Diecisiete descensos por la escalera del infierno
«El hombre condenado no es el que ha caído en un pozo, sino el que ha decidido que el pozo es una casa, y que la luz de arriba es una impertinencia.»
Cómo el infierno es el único lugar que se construye hacia dentro
Existe una superstición muy respetable, sostenida por hombres muy serios, según la cual el infierno es un sitio situado en alguna parte, con una geografía y un clima determinados, adonde uno va como quien va a un país extranjero cuyo idioma no ha estudiado. Me temo que la verdad es mucho peor, y por eso mismo mucho más interesante. El infierno no es un lugar al que se llega; es un lugar que se fabrica. Y lo más aterrador de esta fábrica es que trabaja en silencio, de noche, con las manos del propio dueño, y que su primer producto no es una llama sino una comodidad.
He observado que los grandes crímenes de la historia jamás empiezan por el crimen. Empiezan por una conversación razonable que un hombre mantiene consigo mismo a una hora tranquila. Nadie amanece asesino. Uno se acuesta, muchas noches seguidas, siendo apenas un hombre ligeramente agraviado; y una mañana descubre, con cierta sorpresa administrativa, que ha firmado sin darse cuenta un contrato con el abismo. El diablo, que es un caballero de modales excelentes, nunca pide la casa entera de golpe. Pide una habitación. Después pide que no se abra cierta ventana. Después sugiere, con delicadeza, que la luz del sol resulta vulgar.
El error del mundo moderno consiste en creer que el mal es dramático. No lo es. El mal es sumamente aburrido; su genio está precisamente en disfrazarse de sentido común. Llama prudencia a la cobardía y madurez a la traición; llama realismo al hecho de rendirse y libertad al hecho de no amar nada. Un demonio verdaderamente competente jamás nos tentaría a hacer el mal: nos convencería de que lo que hacemos ni siquiera merece un nombre tan grandioso.
Los antiguos, que eran menos ingenuos que nosotros porque tenían menos máquinas con que distraerse, hablaban de enfermedades del alma. La expresión es exacta hasta la médula. Un pulmón enferma cuando deja de hacer aquello para lo que fue hecho; y el alma enferma exactamente igual, cuando deja de amar el bien por ser bueno y empieza a amarlo solamente mientras es suyo. Ahí, en esa mínima torcedura de una preposición, en ese resbalón entre amar el bien y amar mi bien, comienza la más antigua de todas las plagas.
Este libro es un pequeño hospital, o quizá una pequeña morgue, según el ánimo del lector. En sus salas yacen muchos hombres, y al fondo, en las camas peores, unos pocos que ya no son enfermos concretos sino la enfermedad misma con rostro humano. No los he elegido yo; los eligió la humanidad entera al repetir sus gestos siglo tras siglo. Caín sigue mirando el humo del vecino. Judas sigue contando monedas que le queman los dedos. Saúl sigue persiguiendo a un muchacho que sólo tenía el defecto de existir. Y un estudiante pobre de una ciudad del norte sigue subiendo una escalera con un hacha escondida bajo el abrigo, creyendo que va a demostrar una teoría cuando en realidad va a asesinar su propia alma.
El maestro ruso que guía mi mano me ha enseñado que a un hombre no se le conoce del todo hasta que se le acompaña al sótano donde guarda lo que no enseña a nadie. Yo, que prefiero la luz del día y las tabernas alegres, he descendido a regañadientes tras él. Pero he descubierto, y esto es lo único que pido al lector que recuerde, que incluso en el sótano hay una escalera; y que toda escalera, por definición, se puede subir. Que sea ésta la única esperanza que atraviese estas páginas oscuras: mientras un hombre pueda todavía horrorizarse de sí mismo, no está aún del todo perdido. El infierno definitivo no es el horror. Es el momento en que el horror se vuelve confortable.
La puerta al infierno
Anatomía de las enfermedades del alma
El infierno rara vez comienza con un crimen. Comienza con una concesión. No con la sangre, sino con un pensamiento al que se le permite quedarse demasiado tiempo sentado junto al fuego del hogar, como un huésped que primero pide cobijo y termina reclamando la casa. Llega sin violencia, vestido de razón, con la voz suave de un abogado. No exige de golpe el asesinato ni la traición ni el sacrilegio; pide algo infinitamente más modesto: que el hombre tolere una mentira acerca de sí mismo. Que la acaricie. Que la justifique. Que la llame prudencia cuando es cobardía, justicia cuando es venganza, dignidad cuando es orgullo, y amor propio cuando no es sino soberbia con buenos modales. El alma no se despeña por un precipicio; baja por una escalera cuyos peldaños parecen inofensivos, y cada peldaño se anuncia a sí mismo como el último.
Toda enfermedad mortal empieza siendo invisible. Nadie ve cómo una raíz parte la piedra por dentro. Nadie oye el instante preciso en que la herrumbre resuelve devorar el hierro. Nadie sorprende el momento exacto en que una fibra del corazón deja de amar la verdad y empieza a preferir la ilusión, porque la ilusión es más cómoda y no hace preguntas. Y sin embargo, allí, en ese punto sin testigos, comienza todo. Mucho antes del cuchillo hay un consentimiento. Mucho antes de la traición hay un tribunal secreto donde la conciencia ha sido obligada a callar y el deseo se ha sentado, sonriente, en el sillón del juez.
El hombre cree entonces que ha vencido a su conciencia. Ignora que sólo la ha condenado al silencio. Y la conciencia silenciosa es más terrible que la conciencia que grita, porque la que grita todavía discute, y quien discute todavía espera ser persuadido. La conciencia callada, en cambio, no discute. Espera. No olvida. No duerme. No negocia. Tiene la paciencia entera de la eternidad, y sabe que dispone de todo el tiempo del mundo.
Los antiguos llamaron a estas heridas enfermedades del alma, y no por metáfora piadosa. No creían que el alma pudiera enfermar como enferma un pulmón; creían algo más exacto y más grave: que podía perder el orden que la hacía vivir. El cuerpo perece cuando un órgano abandona su oficio. El alma empieza a morir en el instante en que deja de amar el bien por ser bien y comienza a amarlo únicamente mientras le pertenece. En ese instante nace la más antigua enfermedad del universo, anterior al hombre, anterior a la tierra: el dolor ante el bien ajeno.
Toda rebelión contra el cielo nació allí. No en la fuerza, sino en la comparación. No en un puño alzado, sino en una pregunta susurrada: ¿por qué él? Toda traición humana conserva, si se la escucha bien, ese murmullo. Caín no soportó el humo del sacrificio de su hermano. Coré no soportó la autoridad de Moisés. Saúl no soportó la canción de las mujeres que celebraban a un pastorcillo. Judas no soportó a un Mesías que se obstinaba en no conquistar por la espada. Un estudiante llamado Raskólnikov no soportó ser un hombre común mientras soñaba con pertenecer a una raza de elegidos. Todos contemplaron un bien. Y ese bien dejó de parecerles una bendición para convertirse en una acusación personal.
Hay un instante, delgado como el filo de una navaja, en que el envidioso deja de desear aquello que otro posee y empieza a desear que el otro deje de existir. Ése es el umbral del infierno; y se cruza casi siempre sin ruido. Porque el amor construye el mundo reconociendo el ser del otro, y la envidia comienza a destruirlo primero en la imaginación, mucho antes de atreverse a borrarlo de la realidad. Ningún asesino mata primero con las manos. Mata primero con la mirada. Mata el rostro convirtiéndolo en obstáculo, mata el nombre reduciéndolo a un objeto, mata la dignidad reemplazándola por una teoría. Cuando al fin levanta el arma, hace ya mucho tiempo que la víctima había sido ejecutada dentro de su alma. El crimen visible no inaugura el mal; se limita a revelarlo, como el trueno no crea la tormenta sino que la delata.
