cielo y tierra.
En el Apocalipsis (21), la Jerusalén celestial desciende del cielo con doce puertas y doce cimientos. Las puertas miran a los puntos cardinales, y la tradición mística reconoce en la puerta oriental la entrada de la gloria. Allí, Cristo aparece como luz del Oriente, porque “la ciudad no necesita sol, pues la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23).
La Puerta de las Piedras Angulares, custodiada por los ángeles, expresa que solo se entra por Cristo, y que se entra siendo transformado en piedra viva (1 Pe 2,5). Los que pasan por esta puerta han sido configurados con Él: apóstoles, mártires, confesores y fieles que permanecieron firmes en la verdad.
La mística cristiana, tanto oriental como occidental, ve en esta puerta un paso de iluminación: Cristo concede entrar “como lumbre de Oriente”, es decir, como luz que no quema, sino que transfigura. No se cruza por mérito humano, sino por gracia, obediencia y amor firme.
Así, en la Jerusalén celestial, Jesús es a la vez la Puerta, la Piedra y la Luz:
la Puerta que se abre,
la Piedra que sostiene,
y el Oriente eterno que guía a los que entran en la plenitud de Dios.
La visión de la Nueva Jerusalén en el Apocalipsis (21,9–22) presenta una ciudad santa edificada por Dios, con doce puertas custodiadas por doce ángeles y doce piedras angulares que llevan los nombres de los apóstoles. Esta imagen constituye una profunda catequesis sobre la Iglesia, entendida no solo como institución histórica, sino como misterio vivo que une cielo y tierra.
Dentro de esta mística se sitúa la Puerta de la Piedra Angular, confiada simbólicamente a San Moriel, ángel patrono del amor firme, ( Las Dominaciones). Esta puerta representa el acceso de quienes fueron fundamento, sostén y defensa de la Iglesia. El umbral de la fidelidad probada, donde entran los que, como piedra viva, permanecieron firmes ante las tempestades del tiempo.
La piedra angular encuentra su expresión visible en San Pedro, a quien Cristo confió las llaves del Reino y la misión de confirmar a sus hermanos. Pedro no es piedra por sí mismo, sino por la gracia que lo sostiene; en él se revela que la solidez de la Iglesia no nace de la fuerza humana, sino de la obediencia a la Palabra. La Cátedra de Pedro, celebrada antiguamente el 18 de enero, proclama esta verdad: la Iglesia es una porque está fundada sobre el testimonio apostólico.
Junto a Pedro aparece Santa Prisca, mártir de los orígenes, testigo silenciosa de la Iglesia naciente. Su figura encarna la dimensión oculta pero esencial de la piedra angular: no solo sostienen la Iglesia los grandes pastores, sino también los pequeños, los fieles anónimos, los que entregan su vida sin dejar prole ni tronos. Prisca es piedra viva incrustada en los cimientos invisibles del edificio espiritual.
Santa Prisca pertenece a la tradición de los primeros cristianos de origen patricio romano. Su nombre, frecuente en familias nobles como los Acilios Glabriones, indica un entorno aristocrático vinculado a la antigua Roma. Según la tradición, fue mártir en los siglos I–II, cuando el cristianismo comenzaba a penetrar en las casas senatoriales. Su testimonio muestra que la fe cristiana no fue solo popular, sino que alcanzó a la élite romana, transformando desde dentro la cultura imperial. Santa Prisca simboliza la Iglesia primitiva, fiel, escondida y firme, edificada sobre la sangre de mártires nobles y humildes por igual.
San Moriel, guardián de esta puerta, une ambas dimensiones: la autoridad apostólica y el testimonio martirial. Desde la mística de las doce puertas, enseña que la Iglesia se edifica con amor firme, verdad custodiada y fidelidad hasta el extremo.
