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Que OS Parece?

¿Qué os parece?

La sentencia que Dios pide al hombre

Hay preguntas que parecen inocentes hasta que se descubre quién las formula.

Una de ellas atraviesa el Evangelio de Mateo:

«¿Qué os parece?»

En nuestro castellano contemporáneo parece una invitación a opinar. Una fórmula amable para abrir una conversación. Casi una encuesta.

Pero en labios de Cristo adquiere otra densidad.

No está preguntando simplemente qué sentimos.

Está poniendo un caso delante de nosotros.

Nos está obligando a discernir.

A distinguir.

A juzgar.

Y quizá aquí se encuentre una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: hemos llegado a considerar sospechoso el mismo acto que la Escritura exige repetidamente al hombre fiel.

Juzgar.

No juzgar al prójimo con soberbia.

No condenar el alma de otro.

No usurpar el juicio definitivo de Dios.

Sino discernir el bien y el mal, reconocer la verdad, denunciar el peligro, probar los espíritus, interpretar los signos de los tiempos y juzgar con justo juicio.

Porque si la Biblia es realmente Palabra de Dios, no podemos seleccionar de ella únicamente las frases que nos resultan cómodas.

Hay que dejar que sea ella la que nos diga qué espera Dios de nosotros.

Y cuando hacemos eso aparece algo extraordinario.

Dios no ha puesto al hombre en la historia para que sea un espectador.

Le ha pedido que vea.

Que escuche.

Que discierna.

Que advierta.

Que juzgue.

Y, cuando corresponda, que actúe.


I. El primer juicio está inscrito en el corazón

Antes de llegar a los profetas, a los apóstoles o a los papas, hay que comenzar mucho más atrás.

En el principio está la distinción.

Luz y tinieblas.

Día y noche.

Tierra y mar.

Bien y mal.

La creación bíblica no comienza en la confusión, sino en la separación ordenada de las cosas.

Y cuando aparece el hombre, aparece también una criatura capaz de reconocer el orden.

Por eso la Escritura puede hablar de una ley que Dios ha inscrito en el corazón.

No es una invención posterior.

El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo a san Pablo y la tradición cristiana, afirma que la conciencia moral juzga las opciones concretas, aprobando las buenas y denunciando las malas. Define la conciencia como un «juicio de la razón» mediante el cual la persona reconoce la calidad moral de un acto. Y añade que la conciencia comprende la percepción de los primeros principios de la moralidad —la llamada sindéresis—, su aplicación prudencial y finalmente el juicio sobre los actos concretos.

Esto es decisivo.

La conciencia no es simplemente una sensación.

No es:

«Esto me gusta».

No es:

«Esto me incomoda».

No es:

«Esta es mi verdad».

Es un juicio sobre la realidad moral.

Y por eso la conciencia puede estar equivocada.

Precisamente porque puede juzgar.

Una conciencia mal formada puede llamar bueno a lo malo.

Una conciencia deformada puede dejar de sentir lo que debería doler.

Una conciencia cauterizada puede acostumbrarse al mal.

Pero la solución bíblica no es abolir la conciencia.

Es formarla en la verdad.

El propio Catecismo dice que la educación de la conciencia debe esclarecer el juicio moral y que una conciencia bien formada formula sus juicios conforme al verdadero bien querido por el Creador.

La Palabra de Dios, por tanto, no destruye el juicio.

Lo ilumina.


II. «¿Quién soy yo para juzgar?»

Y aquí aparece una frase que ha adquirido una enorme fuerza cultural.

«¿Quién soy yo para juzgar?»

Francisco la pronunció en 2013 al responder a una pregunta sobre un sacerdote homosexual..

Pero una frase puede adquirir una vida cultural propia.

Y ahí comienza nuestro problema.

Porque la pregunta:

«¿Quién soy yo para juzgar?»

Ahora podemos volver a las dos preguntas.

puede expresar humildad cuando significa:

«¿Quién soy yo para condenar el alma de otro como si ocupara el lugar de Dios?»

Eso es cristianismo.

Pero puede transformarse en algo completamente diferente:

«¿Quién soy yo para afirmar que algo es objetivamente bueno o malo?»

Eso ya es otra cosa.

La primera pregunta combate la soberbia.

La segunda puede combatir el discernimiento.

