El hombre que lo sabe todo y ha olvidado quién es
En el año 1900, un filósofo ruso describió al Anticristo.
No lo pintó como un monstruo.
Ni como un tirano cubierto de sangre.
Lo describió como un joven brillante. Culto. Refinado. Pacifista. Vegetariano. Filántropo.
Un hombre que quería acabar con el hambre, terminar con las guerras y llevar prosperidad a toda la humanidad.
Un hombre al que el mundo entero iba a amar.
[PAUSA]
Se llamaba Vladímir Soloviov.
Murió en 1900, el mismo año en que terminó de escribir su última obra.
No llegó a ver el siglo XX.
No vio los totalitarismos.
No vio la propaganda de masas.
No vio los campos de concentración.
No vio internet.
No vio la inteligencia artificial.
Y, sin embargo, dejó escrita una pregunta que sigue abierta:
¿Qué ocurriría si el mal ya no necesitara presentarse como mal?
El texto se llama Breve relato sobre el Anticristo y cierra sus Tres conversaciones.
Su protagonista tiene treinta y tres años.
Es un genio.
Escribe un libro titulado El camino abierto hacia la paz y la prosperidad universal.
Y el libro triunfa porque cada hombre encuentra en él exactamente aquello que estaba buscando.
Después es elegido presidente vitalicio de los Estados Unidos de Europa.
Y finalmente emperador.
Entonces hace algo extraordinario.
Da de comer a los pobres.
Resuelve los problemas sociales.
Garantiza la paz.
Acaba con las guerras.
Y hasta protege a los animales: Soloviov lo presenta como vegetariano, enemigo de la vivisección y defensor de sociedades protectoras. (LiteraryJoint)
Todo parece perfecto.
Hasta que llega la pregunta decisiva.
¿Qué quiere a cambio?
No quiere primero tu dinero.
No quiere tu sangre.
Quiere tu reconocimiento.
Quiere que aceptes que él es el salvador.
[PAUSA]
Y aquí está la genialidad de Soloviov.
Su Anticristo no comienza negando a Cristo.
Lo admira.
Lo estudia.
Reconoce su grandeza.
Pero no puede aceptar una cosa:
que Cristo sea único.
Que Cristo sea el Hijo de Dios.
Que Cristo haya resucitado.
Porque entonces el hombre no puede ocupar el lugar de Dios.
Y el Anticristo quiere precisamente eso:
salvar al hombre sin Dios.
La idea tiene raíces mucho más antiguas.
La tradición cristiana ha entendido al Anticristo como una falsificación, una imitación de Cristo.
No una negación grotesca.
Una copia.
Una apariencia.
Una salvación sin Salvador.
Un reino donde se conservan las palabras del cristianismo, pero se elimina aquello que las hace verdaderas.
Amor, pero sin verdad.
Misericordia, pero sin arrepentimiento.
Unidad, pero sin conversión.
Paz, pero sin justicia.
Libertad, pero sin responsabilidad.
Bienestar, pero sin trascendencia.
**Una copia perfecta.
Sin Cruz.**
[PAUSA]
Y entonces aparece una palabra que cambia todo.
San Pablo, en la Segunda Carta a los Tesalonicenses, habla del ἄνομος.
Ánomos.
El que está sin ley.
Pero no simplemente sin leyes civiles.
Sin la ley que permite distinguir el bien del mal.
Y Pablo habla además del misterio de la iniquidad, algo que ya está actuando antes de su manifestación definitiva.
Y aquí aparece una idea terrible:
el mal no necesita destruir inmediatamente el orden.
Puede comenzar simplemente vaciando de significado las palabras que sostenían ese orden.
Y aquí Soloviov encuentra, más de un siglo después, algo que parece escrito para nuestro tiempo.
Porque quizá el problema no sea solamente que hemos olvidado ciertas verdades.
Quizá el problema sea que estamos fabricando un hombre incapaz de reconocerlas.
Un hombre saturado de información.
Estimulado permanentemente.
Conectado permanentemente.
Pero cada vez menos capaz de permanecer en silencio.
De concentrarse.
De esperar.
De distinguir.
De juzgar.
