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Espíritu Santo

Espiritu trinidad

El Espíritu Santo, Paráclito o Menahem, -Asistente legal, defensor, abogado, uno que socorre, que consuela- es una expresión bíblica que se refiere a la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es una “realidad espiritual” o  una “persona divina”, noción con la que se asume la deidad del Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Es portador de dones sobrenaturales muy diversos que pueden transmitirse al hombre por su mediación y transmitirle ciertas disposiciones que le perfeccionan. Estos hábitos se conocen como los «dones del Espíritu Santo». Siete dones siguen tradicionalmente la cita de Isaías.

Temor de Dios

Sabiduría

Entendimiento

Consejo

Piedad

Fortaleza

Ciencia

A unos Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el mismo Espíritu, palabra de ciencia; a otros, fe por medio del mismo Espíritu; a otros, y por ese mismo Espíritu, dones para sanar enfermos; a otros, el hacer milagros; a otros, profecía; a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas. (1 Co 12:8-10)

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Se acostumbra a dividir los dones en dones del entendimiento y
dones de la voluntad; eso no supone que los unos estén separados
de los otros; tampoco lo están el entendimiento y la voluntad. Quien
obra siempre es todo el hombre sobrenaturalmente transformado y
unas veces predomina la razón iluminada por Dios y otras la voluntad
inflamada por El. Siempre actúan todos los dones, pero el acento
recae sobre alguno en concreto. Lo que distinguimos
cuidadosamente en nuestros conceptos, para facilitar la comprensión
y el estudio, está en la realidad unido.
Los cuatro dones del entendimiento son: don de entendimiento,
don de sabiduría, don de ciencia y don de consejo.

a) Entendemos por don de entendimiento la disposición creada por
Dios e infundida en el hombre que está en gracia para oír, entender
y captar, clara y profundamente, la Revelación sobrenatural. Da,
pues, conocimiento del misterio de nuestra salvación (cfr. Eph. 1, 18;
3, 4). A él alude San Pablo en la segunda Epístola a los Corintios: «Si
nuestro evangelio queda encubierto, es para los infieles, que van a
la perdición, cuya inteligencia cerró el dios de este mundo, para que
no brille en ellos la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, que es
imagen de Dios. Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Cristo Jesús, Señor, y cuanto a nosotros, nos predicamos siervos
vuestros por amor de Jesús. Porque Dios, que dijo: «Brille la luz del
seno de las tinieblas», es el que ha hecho brillar la luz en nuestros
corazones, para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios
en el rostro de Cristo» (Il Cor. 4, 3-6).

b) El don de sabiduría es el más comentado y testificado en la
Escritura. San Pablo contrapone la sabiduría mundana -la sabiduría
de los filósofos que buscan conocimientos de lo terrestre y celeste- a
la sabiduría misteriosa de Dios aparecida en Cristo (I Cor. 1-3); nos
es revelada por el Espíritu. El Espíritu nos da parte en la sabiduría
de Dios de forma que somos capaces de reconocer como sabiduría
la sabiduría de Dios. Mediante esa participación en la sabiduría de
Dios, que nos concede el Espíritu Santo, somos capacitados para
entender correctamente a Cristo y la Escritura (I Cor. 2, 10; 2 Cor. 3,
4-18). La sabiduría de Dios, revelada en el Espíritu Santo y que nos
llena no sólo nos ilumina, sino que nos mueve hacia Dios. Nos es
concedida en el Bautismo, pero al perfeccionarse la Caridad, crece
también la comprensión de la sabiduría divina, que se nos revela en
los misterios de la salvación.
Sobre estos testimonios revelados construye Santo Tomás su
explicación del don de la sabiduría; capacita a los hombres para
entender y valorar todas las cosas desde Dios y para amar la
realidad como Dios la ama, sin esfuerzo y a consecuencia de una
viva confianza en Dios. Dice en la Suma Teológica: «Lo que sea de la
virtud de la castidad, lo juzga quien sea conocedor de la ciencia
moral, basado en un estudio racional. Al mismo juicio llega por una
cierta naturalidad el que posee la virtud de la pureza. Así, es propio
también de la virtud intelectual de la sabiduría juzgar recta y
racionalmente de las cosas divinas y lo mismo corresponde, por
razón de una cierta naturalidad, a la sabiduría como don del Espíritu
Santo.»
La auténtica ciencia se convierte así en sabiduría: la ciencia
teológica, sobre todo, es sabiduría (Eph. 1, 17).
EI don de sabiduría es el fundamento de la contemplación mística.
La sabiduría se funda en el amor y desemboca en el amor, no es
sólo un proceso intelectual, sino que es amor y conocimiento, amor
contemplativo y contemplación amorosa. La contemplación en que se
realiza el don de la sabiduría no es visión inmediata de Dios en esta
vida (prescindiendo del estado pasajero del éxtasis), sino un hacerse
conscientes de Dios, una experiencia de El.
La sabiduría de Dios, la valoración y estimación de las cosas con
los ojos de Dios parece locura al pensamiento intramundano,, y
viceversa: la sabiduría del mundo es locura a los ojos de Dios. El don
de la sabiduría capacita para reconocer como locura la sabiduría del
mundo y para reconocer como sabiduría verdadera la sabiduría de la
Cruz, que el mundo tiene por locura (I Cor. 1, 22-31).

