Platón, por boca de Sócrates, cuenta la historia de un barco.
El armador es brillante pero corto de vista y algo sordo. Los marineros discuten entre ellos por el timón. Ninguno ha aprendido jamás el arte de navegar; es más, sostienen que ese arte no existe y que no se puede enseñar. Adulan al armador, lo drogan, se hacen con el mando por la fuerza o por el halago, y entonces se reparten la carga y navegan bebiendo y celebrando.
¿Y el capitán que sí sabe navegar? El que estudia el cielo, los vientos y las estrellas.
A ese lo llaman inútil. Contemplador de nubes. Un estorbo.
República, libro sexto. Dos mil cuatrocientos años.
La pregunta que deja abierta no es si la tripulación tiene derecho a deliberar. Lo tiene.
La pregunta es otra: ¿el rumbo se vota, o se conoce?
Conviene recordar cómo terminó el hombre que hacía esa pregunta.
A Sócrates lo mataron por demostrar que la democracia es el gobierno de los demagogos, los populistas, y los ladrones. Su método expuso la falla estructural del sistema: la democracia no premia al sabio, sino al sofista dispuesto a comprar el poder con el dinero, la sangre y el destino de la república.
El procedimiento fue legal; el tribunal votó; Sócrates fue condenado. Y precisamente ahí reside la tragedia: la democracia ateniense no necesitó violar sus propias reglas para ejecutar al hombre que la había obligado a preguntarse si gobernar consiste en contar votos o en conocer el bien.
No fue necesariamente el fracaso del procedimiento. Fue la posibilidad inquietante de que el procedimiento funcionara perfectamente y, sin embargo, produjera una injusticia.
Hagamos lo mismo. Seis preguntas de actualidad eclesiastica. No sobre las personas: sobre la lógica.
Primera. ¿Quién convoca la asamblea?
No se convoca a sí misma. La convoca, la compone, la regula y determina el valor de sus conclusiones una autoridad que no procede de ella. ¿Qué clase de participación es aquella cuya existencia depende de la voluntad del poder que la concede?
Segunda. ¿Sobre qué se delibera?
Si el depósito de la fe queda fuera de la deliberación, la asamblea no toca lo esencial. Y si no queda fuera, la pregunta es todavía más grave: ¿qué queda fuera? Solo hay dos posibilidades, y ninguna es cómoda.
Tercera. ¿Puede el número establecer la Verdad?
Si una mayoría puede definir lo verdadero, otra mayoría puede derogarlo. Lo aprobado hoy queda sujeto al consenso de pasado mañana; incluso la propia reforma sinodal. Cuando la verdad depende del número, nada queda protegido, empezando por aquello que se quiso proteger.
Cuarta. ¿Qué significa discernir?
Discernir es reconocer lo que ya nos ha sido dado. Decidir es determinar lo que debe hacerse. Son operaciones distintas; ninguna se convierte en la otra simplemente por llamarla igual.
Cuando el discernimiento se organiza en fases, mesas, actas y votaciones, aparece la pregunta inevitable: ¿se está reconociendo lo recibido o se está construyendo un resultado, que no concuerda con lo recibido?
Quinta. ¿Qué es el sensus fidei?
Es el sentido sobrenatural de la fe, vivo cuando el Pueblo de Dios permanece unido a la Escritura, la Tradición y el Magisterio. No es la suma de las opiniones de los bautizados. Convertirlo en encuesta no es desarrollarlo; es cambiar su naturaleza conservándole el nombre.
Y ahí están las dos palabras: discernimiento; sensus fidei.
Intactas por fuera. Distintas por dentro.
Eso es, exactamente, la operación del sofista; no discutir la palabra, sino quedarse con ella mientras cambia su significado.
Y la sexta; la única que importa.
¿Se escucha para conocer mejor lo que se ha recibido de Cristo; o para averiguar qué está dispuesta a aceptar la gente?
Porque si la respuesta es la segunda, entonces no hace falta que nadie destruya nada desde fuera.
Una casa cuyo cimiento se somete a consulta se cae sola; con todos dentro, de acuerdo y en paz.
Para descentralizar la Iglesia ha hecho falta un ejercicio del primado pontificio de intenso poder.
Solo desde el centro se pudo modificar la composición del Sínodo de los Obispos. Solo desde el centro se pudo incorporar votantes no ordenados y admitir mujeres con derecho a voto. Solo desde el centro del poder se pudo reorganizar la Curia y establecer, en la constitución Praedicate Evangelium, que la potestad de gobierno en los dicasterios no deriva del sacramento del Orden sino de la misión canónica recibida del Papa.
La descentralización fue decretada centralizadamente.
Y el resultado no es un poder repartido. Es un poder debilitado: el episcopado, comprimido entre una cúspide reforzada y unas asambleas cuya función depende enteramente de quien las convoca.
