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Brujería e Imperio Romano

El Código de Hamurabi (escrito 2000 A.C.). dice:

«Si un hombre ha puesto un cargo de brujería y no la ha justificado, a quien se ha hecho la brujería deberá ir al río sagrado, se deberá sumergir en el río sagrado y si el río sagrado lo supera, el que lo acusó se quedará para sí mismo su casa.» Lo que suena a un grave castigo.

La brujeria ha estado presente y ha sido condenada siempre.

Hay innumerables referencias a la brujería y hechicerías en la Biblia, incluyendo 1 Samuel 15:23; 2 Reyes 9:22; 2 Crónicas 33:6; Miqueas 5:12; Nahúm 3:4; Gálatas 5:20.

La «bruja de Endor» (1 Sam. 28) fue una necromante, es decir, que hablaba con los muertos o los espíritus demoniacos. Es la opinión más común de los santos padres y de los intérpretes, que el alma de Samuel se apareció en efecto. No es por el poder de su magia que pudo llevarle hasta allá, sino que Dios estaba complacido por el castigo de Saúl, asi que Samuel mismo debe denunciarle, los males que caían sobre él. Ver Eclesiástico 46:23.

La damisela con «un espíritu de adivinación» (Hechos 16:16) estaba poseída por un espíritu maligno, «tenía un espíritu, una pitón». Un espíritu pitónico es un espíritu que pretende la adivinación, para contar secretos y las cosas por venir. Ver 2 Reyes 20:8; Isaías 8:19. La referencia es al dios pagano Apolo, que era considerado como el dios de la profecía.

Es «abominación» la magia en sí misma. Véase Deuteronomio 18:11-12; Éxodo 22:18, «Tú no deberás dejar que vivan hechiceros» ó «No dejarás que viva una bruja».)

Leemos en Levítico 20:27: «un hombre o una mujer en la que hay un espíritu pitónico o adivinador, morirán: los apedrearán; su sangre los cubra a ellos «, entendemos pues, que el espíritu de adivinación no es una mera impostura.

Las prohibiciones de la brujería en el Nuevo Testamento dejan la misma impresión (Gálatas 5:20, Apocalipsis 21:8; 22:15 y Hechos 8:9; 13:6).

La mayoría de los practicantes de la brujería niegan que Satanás es su señor

Romanos 1:25 dice, «ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y sirviendo a los seres creados, en lugar de al Creador…»

Mateo 16:26 dice: «¿De qué le sirve al hombre, si ganará todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre a cambio de su alma?»

Marcos 7:8 dice: «Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres».

Deuteronomio 18:10-12 dice: «Que nadie sea hallado entre ustedes que… practique adivinación o hechicería, ni ágora, ni se dedique a la brujería, o lance conjuros… cualquiera que hace estas cosas es abominable al SEÑOR…»

Salmos 95:5 dice: «Porque todos los dioses de los gentiles son demonios…» 1 Corintios 10:20 dice: «Pero las cosas que los paganos sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios. Y no quiero que deban hacerse partícipes con los demonios.»

Romanos 6:23 dice, «Porque la paga del pecado es la muerte…»

Satanás, el enemigo de nuestras almas, «ronda como león rugiente, buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8).

Una tablilla de plomo (de entre miles desenterradas a lo largo del imperio Romano, llamadas de defixión o de maldición) con un conjuro de amor para que “Lucio” corresponda a su amor y, en caso de no ser así, “que se le rompa el pene”. Es testigo de que la brujería era corriente en la antigua Roma (y en la actual también)

La magia formaba parte de la religión oficial y contaba con sus propios sacerdotes, pero a menudo la gente – independientemente de su estrato social – recurría a la brujería, que implicaba prácticas más directas, que incluían muñecos y menjurjes, en vez de pedir amablemente un deseo a los dioses y sentarse a esperar que estuvieran de humor para concederlo.

Para que un conjuro surtiera efecto, había que seguir un procedimiento concreto. Generalmente se acudía a las sagae, lo que llamaríamos hechiceras, que proporcionaban los ingredientes y las instrucciones necesarias o, si se trataba de una poción, la entregaban ya preparada.

Se trataba en su mayoría de mujeres extranjeras, generalmente griegas, egipcias o del Levante mediterráneo, los romanos de clase alta eran muy supersticiosos y temían que sus enemigos usaran sus poderes contra ellos: los dos dictadores del siglo I a.C., Sila y Julio César, promulgaron leyes que castigaban con la muerte a quien practicara magia para causar daño a otros; y varios emperadores persiguieron cualquier actividad sospechosa de brujería.

La brujería comprendía tres tipos de conjuros: las pociones, que incluían cosas tan variadas como pócimas de amor, afrodisíacos y venenos; las tablillas de defixión, en las que se escribía una fórmula para pedir un resultado concreto; y las maldiciones, que se realizaban de forma similar a lo que llamaríamos vudú con unas figuras llamadas kolossoi en griego.

Las pociones Plinio el Viejo, uno de los grandes naturalistas de la antigua Roma, los menciona, algunos eran venenos fulminantes y otros eran de acción lenta para hacerlos pasar por enfermedades.

Las tablillas de defixión debían ser enterradas en lugares considerados de fuerte poder mágico, como los cruces de caminos o junto a un pozo o una cueva, por su conexión con el mundo subterráneo.

Los kolossoi eran estatuillas con forma humana fabricadas generalmente con barro, cera o metal. Procedentes del mundo griego, se empleaban para maldecir a alguien, perforándolas con agujas o clavos, pero podían ser usadas de varias maneras: por ejemplo, se podían enterrar junto con las tablillas de defixión, si el propósito de estas era maldecir a alguien, se pintaban sus iniciales y se mezclaba con el material de la figura algo que perteneciera a la víctima, como cabellos o un trozo de ropa.

