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Arte Sacro

Misa Valida, Sacrificio Incruento

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Epíclesis es la oración en virtud de la cual la comunidad ruega al Padre que envíe su Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que se conviertan en el cuerpo y sangre de Jesús. Luego viene la Consagración en la que se repiten las palabras del señor durante la institución del sacramento de la Eucaristía o Última cena.

Las palabras que el sacerdote pronuncia invocan el Espíritu de Dios para que sea enviado por el Padre, de la misma manera que envió a su hijo. Por eso el sacerdote se inclina sobre las sagradas formas para que su sombra llegue a ellas así como la sombra del señor se posó sobre la virgen y de esta forma el espíritu de Dios entrara en ella.

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La plegaria eucarística III dice explícitamente:

“Por eso, Señor, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios”.

Así que es el Padre el que consagra a través de su Espíritu.

La epiclesis es un himno de alabanza a la trinidad. El Padre está en el centro de esa alabanza. Él envió al Espíritu Santo sobre la virgen María para que surgiera en ella el cuerpo de Jesús: envía de nuevo a su Espíritu sobre la ofrenda de la comunidad para que sobre ella descienda el cuerpo de Cristo resucitado. La comunidad acoge esta gracia y da gloria al Padre, por el Hijo, en el Espíritu.

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Epíclesis es la invocación del Espíritu Santo, sobre las ofrendas;

La plegaria II fue compuesta sobre la base de San Hipólito, es decir, es la más antigua que conocemos, es la que más cercanía a los apóstoles tiene:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.

Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Hosanna en el cielo.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Hosanna en el cielo.

“De manera que sean para nosotros el cuerpo y la sangre de Jesucristo, nuestro Señor” (plegaria eucarística II),

“Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu”

La plegaria eucarística II es, sin duda, la más lograda:

Tomó pan;

Dándote gracias, lo partió Y lo dio a sus discípulos diciendo:

“Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, Que será entregado por vosotros”.

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Las plegarias III y IV añaden que Jesús “bendijo” el pan y el cáliz. Hay que entender que Jesús bendijo a Dios al pronunciar la bendición sobre el pan y sobre el vino, según las fórmulas de la tradición judía.

La plegaria eucarística I, que repite el antiguo canon, no presenta invocación explícita al espíritu Santo. Se considera que la plegaria santifica plenamente esta ofrenda, que precede inmediatamente a la institución de la cena por Cristo, tiene valor epiclético, su origen puede remontarse a tiempos de San Dámaso (366-384), en esta plegaria aparece dieciocho veces el término Santo.

Las plegarias II, III y IV sitúan la epíclesis justo antes de la institución. La plegaria III, que es una creación reciente, muestra bien el sentido que la Iglesia da a la epíclesis:

Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu

Estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean

Cuerpo y sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro.

La plegaria eucarística III es, sin duda, la más elaborada en el plano teológico.

Subraya la acción del Espíritu Santo, acentúa vigorosamente el aspecto sacrificial de la eucaristía y afirma también nuestra participación en la ofrenda de Cristo: “Que él nos transforme en ofrenda permanente para que gocemos de tu heredad…” 

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Si durante una misa No se invoca la acción del espíritu santo sobre las formas y no se repiten las palabras del señor:

“Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, Que será entregado por vosotros”.

La misa No es valida, es una simple oración y No el sacrificio incruento del que se habla en Oración sobre las ofrendas al acabar el ofertorio.

“Orad, hermanos, para que este sacrificio, Mío y Vuestro, sea agradable a Dios, Padre todo poderoso.”

“El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

 

La plegaria eucarística I. Se basa en el antiguo canon romano. Data del siglo IV y aparece fijada de manera definitiva en el siglo VII. Y a partir de los siglos XI y XII se convierte en el único canon de toda la Iglesia de occidente. Así se mantuvo hasta el 30 de noviembre de 1969, fecha de entrada en vigor del nuevo Misal. Se ha elogiado a menudo su belleza literaria, la sencillez de su nobleza, la inmovilidad de su antigüedad, “el aura de misterio” que emana de la misma, “el temor sagrado” que inspira.

La plegaria eucarística II es una adaptación de la plegaria más antigua, la de Hipólito de Roma. Ha sido enriquecida con el Sanctus, que no poseía, así como de una invocación dirigida al Espíritu Santo antes de la consagración. Después de quince siglos olvidada, reaparece de nuevo en la liturgia romana dotada de una incomparable juventud. Es la plegaria eucarística más breve: no hay ninguna palabra inútil, ninguna redundancia en las frases.

La plegaria eucarística III es la refundación de un proyecto que había sido elaborado por el Consejo de Liturgia como oración alternativa del canon. Esta plegaria es, sin duda, la más elaborada en el plano teológico. Subraya la acción del Espíritu Santo (en el post-Sanctus y las dos epíclesis) acentúa vigorosamente el aspecto sacrificial de la eucaristía, afirma nuestra participación en la ofrenda de Cristo: “Que él nos transforme en ofrenda permanente para que gocemos de tu heredad…”

La plegaria eucarística IV se inspira en anáforas orientales. Es muy hermosa en su conjunto. Celebra la eternidad de Dios creador, canta su santidad con los ángeles, aclama el plan de Dios que va desde la creación de Adán hasta el nacimiento de Jesús, su muerte y resurrección. Un único canto de amor: la eternidad de Dios con la salvación del hombre.

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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