Por eso también el castigo empieza antes de la sentencia. Empieza cuando la verdad, expulsada de la inteligencia por la puerta de servicio, regresa por la ventana convertida en dolor. Y ese dolor no se parece en nada al sufrimiento de la carne. La carne tiene un límite piadoso: pasado cierto punto, deja de sentir; el nervio se agota, la sangre se rinde, y hasta el mártir encuentra, para desconcierto de sus verdugos, una paz inexplicable en mitad del tormento. La conciencia no conoce esa misericordia. No se agota. No sangra. No cicatriza. No olvida. Puede quedarse años inmóvil bajo la ceniza de las ocupaciones, del placer o del poder, pero sigue respirando por debajo; y un día cualquiera, cuando el hombre se cree por fin a salvo del recuerdo, se incorpora como un testigo a quien nadie había citado y pronuncia una sola palabra. Basta una. Un nombre. Un rostro. Una habitación. El chirrido de una puerta. El olor de una prenda guardada. Y todo el edificio levantado para justificar el crimen empieza a agrietarse desde los cimientos.
Tal es la paradoja del pecado, y es una paradoja tan perfecta que casi parece obra de un artista cruel: promete ensanchar la vida y la estrecha; promete poder y entrega servidumbre; promete libertad y entrega una celda cuyo carcelero es la propia conciencia, un carcelero que no acepta sobornos y que nunca, jamás, se distrae. Por eso los antiguos hablaron del gusano que no muere. No describían un animal; describían un recuerdo. Un remordimiento que roe sin acabar nunca de consumir, una verdad que vuelve una y otra vez porque pertenece a la estructura misma del alma y no puede ser desalojada sin desalojar al hombre entero.
Las enfermedades del alma son la puerta del infierno porque comienzan destruyendo la más noble de las facultades humanas: la capacidad de alegrarse con el bien. Cuando esa alegría muere, toda excelencia ajena parece una injuria, toda inocencia parece una acusación y toda verdad parece un enemigo emboscado. Entonces el universo entero se transforma en un tribunal donde cada rostro recuerda lo que el hombre quiso olvidar. El infierno no comienza cuando Dios deja de hablar. Comienza cuando el hombre ya no soporta escuchar la verdad.
Y quizá la definición más terrible de una enfermedad del alma sea ésta, y con ella cierro esta puerta para que el lector se atreva a cruzarla: no es la que hace sufrir, sino la que persuade al enfermo de que su oscuridad es la única forma posible de vivir. Mientras conserve esa mentira, permanecerá ante la puerta del infierno convencido de haber encontrado, por fin, su hogar.
I
Caín
El hombre que ya no pudo habitar la tierra
Enfermedad: El dolor por el bien ajeno
Conviene decir de entrada una cosa incómoda: Caín no mató por hambre, ni por dinero, ni por necesidad, ni siquiera por miedo, que es la coartada de casi todos los cobardes. Mató por una razón mucho más pura y por eso mucho más monstruosa. Mató porque el humo de la ofrenda de su hermano subía recto al cielo mientras el suyo se arrastraba por el suelo sin decidirse a abandonar la tierra. Hay algo de terrible geometría en esa escena: dos columnas de humo, una que asciende y otra que no, y entre ambas un hombre que decide que el mundo entero es injusto porque el humo del vecino conoce el camino del cielo mejor que el suyo.
La envidia es el único pecado que no promete ningún placer.
Y ahí está su rareza, su horrible distinción entre todos los vicios. El glotón al menos disfruta de su cena, el avaro acaricia su oro, el lujurioso tiene su instante de fiebre. El envidioso no obtiene nada, absolutamente nada; ni siquiera se queda con el bien del otro. Sólo desea que ese bien deje de existir, aunque su desaparición no lo enriquezca en un solo gramo. Por eso los teólogos, que a veces aciertan con una exactitud escalofriante, dijeron que la envidia es el pecado propio del diablo: porque es el único que se puede cometer en el cielo, el único que no necesita cuerpo, el único que odia el bien precisamente por ser bien.
No quería el humo de Abel. Quería que Abel no tuviera humo.
Cuando cae la sentencia, hay en ella una misericordia que casi nadie advierte. La marca sobre la frente de Caín no es un castigo: es un escudo. Dios protege al primer asesino de la venganza de los hombres. El verdadero castigo es otro, más silencioso y más total. El verdadero castigo es que la tierra deja de ser un hogar. El suelo que labraba ya no le responde. Cada amanecer le devuelve el recuerdo del humo que quiso apagar. Se convierte en extranjero de la creación, en huésped incómodo de un planeta que ya no lo reconoce como hijo.
Errante y fugitivo: no por decreto, sino por naturaleza.
Porque quien ha matado la alegría del bien ajeno ha matado, sin saberlo, su propia capacidad de estar en casa en cualquier sitio. El envidioso no puede reposar en ninguna parte, ya que en todas partes hay algo que florece mejor que él. La sangre de Abel, dice el texto sagrado, grita desde la tierra. Pero yo sospecho, y el maestro que guía mi pluma lo sospecha conmigo, que grita sobre todo desde dentro de Caín; que el primer asesino no huía de un ejército de vengadores, sino de un solo testigo instalado para siempre en su pecho, un testigo que llevaba el rostro de su hermano y que ya no callaría nunca.
SENTENCIA
La primera víctima de un asesinato nunca es el muerto; es el alma del asesino, que se queda sin tierra donde ser feliz.
Le vaciaron las cuencas, y hay en esa ceguera final una espantosa justicia poética, porque no fue la primera. La verdadera ceguera había comenzado mucho antes, el día en que dejó de ver el rostro del otro como un misterio digno de reverencia y empezó a verlo únicamente como un objeto de su apetito. El que reduce a una persona a instrumento se está quedando ciego sin saberlo; deja de ver personas y empieza a ver sólo utilidades, y un mundo poblado de utilidades es un mundo a oscuras. Cuando los filisteos le arrancaron los ojos, no le añadieron una ceguera: le pusieron por fuera la que ya llevaba por dentro.
II
Coré
Tragado por el vacío que llevaba dentro
Enfermedad: No soportar que otro ocupe el lugar que uno desea
Coré creía discutir con Moisés, y ahí estaba su primer y más grande engaño. Nadie discute nunca con la persona que cree. La soberbia es un maestro del disfraz y trabaja siempre con intermediarios; jamás confiesa quién es su verdadero adversario, porque confesarlo sería ya media derrota. Coré señalaba a Moisés, señalaba a Aarón, señalaba los privilegios repartidos entre otros; pero el dedo que apuntaba a los hombres apuntaba en realidad, por encima de sus cabezas, a Quien había repartido los dones. La soberbia es esa extraña enfermedad que convierte el regalo hecho a otro en un insulto dirigido a uno mismo.
El humilde pregunta qué debe hacer. El soberbio pregunta por qué no manda él.
Durante años contempló el bastón de Moisés y el sacerdocio de Aarón como un hombre que mira una puerta cerrada convencido de que la casa entera debería ser suya. No podía soportar que otro estuviera arriba, porque para el soberbio la existencia misma del otro, si el otro está más alto, es una humillación que hay que reparar. Y así reunió a los descontentos, que es lo que hacen siempre los soberbios: se rodean de espejos que repitan su queja hasta que la queja parezca justicia.
Entonces la tierra se abrió.
