Cuando los historiadores reconstruyeron la Caída, coincidieron en que nadie la quiso ver, aunque todos la narraban.
Empezó sin un solo disparo. La llamaron la Revolución Permanente: no un golpe, sino mil incendios a la vez. Las ciudades ardían cada otoño por el precio del pan, la deuda exigía recortes pero no los permitieron las revueltas; los trenes descarrilaban; las redes caían tres días y volvían; los cables del fondo del mar se cortaban con anclas que nadie reclamaba. Cada hecho, por separado, tenía su causa inocente. Juntos dibujaban una mano. Pero decirlo en voz alta era de mal gusto, como se le ocurre¡¡ callaron hasta que fue tarde.
El sistema no cayó por una bomba. Cayó por una deuda. El mundo había prometido a sus ancianos un paraíso que ninguna fábrica producía, y lo pagó imprimiendo papel sobre papel hasta que el papel pesó menos que la ceniza. Cuando los hospitales se quedaron sin fondos y los Estados sin crédito, se decretó el Gran Reajuste: una sola moneda, digital, que caducaba si no se gastaba y se apagaba si su dueño disentía. La llamaron liberación. Fue la cadena más perfecta jamás forjada, porque no se veía. Y el oro —el viejo oro despreciado— cruzó en silencio al Oriente, que había esperado, paciente, a que una civilización sin hijos, sin fábricas y sin fe cayera sola como fruta pasada. No conquistó. Solo puso el cesto debajo.
Pero lo que dejó perplejos a los historiadores, que lo observaban y relataban en blogs que nadie entendía, ni leía, ni les interesaban, fue lo de la iglesia. Porque no hubo cisma. No hubo un portazo, ni una apostasía que alguien pudiera señalar y combatir. Fue más moderno, y por eso más terrible.
La infiltraron. Despacio, por los cimientos, sin tocar los muros. Siguieron las naves en pie, los altares dorados, los cantos — mejores que nunca, por cierto: coros espléndidos, liturgias de luz y pantalla, homilías que no incomodaban a nadie. El pueblo siguió yendo a misa igual que siempre, con el mismo gesto, la misma paz dominical. Nadie anunció que algo había cambiado. Como en la Inglaterra de otro siglo, donde los fieles siguieron arrodillándose en la misma piedra, bajo el mismo techo, sin saber que les habían cambiado el cimiento bajo los pies — y aun no se han dado cuenta que ya no rezan a lo que creían.
Porque lo que se vació no fue la forma, sino el fondo. Se enseñó, con sonrisa mansa, que todas las convicciones valían igual, que toda certeza dividía, que el «no» era violencia y el «ya veremos» era caridad. Se cambió el altar por la mesa redonda y la adoración por la conversación y el testimonio. Y el pueblo no protestó, porque el pueblo se contentaba con que la música sonara bien. Mientras el órgano o las guitarras llenaran la bóveda y el coro entrara a tiempo, ¿quién iba a notar que ya no se adoraba a Dios? Tan dócil resultó aquella iglesia hueca —tan incapaz de decir esto está mal— que el nuevo orden la abrazó, y la llamó sinodal: patriótica del mundo nuevo, no del Reino viejo. Aquel último otoño preparaba su coronación: un hombre afable, enemigo de toda certeza, al que una asamblea se disponía a vestir de blanco para que lo aclamaran. Un pastor sin cayado, para un rebaño que ya no sabía que lo era.
Y entonces, la tierra empezó a temblar. Terremotos en cadena, de un confín a otro; pero nadie conectaba lo uno con lo otro. La iglesia Patriótica llenó las pantallas proclamando que el fin había llegado, que el hombre de blanco traía la paz última, que había que someterse ya — porque el miedo, bien administrado, es la mejor cadena. Pero en un sótano, un viejo obispo clandestino dijo a los once que lo oían, citando unas palabras de dos mil años que ninguna red podía borrar: «Habrá terremotos, y oiréis de guerras; pero no os turbéis: esto no es todavía el fin.» Y añadió: «Velad, porque del día y la hora nadie sabe — ni los ángeles. El que os diga ‘es ahora, someteos ya’, ese miente, porque pretende saber más que el Hijo.»