Las Dominaciones son el cuarto coro de los nueve coros de los Ángeles y están situadas en el segundo círculo de la jerarquía celestial, conocido como el círculo del orden y la omnipotencia de Dios. Se caracterizan por ser portadoras del amor divino que recorre toda la Creación y están organizadas en columnas angulares, que son los cuatro ángeles más fuertes de cada tercio del coro. Estas columnas representan la Casa de Dios en la Creación y la ciudad de Dios con sus cuatro torres angulares en los cuatro confines del mundo.
Las Dominaciones están divididas en tres partes:
- Dominaciones Superiores: Llevan el amor del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo hacia la Creación y devuelven la respuesta de la Creación hacia el cielo. Son doce en total y se encuentran sobre las puertas de la Nueva Jerusalén, recibiendo a la humanidad santificada que entra detrás de las doce tribus de Israel y de los doce Apóstoles.
- Dominaciones Selladas: Actúan como Ángeles del fin de los tiempos, con un inmenso poder contenido. Entre ellos se encuentran los siete que sellarán las comunidades de Dios al final de los tiempos, tres que llamarán al juicio, siete que derramarán las copas de la ira sobre la tierra y tres que cosecharán. Además, hay cuatro columnas angulares que llevan la vida, la sabiduría, la fuerza y el amor de Dios sellados.
- Dominaciones Inferiores: Llevan el amor del Padre por el Hijo y el Espíritu Santo hacia la Creación, manifestándolo como belleza, poder y armonía. Representan a la humanidad junto con la humanidad santificada y llevan las esencias de Dios en la Creación en un orden maravilloso de cuatro veces tres:
- Tres Ángeles llevan la medida, la ley y la verdad a la raíz de todas las cosas.
- Tres Ángeles llevan el amor, el temor de Dios y la justicia a la estructura de todas las cosas.
- Tres Ángeles llevan la sabiduría, la belleza y la armonía a la flor de todas las cosas.
- Tres Ángeles llevan el poder, la fuerza y el triunfo al fruto de todas las cosas.
En total, las Dominaciones son 24 Ángeles, divididos en las tres partes mencionadas.
Así, la Puerta de la Piedra Angular revela el misterio de una Iglesia llamada a ser una, santa y sólida, abierta al cielo, sostenida por apóstoles, mártires y por la gracia de Dios que todo lo edifica y lo conduce a la plenitud eterna.
“La Felicidad” Para Platón es la posesión de las cosas buenas.
Feliz era Priscila la esposa de Aquila, muy mencionada junto con su esposo en el Nuevo Testamento. Eran judíos, emparentados con la Elite patristica Romana, fabricantes de tiendas, (como San Pablo) que vivían en Roma hasta que el emperador Claudio, por un decreto imperial, intentó expulsar a los judíos de Roma, Priscila y su esposo se fueron a vivir a Corinto.
La fabricación de tiendas (tabernacula / tentoria) en el mundo romano no era un oficio marginal, sino una actividad técnica y comercial de alto nivel, especialmente en contextos militares, comerciales y aristocráticos.
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Las tiendas requerían lino, cuero tratado, costura especializada y diseño desmontable, saberes propios de talleres urbanos cualificados, no de trabajo servil básico.
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El suministro de tiendas para el ejército romano, caravanas comerciales y villas patricias estaba en manos de redes artesanales prósperas, a menudo ligadas a familias o élites.
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En las ciudades helenísticas y romanas, este oficio se conectaba con el comercio internacional, los puertos y las rutas imperiales.
En este contexto se entiende que Pablo, Aquila y Prisca, “fabricantes de tiendas” (Hch 18,3), pertenecieran a un estrato social alto, culto y móvil, capaz de viajar, enseñar y hospedar comunidades.Desde el año 50 DC estuvieron con Pablo en varios lugares: Roma, Éfeso y Corinto.
El nombre Priscila es el disminutivo de Prisca (del latín: antigua). Pablo la llama Prisca cuando la menciona en las cartas paulinas o epístolas paulinas, mientras que Lucas la menciona como Priscila.