Y aquí debemos volver a la Biblia.

Porque Cristo sí dijo:

«No juzguéis».

Pero también dijo:

«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio».

Y Lucas conserva una frase todavía más explícita.

Después de reprochar a sus contemporáneos que saben interpretar el cielo y la meteorología pero no saben interpretar el tiempo que están viviendo, Jesús pregunta:

«¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).

La pregunta es devastadora.

Cristo no les reprocha que juzguen demasiado.

Les reprocha que no juzguen lo suficiente.


III. Dios manda interpretar los tiempos

Esta es quizá una de las claves más olvidadas.

Jesús observa que sus contemporáneos saben mirar una nube y saber que viene lluvia.

Saben mirar el viento y prever el calor.

Pero son incapaces de interpretar el tiempo espiritual en el que viven.

Y entonces pregunta:

«¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?»

No les está pidiendo una fecha para el fin del mundo.

Les está pidiendo discernimiento histórico.

Hay acontecimientos que significan algo.

Hay signos.

Hay momentos.

Hay estaciones.

La historia no es teológicamente neutra.

Por eso la imagen de la higuera es tan poderosa.

Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, el hombre sabe que el verano está cerca.

No conoce el día exacto.

No conoce la hora.

Pero sabe reconocer la estación.

Y Cristo aplica esa lógica a los signos de su venida.

El cristiano no recibe autorización para fabricar calendarios apocalípticos.

Pero tampoco recibe autorización para vivir como si los acontecimientos no significaran nada.

La pregunta correcta no es:

«¿Puedo calcular el día?»

La pregunta es:

«¿Sé reconocer los signos?»

Y aquí vuelve nuestra frase:

¿Qué os parece?

¿Qué veis?

¿Qué significa?

¿Qué está sucediendo?

¿Qué exige Dios de nosotros ante ello?


IV. El atalaya no puede decir: «¿Quién soy yo para juzgar?»

Hay un personaje bíblico que destruye cualquier concepción cómoda del silencio:

el atalaya.

Dios le dice a Ezequiel:

«Te he puesto como atalaya».

Y después establece una responsabilidad terrible.

Si Dios advierte que viene la espada y el atalaya toca la trompeta, ha cumplido.

Si el malvado no escucha, cargará con su propia culpa.

Pero si el atalaya ve venir la espada y no advierte, Dios le pedirá cuentas.

Esto introduce una categoría que nuestra época ha olvidado:

El pecado de callar ante el peligro.

El atalaya no tiene la misión de resultar simpático.

No tiene la misión de conseguir unanimidad.

No tiene la misión de esperar a que todo el mundo esté de acuerdo en que existe peligro.

Tiene que ver.

Y después tiene que advertir.

Puede equivocarse en determinados juicios prudenciales.

Puede interpretar mal un acontecimiento.

Pero no puede convertir su responsabilidad en una declaración de incompetencia permanente.

El atalaya que ve la espada y responde:

«¿Quién soy yo para juzgar?»

ha entendido mal su oficio.

Precisamente porque es atalaya, debe juzgar lo que está viendo.


V. Los profetas tampoco fueron contratados para tranquilizar

Toda la tradición profética funciona de la misma manera.

Isaías denuncia a quienes:

llaman bien al mal y mal al bien.

Jeremías denuncia a los falsos profetas que dicen:

«Paz, paz» cuando no hay paz.

Ezequiel denuncia a los pastores que no cuidan del rebaño.

Amós denuncia la injusticia.

Miqueas denuncia la corrupción.

El profeta no recibe el encargo de adaptar la Palabra de Dios al estado de ánimo de su época.

Recibe exactamente el encargo contrario:

medir su época con la Palabra de Dios.

Esta distinción es fundamental.

La Iglesia no debería preguntarse primero:

«¿Qué puede aceptar nuestra época?»

Sino:

«¿Qué dice Dios sobre nuestra época?»

Porque si la Iglesia empieza a medir el Evangelio por la época, el Evangelio deja de ser criterio.

La época se convierte en criterio del Evangelio.

Y entonces la flecha se ha invertido.


VI. Cristo vuelve a preguntar: «¿Qué os parece?»

Aquí regresamos al Evangelio de Mateo.

Cristo presenta una parábola.

Un padre tiene dos hijos.

Uno dice que no irá, pero después va.