Muchos han leído aquel abismo como un castigo enviado desde fuera, un rayo de arriba abriendo el suelo. Yo me atrevo a leerlo de otro modo, y creo que es el modo verdadero: aquel abismo no fue un castigo, fue una radiografía. La tierra no hizo más que imitar, de golpe y a la vista de todos, lo que el alma de Coré llevaba mucho tiempo siendo por dentro. Un hombre sin fundamento. Un hombre que había cavado y cavado bajo sus propios pies, buscando un sitio más alto, hasta quedarse sin suelo sobre el que sostenerse.
No se abrió la tierra bajo él. Se hizo visible el hueco que él había excavado.
Porque la soberbia es exactamente eso: un socavón disfrazado de altura. El soberbio cree elevarse y en realidad se está vaciando; cree construir una torre y sólo está profundizando un pozo. Y llega un día en que el pozo alcanza el tamaño exacto del hombre, y el hombre cae dentro de su propia obra, tragado no por la venganza del cielo sino por la lógica implacable de haber querido ser fundamento de sí mismo. Quien se niega a apoyarse en algo termina descubriendo que no hay nada debajo, y que la nada, cuando por fin la pisa, tiene la puntualidad de un abismo.
SENTENCIA
Quien rechaza todo fundamento termina viviendo sobre el vacío que él mismo excavó, y un día ese vacío reclama lo que le pertenece.
III
Judas
Las treinta monedas que pesaban más que un cadáver
Enfermedad: Creer que existe un precio para la verdad
El error más extendido, y el más consolador para nosotros, consiste en creer que Judas vendió a Cristo. No fue así, o no fue así primero. Primero vendió su propia conciencia, y sólo cuando la conciencia ya estaba vendida pudo poner precio a todo lo demás; porque un hombre que se ha vendido a sí mismo descubre, con una lógica horrible, que a partir de entonces todo está en venta. Cristo llegó después, en el orden de la transacción. Las treinta monedas no compraron a un Maestro: compraron el silencio de un hombre durante unos pocos minutos. Y ése fue el peor negocio de la historia, porque lo comprado duró minutos y el precio se siguió pagando durante toda la eternidad.
Se puede poner precio a cualquier cosa. Lo que no se puede es volver a comprarla.
Al principio las monedas fueron sólo metal, frío y redondo y anónimo. Después empezaron a hablar. Ésta es la parte que los avaros nunca prevén: que el dinero mal ganado no es mudo. Cada moneda de Judas tenía una voz, y cada voz repetía el mismo recuerdo: un beso. Treinta veces un beso. Las llevaba encima y le quemaban, no porque el metal tuviera temperatura, sino porque cada una guardaba el peso exacto de una ternura convertida en mercancía.
Arrojó la plata al templo esperando que el ruido del dinero acallara el grito del alma.
Pero la conciencia no habla desde fuera, y por eso ningún ruido exterior puede taparla. Habla desde dentro, desde ese sótano donde el hombre guarda lo que no enseña a nadie, y desde allí ningún estruendo alcanza a ahogarla. Judas devolvió las monedas, y conviene entender por qué. No las devolvió porque ya no quisiera el dinero; las devolvió porque el dinero se había vuelto una conciencia sólida, un objeto que pesaba lo que pesa una culpa, y ningún hombre puede vivir con una culpa tintineándole en el bolsillo. El templo recibió la plata. Nadie recibió la culpa. La culpa no se recibe: se queda.
Entonces comprendió la verdad más insoportable de todas.
Comprendió que hay actos que el tiempo ya no puede deshacer, gestos que, una vez hechos, se instalan en el pasado con la firmeza de una estatua. Y buscó un árbol. No porque deseara la muerte —nadie desea de verdad la muerte—, sino porque imaginó que el silencio de la tumba sería más soportable que el ruido incesante de la verdad. Se equivocó, y su error es el error de todo desesperado: creyó que podía huir del acto huyendo de sí mismo, sin advertir que el acto viajaba con él, cosido a su alma como los anillos van cosidos al tronco del árbol del que colgó. Un hombre puede dejar una habitación, una ciudad, unos amigos, incluso su propio cuerpo. Lo único que no puede abandonar es lo que hizo libremente.
SENTENCIA
El precio de la traición jamás se paga con dinero; se paga con memoria, y la memoria no admite devoluciones.
IV
Saúl
Perseguido por un hombre que todavía no era rey
Enfermedad: El bien ajeno vivido como persecución personal
David no le robaba el reino a Saúl. Éste es el hecho que lo vuelve todo insoportable: David no conspiraba, no intrigaba, no levantaba ejércitos. David únicamente existía, tocaba el arpa, ganaba batallas y sonreía con la insolencia involuntaria de los inocentes. Y eso bastó. La ira, cuando busca su origen honrado, no lo encuentra jamás, porque su verdadero origen no está en lo que el otro hace sino en lo que el otro es. Saúl no odiaba las acciones de David; odiaba el simple escándalo de su existencia luminosa.
La ira nace cuando la realidad se atreve a contradecir al orgullo.
Hubo un día que lo decidió todo, y fue un día sin sangre: el día de una canción. Las mujeres salieron a cantar, y en su canción atribuyeron a David más victorias que al rey. Una canción. Bastó una canción para que Saúl dejara de gobernar Israel y empezara a gobernar una obsesión. Desde entonces cada melodía del pueblo le sonó a conspiración, cada victoria de David le pareció una acusación disfrazada de servicio, y cada silencio en la corte lo interpretó como una amenaza que aún no había encontrado palabras.
El hombre que debía proteger a una nación acabó persiguiendo a un solo pastor.
Ésa es la obra maestra de la ira: estrecha el universo. Empieza con un reino entero bajo su mando y termina reduciéndolo todo a un único rostro que hay que borrar. El mundo de Saúl fue encogiendo cueva tras cueva, desierto tras desierto, hasta que en el horizonte ya no quedó Israel, ni Dios, ni deber, ni pueblo: sólo David. La ira es una lente que concentra toda la luz del alma en un único punto hasta quemarlo, y al quemarlo se queda a oscuras.
Al final buscó a una médium en la noche.
No fue a consultarla para conocer el futuro; fue a mendigar una esperanza imposible, a suplicar que una voz del otro lado le dijera que aún había salida. Ya no encontraba a Dios, no porque Dios se hubiera marchado, sino porque había pasado años tapiando, una a una, las ventanas por las que entraba la luz. Y cuando un hombre tapia todas sus ventanas, no puede después quejarse de que ha oscurecido. En aquella cabaña, a la luz de una lámpara y ante una hechicera asustada, el primer rey de Israel sólo halló el eco de todo lo que había perdido por no soportar que otro fuera amado.
SENTENCIA
La ira no destruye primero al enemigo; destruye el mundo entero del que la padece, hasta que en ese mundo vacío sólo queda el enemigo.
V
Raskólnikov
Las joyas bajo la piedra
Enfermedad: Creer que un hombre puede sobrevivir a su propio crimen
Toda la novela, y me atrevería a decir que toda la condición del hombre moderno, cabe debajo de una piedra. No debajo del hacha, como suele creerse: debajo de la piedra. Porque bajo aquella piedra, en un patio miserable de una ciudad del norte, quedaron escondidas unas cuantas baratijas por las que un ser humano dejó de respirar. Y lo decisivo, lo que revela el alma entera del asesino, es que nunca volvió a buscarlas. Ni una sola vez. El botín se pudrió bajo la losa, olvidado, inútil, y con él se pudrió la coartada.
¿Por qué no volvió por el oro? Porque supo que no había matado por oro.