En la Carta de Pablo a los Romanos se lee:
Saludad a Prisca y a Aquila, mis cooperadores en Cristo Jesús, los cuales para salvar mi vida expusieron su cabeza.
Hechos 18:
2) Allí encontró a un judío llamado Aquila, originario del Ponto, recientemente llegado de Italia con Priscila, su mujer, a causa del decreto de Claudio que ordenaba salir de Roma a todos los judíos. Pablo se unió a ellos;»
18) Pablo, después de haber permanecido aún bastantes días, se despidió de los hermanos y navegó hacia Siria, yendo con él Priscila y Aquila, después de haberse rapado la cabeza en Cencreas, porque había hecho voto.
26) pero Priscila y Áquila que le oyeron, le tomaron aparte y le expusieron más completamente el camino de Dios.»
Según las Actas de los Mártires, era una joven que fue llevada al anfiteatro para la diversión de la gente.
Un león se lanzó sobre ella pero, en lugar de hacerla pedazos, se echó sus pies. En vistas de esta situación, la devolvieron de nuevo a la cárcel.

Algún tiempo después fue ejecutada, y se dice que un águila velaba su cuerpo hasta su entierro en las Catacumbas de Priscila.
Desde muy antiguo se le tributó culto en Roma a esta joven romana. En el siglo IX, mediante las excavaciones arqueológicas, se descubrió e identificó que estaba enterrada en el Aventino con el nombre de Priscila, mujer de Aquila, un judío cristiano.

Existe en Roma la bella iglesia de Santa Prisca, la cual fue construida sobre las ruinas de un santuario del dios pagano Mitra. En el Aventino bajo el altar mayor está ubicada una urna de madera con sus restos, debajo apareció una casa romana.

La leyenda dice que en ella se hospedó San Pedro y se conserva una antigua pila bautismal donde bautizaba –de hecho allá hay una pintura donde aparece bautizando a Santa Priscila, esposa de Aquila.
Baronio la inscribió en el Martirologio Romano el 18 de enero, basándose en el Martirologio Jeronimiano, asi que fue “fundadora” de las catacumbas que llevan su nombre en Roma. Donde esta la pintura mas antigua de la virgen de la leche.
El historiador romano Suetonio nos dice, al hablar de este acontecimiento, que el Emperador, había expulsado a los judíos porque «provocaban tumultos a causa de un cierto Cresto» (Cf. «Vidas de los doce Césares, Claudio», 25). Se ve que no conocía bien el nombre –en vez de Cristo escribe «Cresto»– y tenía una idea muy confusa de lo que había sucedido. De todos modos, se daban discordias dentro de la comunidad judía en torno a la cuestión de si Jesús era el Cristo. Y para el emperador estos problemas eran simplemente motivo de expulsión de todos los judíos de Roma. Se deduce que los esposos habían abrazado la fe cristiana ya en Roma, en los años cuarenta, y que ahora habían encontrado en Pablo a alguien que no sólo compartía con ellos esta fe –que Jesús es el Cristo–, sino que era también apóstol, llamado personalmente por el Señor resucitado. Por tanto, el primer encuentro tiene lugar en Corinto, donde le acogen en la casa y trabajan juntos en la fabricación de tiendas.

En un segundo momento, se trasfieren a Asia Menor, a Éfeso. Allí desempeñaron un papel determinante para completar la formación cristiana del judío alejandrino Apolo.
Cuando en Éfeso el apóstol escribe su Primera Carta a los Corintios, junto a sus saludos, envía explícitamente también los de «Áquila y Prisca, junto con la Iglesia que se reúne en su casa» (16,19).
De este modo, sabemos el papel importantísimo que esta pareja desempeñó en el ámbito de la Iglesia primitiva: es decir, el de acoger en su propia casa al grupo de los cristianos del lugar, cuando se reunían para escuchar la Palabra de Dios y para celebrar la Eucaristía. Es precisamente ese tipo de reunión que en griego se llama «ekklesía», la palabra latina es «ecclesia», la italiana «chiesa» [la española «iglesia», ndr.], que quiere decir convocación, asamblea, reunión.