El otro dice que sí, pero no va.

Jesús pregunta:

«¿Qué os parece?»

Y los interlocutores responden:

«El primero».

Han juzgado correctamente.

Y entonces llega la sentencia.

Porque Cristo les demuestra que ellos mismos se encuentran dentro del caso que acaban de juzgar.

Habían reconocido la verdad.

Pero no quisieron obedecerla.

Y ahí aparece una de las tragedias espirituales más profundas:

El hombre puede conservar la capacidad de reconocer el bien y, al mismo tiempo, perder la voluntad de hacerlo.

No siempre necesitamos que nos engañen.

A veces sabemos perfectamente.

Lo que queremos es no tener que obedecer lo que sabemos.


VII. Natán y David: el hombre que se juzga a sí mismo

La técnica ya estaba en el Antiguo Testamento.

Natán presenta a David el caso de un rico que posee muchos rebaños y roba al pobre su única oveja.

David se indigna.

Juzga.

Condena.

Y entonces Natán pronuncia las palabras que atraviesan la historia:

«Tú eres ese hombre».

David había dictado su propia sentencia.

No había podido defenderse diciendo:

«No conozco la diferencia entre justicia e injusticia».

La conocía.

La había aplicado perfectamente a un caso aparentemente ajeno.

El problema era que todavía no había aplicado el mismo juicio sobre sí mismo.

Esta es precisamente la estructura de muchas parábolas de Cristo.

El hombre juzga correctamente.

Y después descubre que el juicio también lo alcanza.


VIII. El lenguaje del juicio aparece una y otra vez

Por eso no estamos ante una ocurrencia aislada.

La Biblia manda:

discernir entre bien y mal.

probar los espíritus.

juzgar con justo juicio.

corregir al hermano.

examinar los frutos.

interpretar los signos de los tiempos.

advertir al malvado.

juzgar las conductas dentro de la comunidad.

discernir la doctrina.

Y Pablo llega a formular una frase que debería estremecernos:

«¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles?»

El contexto es todavía más incisivo.

Los cristianos de Corinto ni siquiera eran capaces de resolver adecuadamente asuntos ordinarios entre hermanos y Pablo les recuerda que los santos juzgarán al mundo y que juzgarán a los ángeles.

Entonces la pregunta resulta inevitable:

Si Dios nos manda juzgar a los ángeles, ¿con qué derecho nos hemos declarado incompetentes para juzgar nuestro propio tiempo?


IX. Pero ¿qué significa juzgar?

Aquí debemos detenernos.

Porque sería absurdo utilizar estos textos como licencia para condenar personas indiscriminadamente.

La Biblia distingue entre cosas que nuestra época mezcla.

Juzgar un acto no es condenar definitivamente un alma.

Discernir una doctrina no es odiar a quien la sostiene.

Denunciar una conducta no significa negar la dignidad de una persona.

Advertir de un peligro no significa creerse Dios.

Corregir no significa perseguir.

El cristianismo no nos convierte en jueces supremos.

Nos convierte en discípulos responsables.

El juicio cristiano tiene que estar sometido a la verdad, a la justicia, a la caridad y a la propia conciencia.

Por eso el Catecismo no habla de una conciencia autónoma que inventa su propia verdad. Dice exactamente lo contrario: la conciencia debe formarse, debe buscar la verdad y debe formular sus juicios conforme al verdadero bien.

La conciencia no crea la ley moral.

La reconoce.


X. Y aquí aparece la sindéresis

La tradición cristiana llamó sindéresis a esa percepción primera del bien y del mal.

No significa que el hombre tenga una especie de conocimiento automático e infalible de cada cuestión.

Significa algo más humilde y más profundo:

hay principios morales primeros que la razón humana puede reconocer.

Después vienen las circunstancias.

Después viene la prudencia.

Después viene el juicio concreto.

Por eso una conciencia puede equivocarse.

Pero una conciencia equivocada no demuestra que no exista verdad.

Demuestra precisamente que el juicio necesita formación.

La respuesta cristiana al error moral no es:

«Cada uno tiene su verdad».

Es:

«Hay que buscar la verdad».

El Catecismo llega a decir que, ante una decisión moral difícil, el hombre debe buscar siempre lo justo y bueno, discernir la voluntad de Dios y esforzarse por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos.