Había matado para demostrar una teoría. Había querido probar que ciertos hombres, los verdaderamente grandes, pertenecen a una categoría superior autorizada a pasar por encima de la ley moral como el conquistador pasa por encima de una frontera. Las joyas quedaron enterradas porque, cometido el crimen, ya no tenían ningún valor: no eran el fin, eran apenas la excusa. Y el crimen, con una ironía perfecta, destruyó incluso su propio motivo. Raskólnikov descubrió que no había matado a una usurera; se había matado a sí mismo la posibilidad de creerse superior.
Entonces empezó la fiebre. No la del cuerpo: la del alma.
Y en esa fiebre el mundo entero adquirió memoria. Cada objeto empezó a recordar. Cada puerta que se cerraba pronunciaba una acusación, cada escalera repetía el eco de una subida con un hacha bajo el abrigo, cada anciana con la que se cruzaba por la calle parecía volver del otro mundo para mirarlo. No temía a Siberia; los grilletes casi lo aliviaban. Lo que temía era despertar cada mañana y encontrarse de nuevo, intacto, dentro del hombre que había asesinado.
El verdadero presidio no estaba en Siberia. Estaba dentro de su cráneo.
Porque el mayor fracaso del crimen —y esto es lo que ningún criminal sabe de antemano y lo que todos descubren demasiado tarde— no es que lo descubran a uno. Es descubrir que, después de matar, uno sigue siendo exactamente el mismo hombre de antes, con la misma pobreza y la misma soledad y el mismo cuarto estrecho como un ataúd; sólo que ahora lleva, además, un muerto instalado para siempre dentro de la conciencia. Quiso ascender a la raza de los elegidos y descubrió que no había ascendido ni un centímetro: sólo había descendido a un sótano del que la única escalera de salida tenía el humilde nombre de confesión.
SENTENCIA
El mayor fracaso del crimen es descubrir que, después de matar, uno sigue siendo el mismo hombre… sólo que ahora lleva un muerto viviendo dentro de su conciencia.
VI
Poncio Pilato
El cansancio de la verdad
Enfermedad: El hastío del bien y la renuncia a la responsabilidad moral
Pilato no odiaba a Cristo, y esto, que parece atenuar su culpa, en realidad la agrava hasta lo insoportable. Los grandes crímenes de pasión tienen al menos la coartada del fuego; el de Pilato se cometió a temperatura ambiente. Lo examinó, lo interrogó, y lo encontró inocente. Lo dijo en voz alta: ninguna culpa hallo en este hombre. Intentó incluso salvarlo con una maniobra política, ofreciendo cambiarlo por un bandido, seguro de que la multitud elegiría al justo. La multitud eligió al bandido, como suele. Y entonces, en el punto exacto donde un hombre entero habría plantado los pies y dicho no, Pilato hizo la cosa más humana y más terrible de todas: se cansó.
La acedia no siempre grita. A veces sólo suspira.
Ahí está el retrato de este pecado extraño, el más moderno de todos, el que hoy llamaríamos con nombres respetables como estrés, o realismo, o no meterse en líos. La acedia es el hastío del bien: la sensación de que la verdad, teniendo razón y todo, pesa demasiado y no compensa el esfuerzo de sostenerla. El bien exige quedarse de pie cuando todos los demás huyen, y quedarse de pie cansa. Pilato descubrió que la justicia era incómoda a esa hora de la mañana, con la mujer mandándole recados inquietantes y la turba gritando abajo, y prefirió la tranquilidad al deber, la paz política a la verdad desnuda.
Pidió una palangana con agua.
El gesto es de una elocuencia atroz. Se lavó las manos delante de todos, y creyó que con eso quedaba limpio. Pero el agua sólo alcanza la piel; jamás llegó a tocar la voluntad. Uno puede lavarse las manos del mundo entero y seguir teniendo el alma sucia, porque la mancha del que abdica no está en los dedos sino en la decisión. Y sospecho que Pilato llevaba mucho tiempo intentando lavarse por dentro, mucho antes de aquella jofaina; que aquel gesto público no fue el primero, sino sólo el último y el más visible de una larga vida dedicada a no comprometerse con nada.
El agua limpió la piel. Nunca la voluntad.
Y el castigo de la acedia es de una precisión perfecta: quien renuncia a distinguir entre el bien y el mal por pura fatiga, termina perdiendo la capacidad misma de distinguirlos. Pilato pasó a la historia preguntando ¿qué es la verdad? y sin esperar la respuesta, que estaba de pie, en silencio, delante de él. Ésa es la condena del tibio: tener la Verdad a un metro de distancia y no querer molestarse en mirarla, porque mirarla obligaría a hacer algo, y hacer algo, a esa hora, con ese cansancio, resulta sencillamente demasiado.
SENTENCIA
El primer castigo de quien abdica de la verdad por cansancio es dejar de saber distinguir entre la paz y la cobardía.
VII
Sansón
El hombre que entregó el secreto de su fuerza
Enfermedad: Reducir el amor a posesión y el deseo a dominio
Sansón no cayó por amar; cayó por confundir el amor con la fascinación, que es su falsificación más hábil. El amor mira al otro y se pregunta quién es; la fascinación mira al otro y se pregunta qué puede obtener. Sansón, el hombre que había despedazado leones y derribado columnas, el más fuerte de todos, resultó indefenso ante lo único que no se vence con los brazos: el propio deseo convertido en amo. Y así, el gigante que ningún ejército pudo atar terminó atado por un cabello enredado alrededor de un capricho.
Cada concesión parecía pequeña. Una palabra más. Un secreto más.
Ahí está la mecánica silenciosa de esta enfermedad. La lujuria rara vez pide la rendición completa de golpe; pide una confianza mal puesta, y luego otra, y luego el último secreto, ese que uno jura no contar jamás y que termina contando por miedo a perder lo que ni siquiera posee. Tres veces mintió Sansón sobre el origen de su fuerza, y las tres veces comprobó la trampa tendida a sus pies; y sin embargo, a la cuarta, habló. Porque el fascinado no aprende: repite. El deseo convertido en dueño le había arrancado ya, mucho antes que el cabello, la facultad de darse cuenta.
Perdió la fuerza. Perdió la libertad. Perdió los ojos.
Molía el grano en la cárcel, atado a una rueda, como una bestia.
El hombre libre convertido en animal de tiro: no hay imagen más exacta de adónde conduce esta enfermedad. La lujuria promete posesión y entrega esclavitud; promete que uno será dueño del deseo y termina haciendo del deseo el dueño del hombre. Sansón recobró al final un último resto de fuerza, es cierto, y con él derribó el templo; pero lo recobró sólo cuando ya no le quedaba nada que poseer, cuando la ceguera le había devuelto, en la oscuridad total, la capacidad de mirar hacia dentro. A veces hace falta perder los ojos del cuerpo para recuperar los del alma; pero es un precio que sólo pagan los que ya lo han perdido todo.
SENTENCIA
Toda pasión que convierte a una persona en instrumento acaba convirtiendo al amante en esclavo, y su primera ceguera no está en los ojos sino en la mirada.
VIII
Esaú
El hombre que cambió la eternidad por un plato de lentejas
Enfermedad: Someter el espíritu a la urgencia del apetito
Esaú no vendió una herencia; vendió el futuro, que es cosa distinta y mucho más grave. Volvía del campo hambriento, y el hambre, ese consejero de voz apremiante, le susurró que no había nada en el mundo más urgente que un plato de guiso rojo humeando sobre la mesa. Su hermano puso precio a la cena: la primogenitura. Y Esaú, en el estado de ánimo del hambriento, para quien el instante lo es todo y la eternidad no es nada, contestó con la frase que resume toda la gula del mundo: ¿de qué me sirve la primogenitura si me estoy muriendo de hambre? No se estaba muriendo. Sólo tenía hambre. Pero la gula no sabe medir; para ella toda hambre es una agonía.
