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El mito de la Tierra Plana

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 “Dios tendió el septentrión sobre el vacío, El, colgó la tierra sobre la nada”. Job 26, 7

“El mito de la Tierra Plana” incluye un documento apasionante, que es el Diario de a bordo de Cristóbal Colón. Escrito por El historiador Jeffrey Burton Russell demuestra que el error de la Tierra plana floreció principalmente entre 1870 y 1920, y tuvo que ver con las ideologías que se crearon sobre la evolución. Russell sostiene “con extraordinariamente [sic] pocas excepciones entre las personas educadas en la historia de la civilización occidental desde el tercer siglo A.C. en adelante creían que la Tierra fuese plana,” y acredita a los historiadores John William Draper, Andrew Dickson White y Washington Irving como quienes popularizaron el mito de la Tierra plana.7​

El mito de la Tierra plana es un malentendido moderno según el cual la visión cosmológica predominante durante la Edad media consistía en considerar que la Tierra era plana y no una esfera.

la teoría de la Tierra plana como un fábula usada para impugnar a la civilización pre moderna, especialmente a la edad media en Europa.8​

 

James Hannam escribió:

 

El mito según el cual las personas de la edad media creían que la Tierra era plana aparece en el siglo XVII como una campaña por los protestantes en contra de las enseñanzas católicas. Pero logró notoriedad en el siglo XIX, gracias a historias no basadas en hechos como en History of the Conflict Between Religion and Science (Historia del conflicto entre la religión y la ciencia) de John William Draper publicado en 1874 y en History of the Warfare of Science with Theology in Christendom (Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad) de Andrew Dickson White publicado en 1896. Ateos y agnósticos lucharon para imponer esta idea del conflicto para lograr sus propios propósitos

 

Esta idea se habría originado en el siglo XIX y luego difundido durante la primera mitad del siglo XX. Sobre la misma, los Miembros de la asociación histórica (Members of the Historical Association) declararon, en 1945, lo siguiente:

 

“La idea de que los hombres instruidos en el tiempo de Colón creyeran que la Tierra era plana, y que esta creencia fue uno de los obstáculos que Colón tuvo que superar antes de que su proyecto fuera aceptado, se mantiene como uno de los errores más grandes en la enseñanza.” 2​

 

Durante la primera parte de la edad media, virtualmente todos los estudiosos mantenían el punto de vista de que la Tierra era redonda, como expresaron los antiguos griegos. Para el siglo XIV la creencia de que la Tierra fuera plana era prácticamente inexistente entre los hombres educados.

“Llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde que llevaba el Almirante en todos los navíos, con una F y una Y. Vieron árboles muy verdes, y aguas muchas y frutas de diversas maneras”. Empezaba un nuevo mundo.

Copérnico, canónigo o  en su obra clásica “De revolutionibus” de 1543, que establecía el movimiento de los planetas alrededor del sol. En ella da por cosa sabida y asumida por todas las personas cultas que la tierra es esférica.

 

“No es desconocido que Lactancio, por lo demás un ilustre escritor pero difícilmente un astrónomo, habla de modo infantil sobre la forma de la tierra cuando reprende a quienes declararon que tiene la forma de un globo”, escribe Copérnico.

 

En 1616, cuando el libro de Copérnico llevaba ya 3 ediciones y 70 años de circulación sin especial dificultad, algún censor vaticano –que daba por cosa establecida y común la tierra esférica- decidió que este párrafo no era muy respetuoso con un Padre de la Iglesia (aunque nunca declarado santo) y se omitió ese párrafo en subsiguientes ediciones.