c) El don de la ciencia nos capacita para ver las cosas en su
relación a Dios, de manera que tengamos la visión auténtica de ellas,
no despreciando su valor, pero reconociendo que Dios es su
fundamento y que todos los valores terrenos son limitados. Nos
preserva y libra de la explicación puramente intramundana del
cosmos y sus partes, concede también discernimiento para distinguir
lo que se debe creer de lo que no se debe creer, para ver la
diferencia entre los misterios de Dios que se nos manifiestan en la
Revelación y los misterios del mundo (por ejemplo, la diferencia entre
la doctrina cristiana de la Trinidad y los mitos no cristianos sobre el
mismo tema). Implica, por tanto, el don del discernimiento de
espíritus.

d) EL don de consejo nos capacita para oír la voz de Dios en las
situaciones difíciles de la vida, para encontrar la justa decisión,
pronunciar la palabra justa y obrar rectamente (Mt. 10, 19-20).

Los dones de la voluntad son tres: don de piedad, don de fortaleza
y don de temor de Dios.

e) El don de piedad nos capacita para amar y respetar a Dios
como padre, incluso en los dolores y tribulaciones. Es un misterio
inefable del amor divino, que podamos llamar padre a Dios; es el
misterio del amor que abarca todos los demás misterios. «Padre
nuestro…» Esta es la voz de la libertad y llena de confianza, dice el
Sacramental Gelasiano.
El don de piedad se ordena a que nos presentemos ante Dios con
actitud y sentimientos de hijos y a que no perdamos esa postura,
aunque Dios nos pruebe y nos envíe dolores. A la vez hace que
abarquemos con nuestro amor a nuestros prójimos, que veamos en
ellos hermanos y hermanas y que superemos rápidamente cualquier
aversión a nuestros semejantes.

f) El don de fortaleza es una elevación de la virtud moral de la
fortaleza y hace que el hombre se mantengas en las mayores
dificultades y horrores y que esté en último caso dispuesto a perecer
para conservar su estado de cristiano (martirio), siempre que no
haya otra posibilidad de conservar ese estado y no se pueda dar
otro testimonio de Cristo. Otro modo invisible, pero no menos real, de
fortaleza realiza el místico, que se entrega totalmente a la protección
de Dios y se ofrece voluntario a recorrer todos los caminos del dolor,
que el amor de Dios prepara al místico y que suelen ser llamados
purgatorio de la tierra. Santa Teresa de Jesús dice que la fortaleza
es una de las condiciones fundamentales de la perfección.

g) El don del temor de Dios capacita para vivir en actitud de
veneración, es decir, en la actitud del amor temeroso y del temor
amoroso a Dios. Lo que el hombre teme en este don no es tanto a
Dios, en quien ha puesto su esperanza, cuanto su propia debilidad.
La actitud de veneración ante Dios da también la justa postura ante
los hombres y cosas que Dios nos pone en nuestro camino. En todos
los hombres y cosas nos sale al paso el Dios del silencio.

Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

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De #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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