
8 DE MAYO DEL AÑO 490, el Obispo San Lorenzo vio un angel: “Yo soy el Arcángel Miguel que continuamente está la presencia de Dios. Deseo que este lugar se venere en toda la tierra”.
Habia desaparecido el toro más bello de gargano. Después de tres días de búsqueda, lo encontraron en la entrada de una caverna inaccesible.
El patrón, viendo la imposibilidad de salvarlo, quiso matarlo pero ante la maravilla de todos, la flecha regresó.
“Los habitantes del Monte observaban, que durante la noche luces misteriosas llenaban la Gruta y, al acercarse el alba, se apagaban por sí solas. Nadie tuvo nunca el valor de curiosear. San Enrique II, Emperador, en devoto peregrinaje, pidió y obtuvo el consentimiento del Abad para poder pasar la noche entera en la Sagrada Gruta.
De repente, los espacios de la gruta se extienden ante los ojos del Emperador, indefinidamente pasan filas de jóvenes Ángeles cantando, luego aparecen otras filas de armados resplandecientes como rayos: en medio de ellos conducen, como en pompa triunfal, su Jefe, el Señor del lugar, San Miguel Arcángel. Entonces una nueva fila anuncia la Divinidad misma que se posa sobre el altar mayor: Los Ángeles celebran la Misa solemne semejante a los sacerdotes terrenales… También el Emperador es admitido en la solemnidad, mientras Dios, por medio de un Ángel, le hace besar el Evangelio.
Como signo tangible de la verdad y realidad de lo visto, un Ángel le toca la pierna, y la mañana todos vieron que el Emperador cojeaba. Este mal lo tuvo hasta la muerte”.