De sacrificarse.
[PAUSA]
El artículo que acompaña esta reflexión habla de microbiota, alimentación, neuroinflamación, dopamina, infertilidad, salud mental y transformación de la conducta.
Hay que ser prudentes aquí.
La ciencia sí estudia seriamente las relaciones entre microbiota, cerebro, metabolismo, inflamación, salud mental y reproducción.
Pero sería demasiado fácil convertir investigaciones complejas en una explicación única de fenómenos como el autismo o el trastorno bipolar.
La cuestión más profunda no necesita semejante simplificación.
Es otra.
¿Qué sucede cuando una civilización dispone de una capacidad tecnológica gigantesca, pero deja de formar interiormente al hombre que debe utilizarla?
Ahí está el verdadero problema.
El mono tiene el arma.
Pero ya no sabe para qué vive.
Y entonces aparece la paradoja.
Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible.
Y quizá nunca habíamos confundido tanto el acceso al conocimiento con el conocimiento mismo.
En 2011, un estudio publicado en Science encontró que cuando las personas esperaban poder recuperar información posteriormente por internet, tendían a recordar menos el dato mismo y más dónde encontrarlo. Internet comenzaba a funcionar como una especie de memoria externa. (PubMed)
En 2015, investigadores de Yale encontraron además que las personas que buscaban información en internet podían sobreestimar cuánto sabían realmente: confundían el acceso a la información con conocimiento propio. (World Economic Forum)
Y aquí está la trampa.
Podemos tener respuesta para todo y comprensión de casi nada.
Podemos preguntar cualquier cosa.
Pero ya no necesariamente sabemos formular la pregunta correcta.
Podemos encontrar un dato en dos segundos.
Pero no sabemos qué hacer con él.
Podemos producir una imagen perfecta.
Un texto perfecto.
Una voz perfecta.
Una respuesta perfecta.
Y seguir sin saber qué es el bien.
Jonás describe a Nínive con una expresión extraña:
una multitud que no distingue su mano derecha de su izquierda.
No significa que fueran físicamente incapaces de distinguirlas.
Es una imagen de confusión.
Una humanidad que ha perdido orientación.
Y quizá esa sea la paradoja de nuestro tiempo.
Somos omniscientes hacia afuera y ciegos hacia dentro.
Sabemos qué ocurre en Marte.
Pero no sabemos permanecer cinco minutos en silencio.
Sabemos cuánto vale una acción.
Pero no cuánto vale una vida.
Sabemos manipular un algoritmo.
Pero no gobernar nuestras pasiones.
Sabemos construir máquinas que generan lenguaje.
Pero hemos dejado de enseñar a muchos hombres a amar la verdad.
[PAUSA]
Y entonces aparece la inteligencia artificial.
No como demonio.
No como monstruo.
Eso sería demasiado sencillo.
La verdadera tentación es mucho más sutil.
La máquina responde.
La máquina calcula.
La máquina resume.
La máquina traduce.
La máquina crea.
La máquina recuerda.
Y poco a poco puede comenzar a hacer algo mucho más peligroso:
pensar por nosotros.
No porque la máquina quiera gobernarnos.
Sino porque nosotros podemos entregarle voluntariamente el gobierno de nuestro juicio.
Y entonces la tecnología deja de ser herramienta.
Se convierte en oráculo.
Pon ahora a Sócrates en una habitación junto a cualquiera de nosotros.
[PAUSA]
Pregúntale la distancia hasta la Luna.
No la sabe.
Pregúntale por el ADN.
No sabe qué es.
Pregúntale cuánto vale hoy el oro.
No tiene ni idea.
Un adolescente con un teléfono podría responderle en segundos.
Y, sin embargo, Sócrates podría enseñarnos algo que el teléfono no puede darnos.
A pensar.
Porque Sócrates sabía algo que nuestra época ha olvidado:
que reconocer la propia ignorancia es el comienzo del conocimiento.
El problema del hombre contemporáneo no es que ignore demasiado.
Es que puede ignorar casi todo y aun así sentirse informado.
Eso es mucho más peligroso.
Porque la ignorancia consciente busca.
La ignorancia convencida no busca nada.
