Categorías
Criterio

¿Qué os parece?

Hay preguntas que parecen inocentes hasta que se descubre quién las formula. Una de ellas atraviesa el Evangelio de Mateo: «¿Qué os parece?»

En nuestro castellano suena a cortesía, a fórmula para abrir conversación, casi a sondeo de opinión. En griego es otra cosa, y conviene verlo despacio porque de ahí depende todo lo demás.

La expresión es τί ὑμῖν δοκεῖ. El verbo es el mismo con el que las asambleas antiguas encabezaban sus decretos: ἔδοξε τῇ βουλῇ καὶ τῷ δήμῳ, «pareció bien al consejo y al pueblo». De esa raíz salen doxa, dictamen, y dogma, decreto promulgado. Y el propio Nuevo Testamento lo emplea exactamente así: el concilio de Jerusalén promulga su decisión diciendo pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros (Hch 15,28).

No es lenguaje de preferencia. Es lenguaje de acta.

Traducida con su peso original, la pregunta de Cristo no dice «¿qué opináis?». Dice:

Dictaminad.

Y aquí aparece la paradoja de nuestro tiempo: hemos llegado a considerar sospechoso el mismo acto que la Escritura exige repetidamente al hombre fiel. No condenar el alma ajena, no usurpar el juicio definitivo de Dios: eso jamás. Pero sí discernir el bien y el mal, probar los espíritus, reconocer la verdad, advertir del peligro, interpretar los signos de los tiempos y juzgar con justo juicio.


  • II. La ley escrita en el corazón

La Escritura no comienza en la confusión, sino en la separación ordenada: luz y tinieblas, día y noche, tierra y mar. Y cuando aparece el hombre, aparece una criatura capaz de reconocer ese orden. Por eso puede hablarse de una ley inscrita en el corazón.

El Catecismo es preciso. Define la conciencia moral como un juicio de la razón por el que la persona reconoce la calidad moral de un acto concreto (n. 1778), y explica que comprende la percepción de los primeros principios, su aplicación a las circunstancias y el juicio final sobre el acto (n. 1780). Por eso insiste en que la conciencia debe ser formada (n. 1783): no crea la ley moral, la reconoce.

Esto es decisivo, porque significa que la conciencia no es «esto me gusta», ni «esto me incomoda», ni «esta es mi verdad». Es un juicio sobre la realidad moral. Y precisamente porque juzga, puede errar.

La tradición escolástica distinguió con cuidado dos cosas que hoy confundimos bajo una sola palabra. La sindéresis es el hábito de los primeros principios prácticos, y santo Tomás sostiene que no puede extinguirse (Summa I, q. 79, a. 12). La conciencia es el acto de aplicar ese principio a este caso concreto, y esa sí se equivoca, aunque obligue incluso cuando yerra (I-II, q. 19, a. 5-6).

Es decir: lo que puede pudrirse es la aplicación, no el principio. Y por eso la respuesta cristiana al error nunca es abolir el juicio. Es formarlo.


  • III. Natán: el hombre que dicta su propia sentencia

El procedimiento ya estaba en el Antiguo Testamento, y tiene nombre propio en la exégesis: la parábola jurídica, el mashal judicial.

Natán no le reprocha nada a David. Le somete un caso: un rico con muchos rebaños roba al pobre su única ovejita. David se indigna, juzga, condena a muerte al culpable. Y entonces caen las dos palabras que atraviesan la historia:

«Tú eres ese hombre.»

David no pudo defenderse alegando ignorancia. Conocía perfectamente la diferencia entre justicia e injusticia y la había aplicado con exactitud a un caso que creía ajeno. Lo único que le faltaba era aplicarse a sí mismo el criterio que acababa de usar tan bien.

Esa es la estructura, y es temible: no se argumenta contra el acusado, se le nombra juez y se espera. El veredicto obliga porque lo pronuncia el propio reo, libremente y con acierto.

Isaías hará lo mismo con el cántico de la viña: juzgad entre mí y mi viña. La mujer de Tecoa, igual. El profeta de Afec, igual.


  • IV. Cuatro veces pregunta Cristo

Jesús emplea la fórmula cuatro veces, todas en Mateo. A Pedro, a solas, sobre el tributo del Templo (17,25). A los discípulos, con las cien ovejas (18,12). A los sumos sacerdotes, con los dos hijos de la viña (21,28). A los fariseos reunidos, sobre la identidad del Mesías (22,42).