No tenían templo, ni moneda, ni red, ni voz en ninguna asamblea. Tenían pan, vino, y esas palabras guardadas en la memoria, donde ningún decreto llegaba. El día de la gran coronación, mientras el mundo se arrodillaba ante el pastor sin cayado, el viejo levantó un trozo de pan sobre una caja de herramientas, en un garaje, para un puñado de personas.
Y los historiadores de escribieron, al final, la única línea que sus gráficos de deuda y sus mapas de oro no supieron explicar:
«El imperio cayó. La moneda cayó. La iglesia grande fue vaciada tan despacio que siguió cantando mientras se apagaba, y su pueblo no lo supo hasta mucho después, porque la música siempre sonó bien. Y la iglesia pequeña, la que no tenía nada y a nadie engañaba, fue lo único que quedó en pie — porque era lo único que nunca se había apoyado en el mundo, ni en el miedo, sino en Aquel que lo hizo, y que había prometido que las puertas del infierno no prevalecerían. Y no prevalecieron.»
Qué buena idea — y qué pedigrí tiene: es exactamente la forma de Cartas del diablo a su sobrino de C.S. Lewis, el propio autor que usted invocó. Escrúpulo le enseña a Orugario cómo ganar un alma; aquí un diablo mayor le enseña a su sobrino cómo se ganó un mundo. Es el molde perfecto, y es impecablemente ortodoxo —Lewis lo usó precisamente para enseñar la verdad al revés, poniéndola en boca del mentiroso—.
Mantengo la regla que fijamos: todo transfigurado, dentro de Acheria, nombres inventados, mito y no crónica. Y conservo el «sabor Lewis»: el diablo se delata solo, el lector cristiano entiende lo contrario de lo que el demonio celebra, y la fe sale indemne porque hasta el infierno reconoce, a su pesar, lo que no pudo tocar.
Su sobrino se llamará Urogario (bautizo diabólico, como usted quiso). Al tío mayor, maestro de la operación, lo llamaré Fustigor. Dos cartas, los dos movimientos de la Caída: primero el mundo (deuda, miedo, oro, guerra en las sombras), luego la Iglesia (la infiltración silenciosa, la música que suena bien). Aquí van.
CÓMO SE DERRIBA UNA CASA SIN TOCAR SUS MUROS
Veamos en retrospectiva y a los ojos del maestro del juego como se libro esta batalla
Querido Urogario:
Me preguntas, con la impaciencia de los jóvenes tentadores, cómo logramos la cabeza sin librar una sola batalla. Te lo cuento no para que me admires —aunque lo merezco—, sino para que aprendas el oficio. Grábate esto antes que nada: nunca derribes una casa por los muros. Vacíala por los cimientos, y déjala en pie para que nadie grite. Un muro caído alarma; una casa hueca que aún se sostiene no alarma a nadie, hasta que un día el viento la lleva.
Empezamos por el dinero, que es donde esos animales guardan su corazón. No tuvimos que robarles nada. Al contrario: les dimos de más. Les enseñamos a prometerse unos a otros paraísos que ninguna mano producía —descanso sin trabajo, vejez sin hijos, salud sin límite—, y a pagar la promesa con papeles que fabricaban de la nada. ¡Qué delicia! No hubo que inducirles la codicia del avaro, que es tosca y se nota. Les inducimos la codicia del santo: querer el bien para todos, ya, gratis, a cuenta de nadie. Llamaron derecho a lo que era deuda, y generosidad a gastarse el pan de sus nietos no nacidos —que, por cierto, nos encargamos de que no nacieran, pero esa es otra lección—.
Cuando el papel pesó menos que la ceniza, no cundió el pánico. Eso es lo bello. Les ofrecimos el remedio nosotros mismos, por boca de sus propios sabios: una moneda nueva, limpia, digital, igual para todos. La aceptaron con gratitud, Urogario, ¡con gratitud! No vieron que una moneda que puede apagarse es una correa; que una que caduca si no se gasta prohíbe el ahorro, que es la última libertad del pobre; que una que se niega a pagar al que disiente es una mordaza. Les pusimos la correa, el bozal y la mordaza en un solo objeto reluciente, y nos dieron las gracias por la comodidad.
Mientras tanto —y aquí aprende el ritmo, que el ritmo lo es todo— mantuvimos el miedo a fuego lento. Un otoño, incendios en las ciudades por el precio del pan. Otro, un tren descarrilado, una red caída tres días, un cable del fondo del mar cortado por un ancla sin dueño. Cada cosa con su causa inocente; ninguna, por sí sola, prueba de nada. Si alguno ataba los cabos y señalaba la mano, los otros lo llamaban demente — y nosotros reíamos, porque habíamos conseguido que la verdad sonara a locura y la ceguera a sensatez. No necesitas que crean una mentira, sobrino. Basta con que no se atrevan a creer lo que ven.
