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León XIII lo había Advertido

Hay confusiones que no son inocentes. Cuando una palabra venerable empieza a nombrar una cosa distinta de la que siempre nombró, no estamos ante un simple cambio de vocabulario: estamos ante un cambio de realidad que se disfraza de continuidad. Eso ocurre hoy con dos términos que se usan como sinónimos y no lo son: colegialidad y sinodalidad. Y la confusión es tan eficaz que arrastra hasta a quienes conocen bien el peso de las palabras.

Lo que fue la colegialidad

Desde los orígenes, la Iglesia se gobernó de un modo preciso. Cristo no eligió a una multitud: eligió a Doce. Y sobre esos Doce, y sus sucesores los obispos, depositó la potestad de enseñar, santificar y gobernar. Cuando surgió el primer gran conflicto —si los gentiles debían circuncidarse—, no se convocó a votar a toda la comunidad de Jerusalén. Se reunieron «los apóstoles y los presbíteros» (Hechos 15). Deliberaron los pastores, y de ahí salió la fórmula que selló la decisión: «ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros.»

Eso es la colegialidad: el cuerpo de los obispos, sucesores de los apóstoles, gobernando la Iglesia en comunión con Pedro y bajo su cabeza. San Ignacio de Antioquía, en el siglo I, lo describía como la armonía entre el obispo y su presbiterio. Las Iglesias orientales lo conservaron en su forma más robusta: el patriarca elegido y acompañado por su Sínodo de Obispos. Es deliberación entre pares en el orden sagrado — entre hombres que han recibido, por la ordenación, la responsabilidad y la gracia de apacentar el rebaño. No es un privilegio de casta: es la estructura que Cristo mismo dio a su Iglesia. El pastor responde ante Dios por sus ovejas, y por eso decide como pastor.

Lo que se llama hoy sinodalidad

La palabra «sínodo» significa, etimológicamente, «caminar juntos», como dios mandó id de a 2 y durante siglos designó precisamente esas asambleas de obispos. Pero en la última década, el término sinodalidad ha mudado de contenido. Ya no nombra la deliberación de los pastores, sino un concepto ampliado, de contornos deliberadamente imprecisos, que incorpora a todo el Pueblo de Dios —laicos, religiosos, mujeres, invitados de todas las orillas— en procesos permanentes de «escucha, discernimiento y consenso» que aspiran a modelar el gobierno de la Iglesia y, según sus impulsores más audaces, algún día también su enseñanza.

Nótese: nadie discute que los laicos tengan voz, dignidad y misión — la tienen, plenamente, por el Bautismo. La cuestión no es si el fiel importa. La cuestión es quién gobierna y quién enseña con autoridad — y eso, en la constitución que Cristo dio a su Iglesia, corresponde a los pastores, no a una asamblea mixta que delibera y vota.

El préstamo de prestigio

Aquí está el mecanismo, y es sutil. La «sinodalidad» moderna toma prestado el prestigio venerable de la colegialidad antigua. Se invoca a los apóstoles en Jerusalén, a San Ignacio, a los sínodos orientales de veinte siglos — y bajo ese manto de tradición se introduce algo nuevo: la idea de que la Iglesia se conduce escuchando el consenso de la asamblea. Se usa la autoridad de lo antiguo para legitimar lo reciente. Y como ambas cosas se dicen con la misma palabra, el fiel medio —y hasta el experto— termina creyendo que son lo mismo, que «siempre fue así», que quien objeta se opone a la tradición cuando en realidad la está defendiendo.

Es un cambio de dueño de la palabra. Ayer «sínodo» pertenecía a los obispos; hoy se reclama para la asamblea. Y quien controla el significado de la palabra, controla hacia dónde puede llevarse lo que ella nombra.

Por qué la confusión es peligrosa

Y aquí está el fondo del asunto, la razón por la que esto importa más allá de una disputa de términos.

