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Tomando el pan, lo partió y se lo dio

 

the-savior-juan-de-juanesEucaristía, del griego εὐχαριστία, eucharistía, «acción de gracias»,  llamada también Sagrada Comunión o Santa Cena, es el sacramento del cuerpo y de la sangre de Jesucristo bajo las especies de pan y vino, que por medio de la consagración se convierten en su cuerpo y sangre.

Luc 22,19  Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.”

Jua 6,11  Jesús entonces tomó los panes; y después de haber dado gracias a su eterno Padre, los repartió por medio de sus discípulos entre los que estaban sentados,

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Jua 6,51  Yo soy el pan vivo, que he descendido del cielo. Quien comiere de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo daré, es mi misma carne, la cual daré yo para la vida o salvación del mundo. Comenzaron entonces los judíos a altercar unos con otros, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

La Eucaristía comenzó con La Última Cena y las primeras comunidades obedeciendo el mandato de Jesús de “partir el pan” en su nombre. (Hechos 2:42).

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San Pablo describe como la eucaristía se celebraba en cena comunitaria, se compartía en las casas de los primeros cristianos. En esta cena se incluía la bendición del pan y del vino, el partir el pan y la comunión.

Cuando San Justino escribe sobre la Eucaristía en el 150, no menciona la cena. Ya para entonces la Eucaristía se celebraba independientemente de la cena comunitaria, era la misa solemne. El latín se convirtió en el idioma estándar de la liturgia, por ser la lengua universal o Católica.

Pronto vendrían los concilios que declararían el credo y demás oraciones oficiales de la misa y acuñarían el término transubstanciación para describir el misterio del pan y el vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado, aunque aún tengan las apariencias del pan y del vino y se establecería un barquillo pequeño y redondo que se denominó hostia, del latín “víctima sacrificial” que sustituyó la barra de pan.

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Didajé, el escrito más importante de los Padres apostólicos, escrito antes de la destrucción de Jerusalén hace la siguiente advertencia: «Reuníos el día del Señor y romped el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio (thusía) sea puro».

San Ignacio de Antioquía (107) indica el carácter sacrificial de la eucaristía tratando, en un mismo texto, de la eucaristía y el altar; y el altar como sitio donde se ofrece el sacrificio (thusiastérion): «Tened, pues, buen cuidado de no celebrar más que una sola eucaristía, porque una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo, y uno solo el cáliz para la reunión de su sangre, y uno solo el altar, y de la misma manera hay un solo obispo con los presbíteros y diáconos». El mismo se ofrecio como eucaristía cuando fue condenado a muerte en el circo romano ”Dejadme ser pan molido para las fieras”.

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San Justino Mártir (f. hacia 165) considera como figura de la eucaristía aquel sacrificio de flor de harina que tenían que ofrecer los que sanaban de la lepra. El sacrificio puro profetizado por Malaquías, que es ofrecido en todo lugar, no es otro —según el santo— que «el pan y el cáliz de la eucaristía».

Teófilo de Antioquia +180 El Señor llama a este cáliz Nuevo Testamento. Por ello sigue: “Diciendo: ‘Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre, que será derramada por vosotros'”, dando a entender que el Nuevo Testamento comienza en su sangre. Porque la sangre de los animales se derramó con abundancia en el Antiguo Testamento desde que se promulgó la ley. Pero ahora la sangre del Verbo de Dios nos representa el Nuevo Testamento. Cuando dice, pues, por vosotros, no quiere decir que sólo por los apóstoles se ha concedido y derramado su sangre, sino por todo el género humano. La antigua Pascua se celebraba en conmemoración de la libertad de Egipto; la sangre del cordero sirvió para salvar a los primogénitos. Pero la nueva Pascua se estableció para la remisión de los pecados, y la sangre de Jesucristo se derramó para la santificación de los que se han consagrado a Dios.