Y el oro, el viejo oro que despreciaban por anticuado, lo dejamos cruzar en silencio a manos más pacientes que las suyas. No hizo falta ejército. Una civilización que ha dejado de engendrar, de fabricar y de rezar cae sola, como fruta pasada; solo hay que tener la cesta puesta debajo. Al que espera sin prisa, el mundo se le entrega sin lucha.
Esto fue lo fácil, Urogario. Derribar el mundo de los hombres es trabajo de aprendices. Lo difícil —lo que me valió el premio— fue lo otro.
Dominado el dinero, quedaba el enemigo de verdad. No te hablo de las religiones blandas, que se desmontan solas con un poco de comodidad. Te hablo de la Casa antigua, la de la Roca, contra la que —te lo confieso con rencor, porque la verdad obliga hasta a nosotros— se nos prometió desde el principio que no prevaleceríamos. Jamás. Óyelo bien y no lo olvides nunca en tu carrera: esa Casa no se puede derribar. Lo intentamos durante veinte siglos con hogueras, leones, imperios y cismas, y de cada golpe salió más viva. Aprendimos, a fuerza de fracasar, la única táctica posible.
Ya que no podíamos tirarla, decidimos vaciarla sin que se notara.
No un cisma, Urogario — ¡nunca un cisma! Un portazo alerta; una herejía gritada convoca mártires, y los mártires son nuestra ruina, porque su sangre siembra. No. Lo hicimos como se hizo una vez en cierta isla, donde cambiamos a un pueblo entero de dueño sin mover una sola piedra de sus templos: siguieron arrodillándose en la misma losa, bajo el mismo techo, con el mismo cura — y tardaron una generación en descubrir que ya no rezaban a lo que creían. El cascarón idéntico; el contenido, otro. Nadie lo vio, porque nadie mira los cimientos mientras el tejado aguante.
Así procedimos. Dejamos intactos los altares dorados, las naves, los coros. Es más: los mejoramos. Pusimos luces, pantallas, orquestas; liturgias tan hermosas que quitaban el aliento. Y bajo esa belleza, despacio, por los cimientos, enseñamos lo único que importaba enseñar: que ninguna certeza vale más que otra, que afirmar es dividir, que el «no» es violencia y el «ya veremos» es caridad. Cambiamos el altar por la mesa redonda, y la adoración —el temblor de la criatura ante su Creador— por la conversación agradable entre iguales.
¿Y sabes qué fue lo más dulce, sobrino? Que el pueblo no protestó. No porque fuera malo —el pueblo rara vez es malo, para nuestro fastidio—, sino porque se contentaba con que la música sonara bien. Mientras el órgano llenara la bóveda y el coro y nuestras guitarras entraran a tiempo, ¿quién iba a notar que ya no se adoraba a Nadie? Les dimos la emoción de lo sagrado sin su exigencia, el calor sin la llama, el consuelo sin la Cruz. Y lo tomaron, agradecidos, como habían tomado la moneda.
Cuando la tierra empezó a temblar y los cielos a oscurecerse, hicimos nuestra última y mejor jugada: pusimos a esa iglesia hueca a proclamar el fin. «¡Es ahora! ¡Someteos ya! ¡El hombre de blanco trae la paz última!» Porque el miedo, Urogario, bien administrado, es la correa definitiva — y nada somete como el terror del fin en boca de un pastor.
Y ahí —escúchame bien, que esto es lo que no quiero que olvides, porque es el muro con el que siempre nos rompemos la cabeza— ahí tropezamos. Porque en algún sótano miserable, sin órgano ni pantalla, un viejo de sotana raída levantaba un trozo de pan sobre una caja de herramientas, para once andrajosos, y les decía unas palabras que no pudimos borrar de ninguna red porque no estaban en ninguna red, sino en su memoria terca: «Habrá terremotos; pero no os turbéis: esto no es todavía el fin. Y del día y la hora, nadie sabe. El que os diga ‘es ahora, someteos’, miente.»