El hambre duró unas horas. La decisión duró toda la vida.
Ésa es la aritmética tramposa de esta enfermedad, y por eso es tan peligrosa precisamente por parecer tan inofensiva. La gula no parece un pecado grande; parece casi una simpática debilidad, un exceso de apetito, una glotonería de sobremesa. Y sin embargo es la que enseña al alma la lección más funesta de todas: la de someter siempre lo permanente a lo inmediato, lo importante a lo urgente, el significado al sabor. Toda gula empieza diciendo que esta necesidad concreta no puede esperar; y poco a poco el instante se va comiendo los años, hasta que un hombre descubre, ya viejo, que alimentó cada uno de sus apetitos y dejó morir de inanición aquello que debía gobernarlos a todos.
Alimentó el cuerpo mientras dejaba morir de hambre al alma.
Después, claro, vinieron las lágrimas. Cuando llegó la hora de recibir la bendición y descubrió que la había malvendido por un guiso ya digerido y olvidado, Esaú lloró, y lloró con grandes gritos, y suplicó otra bendición cualquiera. Pero hay lágrimas que llegan tarde, lágrimas puntuales al dolor e impuntuales al remedio, porque lloran por una puerta que ya se ha cerrado. No lloraba por arrepentimiento verdadero; lloraba por el resultado. Y ésa es la diferencia entre la contrición y el simple berrinche del glotón: la primera llora por haber querido mal; la segunda, sólo por haber salido perdiendo.
Hay lágrimas que llegan cuando la oportunidad ya ha partido.
El drama de Esaú no es que fuera un monstruo; es que era un hombre corriente, casi simpático, un cazador robusto y espontáneo incapaz de mirar más allá de su estómago. Y precisamente por eso su historia da miedo: porque no hace falta ser un gran malvado para perderlo todo. Basta con tener siempre hambre y no tener nunca paciencia; basta con creer, cada vez, que este plato concreto vale más que toda la eternidad. La gula no condena por lo que come, sino por lo que enseña a despreciar mientras come.
SENTENCIA
Quien entrega lo eterno para saciar lo inmediato termina siempre igual: con el estómago lleno y el alma vacía, y llorando por una puerta que ya no abre.
IX
Absalón
Enamorado de su propia imagen
Enfermedad: Necesitar la admiración más que la verdad
Absalón era hermoso, y la Escritura se detiene a decirlo con un detalle casi cruel: de la planta del pie a la coronilla no tenía defecto, y su cabellera, cortada una vez al año, pesaba como un pequeño tesoro. Éste es el principio de su enfermedad, porque el hombre que se sabe hermoso corre un peligro que el feo desconoce: el de creer que la belleza es un mérito, y de ahí, un derecho. Absalón dio ese paso. Terminó convencido de que ser admirable le daba título sobre el trono, como si la corona fuera una consecuencia natural de una cabellera espléndida.
El vanidoso no quiere reinar sobre un pueblo. Quiere reinar sobre las miradas.
Por eso Absalón conquistó primero los corazones antes que las plazas. Se sentaba a la puerta de la ciudad, abrazaba a los que iban a pleitear, les decía que sus causas eran justas y que lástima que no hubiera quien los escuchara, y así robaba lentamente el afecto de Israel, una sonrisa cada vez. La vanagloria es una avaricia de admiración; acumula miradas como el avaro acumula monedas, y nunca tiene suficientes, porque la mirada de ayer no alimenta el hambre de hoy. No se rebeló sólo contra David su padre: se rebeló contra el tiempo, que arruga; contra el orden, que asigna a cada cual su puesto; y contra el límite, que es la única frontera que el vanidoso no perdona.
Aquello con lo que conquistó los corazones fue lo que lo mató.
Y aquí la historia alcanza una perfección que ningún poeta se habría atrevido a inventar. En la batalla decisiva, huyendo sobre su mula bajo la espesura de un bosque, Absalón quedó atrapado por su propia cabellera, aquel orgullo cuidado durante toda una vida, enredado en las ramas de una encina. La mula siguió su camino. Y él quedó suspendido entre el cielo y la tierra, colgado de su propia gloria, sin tocar ni lo alto ni lo bajo, exactamente en la postura que había ocupado siempre su alma: la del que vive pendiente de ser contemplado.
Colgado de su hermosura, entre el cielo que no alcanzó y la tierra que despreció.
Hay una justicia silenciosa en ese final, tan silenciosa que casi asusta. La apariencia, convertida en ídolo, terminó atrapando a quien había vivido únicamente para exhibirla. El hombre que hizo de su imagen un dios murió crucificado por ella, colgado de un árbol por el mismo cabello que peinaba con orgullo. Porque todo ídolo, tarde o temprano, cobra su culto; y el más exigente de todos los ídolos es el que uno ve cada mañana en el espejo, ese dios pequeño y tiránico que pide sacrificios diarios y no salva jamás a nadie.
SENTENCIA
El hombre que convierte su propia imagen en ídolo acaba crucificado por ella, colgado del mismo adorno con que quiso deslumbrar al mundo.
X
Saúl, después de Gelboé
Cuando ya no queda voz que responda
Enfermedad: Creer que el pecado tiene la última palabra
Toda enfermedad del alma, si no se cura, desemboca aquí y por eso vuelve a aparecer Saúl, porque ningún hombre de la historia recorrió esta escalera entera con tanta minuciosidad. El infierno no culmina en el crimen; culmina en la desesperación, que es el crimen definitivo porque es el crimen contra la esperanza misma. Saúl había conocido la unción sagrada, el favor del cielo, la victoria en el campo y la amistad de un profeta. Lo tuvo todo. Y poco a poco, peldaño a peldaño —la envidia primero, luego la soberbia, luego la ira, luego el miedo—, fue tapiando una por una las ventanas de su alma, hasta dejarla a oscuras.
Cuando por fin buscó una respuesta, sólo encontró silencio.
En la víspera de su última batalla, en el monte Gelboé, con el ejército enemigo acampado enfrente y el corazón vacío, Saúl consultó al cielo y el cielo calló. Ni sueños, ni profetas, ni suertes: silencio. Pero conviene entender bien ese silencio, porque de entenderlo mal nace toda la desesperación del mundo. Dios no se había marchado. Era Saúl quien llevaba años marchándose de Dios, y quien tapia sus propias ventanas no puede después acusar al sol de haberse puesto. El silencio que oyó no era la ausencia de la luz, sino el eco de todos los postigos que él mismo había cerrado.
Entonces cayó sobre su propia espada.
Y en ese último gesto está condensada la mentira central de esta enfermedad, la más sutil y la más cruel de todas. La desesperación siempre miente, pero miente con voz de verdad y con aire de lucidez, que es lo que la hace irresistible. Susurra al oído que ya no hay regreso posible, que el perdón es un lujo reservado a otros, a los que casi no lo necesitan, y que la historia de uno está escrita para siempre y en tinta que no se borra. Es la última tentación, y la más refinada, porque no tienta a hacer un mal nuevo: tienta a rendirse ante el mal ya hecho, a firmar que es irreparable.
Convierte la misericordia en una puerta que el hombre ya no se atreve a mirar.