 

Esto alentó a algunos autores posteriores de ámbitos protestantes o de la Ilustración más anticlerical a crear un conflicto entre Copérnico (la ciencia, la tierra esférica) y la Iglesia Católica (Lactancio, el fanatismo, la “tierra plana”).

en el “Leviatán” de Hobbes, donde en 1651 el filósofo inglés (y descreído en lo religioso) asegura –sin poder concretar ningún caso- que “todos los hombres doctos reconocen ahora que existen las antípodas”, pero que en épocas anteriores y oscuras hubo quienes “por suponer tal doctrina fueron penados por la autoridad eclesiástica.[…] Nosotros podemos con justicia señalar a los autores de esta oscuridad espiritual: el Papa y el clero romano”.

 

Anticlericales y anticatólicos de todas las tendencias han leído desde entonces a Hobbes y han asumido que así debió suceder… pero lo cierto es que no se conoce ningún caso de nadie “penado” por ningún Papa ni clérigo católico por defender la existencia de las antípodas: al contrario, lo común era creer en las antípodas, porque así lo decía Aristóteles.

 

Sin embargo, durante siglos las dos grandes corrientes anti-católicas no usaron esta acusación contra la Iglesia Católica. Los promotores de la rebelión protestante no dudaban de la Tierra esférica ni encontraban nada en la Biblia contra ella: Aristóteles tenía razón y la navegación moderna lo demostraba. Y cuando llegó la corriente ilustrada en el s.XVIII, atacó a lo escolástico y lo aristotélico-tomista, con una excepción: Aristóteles promulgó una tierra esférica, tenía razón en eso, y era mejor no hablar de un tema donde lo aristotélico había acertado.

Un padre del bulo: el novelista Washington Irving

Uno fue el fantasioso novelista romántico norteamericano Washington Irving, con su novela “Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón”, de 1828.

 

 

 

Washinton Irving no hacía historia, sino fantasía romántica… que es lo que sigue circulando

 

El medievalista Jeffrey Burton Russell, en “El Mito de la Tierra Plana”, siendo estadounidense, declara sin dificultad “el sesgo anticatólico y antiespañol” de Irving y su país y época. Así, Irving escribió, y una multitud después estudió y copió en el mundo anglosajón, párrafos como este:

 

“El progreso del conocimiento, aunque se expandía rápidamente, estaba aún obstaculizado por el fanatismo monástico. A Colón le abrumaron con citas de la Biblia y del Nuevo Testamento: el Libro del Génesis, los Salmos de David, las oraciones de los Profetas, las epístolas de los apóstoles y los evangelios. A todo ello se añadieron las reflexiones de varios santos y los comentarios de sacerdotes: San Crisóstomo y San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio, San Basilio y San Ambrosio y Lactancio. No se permitió conceder valor alguno a cuantas demostraciones matemáticas parecieran chocar con el texto de las Escrituras, o a algún comentario de los padres. Colón, que era un hombre devotamente religioso, se encontró en peligro de ser condenado, debido no a un mero error en sus cálculos sino por heterodoxia”.

 

Casi nadie se molestó en comprobar –Irving desde luego no lo hizo, como detalla Rusell en su libro- que ni Crisóstomo, ni Agustín, ni Jerónimo, ni Gregorio, ni Basilio ni Ambrosio tenían nada escrito contra la tierra esférica.

El otro padre del bulo: el francés Letronne

Russell sospecha que el novelista Irving alimentó su imaginación y prejuicios anti-españoles en sus viajes europeos y su contacto con la Academia francesa. Allí, en Francia, irradió su influencia el otro gran creador del mito de “los católicos y su tierra plana”, una influencia no popular, sino erudita: la del historiador Antoine-Jean Letronne (1787-1848).

 

Letronne, recibió mucho de su entrenamiento académico de hombres quienes propagaban el acostumbrado chisme de la “Ilustración” sobre la ignorancia de la Edad Media. Aunque concedía que unos pocos teólogos sabían que la tierra era esférica, Letronne inventó la idea de que la vasta mayoría eran unos tontos creyentes de la idea de la tierra plana. La idea de la tierra plana, decía, fue dominante en Europa hasta el tiempo de Colón.

 

Ya el maestro de Letronne, Edmé Mentelle, había escrito en su libro de cosmografía de 1781 que los Padres de la Iglesia y los medievales habían afirmado que la Tierra era plana.