Once, Urogario. Once, contra el mundo entero arrodillado ante nuestra iglesia reluciente. Y te confieso lo que me quita el sueño, si los de nuestra especie durmiéramos: que mientras aquella Casa grande que vaciamos se apagaba cantando, aquellos once, que no tenían nada, eran lo único que seguía en pie — porque eran lo único que nunca se había apoyado en el mundo, ni en el oro, ni en el miedo, sino en Aquel contra quien, ya te lo dije, se nos juró que no prevaleceríamos.
Y no prevalecimos. Aprende de mi derrota, sobrino, más que de mi obra: podemos vaciar los templos, pero no la Roca; podemos apagar la música, pero no el Pan; podemos ganar el mundo entero — y perderlo todo por once hombres en un garaje.
Ya sabes cómo vaciamos el mundo y cómo vaciamos el templo. Hoy te enseño lo que une ambas cosas, que es lo único que de verdad importa, y lo que ningúno supo ver mientras ocurría: que todo era una sola partida, y que se jugaba, como se juega siempre, en el centro del tablero.
Aprende ajedrez, sobrino, si quieres aprender nuestro oficio. El novato ataca al rey de frente, por los flancos, a gritos — y pierde, porque alerta al adversario. El maestro juega el centro. Domina las casillas de en medio, esas que parecen no decidir nada, y desde allí lo ata todo sin que nadie advierta que está siendo atado. El centro de nuestra partida fue lo que llamaron, con un nombre que les pusimos nosotros para que sonara técnico y aburrido, la zona gris. Ni guerra ni paz. Ni ataque que active sus alarmas ni calma que les devuelva el sueño. El territorio intermedio donde se puede golpear sin declarar, sangrar sin herir del todo, dominar sin conquistar.
Ahí movimos nuestras piezas durante años, y fue bellísimo precisamente porque era invisible. Un cable cortado aquí; una red caída allá; una deuda que crecía sola como la hiedra; un grano encarecido; un oro que cruzaba callado hacia manos pacientes; una base que se amurallaba para resistir noventa días a oscuras; una mochila que el pobre preparaba para tres, sin preguntarse por qué el que mandaba se preparaba para noventa y el que tenía oro para años. Cada movimiento, por separado, parecía una casilla sin importancia. Juntos, eran el cerco. Y aquí está mi obra maestra, Urogario, la que me valió esta cátedra: hice que ver el cerco pareciera locura. Al que señalaba el tablero entero y decía «esto es una partida, hay una mano», los demás lo llamaban paranoico, conspirador, demente. Y al que negaba la partida y repetía «son hechos aislados, coincidencias, mala suerte», lo llamaban sensato. ¡Conseguí que la ceguera fuera la prudencia y la lucidez, la enfermedad! No necesité que creyeran una mentira, sobrino. Me bastó con que no se atrevieran a creer lo que tenían delante de los ojos.
Fue como aquel escriba de otro mundo y otro siglo, que escribió después la crónica de la ruina de su pueblo, y enumeró las señales que todos habían tenido delante —los portentos sobre el Templo, las advertencias despreciadas— y se preguntó, demasiado tarde, cómo nadie las había leído. Así quedaron los historiadores: atando, cuando ya no servía de nada, los puntos que en su momento cualquiera pudo unir y nadie quiso.
Una vez dominando el centro, ¿qué pieza íbamos a buscar? No al peón del dinero, que es carne de cambio. No a la torre del Estado, que cae sola cuando se le corta el suministro. Íbamos por la dama, La Iglesia.
La pieza de más largo alcance, la que se mueve por todas las líneas, la única que de verdad protege al Rey — porque mientras ella esté en pie y despierta, ninguna de nuestras maniobras alcanza el centro del tablero, que es el corazón del hombre. Mientras la dama vive, el Rey tiene defensa. por eso despreciamos a la virgen esa santita que hace milagros baratos, les dijimos no es corredentora y lo aceptaron.
Por eso toda la partida, todo el laberinto del dinero y el miedo y el oro y las sombras, no tenía más fin que uno: sacar a la dama del juego. No capturarla de un golpe —ya te expliqué que esa Casa no se puede derribar—, sino neutralizarla. Dejarla en el tablero, hermosa, dorada, cantando — pero sin alcance. Una dama que ya no defiende es, para nosotros, mejor que una dama caída: porque la caída se llora y se venga, y la vaciada ni siquiera se extraña.