Ahí está el fondo del pozo, el último peldaño de la escalera, la sala más honda de este hospital de almas. No consiste en creer que uno ha pecado —eso es sólo verdad—, sino en creer que el propio pecado es más grande que la misericordia; en imaginar un abismo tan hondo que ninguna mano pueda alcanzarlo, y arrojarse a él para no tener que sostener la mirada de quien todavía tiende la mano. Y sin embargo, mientras un hombre pueda todavía horrorizarse de su desesperación, es que la esperanza no ha muerto del todo en él. Porque el infierno definitivo no es caer. Es dejar de creer que existe una escalera. Y la escalera, mientras haya un solo peldaño y unos ojos que se atrevan a mirar hacia arriba, existe siempre.
SENTENCIA
El infierno comienza cuando el hombre deja de creer que la verdad puede salvarlo y empieza a creer que su pecado es más grande que la misericordia de Dios.
XI
El faraón
Cuando el hombre ya no puede llorar
Enfermedad: El endurecimiento del corazón
Hay un momento, y conviene mirarlo de frente porque es de los más terribles, en que Dios deja de convencer. No porque haya dejado de hablar —el cielo no enmudece nunca—, sino porque el hombre ha perdido el órgano con que se escucha. Es una sordera que no está en el oído sino en la voluntad, y por eso ningún milagro la cura; al contrario, la agrava. El faraón es el retrato eterno de esta enfermedad, y su historia tiene una simetría espantosa: cuantas más señales recibe, más se cierra, como si cada prueba de lo divino fuera para él un motivo más de resistencia.
Contempla las plagas. Ve morir su reino. Ve quebrarse su poder.
Y con cada milagro, en lugar de ablandarse, se endurece. Ésta es la paradoja que desconcierta a los lectores piadosos y que en realidad encierra la ley más rigurosa del alma: la misma luz que derrite la cera cuece el barro. No es que Dios envíe la dureza como un castigo arbitrario; es que un corazón ya inclinado a resistir convierte en resistencia todo lo que recibe, hasta la gracia. La lluvia que hace crecer el trigo pudre la semilla enferma. El faraón no se endurece a pesar de los prodigios; se endurece con ellos, porque los usa como piedra de afilar de su propia negativa.
Ya no es el pecado lo más peligroso. Es la incapacidad de reconocerlo.
Porque un hombre que peca y lo sabe conserva todavía una puerta abierta: la del dolor, la de la vergüenza, la del llanto. Pero el faraón ya no puede llorar, y ésa es su verdadera plaga, la que no figura en la lista y las resume todas. Ha visto morir a los primogénitos de Egipto y aun así persigue, todavía, al pueblo que huye; corre tras su propia ruina con los caballos lanzados, incapaz de detenerse, porque detenerse exigiría reconocer, y reconocer se ha vuelto para él físicamente imposible. El mar se abre, el mar se cierra, y él entra en la corriente sin haber comprendido nunca nada. No lo ahogó el agua. Lo ahogó un corazón que ya no sabía doblarse.
SENTENCIA
El peor castigo no consiste en caer; consiste en dejar de sentir la caída, y en correr hacia el abismo creyendo que aún se manda sobre él.
XII
El alma escrupulosa
La conciencia que se enferma por creer que nunca ha amado bastante
Enfermedad: El escrúpulo, o la desconfianza disfrazada de humildad
No toda conciencia enferma por exceso de pecado; algunas, y no son las que menos sufren, enferman por lo contrario. Hay almas atormentadas que jamás creen haber amado bastante, que revisan cada gesto buscando en él una culpa escondida, que salen del confesionario y a los tres pasos ya dudan de haberse confesado bien. A esta enfermedad la llamaron los antiguos escrúpulo, de scrupulus, la piedrecita afilada que se mete en la sandalia y hace doloroso cada paso. Y su gravedad no está en lo que teme, sino en lo que revela: una imagen secretamente monstruosa de Dios.
El escrúpulo convierte a Dios en un acreedor imposible.
Ahí está la raíz, tan bien disfrazada que casi nadie la reconoce, porque viene vestida de las mejores intenciones. El escrupuloso parece humilde, parece delicado, parece el más devoto de todos; y sin embargo, por debajo de tanta minucia se esconde una desconfianza radical en la misericordia. Ha reducido al Padre a un contable severo que anota cada céntimo y no perdona ni un decimal. Y por eso el alma deja de vivir y empieza a calcular. Cuenta. Mide. Repite. Vuelve atrás. Rehace lo ya hecho. Confiesa lo ya perdonado. No hay descanso posible en semejante contabilidad, porque el temor nunca declara cerrado el balance.
No hay paz. Sólo aritmética espiritual.
Y aquí conviene la piedad y el matiz, porque el escrupuloso no es un malvado sino un enfermo, y de los que más padecen. Pienso en aquel monje agustino del norte de Alemania, atormentado hasta la desesperación por no sentirse jamás bastante limpio, que se confesaba durante horas y salía angustiado, convencido de haber olvidado algún pecado que lo perdería. Aquel tormento tenía algo de heroico y algo de trampa; y sin entrar aquí en las tormentas que después desató sobre la cristiandad —que son harina de otro costal y de otros libros—, sí puede tomarse su primera angustia como el retrato perfecto de esta dolencia: un hombre que buscaba a un Dios de amor y sólo alcanzaba a imaginar a un Dios de cuentas. La cura no era esforzarse más. Era, sencillamente, confiar; dejar de vigilar la propia alma como un usurero vigila su caja y empezar a fiarse de una misericordia que no lleva libro de deudas.
SENTENCIA
El escrupuloso no confía en la misericordia; confía únicamente en su propio miedo, y por eso convierte al Dios que ama en el acreedor que teme.
XIII
Laodicea
El invierno del alma
Enfermedad: La tibieza, o el aplazamiento convertido en forma de vida
De todas las enfermedades de este libro, ésta es la que menos ruido hace y quizá por eso la más extendida. El tibio no odia a Dios; sería casi preferible que lo odiara, porque el odio es una forma de atención y donde hay atención hay todavía calor. No: simplemente deja de interesarle. No hay drama, no hay batalla, no hay caída estruendosa. Hay algo peor: una lenta pérdida de temperatura que nadie advierte, ni siquiera el enfermo, porque enfriarse no duele. A la iglesia de Laodicea se le reprochó justamente esto, y con una imagen que corta el aliento: por no ser ni fría ni caliente, sino sólo templada, resultaba imposible de beber.
No blasfema. No persigue. No mata. Sólo aplaza.
Ésa es toda su biografía, y cabe en una palabra: aplazar. El tibio nunca dice que no a Dios; dice más tarde, que es la manera educada de decir que no durante toda una vida. Mañana rezaré. El domingo que viene cambiaré. Cuando pasen estas semanas de trabajo. Cuando los hijos crezcan. Cuando me jubile. Y así, de aplazamiento en aplazamiento, va cruzando los años entero e intacto, sin haberse jugado nunca nada, hasta que un día descubre que ya no queda mañana donde aplazar, y que ha gastado la única vida que tenía en la sala de espera de una vida que pensaba empezar después.
La tibieza es el invierno del alma. Nada florece. Nada muere.
Y ahí reside su horror silencioso, en ese paisaje detenido donde no ocurre nada. El pecador ardiente al menos vive, aunque viva mal, y del calor equivocado puede nacer un día el calor verdadero; el santo arde en la dirección justa. Pero el tibio no arde en ninguna dirección: se queda suspendido en una eterna víspera, sin cometer grandes males y sin abrazar ningún bien, administrando prudentemente su alma como quien no quiere gastarla. No se condena por elegir el mal. Se condena por no elegir jamás el bien; por creer que no decidirse es una manera de no equivocarse, sin advertir que es la única equivocación de la que ya no se vuelve, porque se comete al final, cuando ya no hay tiempo de rectificarla.