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San Ireneo de Lyon (f. hacia el 202) enseña que la carne y la sangre de Cristo son «el nuevo sacrificio de la Nueva Alianza», «que la Iglesia recibió de los apóstoles y que ofrece a Dios en todo el mundo». Lo considera como el cumplimiento de la profecía de Malaquías.

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Tertuliano (f. después de 220) designa la participación en la solemnidad eucarística como «estar junto al altar de Dios», y la comunión como «participar en el sacrificio».

San Cipriano (f. 258) enseña que Cristo, como sacerdote según el orden de Melquisedec, «ofreció a Dios Padre un sacrificio, y por cierto el mismo que había ofrecido Melquisedec, esto es, consistente en pan y vino, es decir, que ofreció su cuerpo y su sangre».​ «El sacerdote, que imita lo que Cristo realizó, hace verdaderamente las veces de Cristo, y entonces ofrece en la iglesia a Dios un verdadero y perfecto sacrificio si empieza a ofrecer de la misma manera que vio que Cristo lo había ofrecido».

San Ambrosio (f. 397) enseña que en el sacrificio de la misa Cristo es al mismo tiempo ofrenda y sacerdote: «Aunque ahora no se ve a Cristo sacrificarse, sin embargo, Él se sacrifica en la tierra siempre que se ofrenda el cuerpo de Cristo; más aún, es manifiesto que Él ofrece incluso un sacrificio en nosotros, pues su palabra es la que santifica el sacrificio que es ofrecido».

San Agustín., de cons. Evang. Lib.3, cap. 1 San Lucas habla dos veces del cáliz. Primero, antes de que Jesucristo distribuyera el pan, y la segunda, cuando ya lo había distribuido. La primera mención la hace de memoria, como acostumbra hacerlo, y ciertamente la segunda vez que lo menciona, según el orden correspondiente, lo hace no recordando lo anterior. Reunido uno y otro texto, vienen a decir lo mismo que refieren los dos, esto es, San Mateo y San Marcos.

San Cirilo de Alejandría (370-444) “El (Cristo) es nuestra primera y principal ofrenda, pues Él se ofreció a si mismo al Padre como víctima, no por sí, sino por nosotros, que éramos quienes estábamos bajo el yugo y la escritura del pecado. Y nosotros mismos, somos, a semejanza suya, víctimas sagradas, muriendo al mundo, en cuanto que el pecado está muerto en nosotros, viviendo para Dios aquella vida de santidad y religiosidad.”

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En el año 302, durante la persecución del emperador Diocleciano. En Roma, un niño, de nombre Tarsicio, asiste a la eucaristía en las catacumbas de San Calixto. El papa le entrega el Pan Consagrado y envuelto en un lino blanco, para que lo lleve a los cristianos que están en la cárcel.

En el camino encuentra a algunos compañeros no cristianos que juegan y se divierten. Al verlo tan serio sospechan que algo importante está guardando. Se lo reclaman, y ante su negativa. Con puñetazos, puntapiés y pedradas esos paganos tratan de arrebatarle lo que él aprieta contra su corazón. Aún herido de muerte no suelta la eucaristía, pasa por el lugar un soldado cristiano llamado Cuadrato,  lo rescata  y lo lleva de regreso a la comunidad cristiana. Allí, ya en agonía, Tarsicio abre sus brazos y devuelve la eucaristía al papa que se la había entregado. Tarsicio muere feliz, pues le ha demostrado a Cristo su propia fidelidad hasta la muerte.

En México muchos sacerdotes en tiempo de la Guerra Cristera de 1926 a 1929, murieron mártires, entre ellos el padre Agustín Pro, porque no obedecieron la orden masónica del presidente Plutarco Elías Calles: “prohibido celebrar la eucaristía y todo culto católico, bajo pena de muerte”.

En Colombia Armero el Padre  Pedro María Ramírez Ramos es mártir de la eucaristía, murió defendiendo el cuerpo de Cristo.

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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