¿Y el mate, Urogario? Presta atención, que aquí los jóvenes se equivocan. El mate nunca es capturar al Rey. Eso no se puede; en el ajedrez no se toma al rey, y en esta partida menos que en ninguna, porque a este Rey ya lo clavamos una vez en un madero y al tercer día nos deshizo la jugada entera. No. El mate es arrinconar al Rey hasta que no pueda moverse — y hacer que el mundo lo dé por acabado. El mate que perseguíamos no era matar a Cristo. Era hacer que lo olvidaran. Que su nombre dejara de sonar; que su defensa, la dama, quedara muda; que el hombre mirara el tablero y creyera, sinceramente, que el Rey ya no estaba, que la casilla central estaba vacía, que no había a quién adorar porque no quedaba nadie en el trono. Jaque mate no es un cadáver, sobrino. Es un olvido. Es un mundo que pasa junto al Rey arrinconado y ni lo ve.
Y aquel último otoño creímos haberlo logrado. La dama, vaciada y silenciada por nuestras guitarras. El centro, nuestro. El mundo entero arrodillado ante el hombre de blanco, que ocupaba la casilla del Rey como un impostor ocupa un trono vacío. Canté el mate, Urogario. Lo canté demasiado pronto, como cantan los novatos.
Porque había once casillas que no había mirado. Once hombres en un garaje, la dama estaba con ellos pero yo no sabia, sin torres, sin nada — que no habían olvidado dónde estaba el Rey. Y mientras yo gritaba «¡mate!», uno de ellos levantó un trozo de pan y dijo el nombre que yo creía borrado del tablero. Y el Rey, que nunca había salido de la casilla central —solo se había dejado arrinconar para que yo me confiara—, seguía ahí. No en jaque. En el centro. Donde siempre estuvo.
Aprende esto y no lo olvides en toda tu carrera, sobrino: podemos ganar el centro, vaciar la dama y arrinconar al Rey hasta que el mundo lo dé por muerto. Pero no existe el mate contra Aquel que ya volvió del único jaque que lo mató, pero resucitó, que injusto es, no podíamos imaginar que pudiera hacer algo así. Jugamos la partida perfecta. Y perdimos, como perdemos siempre, por once peones que recordaban.
Perdón: tu mensaje anterior pedía una síntesis estratégica mucho más ambiciosa y mi respuesta no llegó. La idea central no es enumerar incidentes, sino mostrar cómo la guerra convencional, la amenaza nuclear, la inteligencia artificial, la guerra híbrida y la crisis de legitimidad política convergen en un momento histórico excepcional.
Hay que mantener una distinción: podemos denunciar hechos documentados y analizar sus conexiones estratégicas, pero no afirmar que una conspiración mundial única dirige todos los acontecimientos sin pruebas. Con ese criterio, este sería el editorial.
EL ASALTO A OCCIDENTE: LA GUERRA MUNDIAL QUE AVANZA ENTRE LAS SOMBRAS
Putin amenaza con armas nucleares; China sostiene una alianza estratégica con Moscú; Irán proporciona tecnología militar y Corea del Norte envía soldados. Europa descubre que sus aeropuertos, ferrocarriles y comunicaciones pueden convertirse en objetivos. Mientras tanto, las democracias se fracturan, las sociedades se radicalizan y la inteligencia artificial transforma el campo de batalla. ¿Estamos ante una sucesión de crisis o ante una transformación histórica del poder mundial?
Hay momentos en los que la historia deja de avanzar por capítulos y empieza a hacerlo por acumulación. Una guerra en Europa, una amenaza nuclear, un apagón, un sabotaje ferroviario, una elección controvertida, un dron sobre una instalación militar y una inteligencia artificial capaz de fabricar millones de mensajes parecen acontecimientos separados. Sin embargo, cuando se observan conjuntamente, plantean una pregunta que las democracias occidentales ya no pueden eludir: ¿están preparadas para defenderse de un adversario que no necesita derrotarlas en una batalla para debilitarlas?
No hace falta imaginar un centro de mando omnipotente que controle cada acontecimiento. Basta con reconocer que existen Estados con intereses convergentes, organizaciones dispuestas a aprovechar las divisiones occidentales y tecnologías que permiten multiplicar el daño con costes relativamente bajos.