Si se acepta que la Iglesia se gobierna por consenso de una asamblea, entonces —tarde o temprano— alguien planteará que también se enseñe por consenso, lo que la asamblea dicte. Que la doctrina se someta a discernimiento colectivo. Que un mandamiento incómodo se «relea» a la luz de lo que la mayoría, reunida, logre acordar. Y el día en que eso ocurra, la fe habrá dejado de ser un depósito recibido para custodiar, y se habrá convertido en una opinión sujeta a revisión permanente.

El peligro no es que voten los obispos sobre cómo gobernarse — eso es antiguo y sano. El peligro es que, confundidos los términos, cualquiera pueda creer que tiene autoridad para votar sobre lo que no se vota — y que lo haga convencido de que actúa bien, de que «camina con la Iglesia», cuando en realidad está moviendo los cimientos creyendo que decora las paredes. La ignorancia sincera, invencible, armada con una palabra confusa, puede demoler con buena conciencia lo que ninguna persecución logró derribar.

Porque no hay error más eficaz que el que se comete creyendo obedecer. El hereje antiguo sabía que rompía; el fiel confundido de hoy podría destruir pensando que construye — y esa es una tentación más peligrosa, porque no despierta resistencia. Nadie vigila la puerta que cree custodiada.

La distinción que salva

Por eso urge recuperar la claridad que la confusión disolvió. La disciplina puede deliberarse; el dogma, no. El gobierno admite consulta; el depósito de la fe, no admite enmienda. Los pastores deciden como pastores porque responden como pastores. Y el Pueblo de Dios camina, sí —pero se camina hacia la verdad recibida, no a votarla.

Distinguir colegialidad de sinodalidad no es un tecnicismo de canonistas. Es saber cuáles muros de la casa sostienen el techo y cuáles se pueden mover. Porque el que no conoce la diferencia, un día empujará el muro maestro convencido de que abre una ventana — y sobre él, y sobre todos, caerá la casa.

Y hay una razón histórica, no solo teológica, para custodiar con celo quién participa y con qué autoridad en el gobierno de la Iglesia. El siglo XX enseñó, con documentos hoy desclasificados, que las potencias entendieron muy pronto que a la Iglesia se la hiere mejor desde dentro que desde fuera. El KGB y los servicios del bloque soviético —la Stasi alemana, los secretos de Polonia y Bulgaria— dedicaron recursos ingentes a penetrar la Santa Sede: micrófonos ocultos en una imagen de la Virgen regalada al cardenal Casaroli por su propio sobrino, intentos de infiltrar la academia que forma a los diplomáticos vaticanos, vigilancia constante sobre Juan Pablo II antes y después de su elección. Antes, la exdirigente comunista Bella Dodd había declarado que el Partido comunista introdujo hombres pésimos, en los seminarios para corromper la Iglesia desde su raíz. El Vaticano fue, durante décadas, un tablero de espías —blanco de sus enemigos y a la vez aliado de Occidente en la lucha contra el ateísmo militante—. No hace falta abrazar cada teoría para reconocer el hecho probado: hubo, y hay, quien busca moldear a la Iglesia desde adentro. Y la pregunta se impone sola: si un proceso se declara abierto a la escucha de todos, ¿quién garantiza que entre esos «todos» no se cuelen, como ya se colaron antes, los que no vienen a edificar sino a mover los cimientos? A una mesa abierta se sienta también quien fue enviado a voltearla.

Y no solo desde el Este vino la presión: pensadores católicos han documentado también un esfuerzo, más sutil, por adaptar la Iglesia al liberalismo doctrinal —lo que León XIII ya había condenado en 1899 como ‘americanismo’ o pentecostalismo—, la tentación de rehacer la fe a imagen del mundo. Sea por infiltración hostil o por seducción cultural, la lección es la misma: a la Iglesia se la ha querido cambiar desde dentro.

Y eso es lo que debemos custodiar.

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De #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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