Es decir:

discernimiento sí; relativismo no.


XI. La multitud ante Pilato

Y entonces llegamos al episodio más terrible.

«¡Crucifícalo!»

La multitud representa la posibilidad permanente de la humanidad.

Una multitud puede votar.

Una multitud puede alcanzar consenso.

Una multitud puede sentirse moralmente legitimada.

Una multitud puede incluso utilizar procedimientos jurídicos.

Y aun así puede condenar al inocente.

Por eso el Calvario destruye la idea de que:

mayoría = verdad.

También destruye:

consenso = justicia.

Y destruye:

procedimiento = rectitud.

La humanidad puede organizar perfectamente un procedimiento para llegar a una conclusión monstruosa.

Y entonces aparece aquella frase:

«Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».

.

El hombre puede participar de una sentencia equivocada.

Y después descubrir que su propio juicio se ha convertido en testimonio contra él.


XII. «¿Quién soy yo para juzgar?» y «¿Qué os parece?»

«¿Quién soy yo para juzgar?»

Y:

«¿Qué os parece?»

No son necesariamente enemigas.

La primera puede ser una medicina contra la soberbia.

La segunda es una medicina contra la cobardía.

El cristiano necesita ambas.

Debe decir:

«No soy Dios para condenar el alma de mi hermano».

Pero también debe poder decir:

«Esto es justo».

Y:

«Esto es injusto».

Y:

«Esto conduce al bien».

Y:

«Esto conduce al mal».

Y:

«Esto es compatible con el Evangelio».

Y:

«Esto contradice el Evangelio».

Si pierde la primera, se convierte en inquisidor de las conciencias.

Si pierde la segunda, se convierte en espectador del mal.

La virtud cristiana está en juzgar con justo juicio.


XIII. Entonces llegamos a la sinodalidad

Y aquí el problema se vuelve contemporáneo.

La sinodalidad, en su formulación oficial, no se presenta como una abolición del discernimiento.

Al contrario.

León XIV ha hablado explícitamente de una Iglesia que escucha, discierne y asume conjuntamente responsabilidades. En junio de 2026 describió la sinodalidad como una actitud de escucha, apertura y comprensión, y afirmó que no supone disminuir la autoridad, sino comprender más profundamente su significado.

En enero había hablado igualmente de la sinodalidad como camino de comunión orientado a la misión y había pedido profundizar la escucha y la cooperación.

Por tanto, el problema serio no es decir:

«sinodalidad = relativismo».

Eso sería demasiado fácil.

La pregunta verdaderamente difícil es otra:

¿Qué ocurre si el discernimiento se convierte en sustituto de la decisión?

Escuchar es bueno.

Discernir es bueno.

Consultar es bueno.

Caminar juntos puede ser bueno.

Pero ninguna de esas cosas responde por sí misma a la pregunta:

¿qué es verdad?

Una Iglesia puede escuchar durante mucho tiempo.

Puede formar grupos.

Puede crear comisiones.

Puede consultar a las Iglesias locales.

Puede elaborar documentos.

Puede abrir procesos.

Pero finalmente alguien tiene que decir:

esto es verdadero.

esto es falso.

esto es justo.

esto es injusto.

esto debe continuar.

esto debe corregirse.

Porque el discernimiento que jamás llega a un juicio puede convertirse en una forma elegante de aplazamiento.


XIV. «Ya veremos»

Y aquí aparece una tercera frase.

No como cita de un pontífice.

No como doctrina oficial.

Sino como metáfora espiritual de nuestro tiempo:

«Ya veremos».

Ya veremos.

Escuchemos.

Esperemos.

Discernamos.

Abramos otro proceso.

Esperemos nuevas conclusiones.

No precipitemos el juicio.

Y mientras tanto, nada cambia.

O cambia precisamente aquello que no debería cambiar.

Una persona permanece en un puesto.

Una decisión anterior se mantiene.

Un error no se corrige.

Un nombramiento permanece.

Una doctrina ambigua continúa siendo ambigua.

Una situación que exigía una palabra clara recibe otra ronda de consultas.

Y así el tiempo se convierte en una forma de decisión.

Porque no decidir también decide.


XV. León XIV y la prueba de la autoridad

Aquí debemos ser justos.