La nueva confrontación no se libra exclusivamente en las fronteras. También se libra en la energía, los alimentos, los sistemas informáticos, las elecciones, las universidades, las calles y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
I. LA AMENAZA NUCLEAR HA REGRESADO AL CENTRO DE EUROPA
Vladimir Putin ha vuelto a colocar el arsenal nuclear ruso en el centro de la confrontación. El 1 de octubre de 2026 advirtió que Moscú podría recurrir a todas las armas disponibles, incluidas las nucleares, si consideraba amenazado el enclave de Kaliningrado. Washington, por su parte, mantiene la disuasión nuclear y Donald Trump ha insistido en la necesidad de negociar el control de los arsenales estratégicos.
Estas declaraciones no significan que una guerra nuclear sea inevitable. La disuasión existe precisamente para evitarla. Pero la utilización reiterada de amenazas atómicas para condicionar las decisiones de los adversarios introduce un elemento de coerción que Europa no puede ignorar.
La situación es más grave porque la guerra de Ucrania ha dejado de ser un enfrentamiento entre dos ejércitos aislados. Rusia recibe apoyo militar norcoreano, mantiene una asociación estratégica con China y ha desarrollado una cooperación militar con Irán que incluye drones y tecnología relacionada con su producción.
Corea del Norte ha enviado efectivos para combatir junto a Rusia, especialmente en la región de Kursk. Irán suministró drones de ataque que Rusia ha utilizado contra Ucrania. China, por su parte, es un socio económico y tecnológico fundamental para Moscú, aunque Pekín niega proporcionar armas letales y sostiene que no es parte beligerante.
No todos estos apoyos son idénticos. Tampoco prueban que exista un mando militar mundial unificado. Pero sí muestran que Rusia puede sostener una guerra prolongada gracias a relaciones exteriores que reducen el aislamiento que pretendían imponerle las sanciones occidentales.
En paralelo, Volodímir Zelenski continúa advirtiendo de que una victoria rusa tendría consecuencias que superarían las fronteras ucranianas. Sus advertencias son las de un dirigente en guerra y deben evaluarse como tales; pero la cuestión estratégica permanece: ¿qué ocurriría si Europa confundiera el agotamiento de Ucrania con la desaparición de la amenaza?
Fuentes: Reuters, las amenazas nucleares de Putin y Brookings, la estrategia nuclear rusa.
II. LA ZONA GRIS: GOLPEAR SIN DECLARAR LA GUERRA
Mientras los ejércitos combaten en Ucrania, Europa se enfrenta a otra clase de vulnerabilidad.
Los incidentes con drones en aeropuertos, los ataques informáticos, los paquetes incendiarios y los daños a infraestructuras submarinas han obligado a las autoridades europeas a reconsiderar sus protocolos de seguridad. Las investigaciones sobre varios episodios han identificado presuntas redes de sabotaje vinculadas a intereses rusos. En otros casos, la autoría o la intención siguen sin esclarecerse.
La importancia de esta estrategia reside en su economía. Un misil puede destruir un objetivo militar, pero una operación clandestina contra un sistema ferroviario, una instalación energética o una red de comunicaciones puede paralizar servicios, generar temor y obligar al adversario a dispersar sus recursos.
El sabotaje no necesita hundir una economía. Le basta con aumentar los costes de seguridad, retrasar inversiones, debilitar la confianza y multiplicar las crisis que un gobierno debe atender simultáneamente.
El peligro consiste en que las democracias respondan de forma fragmentaria. Cada aeropuerto investiga sus drones; cada empresa protege sus servidores; cada país vigila sus cables; cada policía busca a sus saboteadores. Entretanto, el adversario puede beneficiarse de las vulnerabilidades comunes.
La respuesta exige inteligencia compartida, protección de infraestructuras, defensa cibernética y una política de atribución rigurosa. Si cada incidente se considera aislado, se pierde la perspectiva estratégica. Si todos se atribuyen automáticamente al mismo enemigo, se pierde credibilidad. La inteligencia consiste en distinguir las conexiones reales de las coincidencias.
III. CHINA, IRÁN Y COREA DEL NORTE: EL PESO DE LAS ALIANZAS
El equilibrio mundial está cambiando porque las potencias que desafían el orden occidental no necesitan convertirse en una alianza formal para beneficiarse unas de otras.
Rusia obtiene suministros, mercados y cooperación tecnológica. Irán ha contribuido a la expansión de la guerra mediante drones y asistencia militar. Corea del Norte proporciona munición y personal militar. China ofrece a Moscú un mercado, bienes industriales y componentes que contribuyen a sostener su economía de guerra.