Y no es un tic verbal. En Lucas, cuando Simón el fariseo responde correctamente al caso de los dos deudores, Cristo le dice: ὀρθῶς ἔκρινας, «juzgaste rectamente» (Lc 7,43). El verbo es krínō. No lo felicita por opinar. Lo felicita por juzgar.

El caso de los dos hijos merece detenerse, porque contiene el dato que suele pasarse por alto. Un padre, dos hijos; uno dice que no y va, el otro dice que sí y no va. ¿Qué os parece? Y los sumos sacerdotes responden bien: el primero.

El diagnóstico moral funcionó. La maquinaria entera estaba intacta. Y el versículo siguiente registra el resultado: ni aun viéndolo se arrepintieron después (21,32).

No falló el conocimiento. Falló la voluntad.

No siempre necesitamos que nos engañen. A veces sabemos perfectamente, y lo que queremos es no tener que obedecer lo que sabemos.


  • V. La fórmula se vuelve contra Él

Y entonces la pregunta cambia de boca. Dos veces.

La primera es una trampa. Los fariseos se acercan con la cuestión del censo y le dicen: dinos, pues, ¿qué te parece? (Mt 22,17). Han entendido el arma y se la devuelven. Quieren que sea Él quien dictamine, para que el dictamen lo condene.

La segunda es la definitiva. En el sanedrín, después de rasgarse las vestiduras, el sumo sacerdote pregunta a su tribunal: ¿qué os parece? Y el tribunal responde con las mismas palabras que había pronunciado David ante Natán: reo es de muerte (Mt 26,66).

Esto no es coincidencia literaria, y aquí está la prueba. Marcos, narrando la misma escena, emplea otro verbo: τί ὑμῖν φαίνεται (Mc 14,64). Mateo lo corrige. Pone en labios de Caifás la fórmula exacta de Cristo, para que el lector no pueda dejar de verlo.

El evangelista construyó deliberadamente la inversión. La pregunta que había servido cuatro veces para despertar conciencias produce ahora una condena a muerte, con el quórum completo, el procedimiento impecable y la votación en regla.

Y fuera, en el pretorio, una multitud elige por aclamación. Conviene decir con claridad qué es y qué no es esa multitud, porque de ello se ha abusado durante siglos con un coste de sangre incalculable. No es una raza, ni un pueblo cargando una deuda hereditaria; esa lectura, además de injusta, desactiva el texto, porque convierte al lector en espectador de un crimen ajeno. La verdad es peor:

Aquella multitud es la posibilidad permanente de toda asamblea humana. Nosotros incluidos.

Por eso el Calvario destruye tres ecuaciones de golpe. Mayoría no es verdad. Consenso no es justicia. Procedimiento no es rectitud. Se puede organizar impecablemente un proceso para llegar a una conclusión monstruosa.


  • VI. «¿Quién soy yo para juzgar?»

Frente a esa fórmula hay hoy otra, de enorme fuerza cultural. Francisco la pronunció en 2013, en el avión de regreso de Río, respondiendo sobre un sacerdote homosexual que buscara a Dios de buena voluntad. En su contexto era una advertencia contra la soberbia de sentenciar el alma ajena.

Pero una frase adquiere vida propia, y ahí empieza el problema.

Puede significar: ¿quién soy yo para condenar a otro como si ocupara el lugar de Dios? Eso es cristianismo puro. O puede deslizarse hasta significar: ¿quién soy yo para afirmar que algo es objetivamente bueno o malo? Eso ya es otra cosa. La primera combate la soberbia. La segunda combate el discernimiento.

Porque Cristo dijo no juzguéis, sí. Pero también dijo no juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio (Jn 7,24). Y Lucas conserva una frase todavía más incómoda. Después de reprochar a sus contemporáneos que sepan leer una nube y no sepan leer su propio tiempo, pregunta:

«¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).

No les reprocha juzgar demasiado. Les reprocha no juzgar lo suficiente.


  • VII. El atalaya no puede declararse incompetente

Hay un personaje bíblico que destruye cualquier concepción cómoda del silencio. Dios le dice a Ezequiel: te he puesto como atalaya. Y establece a continuación una responsabilidad terrible. Si el atalaya ve venir la espada y toca la trompeta, ha cumplido, y quien no escuche cargará con su culpa. Pero si ve venir la espada y calla, Dios le pedirá cuentas (Ez 33,1-9).