León XIV ha hablado explícitamente de la necesidad de escuchar, pero también de discernir y de asumir responsabilidad. Ha dicho incluso que la autoridad no desaparece en la sinodalidad, sino que debe entenderse como servicio orientado a la comunión.

También ha reconocido que el camino sinodal alemán presenta diferencias respecto del camino universal y ha pedido diálogo y escucha dentro de Alemania.

Por tanto, el juicio serio sobre su pontificado no puede reducirse a:

«León continúa a Francisco».

Hay que hacer una pregunta mucho más exigente:

¿La sinodalidad que se está consolidando produce mayor claridad evangélica o mayor capacidad institucional para aplazar decisiones difíciles?

Y existe un criterio objetivo para examinarlo.

Los frutos.

Cristo mismo enseña a reconocer por los frutos.

No basta con que una estructura se llame discernimiento.

Hay que mirar qué produce.

¿Produce conversión?

¿Produce santidad?

¿Produce claridad doctrinal?

¿Produce mejores pastores?

¿Produce reparación cuando se ha cometido un error?

¿Produce valentía para corregir?

¿Produce una Iglesia más fiel al Evangelio?

¿O produce una institución cada vez más experta en administrar desacuerdos sin resolverlos?

Ahí comienza el verdadero juicio.


XVI. Los nombramientos y la responsabilidad

Y esto nos lleva a un asunto particularmente delicado: los nombramientos eclesiales.

No basta con preguntar quién fue nombrado.

Hay que preguntar:

¿Qué criterio produjo el nombramiento?

¿Fidelidad doctrinal?

¿Santificación?

¿Capacidad pastoral?

¿Gobierno?

¿Prudencia?

¿Servicio al pueblo de Dios?

¿O simplemente una determinada sensibilidad eclesial?

León XIV ha insistido en ampliar la participación y la consulta en los procesos de nombramiento episcopal.

Eso puede ser una mejora si significa obtener más información y discernir mejor.

Pero también plantea una pregunta inevitable:

Si todos participan más en la consulta, ¿quién asume finalmente la responsabilidad del juicio?

Porque Dios no dijo al atalaya:

«Consulta indefinidamente a todos los habitantes antes de tocar la trompeta».

Le dijo:

«Te he puesto como atalaya».

La autoridad no desaparece porque consulte.

La consulta debería hacerla más responsable.

No menos.


XVII. La prueba del Sínodo alemán

El llamado Camino Sinodal alemán convierte esta cuestión en un caso especialmente importante.

No porque todo lo que allí se haya dicho pueda reducirse a error.

Ni porque toda demanda de reforma sea ilegítima.

Sino porque plantea una pregunta sobre la naturaleza misma de la Iglesia:

¿Puede el discernimiento sinodal modificar aquello que la Iglesia considera recibido de Cristo, o solamente discernir cómo anunciarlo y vivirlo fielmente?

La diferencia es enorme.

Si la verdad depende del proceso, entonces el proceso puede cambiar la verdad.

Si el proceso está al servicio de la verdad, entonces el proceso puede ayudar a descubrir cómo vivirla sin modificar su contenido.

El propio León XIV ha reconocido diferencias entre el camino alemán y el proceso sinodal universal, al tiempo que ha pedido diálogo y escucha.

Por tanto, la cuestión permanece abierta.

Y precisamente por eso hay que juzgar.

No con odio.

No con partidismo.

No con nostalgia.

Con la Palabra de Dios.


XVIII. El atalaya frente al pastor

Aquí aparece otra imagen bíblica.

El pastor tiene una responsabilidad.

Si ve al lobo y protege al rebaño, cumple.

Si ve al lobo y decide que hablar de él podría dividir al rebaño, el problema no desaparece.

Si sabe que una oveja está herida y decide no intervenir porque intervenir sería incómodo, la herida no desaparece.

La misericordia cristiana no consiste en dejar al herido donde está.

La misericordia cura.

Y curar exige diagnosticar.

Diagnosticar exige distinguir lo sano de lo enfermo.

Y distinguir exige juzgar.

Por eso la misericordia sin verdad puede convertirse en abandono.

Y la verdad sin misericordia puede convertirse en crueldad.

Pero la solución cristiana no es eliminar la verdad.

Es unir verdad y caridad.


XIX. La Iglesia también debe juzgarse a sí misma

Aquí el artículo tiene que volverse contra todos.