La relación no está libre de contradicciones. Pekín tiene intereses comerciales propios, evita asumir determinados costes de la guerra y procura conservar relaciones con otros mercados. Irán persigue sus objetivos regionales, mientras Corea del Norte utiliza su cooperación militar para obtener beneficios estratégicos y materiales.
Pero la convergencia es suficiente para complicar la respuesta occidental.
Si Estados Unidos concentra sus recursos en el Indo-Pacífico, Europa debe asumir una parte mayor de su propia defensa. Si Europa aumenta su gasto militar, reduce el margen presupuestario para otros compromisos. Si las sanciones pierden eficacia, mantener la presión resulta más costoso. Y si la población se cansa de la guerra, los gobiernos deben defender políticas de seguridad que compiten con necesidades sociales inmediatas.
La estrategia de desgaste no requiere que todos los adversarios compartan una ideología. Basta con que sus intereses coincidan en limitar la capacidad de actuación de Estados Unidos y sus aliados.
IV. LOS APAGONES, LA ENERGÍA Y EL PRECIO DE LA FRAGILIDAD
Una sociedad moderna depende de una infraestructura que la mayoría de sus ciudadanos apenas ve: redes eléctricas, centrales de generación, transformadores, cables submarinos, satélites, centros de datos, sistemas de pago y comunicaciones.
Cuando una red falla, el problema deja de ser técnico. Los hospitales necesitan electricidad; las empresas necesitan conectividad; los trenes dependen de sistemas de señalización; los hogares necesitan calefacción, agua y alimentos. Una interrupción prolongada puede desencadenar efectos en cadena.
Pero conviene distinguir. Los apagones registrados en diferentes países no constituyen, por sí solos, una campaña mundial de sabotaje. Las averías, los fenómenos meteorológicos, la falta de inversión, los errores operativos y los ataques deliberados deben investigarse por separado.
La lección estratégica es otra: cuanto más compleja e interdependiente es una economía, mayor puede ser el efecto de una interrupción localizada. La seguridad energética no consiste únicamente en disponer de recursos; también exige redundancia, mantenimiento, capacidad de recuperación y protección contra agresiones físicas y digitales.
Europa ha aprendido esta lección con el gas ruso. Ahora debe aplicarla a las redes eléctricas, los cables submarinos, los satélites y las infraestructuras informáticas.
V. LA CRISIS DE LAS DEMOCRACIAS
El segundo frente es político. Una democracia debilitada por la polarización puede perder capacidad de reacción incluso cuando dispone de recursos materiales suficientes.
Las campañas de desinformación aprovechan conflictos reales: inmigración, desigualdad, inseguridad, vivienda, empleo, identidad nacional y desconfianza hacia las élites. No necesitan inventar todos los problemas. Pueden amplificar los existentes, presentar cualquier error como una conspiración y convertir cada controversia en una prueba aparente de que las instituciones han perdido toda legitimidad.
La inteligencia artificial aumenta el alcance de estas operaciones. Permite fabricar imágenes, voces y vídeos falsos; traducir mensajes a numerosos idiomas; automatizar cuentas y adaptar contenidos a comunidades diferentes. También ofrece herramientas defensivas para identificar redes coordinadas y detectar falsificaciones.
La tecnología no determina por sí misma el resultado. Lo decisivo es quién la utiliza, con qué recursos y bajo qué controles.
En Brasil, las controversias electorales y las acusaciones de irregularidades han alimentado la desconfianza. La existencia de mesas donde un candidato obtiene cero votos no demuestra automáticamente fraude ni es estadísticamente imposible: puede responder a patrones geográficos de apoyo. Para acreditar una manipulación se necesitan pruebas sobre las actas, los registros, la participación y la trazabilidad del escrutinio.
La misma exigencia debe aplicarse a todos los países, incluidos Colombia y Nicaragua. Las denuncias sobre concentración de poder, cambios institucionales o irregularidades electorales merecen investigación documental, no convertirse en conclusiones automáticas basadas en la identidad política de sus protagonistas.
El autoritarismo puede adoptar distintos lenguajes ideológicos. Por eso, la defensa de la democracia debe centrarse en reglas verificables: elecciones auditables, separación de poderes, libertad de prensa, independencia judicial y límites efectivos al poder ejecutivo.