Eso introduce una categoría que nuestra época ha borrado del vocabulario: el pecado de callar ante el peligro.

El atalaya no tiene el encargo de resultar simpático, ni de esperar unanimidad, ni de aguardar a que todos coincidan en que existe amenaza. Puede errar en un juicio prudencial concreto. Lo que no puede es convertir su responsabilidad en una declaración de incompetencia permanente. El atalaya que ve la espada y responde «¿quién soy yo para juzgar?» ha entendido mal su oficio: precisamente porque es atalaya, debe juzgar lo que está viendo.

Toda la tradición profética funciona igual. Isaías denuncia a quienes llaman bien al mal y mal al bien. Jeremías, a los que dicen paz, paz donde no hay paz. Ezequiel, a los pastores que no cuidan del rebaño.

El profeta no recibe el encargo de adaptar la Palabra de Dios al estado de ánimo de su época, sino el contrario: medir su época con la Palabra de Dios. Si la flecha se invierte, la época se convierte en criterio del Evangelio.


  • VIII. Las palabras cauterizadas

Y aquí está, a mi juicio, el pecado específico de estos tiempos. No se ha derogado la ley moral. Se ha vaciado el idioma con el que se enunciaba.

Piedad se volvió beatería. Prudencia, que era la virtud del que acierta en lo concreto, se volvió cobardía con buenos modales. Caridad descendió a limosna y de ahí a condescendencia. Virtud, que significaba fuerza y excelencia, terminó designando un recato. Y el ejemplo mayor es el que nos ocupa: ¿qué os parece? pasó de dictaminad a ¿cuál es tu opinión?

La fórmula describe, en su propia ruina, aquello que vino a denunciar.

San Pablo tenía una gradación clínica para esto. Habla de conciencias débiles (1 Co 8,7), contaminadas (Tit 1,15), que han dejado de doler (Ef 4,19) y finalmente cauterizadas (1 Tim 4,2). El verbo griego admite dos sentidos, y ambos son ciertos. Cauterizar es quemar el tejido hasta destruir la terminación nerviosa: la herida sigue ahí, pero ya no avisa. Y marcar con hierro candente era lo que se hacía al esclavo, para que constara de quién era.

El cauterizado no solo no siente. Lleva grabado a quién pertenece.

No hace falta postular una conspiración para explicar esta deriva; basta con que se disuelva la comunidad que sostenía el sentido de las palabras. Pero conviene recordar lo que advirtió Josef Pieper: cuando el lenguaje deja de servir a la realidad, no se queda neutral. Pasa a servir al poder.


  • IX. Discernir no es aplazar

Llegados aquí el problema se vuelve contemporáneo, y hay que ser justo antes de ser severo.

La sinodalidad, en su formulación oficial, no se presenta como abolición del juicio. Al clausurar el consistorio extraordinario del 26 y 27 de junio de 2026, León XIV describió el ejercicio como una experiencia de comunión al servicio de la misión, y no como un parlamento donde prevalezcan opiniones o intereses. Reconoció expresamente que en algunos foros se ha interpretado como una disminución de la autoridad, y sostuvo lo contrario: que ayuda a comprender más hondamente el sentido de una autoridad que existe para salvaguardar la comunión y guiar el camino común. Y planteó el desplazamiento decisivo: que la cuestión no es ante todo quién tiene el poder de decidir, sino cómo se custodia juntos el don confiado a la Iglesia.

Nótese con qué palabras introduce el Pontífice esa reflexión: me parece. La fórmula sigue viva, y sigue pidiendo lo mismo.

De modo que sería demasiado fácil despachar el asunto diciendo sinodalidad igual a relativismo. La pregunta seria es otra:

  • ¿Qué ocurre cuando el discernimiento se convierte en sustituto de la decisión?

Y esa objeción no viene de los adversarios del proceso. Viene de dentro. Obispos y cardenales que aceptan la consulta, el diálogo y el discernimiento compartido han advertido que un método destinado a servir a la Iglesia puede acabar suplantando su misión. Y han señalado el mecanismo exacto: si cuestiones sobre la ordenación, la moral sexual o la naturaleza de la autoridad se presentan una y otra vez como materias que requieren discernimiento, los fieles pueden concluir con razón que la doctrina misma está pendiente de votación.

Escuchar es bueno. Consultar es bueno. Caminar juntos puede ser bueno. Pero ninguna de esas cosas responde por sí sola a la única pregunta que importa, que es qué es verdad.