No solamente contra Francisco.

No solamente contra León.

No solamente contra progresistas.

No solamente contra conservadores.

Porque la Palabra de Dios juzga también a la Iglesia.

Las cartas del Apocalipsis a las siete Iglesias son precisamente eso:

juicios sobre Iglesias.

Cristo elogia.

Cristo denuncia.

Cristo corrige.

Cristo advierte.

Cristo amenaza con retirar el candelero.

Cristo llama al arrepentimiento.

Es decir:

Cristo no considera falta de caridad decirle a una Iglesia que está equivocada.

Al contrario.

Puede ser precisamente la forma más alta de caridad.

Porque una Iglesia que ya no puede ser corregida por la verdad se ha convertido en una institución cerrada sobre sí misma.


XX. «La generación de la higuera»

Y entonces podemos volver a la higuera.

No para anunciar una fecha.

No para afirmar que sabemos cuándo llegará el fin.

Cristo prohíbe precisamente esa pretensión.

Pero sí para formular una pregunta:

¿Sabemos reconocer la estación?

Porque la higuera no dice:

«mañana a las tres de la tarde».

Dice:

«el verano está cerca».

Eso es discernimiento.

Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos ante nuestros tiempos no sea:

«¿Estamos seguros de que esta es la última generación?»

No podemos saberlo.

Sino:

«¿Estamos viviendo como una generación que sabe leer los signos?»

Una generación que ve la confusión moral.

Que ve la crisis de la autoridad.

Que ve el vaciamiento de las palabras.

Que ve cómo la verdad se convierte en preferencia.

Que ve cómo la libertad se redefine como ausencia de límites.

Que ve cómo instituciones enteras tienen miedo de pronunciar juicios.

Que ve cómo la religión puede quedar absorbida por el lenguaje del consenso.

Y que, ante todo ello, puede decir:

«No sabemos».

Pero hay una diferencia entre decir:

«No sabemos cuándo».

y decir:

«No sabemos qué está pasando».

La primera puede ser prudencia.

La segunda puede ser ceguera.


XXI. Y aquí volvemos al principio

Ahora entendemos por qué Cristo pregunta:

¿Qué os parece?

Porque Dios no pide al hombre omnisciencia.

Pide fidelidad.

No exige que conozcamos todos sus planes.

Exige que seamos fieles a lo que ya sabemos.

No nos revela el día y la hora.

Pero nos enseña a reconocer los signos.

No nos concede el juicio final sobre las almas.

Pero nos manda discernir las obras.

No nos convierte en dueños de la verdad.

Pero nos obliga a buscarla.

No nos hace dioses.

Nos hace responsables.


XXII. Y entonces aparece la frase definitiva

Aquí ya podemos regresar a aquel contraste que parecía tan sencillo:

«¿Qué os parece?»

frente a:

«¿Quién soy yo para juzgar?»

La primera pregunta puede ser la pregunta de la responsabilidad.

La segunda puede ser la pregunta de la humildad.

Pero si la segunda termina anulando la primera, algo se ha roto.

Porque una humildad que impide llamar al mal por su nombre deja de ser humildad.

Una misericordia que impide corregir deja de ser misericordia.

Un discernimiento que nunca llega a una conclusión deja de ser discernimiento.

Una sinodalidad que no puede decidir deja de servir a la misión.

Y una autoridad que no corrige aquello que reconoce como errado deja de ejercer precisamente la responsabilidad para la cual fue constituida.


XXIII. La pregunta que queda para nuestro tiempo

Por eso no necesitamos comenzar acusando.

Podemos empezar preguntando.

A Francisco:

¿Qué os parece?

A León XIV:

¿Qué os parece?

A los obispos:

¿Qué os parece?

A los sínodos:

¿Qué os parece?

A los teólogos:

¿Qué os parece?

A los fieles:

¿Qué os parece?

Pero sobre todo:

¿Qué os parece a vosotros, que veis estas cosas?

Porque la pregunta no pertenece a una facción.

Pertenece al Evangelio.

Y la respuesta tampoco puede ser:

«Lo que diga mi grupo».

Ni:

«Lo que diga la mayoría».

Ni:

«Lo que resulte políticamente conveniente».

Ni siquiera:

«Lo que me haga sentir más misericordioso».