 

Letronne, que mantuvo cordiales relaciones con todos los gobernantes sucesivos de Francia (Napoleón, Luis XVIII, Carlos X, Luis-Felipe) fue director de la Ecole Nationale des Charters en 1817 e inspector general de la Universidad de París en 1819. Tenía fama de virtuoso, de “santo laico”: se casó con una rica, tuvo 10 hijos con ella, y se supo que donaba a la caridad con generosidad. Pero a partir de cierto momento era tan influyente e intocable que podía escribir de todo sin necesidad de confirmarlo con datos: nadie le rebatía, todos le citaban.

 

Así, en 1834, a los 47 años, escribió “Sobre las opiniones cosmográficas de los Padres de la Iglesia”, que influyó a todos los historiadores posteriores. Su tesis era –contra la evidencia- que los Padres de la Iglesia exigían lecturas fanáticas y literales de la Biblia. Autores conocidísimos y de primera línea como san Agustín y Orígenes demostraban que eso no era así… así que los desdeñaba como “minoritarios”.

 

Según este texto de Letronne, las autoridades eclesiales, mediante “tres argumentos irresistibles: la persecución, la prisión y la hoguera” obligaron a todos los astrónomos durante más de mil años a creer en una absurda tierra plana. Pero no aportó ni un solo caso concreto de astrónomo represaliado por defender la tierra esférica… porque nadie fue represaliado. La realidad es que la tierra esférica era asumida por todas las personas letradas desde Aristóteles.

Desde la antigüedad clásica y los principios de la teología cristiana, el concepto de la Tierra como esfera se había extendido completamente.13​ Como en la cultura secular, una pequeña minoría defendía la forma plana para la Tierra. También había algún debate acerca de la posibilidad de la existencia de habitantes en las antípodas: la existencia de gente a la que se suponía separada por un clima tórrido mortal era muy difícil de reconciliar con la visión cristiana de una humanidad unificada, descendiente de una misma pareja original y redimida por un solo Jesucristo.

 

San Agustín de Hipona (354 – 430) argumentó en contra de que hubiera habitantes en las antípodas:

 

Pero sobre la fábula de que existen los Antípodas, es decir, hombres que viven en el lado opuesto de la tierra, donde el sol se levanta cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los nuestros, eso no es creible en modo alguno. Y, ciertamente, no se afirma que se haya aprendido tal cosa por conocimiento histórico, sino por conjetura científica, basándose en que la tierra está suspendida dentro de la concavidad del cielo, y que tiene tanto espacio en un lado como en el otro: por ello afirman que la parte bajo nosotros también debe de estar habitada. Pero no remarcan que, aunque se supone científicamente demostrado que el mundo tiene una forma esférica y redonda, de eso no se sigue que la otra cara de la tierra esté libre de agua; ni tampoco, aunque estuviera realmente libre de agua, se sigue que esté necesariamente habitada.14​

 

Como esa gente tenían que ser descendientes de Adán, tenían que haber viajado hacia el otro lado del mundo en algún momento; san Agustín continúa:

 

Es demasiado absurdo decir que algún hombre puede haber tomado un barco y viajado a través de todo el ancho océano, y cruzado desde este lado del mundo al otro, y que por tanto incluso los habitantes de esa lejana región puedan descender de ese hombre primigenio.

 

En cualquier caso, San Agustín no sólo no niega la idea de una Tierra redonda, sino que describe explícitamente la Tierra como un globo en varios de sus escritos

Las dos figuras que rutinariamente citan los creyentes del mito son **Lactancio (c. 245-325) y el trotamundos y geógrafo griego Cosmas *Indicopleustes. Lactancio en realidad fue un hereje cristiano quien decía que Dios deseaba positivamente el mal y quien sostuvo una visión maniquea que consideraba a Cristo y Satán  como iguales, aunque creaciones opuestas de Dios.

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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