Se pueden abrir procesos, formar comisiones, redactar documentos y convocar nuevas fases. Llega un punto en que alguien tiene que decir esto es verdadero y esto es falso, y firmarlo. Porque mientras tanto una persona permanece en su puesto, un error no se corrige, una ambigüedad sigue siendo ambigua, y una situación que pedía una palabra clara recibe otra ronda de consultas.

El aplazamiento indefinido no es neutralidad.

No decidir también decide.


  • X. El criterio de los frutos

Existe un modo de examinar esto sin caer en el partidismo, y lo dio Cristo: los frutos. No basta con que una estructura se llame discernimiento; hay que mirar qué produce.

Si produce conversión, santidad, claridad, mejores pastores, reparación donde hubo daño y valentía para corregir, el árbol es bueno. Si produce una institución cada vez más experta en administrar desacuerdos sin resolverlos, el árbol está diciendo algo.

Y ese examen no se detiene en Roma, porque la Palabra de Dios juzga también a la Iglesia. Las cartas del Apocalipsis a las siete Iglesias son exactamente eso: juicios sobre Iglesias. Cristo elogia, denuncia, corrige, amenaza con retirar el candelero y llama al arrepentimiento. No considera falta de caridad decirle a una Iglesia que está equivocada. Puede ser la forma más alta de caridad, porque una Iglesia que ya no puede ser corregida por la verdad se ha cerrado sobre sí misma.


  • XI. La sentencia empieza por nosotros

Y aquí hay que tener cuidado, porque si hemos llegado hasta este punto para juzgar a otros, hemos fracasado.

Natán no usó la parábola para exhibir a David. La usó para llevarlo al arrepentimiento. Por eso la primera sentencia tiene que caer sobre quien escribe y sobre quien lee.

Dónde he callado. Dónde he llamado prudencia a mi miedo. Dónde he llamado misericordia a mi indiferencia, y discernimiento a mi cobardía. Dónde he repetido quién soy yo para juzgar porque juzgar me habría obligado a actuar. Dónde vi venir la espada y no toqué la trompeta.


  • XII. La centella que no se apaga

Existe una distinción sutil, acuñada en el alba de la Iglesia y preservada por los siglos, que impide la última excusa de la cobardía.

Al comentar la visión de las cuatro criaturas vivientes en el libro de Ezequiel —el hombre, el león, el buey y el águila—, San Jerónimo buscó un nombre para aquello que en el alma permanece incorruptible. A la razón, a la afectividad y al deseo, expuestos siempre al desorden del pecado, opuso el símbolo del águila sobrevolando el firmamento de la psique humana: la scintilla conscientiae, la centella de la conciencia. La tradición medieval transformó ese destello en un término griego: sindéresis.

San Agustín intuyó la misma luz cuando escribió que ningún hombre, por más degradado o extraviado que se encuentre, es capaz de borrar del todo los primeros principios de la ley eterna grabados en su entendimiento. El error puede sofocar el juicio práctico (conciencia), la costumbre puede enturbiar la aplicación del bien, la cobardía puede paralizar la voz en la garganta. Pero la sindéresis —esa centella inextinguible— sobrevive incluso en la noche más oscura del alma.

Por eso, declarar la propia incompetencia moral no es un acto de humildad; es una apostasía contra la luz que llevamos dentro. La conciencia puede errar, extraviarse o ser seducida por los consensos de la época, pero no puede alegar que no vio la chispa.

El juicio no se nos exige porque seamos infalibles, sino porque fuimos hechos para la verdad. La centella no se nos dio para ocultarla bajo el celemín del aplazamiento indefinido o del silencio cómodo, sino para encender la lámpara, reconocer el mal, nombrar el bien y obrar en consecuencia.

Al final, cuando el dictamen caiga y las palabras vacías de nuestro tiempo se disuelvan, la única pregunta que resonará no será si resultamos simpáticos, prudentes o diplomáticos a los ojos del mundo, sino si fuimos fieles a esa chispa divina que jamás dejó de mostrarnos el camino.


Las citas de León XIV proceden de su reflexión conclusiva en el consistorio extraordinario del 26-27 de junio de 2026 (Vatican Media; recogida por Zenit e Infovaticana). La objeción sobre el discernimiento como sustituto de la misión procede del análisis de Jorge Enrique Mújica, Zenit, 19 de agosto de 2026.

Avatar de #bottegadivina

De #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

Deja una respuesta