La respuesta tiene que buscar otra medida:

la verdad.


XXIV. El juicio comienza por nosotros

Y aquí hay que tener cuidado.

Si hemos llegado hasta aquí para juzgar a otros, hemos fracasado.

Natán no utilizó la parábola para convertir a David en espectáculo.

La utilizó para llevarlo al arrepentimiento.

Cristo no pregunta para satisfacer nuestra curiosidad.

Pregunta para convertirnos.

Por eso la primera sentencia tiene que caer sobre nosotros.

¿Dónde he callado?

¿Dónde he llamado prudencia a mi miedo?

¿Dónde he llamado misericordia a mi indiferencia?

¿Dónde he llamado discernimiento a mi cobardía?

¿Dónde he repetido «quién soy yo para juzgar» porque juzgar me habría obligado a actuar?

¿Dónde he visto venir la espada y no he tocado la trompeta?

Entonces la pregunta adquiere todo su peso.

¿Qué os parece?


XXV. La sentencia

Si la Biblia es Palabra de Dios, entonces hay algo que no podemos hacer:

declararnos incompetentes para juzgar nuestro propio tiempo.

Podemos equivocarnos.

Debemos ser prudentes.

Tenemos que escuchar.

Tenemos que estudiar.

Tenemos que consultar.

Tenemos que distinguir.

Tenemos que reconocer nuestros límites.

Pero finalmente debemos juzgar.

Porque Dios ha puesto una ley en el corazón.

Porque Cristo manda juzgar con justo juicio.

Porque Lucas pregunta por qué no juzgamos nosotros mismos lo que es justo.

Porque Ezequiel convierte al profeta en atalaya.

Porque Juan manda probar los espíritus.

Porque Pablo pregunta si no sabemos que los santos juzgarán al mundo.

Y porque llega incluso a decir:

«Juzgaremos a los ángeles».

Entonces la pregunta ya no puede ser:

«¿Quién soy yo para juzgar?»

La pregunta tiene que ser:

¿Qué os parece?

¿Qué vemos?

¿Qué está bien?

¿Qué está mal?

¿Qué debemos denunciar?

¿Qué debemos defender?

¿Qué debemos corregir?

¿Qué debemos abandonar?

¿Qué debemos conservar?

¿Dónde debemos arrepentirnos?

¿Dónde debemos levantar la voz?

¿Dónde debemos callar por caridad?

¿Dónde debemos hablar por fidelidad?

Porque el cristiano no ha sido llamado a ser espectador de la historia.

Ha sido llamado a ser testigo.

Y un testigo que ve el peligro y calla no es neutral.

Es un atalaya que ha abandonado su puesto.


XXVI. La última pregunta

Tal vez por eso la frase de Cristo sea mucho más profunda de lo que parece.

«¿Qué os parece?»

No es una pregunta para conocer nuestra opinión.

Es una pregunta para revelar nuestro juicio.

Y nuestro juicio revela nuestra conciencia.

Y nuestra conciencia revela qué hacemos con la verdad que Dios ha puesto delante de nosotros.

La multitud respondió:

«¡Crucifícalo!»

Los sumos sacerdotes respondieron:

«El primero».

David respondió:

«El hombre que hizo esto merece la muerte».

Y Natán le dijo:

«Tú eres ese hombre».

Ahora la pregunta vuelve a nosotros.

No sabemos el día.

No sabemos la hora.

No sabemos cuándo llegará el verano definitivo.

Pero vemos las hojas.

Vemos la higuera.

Vemos los signos.

Y la Escritura nos dice que no podemos vivir como si no los viéramos.

Por eso la pregunta permanece abierta.

No para Francisco.

No para León XIV.

No para los obispos.

No para los sínodos.

No solamente para la Iglesia.

Para nosotros.

Porque si Dios nos manda juzgar a los ángeles,

¿con qué derecho nos hemos declarado incompetentes para juzgar nuestro propio tiempo?

Y entonces Cristo vuelve a mirarnos.

No pregunta:

«¿Qué dice la mayoría?»

No pregunta:

«¿Qué os resulta más cómodo?»

No pregunta:

«¿Quién soy yo para juzgar?»

Pregunta solamente:

¿Qué os parece?

Juzgad con justo juicio.

Y después de haber juzgado,

haced la verdad.

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Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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