SENTENCIA
Hay almas que se condenan no por haber elegido el mal, sino por no haber elegido jamás el bien, y por gastar la vida entera en la víspera de empezar a vivir.
XIV
El mal ladrón
Dos hombres en la misma cruz
Enfermedad: La presunción, o la soberbia disfrazada de confianza
Hay un lugar en la historia donde tres cruces se levantan juntas y donde, en dos de ellas, se representa el drama entero del alma humana ante la misericordia. Dos hombres, dos ladrones, la misma condena, el mismo dolor exacto, la misma agonía a la misma hora bajo el mismo sol. Y sin embargo, de esas dos cruces gemelas salen dos destinos opuestos, y la diferencia no está en el crimen ni en el suplicio, sino en algo tan pequeño y tan inmenso como el modo de dirigirse al que agonizaba en medio.
Uno pide. El otro exige.
El buen ladrón pide: acuérdate de mí. No alega méritos, no presenta una defensa, no discute su condena; reconoce que sufre con justicia y tiende la mano vacía hacia una misericordia que sabe inmerecida. El otro, en cambio, exige: sálvate a ti y sálvanos a nosotros. No hay en su voz arrepentimiento, sino reclamación; no pide un don, reclama un derecho. Y ahí, en esa diferencia entre el que suplica y el que factura, se decide todo. La presunción es esto: creer que Dios está obligado a perdonar aunque el hombre no cambie; convertir la gracia en una deuda que se le cobra al cielo.
Es la soberbia más astuta, porque se disfraza de confianza.
Y ésta es su perfidia, lo que la hace tan difícil de detectar: se parece muchísimo a la fe. El presuntuoso habla de la bondad de Dios, cuenta con el perdón, se muestra tranquilo ante el pecado; pero si se le escucha bien, no confía en la misericordia, sino que la da por descontada, que es lo contrario. El humilde recibe el perdón como un regalo que podría no llegar y que por eso agradece infinitamente; el presuntuoso lo espera como una factura vencida, y lo que se cobra como derecho ya no se recibe como don. Por eso el mal ladrón, teniendo la salvación a un palmo, colgado literalmente al lado de ella, no la alcanzó: no porque le faltara cerca, sino porque le sobraba exigencia. Tenía las manos ocupadas reclamando y no le quedaron libres para pedir.
SENTENCIA
Quien convierte la misericordia en obligación deja de recibirla como don; y así puede morir junto a la salvación misma sin haberla pedido jamás.
XV
Israel en el desierto
El pueblo que olvidó sus propios milagros
Enfermedad: La desmemoria, o el olvido de los beneficios recibidos
Olvidar. Parece la más inocente de las flaquezas, casi una excusa amable —lo siento, lo había olvidado—, y es en realidad una de las enfermedades más devastadoras del alma, porque corroe por debajo el suelo mismo de la fidelidad. El pueblo que había cruzado el mar a pie enjuto, que había visto abrirse las aguas y cerrarse sobre sus perseguidores, que comía cada mañana un pan llovido del cielo, ese mismo pueblo murmuraba a las pocas semanas como si nunca hubiera visto nada. No es que fueran peores que nosotros. Es que eran exactamente como nosotros: olvidadizos del bien y memoriosos de la queja.
Olvidar los milagros. Olvidar la providencia. Olvidar que se fue esclavo.
Porque el olvido es selectivo, y ahí está su malicia escondida: nunca olvida las incomodidades del presente, sólo las misericordias del pasado. Aquel pueblo recordaba con nostalgia las ollas de carne de Egipto y había borrado por completo los látigos que las acompañaban; añoraba la esclavitud porque había olvidado que era esclavitud. La desmemoria embellece la cárcel de la que uno salió y ennegrece el desierto por el que uno camina hacia la libertad. Y quien pierde la memoria de lo que ha recibido queda inerme ante la primera dificultad, porque no le queda ningún capital de gratitud del que echar mano cuando el maná se hace monótono y el camino se hace largo.
Donde desaparece la memoria, aparece la murmuración.
Ésa es la ecuación exacta de esta enfermedad, y funciona sin fallo: a menos recuerdo, más queja. La murmuración no es sino la desmemoria hablando en voz alta. Y por eso toda la sabiduría antigua insistió tanto, hasta la pesadez, en el deber de recordar: haz memoria, no olvides, cuéntaselo a tus hijos, levanta un montón de piedras para que las generaciones pregunten qué pasó aquí. Sabían algo que nosotros, con nuestra prisa, hemos olvidado sobre el olvido mismo: que el hombre agradecido es fiel casi sin esfuerzo, porque quien recuerda lo mucho que ha recibido no encuentra fuerzas para traicionar. La ingratitud no es un pecado más; es la puerta trasera por la que entran todos los demás cuando la memoria se ha quedado dormida.
SENTENCIA
El hombre nunca traiciona aquello que recuerda con gratitud; toda deslealtad empieza el día en que se olvida cuánto se ha recibido.
XVI
La cauterización
El hombre que ya no siente nada
Enfermedad: La conciencia cauterizada, o el silencio final del dolor
Este capítulo no tiene un personaje; tiene miles, y ésa es precisamente la razón de que sea el más aterrador. No describe un pecado, porque en cierto sentido está más allá del pecado, en la región donde el pecado ya ni siquiera se nota. Los antiguos hablaron de una conciencia cauterizada, quemada como se quema una herida con hierro al rojo hasta que deja de sangrar y deja también de sentir. Y ésa es la imagen exacta: no un alma que hace mucho el mal, sino un alma a la que el mal ya no le duele; una herida tan cauterizada que ha perdido la capacidad misma de doler.
Ya no tiembla. Ya no reza. Ya no llora. Ya no se avergüenza.
Y lo más terrible es lo último: ya ni siquiera se justifica. Porque justificarse, por hipócrita que sea, supone todavía reconocer que existe un tribunal ante el cual dar cuentas; el que inventa excusas admite, aunque sea a regañadientes, que hay un bien traicionado. El cauterizado ha superado esa etapa. No se defiende porque no siente acusación alguna; ha hecho las paces con su mentira hasta el punto de no verla ya como mentira. Vive dentro de ella como quien vive dentro de su casa, cómodo, sin sobresaltos, sin ese pequeño temblor nocturno que a otros les recuerda que algo anda mal. Ha alcanzado, por el peor de los caminos, una espantosa serenidad.
El dolor de la conciencia no es el infierno. Es la última prueba de que el alma sigue viva.
Conviene detenerse aquí, porque en esta frase está la clave de todo el libro y quizá su única esperanza. A lo largo de estas páginas hemos visto almas retorcerse de dolor: Raskólnikov ardiendo de fiebre, Judas llorando sobre sus monedas, Pedro saliendo a llorar amargamente, David deshecho ante el profeta. Y podríamos habernos apiadado de ellos creyéndolos los más perdidos. Nos equivocaríamos. Raskólnikov puede todavía salvarse precisamente porque su conciencia sangra; ese dolor que lo tortura es la señal de que dentro de él queda algo vivo capaz de ser curado. El que llora por su pecado está enfermo, pero no está muerto; le duele, y lo que duele responde.
El faraón ya no llora. Herodes ya no. Y ahí, no antes, empieza el infierno.