Aquí no hace falta ningún adjetivo. Basta el mecanismo. Es el mismo que describió el girondino Vergniaud camino del cadalso: la Revolución devora a sus propios hijos.
En diciembre de 1968, Pablo VI dijo que la Iglesia en la hora de la autodemolición.
No lo dijo un tradicionalista. Lo dijo el Papa del Concilio, tres años después de clausurarlo.
¿Y existe entonces algo que deberia quedar fuera de toda deliberación?
Queda fuera el depósito de la fe, que es propiedad de Dios: los pastores lo custodian, no lo administran a su gusto.
Queda fuera la constitución divina de la Iglesia, que no se dio a sí misma.
Y queda fuera la sustancia de los sacramentos, sobre la cual la Iglesia ha enseñado siempre que no tiene potestad alguna. En 1994, Juan Pablo II empleó la fórmula más tajante de que dispone el magisterio: la Iglesia no tiene facultad siquiera para deliberar sobre los mandamientos y los sacramentos.
No dijo que no convenga. No dijo que no sea el momento. Dijo que no puede.
Y esa es la clave de todo el asunto:
el límite de la deliberación no lo pone la prudencia de los que deliberan. Lo pone la naturaleza de lo que se ha recibido.
Un cuerpo que puede votar sobre su propio fundamento ya no tiene fundamento. Tiene acuerdos.
No quiere decir que no se pueda opinar, por el contrario, El canon 212, párrafo tercero, reconoce a los fieles el derecho —y en ocasiones el deber— de manifestar a los pastores su parecer sobre aquello que afecta al bien de la Iglesia. La corrección fraterna entre pastores tiene precedente apostólico: Pablo se enfrentó a Pedro, el papa, en Antioquía, cara a cara, y está escrito en el Nuevo Testamento.
Esto no es un debate cerrado ni una polémica del pasado.
El proceso sinodal, iniciado bajo Francisco, ha sido confirmado y relanzado por León XIV. En 2027 habrá asambleas de evaluación en las diócesis, y después en las conferencias episcopales. En octubre de 2028 se celebrará en el Vaticano una Asamblea Eclesial de toda la Iglesia. El objetivo declarado por la Secretaría del Sínodo es que la sinodalidad deje de ser un acontecimiento y se convierta en el estilo ordinario de la vida eclesial.
En junio de 1972, Pablo VI dijo en la fiesta de San Pedro que por alguna grieta había entrado el humo de Satanás en el templo de Dios.
Platon en La República, describe al hombre justo, despojado de toda reputación:
Será azotado. Torturado. Encadenado. Le quemarán los ojos. Y al final, después de sufrirlo todo, será clavado en un madero.
Cuatro siglos antes del Calvario.
La conclusión, más vale parecer justo que serlo.
San Justino, mártir, escribió que quienes vivieron conforme a la razón fueron cristianos antes de Cristo, y puso a Sócrates entre ellos. Acusado de impiedad y de introducir divinidades nuevas, exactamente la misma acusación que caería después sobre los cristianos.
Ahora, si preguntamos quién mató a Sócrates.
Nadie lo sabe. Y Votaron quinientos.
O quién condenó a Cristo. Caifás dijo que convenía que un hombre muriera por el pueblo: cálculo de mayorías. Pilato se lavó las manos delante de todos. La multitud gritó. Y cuando se busca al responsable, cada uno señala al de al lado. Ellos. Es decir, nadie.
No es que las asambleas se equivoquen; se equivocan igual que los hombres solos. Es que cuando una asamblea se equivoca no queda nadie a quien pedir cuentas.
Vivimos el gobierno de Nadie, la más tiránica de todas las formas de poder, precisamente porque no hay ya nadie a quien exigir responsabilidad.
Si dentro de cincuenta años alguien pregunta quién fue el destructor, la respuesta ya está escrita: se acordó. Se discernió. Hubo consenso.
Dejemos el barco de Platón y vayamos al de Homero.
Ulises sabía que su nave iba a pasar frente a las Sirenas. Y sabía que, al oírlas, él mismo querría ir hacia ellas. Que su propia voluntad, estaría corrompida.
Así que hizo lo único sensato. Se ató al mástil antes. Y ordenó a sus hombres que no lo desataran por mucho que él suplicara.
Ahora imagina esa misma escena, pero con la tripulación deliberando. Escuchándose unos a otros con atención. Observando, con sincera compasión, que el capitán sufre atado. Que la música, después de todo, es bella. Y que quiénes son ellos para imponer a nadie una atadura antigua.
Y desatándolo por consenso.
Nadie sería culpable. Todos habrían escuchado. Todos se habrían sentido en paz.
Y el barco iría hacia las rocas con la conciencia tranquila.