Han llegado hasta nosotros testimonios de hechos inexplicables como epidemias o la muerte del ganado. Y ni siquiera el clero estaba libre de esas maldiciones.

Lanzadas para consumar el deseo inmemorial del hombre de imponer su voluntad sobre el curso natural de las cosas y llegar a ser, como Prometeo o el Doctor Fausto, «igual a los dioses»

Fue en la época helenística cuando las ciencias ocultas, en muchos casos procedentes de Persia, se transformaron en una Fe. Aunque los pápiros de magia que han llegado hasta nosotros se escribiesen en los primeros siglos de la era cristiana (incluso en el siglo IV), sus fórmulas, conceptos y rituales se remontan a ese periodo helenístico.

Platón en sus Leyes recomendaba a los gobernantes no tolerar la actividad de los magos. Políticas fueron las razones de la prohibición por parte de Tiberio de la consulta privada a los augures y de la expulsión de Italia de magos y astrólogos, como nos cuentan Suetonio y Tácito respectivamente.

Tácito también nos narra en sus Anales la muerte en Antioquía de Germánico, el hijo adoptivo del emperador Tiberio. A quien Agripina, judía conversa, madre de Nerón quería fuera. para que precisamente Neron reinara.

Tras la muerte del Germanico, fue encontrada bajo el suelo y entre las paredes de su casa toda

una tenebrosa colección;

«En el suelo y en las paredes de la residencia de Julio César Germánico se

encontraban restos desenterrados de cuerpos humanos, encantamientos y maldiciones, y el nombre de Germánico grabado en láminas de plomo, cenizas a medio quemar y cubiertas de sangre ennegrecida, y otros maleficios con los que se cree consagrar las almas a los númenes infernales».

Con Tiberio se abre «la era de los procesos de magia» que alcanzará su cenit durante los reinados de dos emperadores cristianos del siglo IV, Valente y Valentiniano.

Constantino por ejemplo, la orden de edificar Constantinopla la recibió en un sueño, Sopatros fue condenado a muerte por el propio Constantino acusado de utilizar sus

artes mágicas para encadenar los vientos e impedir el transporte de grano a Constantinopla. Durante el reinado de Constantino se persiguieron la magia criminal, la astrología y la adivinación

En una ley del 319 (CTh 9.16.3), se condenaba con el máximo rigor la magia negra.

La goetia o la teúrgia que prácticó el propio Juliano, el emperador judaizante y apostata.

Los tiempos del sucesor de Constantino, el emperador Constancio II, son conocidos como los del «terror a la magia» en el seno de la clase dirigente del Imperio,

«Ya que no es posible adivinar las intenciones de todo aquel que se dirige a templos apartados, sea en las ciudades, sea en el campo, mantenerlos cerrados es el único medio de impedir

las prácticas culpables de la magia». Así reza una segunda ley de Constancio II de

diciembre de 354

Constancio II, prohibió bajo pena de muerte en septiembre de 364 los sortilegios, las prácticas mágicas y los sacrificios nocturnos.

Valente extendió la prohibición y la pena a todos los sacrificios, fuesen públicos o clandestinos, diurnos o nocturnos.

No fue, por tanto, la vieja religión romana, la perseguida, fueron los cultos orientales, aquellos que debían gran parte de su éxito a los misterios de sus iniciaciones, de sus ritos, de sus sacrificios.

Durante el reinado de Teodosio 1, la práctica de la astrología y de la magia fue un delito que quedó excluido de los beneficios concedidos en Pascua por los emperadores, las denominadas clementiae, algo semejante a nuestros indultos de presos comunes en Semana Santa.

En Antioquía a principios de los años 70 del siglo V  la acusación de adivinación y magia estaba claramente asociada a una conspiración, delito cuya consecuencia legal, era la agorera acusación de inaiestas.

«En efecto, la superstición parece ser un amedrentamiento respecto de lo sobrenatural. El supersticioso se comporta de la siguiente manera. Tras haberse lavado las

manos y purificado en la fuente de «los tres caños» y después de haber cogido una

ramita de laurel del templo, se pasea durante todo el día con ella en la boca. En el caso

de que una comadreja o un gato se atraviese en su camino, no sigue andando hasta que no pase alguien o bien él haya lanzado tres piedras por encima de su sendero. Cuando ve una

serpiente en su casa, si es carrilluda, invoca a Sabacio; si es sagrada, erige en seguida

un altar en aquel preciso lugar. Al pasar por el lado de esas piedras relucientes que hay

en las encrucijadas, vierte el aceite de su lccito y no se aleja sin antes haberse arrodillado y haberlas adorado. En el caso de que un ratón haya roído un saco de cebada, se presenta ante el intérprete y le consulta qué debe hacer. Si le responde que lo dé a un curtidor para remendarlo, no se contenta con esto, sino que hace un sacrificio para verse

librado del maleficio. Continuamente purifica su casa, por pretender que sobre ella

pesa un conjuro de Hécate, Si las lechuzas se alborotan a su paso, él pronuncia la fórmula incantatoria: «Atenea es más fuerte», y, tras esta cautela, sigue su camino.»

(Teofrasto, Caractéres, «De la superstición», cap. 16.28) del discípulo de Aristóteles Teofrasto.

Por #bottegadivina

Bottega Divina es un Canal dedicado a aplicar la tradición moral Cristiana a situaciones críticas en la política y la sociedad. Abogamos y velamos por la aplicación de los principios fundamentales de la sociedad, como el derecho natural, en los ámbitos políticos y sociales.

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