El verdadero infierno no comienza cuando el hombre hace el mal, ni siquiera cuando lo hace mucho. Comienza cuando deja de sentir el dolor de haber perdido el bien; cuando la herida, a fuerza de no atenderse, se cierra en falso y el alma confunde esa insensibilidad con la paz. Es la más engañosa de todas las condenas, porque se parece a la salud. El agitado busca ayuda; el que sufre grita y su grito puede ser oído. Pero el cauterizado no pide nada, no grita nada, no busca a nadie, porque se encuentra perfectamente bien dentro de su tumba. Y por eso ruego al lector una cosa extraña, casi impía en apariencia: que si alguna vez le duele su conciencia, no maldiga ese dolor. Que lo bendiga. Es la mano de un médico apretando sobre la herida; y sólo mientras algo nos duela, algo en nosotros puede todavía sanar.
SENTENCIA
El verdadero infierno comienza cuando el hombre deja de sentir incluso el dolor de haber perdido el bien; mientras la conciencia duela, el alma sigue viva.
XVII
La comparación
La enfermedad que no es un pecado, pero es el padre de casi todos
Enfermedad: La comparación, o el corazón incapaz de agradecer lo propio
He dejado para el final la más humilde de todas las enfermedades y, por eso mismo, la más peligrosa: la que ni siquiera figura en la lista solemne de los pecados capitales, porque es anterior a ellos, es su semilla y su padre. No tiene nombre grandioso. Se llama, sencillamente, comparación. Y su fuerza está en que parece inocente, casi razonable, un simple mirar de reojo hacia el vecino; pero de ese mirar de reojo han nacido todos los crímenes de la historia sagrada y de la novela rusa por igual.
Nadie cae mirando el mal. Se cae mirando el bien de otro sin saber agradecer el propio.
Recorramos de un vistazo este libro entero y veremos siempre el mismo gesto repetido, la misma torcedura de cuello. Caín mira a Abel. Coré mira a Moisés. Saúl mira a David. Los hermanos de José miran a José y su túnica de colores. Los obreros de la primera hora miran a los de la última y calculan agravios. El fariseo mira al publicano y se felicita por no ser como él. Judas mira el reino terreno que esperaba y desprecia el reino verdadero que se le ofrece. Raskólnikov mira a Napoleón y se avergüenza de ser un hombre común. Y, mucho antes que todos ellos, en el principio de los principios, un ángel de luz miró a Dios y no soportó no ser Él.
Lucifer no cayó mirando el mal. Cayó mirando un bien que no era suyo y que no supo alabar.
Ahí está el secreto que ordena todo el relato, la clave que abre las dieciséis cerraduras anteriores. Ninguno de estos hombres cayó porque el mal lo sedujera de frente; el mal, ya lo dijimos, es demasiado feo para seducir a nadie a cara descubierta. Todos cayeron mirando un bien —un bien real, verdadero, digno de alabanza— con un corazón que había perdido la capacidad de alegrarse de él porque pertenecía a otro. La comparación toma lo más hermoso del mundo, la existencia de un bien, y lo transforma en veneno por el solo hecho de que ese bien no está en las propias manos. Convierte la bendición del prójimo en la propia herida.
El envidioso no sufre por lo que le falta, sino por lo que a otro le sobra.
Y su remedio, por eso, no es dejar de mirar al prójimo —eso es imposible y ni siquiera es bueno—, sino aprender a mirarlo de otro modo: alegrarse de su bien como si fuera propio, que es la definición misma de la caridad y, sospecho, del cielo. El día en que un hombre contempla el bien ajeno y en lugar de dolerse da gracias, ese día ha invertido la comparación y la ha convertido en comunión; ha dejado de estar solo en un mundo de rivales y ha empezado a habitar un mundo de hermanos. Toda la salud del alma cabe en ese giro minúsculo del corazón. Y toda su enfermedad, también, cabe en el giro contrario: el día en que el hombre deja de dar gracias por lo que ha recibido y empieza a sufrir por lo que otro ha recibido.
SENTENCIA
Toda enfermedad del alma comienza el día en que el hombre deja de dar gracias por lo que ha recibido y empieza a sufrir por lo que otro ha recibido.
Epílogo
De la escalera que también sube
He recorrido muchas veces el mismo camino, y el lector conmigo, y a estas alturas convendría que dijéramos en voz alta lo que hemos ido descubriendo en voz baja. Los hombres de este libro no padecieron enfermedades distintas; padecieron una sola, declinada en muchas lenguas. En casi todos, el mal empezó por el mismo sitio: por dejar de alegrarse con el bien. Caín no soportó el bien de su hermano, Coré el bien de Moisés, Saúl el bien de David, Judas el bien de un Maestro que no quería reinar por la fuerza, Absalón el bien del orden que le negaba el trono. Cambien los nombres y verán siempre el mismo gesto: un hombre ante un bien ajeno, y ese bien volviéndosele acusación. Por eso he dejado para el final la enfermedad que los engendra a todos y la que los remata a todos: la comparación, que abre la puerta, y la cauterización, que la sella por dentro.
Ésa es, si se me permite un último atrevimiento, la definición más honda de la condenación: la incapacidad de decir gracias. El condenado es aquel que ya no puede alegrarse de nada que no sea suyo, y como casi nada en el universo es suyo, se queda solo en un mundo lleno de bienes que le duelen. El cielo, sospecho, es exactamente lo contrario: el lugar donde por fin somos capaces de alegrarnos del bien ajeno como si fuera propio, y donde, por tanto, todo el bien del universo se vuelve nuestro sin que tengamos que arrebatárselo a nadie. El envidioso vive ya en un pequeño infierno porque el bien de los demás lo empobrece; el santo vive ya en un pequeño cielo porque el bien de los demás lo enriquece.
El maestro ruso que ha guiado mi mano por estos sótanos tenía una manía que al principio me impacientaba y que ahora venero: no dejaba morir a sus criminales sin abrirles, en el último instante, una rendija. A su estudiante asesino le concedió una muchacha que leía el Evangelio en voz alta junto a una vela, y una llanura siberiana donde, al fin, algo se rompía por dentro y empezaba una historia nueva que él ya no quiso contar, porque pertenecía a otro libro. Yo, que soy sólo su torpe copista, no me atrevo a tanto. Pero sí me atrevo a esto: a recordar que cada uno de estos diecisiete descensos fue una escalera, y que ninguna escalera es de sentido único. Aun el faraón, mientras respiraba, tuvo un peldaño hacia arriba; aun el cauterizado, si un solo dolor lograra atravesar su costra, volvería a estar vivo. La condena definitiva no la firma Dios: la firma el hombre el día en que arroja la pluma.
El infierno, dije al principio, es el único lugar que se construye hacia dentro, a solas, con las manos del propio dueño. Añado ahora lo que entonces callé: que precisamente por eso, por estar hecho a mano y no de piedra eterna, puede desmontarse mientras el albañil respire. La misma libertad que colocó cada peldaño puede quitarlo. El mismo hombre que tapió sus ventanas conserva, mientras viva, la mano con que abrirlas. No hay condena verdadera hasta que el condenado firma él mismo la sentencia y arroja la pluma; y esa firma, mientras hay aliento, siempre se puede tachar.
Cierro, pues, este pequeño hospital de almas con la única receta que conozco, y que no es mía sino de toda la tradición que me precede: la salud del alma no empieza por dejar de hacer el mal, sino por volver a alegrarse del bien. El día en que un hombre es capaz de contemplar el humo recto del sacrificio ajeno y sonreír sin envidia, ese día ha salido del país de Caín y ha vuelto a ser vecino de la creación. Todo lo demás —la penitencia, la reparación, el largo trabajo de vivir— viene después, y viene solo, como el día viene detrás de esa primera y tímida raya de luz que asoma, cuando alguien se atreve por fin a abrir una ventana.
FIN