En la casa de Áquila y Priscila, por tanto, se reúne la Iglesia, la convocación de Cristo, que celebra allí los sagrados misterios. De este modo, podemos ver precisamente el nacimiento de la Iglesia en las casas de los creyentes.
Al regresar posteriormente a Roma, Áquila y Priscila siguieron desempeñando esta función preciosísima también en la capital del imperio. De hecho, Pablo, al escribir a los romanos, les envía este saludo particular: «Saludad a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús. Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no soy solo en agradecérselo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad; saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa» (Romanos 16, 3-5). ¡Qué extraordinario elogio de esos dos cónyuges encierran estas palabras! Lo eleva nada más y nada menos que el apóstol Pablo.
La tradición hagiográfica posterior ha dado una importancia sumamente particular a Priscila, aunque queda en pie el problema de una identificación suya con otra Priscila mártir. En todo caso, tenemos tanto una iglesia dedicada a santa Prisca, en el Aventino, como las catacumbas de Priscila, en la Vía Salaria.
De este modo, se perpetúa la memoria de una mujer que ha sido seguramente una persona activa y de gran valor en la historia del cristianismo romano. Hay algo que es seguro: a la gratitud de esas primeras Iglesias, de la que habla san Pablo, se debe unir también la nuestra, pues gracias a la fe y al compromiso apostólico de los fieles laicos, de familias, de esposos como Priscila y Áquila, el cristianismo ha llegado a nuestra generación.
En particular, esta pareja demuestra la importancia de la acción de los esposos cristianos. Cuando están apoyados por la fe y por una intensa espiritualidad, su compromiso valiente por la Iglesia y en la Iglesia se hace natural. La cotidiana comunión de su vida se prolonga y en cierto sentido se sublima al asumir una común responsabilidad a favor del Cuerpo místico de Cristo, aunque sólo sea de una pequeña parte de éste. Así sucedió en la primera generación y así sucederá frecuentemente.
De su ejemplo podemos sacar otra lección que no hay que descuidar: toda casa puede transformarse en una pequeña iglesia. No sólo en el sentido de que en ella tiene que reinar el típico amor cristiano, hecho de altruismo y recíproca atención, sino más aún en el sentido de que toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a rotar en torno al único señorío de Jesucristo.
Por eso, en la Carta a los Efesios, Pablo compara la relación matrimonial con la comunión esponsalicia que se da entre Cristo y la Iglesia (Cf. Efesios 5, 25-33). Es más, podríamos considerar que el apóstol conforma la vida de la Iglesia con la de la familia. Y la Iglesia, en realidad, es la familia de Dios.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 7 febrero 2007 (ZENIT.org).- Audiencia general que pronunció Benedicto XVI.

1. La Puerta de Oriente en el plan escatológico
En la Escritura, la Puerta de Oriente es siempre el lugar por donde entra la Gloria de Dios:
- Ezequiel 43–44: la gloria del Señor entra por la puerta oriental; luego la puerta queda sellada.
- Apocalipsis 21–22: la Jerusalén celestial tiene puertas custodiadas por ángeles; la luz viene de Dios y del Cordero.
Desde el inicio, los Padres ven aquí una realidad doble:
- histórica (Encarnación),
- escatológica (entrada definitiva en la gloria).
2. María: la Puerta Dorada (patrística)
En la patrística, María es la Puerta Dorada (porta aurea, porta clausa).
Padres clave:
- San Ambrosio: María es la puerta cerrada por donde entra Cristo sin romper el sello.
- San Jerónimo: Ezequiel habla del vientre virginal.
- San Juan Damasceno (Oriente): María es la Puerta del Oriente, de donde surge la Luz increada.
- San Agustín: Cristo entra por María sin abrir lo cerrado, para abrir al hombre el cielo.