Y aquí Soloviov vuelve a aparecer.
Porque su Anticristo no llega diciendo:
“Voy a destruir vuestro mundo.”
Llega diciendo:
“Voy a resolver vuestros problemas.”
Pan.
Paz.
Prosperidad.
Unidad.
Tecnología.
Seguridad.
Bienestar.
Y después pregunta:
“¿Me reconocéis como vuestro salvador?”
Ese es el mecanismo.
No destruir primero.
Sustituir.
Sustituir la verdad por información.
La sabiduría por acceso.
La conciencia por algoritmo.
La responsabilidad por comodidad.
La trascendencia por bienestar.
Y finalmente a Dios por el hombre.
Solzhenitsyn vio una parte de esto desde el otro lado del siglo.
En Harvard, en 1978, habló del declive de la valentía en Occidente y criticó una sociedad que había perdido capacidad para defender aquello que decía creer. (Aleksandr Solzhenitsyn Center)
Cinco años después, en su discurso del Premio Templeton, volvió al origen de la crisis con una frase que había escuchado desde niño:
«Los hombres se han olvidado de Dios.» (Aleksandr Solzhenitsyn Center)
Y en Archipiélago Gulag llegó todavía más lejos.
Después de haber conocido el mal desde dentro, comprendió que la línea entre el bien y el mal no pasa simplemente entre pueblos, partidos o ideologías.
Pasa por el corazón de cada hombre. (Aleksandr Solzhenitsyn Center)
Y eso destruye cualquier comodidad.
Porque significa que el Ánomos no es solamente alguien que está allá afuera.
No es simplemente un gobierno.
No es una ideología.
No es una máquina.
No es una generación.
No es “los otros”.
También puede aparecer dentro de nosotros.
Cada vez que dejamos que otro piense por nosotros.
Cada vez que aceptamos una mentira porque nos resulta cómoda.
Cada vez que llamamos bien a aquello que deseamos y mal a aquello que nos incomoda.
Cada vez que preferimos el bienestar a la verdad.
Desde 1980 hemos repetido una regla:
viejo es el que no sabe utilizar la tecnología.
Yo propondría otra.
[PAUSA]
Idiota es aquel que permite que la tecnología piense por él.
Porque el problema no es que la máquina sepa cada vez más.
El problema es que el hombre puede saber cada vez menos quién es, para qué vive y ante quién responde.
Soloviov murió en 1900.
Solzhenitsyn murió en 2008.
Ambos pertenecen a mundos que ya no existen.
Pero dejaron la misma advertencia desde dos extremos distintos:
el peligro no siempre llega con el rostro del enemigo.
A veces llega con el rostro del benefactor.
A veces llega ofreciendo paz.
A veces ofreciendo conocimiento.
A veces ofreciendo comodidad.
Y quizá la gran batalla de nuestro tiempo no sea entre el hombre y la máquina.
Quizá sea una batalla mucho más antigua:
entre el hombre que quiere pensar y el hombre que quiere que piensen por él.
[PAUSA]
Porque el Ánomos no comienza cuando desaparece toda ley.
Comienza cuando desaparece dentro del hombre la capacidad de reconocer por qué una ley es justa.
Y entonces la última pregunta no es qué hará la inteligencia artificial.
Ni quién gobernará el mundo.
Ni cuándo llegará el Anticristo.
La pregunta es mucho más incómoda.
¿Qué clase de hombre estaremos formando cuando llegue la tecnología capaz de hacerlo casi todo?
Porque una civilización puede sobrevivir a la ignorancia.
Puede sobrevivir a la pobreza.
Puede sobrevivir incluso a una guerra.
Lo que quizá no pueda sobrevivir es algo mucho más profundo:
un hombre que ya no quiera buscar la verdad porque una máquina puede pensar por él.
Y por eso la frase de Solzhenitsyn no es una acusación contra los demás.
Es un espejo.
La línea entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada hombre.
**También por el mío.
También por el tuyo.**
[PAUSA FINAL]
**No es peligroso que la máquina sepa cada vez más.
Lo peligroso es que el hombre deje de saber pensar por sí mismo.**