María pertenece al plano del misterio oculto:
ella es umbral, no término; puerta, no luz.
3. Cristo: la Puerta de Oriente y la Piedra Angular
Cristo es simultáneamente:
- la Puerta (Jn 10,9),
- la Piedra Angular (Sal 118,22),
- la Luz de Oriente (Lc 1,78).
En la mística patrística:
- María es la puerta histórica,
- Cristo es la puerta ontológica y eterna.
En la Jerusalén celestial:
- Cristo no solo abre la puerta,
- Él mismo es la puerta, y a la vez la luz que sale de ella (Ap 21,23).
4. El plano angélico: Dominaciones y puertas
En Apocalipsis 21, cada puerta está custodiada por un ángel.
La tradición mística (especialmente medieval y oriental) vincula estas puertas al coro de las Dominaciones:
- Las Dominaciones regulan el orden divino, la estabilidad del Reino.
- Custodian umbrales, estructuras y transiciones entre cielos y tierra.
- No actúan con poder violento, sino con autoridad serena.
Por eso, en la mística:
- las puertas de la Jerusalén celestial no son solo arquitectónicas,
- son estados espirituales custodiados por ángeles.
5. Cruce Oriente–Occidente
Oriente cristiano
- Enfatiza la luz (phôs): Cristo como Sol naciente.
- María es la Puerta de la Luz.
- El paso es iluminación y deificación (theosis).
Occidente cristiano
- Enfatiza la puerta jurídica y sacramental:
- Bautismo,
- Iglesia,
- Pedro y las llaves.
- María es la Puerta de la Encarnación.
- Cristo es la Puerta de la salvación.
Ambas tradiciones convergen:
- María introduce,
- Cristo hace pasar,
- los ángeles custodian,
- la Iglesia acompaña.
6. Lectura escatológica
En el fin de los tiempos:
- María aparece como figura de la Iglesia glorificada,
- Cristo como Puerta definitiva,
- los ángeles como ministros del orden eterno.
La Puerta Dorada ya no es símbolo, sino realidad abierta:
“Entrarán por sus puertas los que están inscritos en el Cordero.”
Pedro, un apóstol de Jesucristo, a los extraños dispersados por Pontus, Galatía, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el conocimiento previo de Dios Padre, para la santificación del Espíritu, A la obediencia, y al rocío de la sangre de Jesucristo; gracia a vosotros Y la paz se multiplique. Bendito sea Dios y Padre de Nuestro Señor Jesús Cristo, que según su gran misericordia nos ha regenerado a un vivir de Esperanza, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, a una herencia Incorruptible y no contaminada, y que no puede desvanecerse, reservado en el cielo para Tí, que por el poder de Dios eres guardado por la fe para la salvación, listo para ser revelado en el último día en el que te alegrarás mucho, ahora debeis Ser por un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones: la prueba de fe, mucho más preciosa que el oro (que es probado por el fuego), pueda ser hallada para alabanza, y gloria, y Honor, en la aparición de Jesucristo, nuestro Señor.
En ese momento, Jesús vino a los cuartos de Cesara de Filipo, y preguntó Sus discípulos, diciendo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?»
Pero ellos Dijo: Algunos, Juan el Bautista, y otros, Elías, y otros, Jeremías, O uno de los profetas. Jesús les dice: «¿Pero quién dices que soy?»
Simón Pedro respondió: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y Jesús Respondiendo, le dijo: «Bendito seas, Simón BarJona, porque carne y hueso La sangre no te la ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos; y yo Dite a ti que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi Iglesia, Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; y a ti te daré Las llaves del reino de los cielos; Y todo lo que ate la tierra, será atada también en el cielo; Y todo lo que desates en la tierra, también será desatada en el Cielo.
Según antiguos martirologios como el Hieronymianum, este día marca el aniversario de cuando San Pedro celebró su primera misa tras establecerse en la «Ciudad Eterna».