La pregunta no es si una corriente política posee una conspiración universal. La pregunta es si las instituciones permiten que cualquier corriente, cuando alcanza el poder, pueda destruir los contrapesos que garantizan su alternancia.
VI. EL PODER DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL DEBATE SOBRE EL ANTICRISTO
En Silicon Valley, el debate ya no se limita a la rentabilidad de los modelos de inteligencia artificial. También afecta a la concentración de poder, la vigilancia, la libertad individual y el futuro de la sociedad.
Peter Thiel ha desarrollado una serie de conferencias sobre el Anticristo, interpretándolo como una figura asociada al poder centralizado, al gobierno mundial y a la supresión de las posibilidades de progreso tecnológico. En sus intervenciones más recientes ha criticado a quienes, como Barack Obama y el papa León XIV, reclaman límites éticos para la inteligencia artificial.
Su interpretación es una tesis filosófica y teológica controvertida, no una demostración de que exista un proyecto mundial dirigido por un poder único. Sin embargo, plantea una cuestión que merece discusión: ¿puede una tecnología capaz de concentrar información, automatizar decisiones y transformar el trabajo convertirse en un instrumento de control social?
La pregunta afecta tanto a las grandes empresas como a los gobiernos. Una sociedad puede beneficiarse enormemente de la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, quedar expuesta a la vigilancia masiva, la manipulación informativa y la concentración económica.
La contradicción es evidente: la tecnología que puede ampliar la capacidad humana también puede reducir la autonomía de quienes dependen de ella. El problema no es la inteligencia artificial en abstracto, sino el poder que se acumula alrededor de sus datos, sus infraestructuras y sus decisiones.
VII. EL DESAFÍO DE OCCIDENTE
Los grandes inversores tecnológicos, las empresas de defensa y los gobiernos se encuentran ante una transformación que combina oportunidades extraordinarias y riesgos históricos. La inteligencia artificial acelera la innovación, pero también puede abaratar la propaganda, multiplicar los ataques informáticos y aumentar la capacidad de vigilancia.
No hace falta aceptar una interpretación apocalíptica para comprender la gravedad del momento. Tampoco es necesario convertir toda la política mundial en una lucha entre un bloque del bien y otro del mal.
Occidente necesita defender su capacidad militar, sus infraestructuras, su soberanía energética y sus instituciones democráticas. También necesita recuperar la confianza de los ciudadanos mediante crecimiento, vivienda accesible, seguridad y oportunidades reales. Una sociedad que no puede ofrecer a sus jóvenes un horizonte de prosperidad tendrá más dificultades para sostener sacrificios prolongados.
La libertad no se defiende únicamente con misiles ni con discursos. Se defiende construyendo instituciones fiables, economías productivas y comunidades capaces de resistir la manipulación.
Estamos ante un momento histórico porque confluyen varias transformaciones: el regreso de la guerra entre Estados, la presión nuclear, la competencia entre grandes potencias, la vulnerabilidad de las infraestructuras y la aparición de una tecnología capaz de modificar la información, el trabajo y el poder.
No sabemos si todas estas crisis forman parte de un mismo plan. No hay pruebas suficientes para afirmarlo. Sí sabemos que algunos actores aprovechan las debilidades de sus adversarios y que la combinación de amenazas puede producir efectos que ninguno de esos acontecimientos provocaría por separado.
La verdadera advertencia es esta: una civilización puede perder su capacidad de defenderse mucho antes de que sus enemigos crucen sus fronteras. Puede perderla cuando deja de reconocer las amenazas, cuando confunde sospechas con pruebas y cuando sus ciudadanos ya no confían en las instituciones que deberían protegerlos.
La historia no está escrita de antemano. La pregunta es si Occidente será capaz de comprender la naturaleza de esta confrontación sin caer ni en la complacencia ni en la paranoia. Porque entre ambas se encuentra la única defensa sostenible: la verdad, la preparación y la voluntad de preservar la libertad.
VII. LA MOCHILA, EL BÚNKER Y LA FORTALEZA
Y aquí está la imagen que resume nuestra hora — y que debería despabilarnos de una vez, porque se dibujó entera en un solo fin de semana de octubre.
Por un lado, al ciudadano. A los 450 millones de europeos, Bruselas les pide desde 2025 una mochila de supervivencia de 72 horas —agua, comida, medicinas, efectivo, radio—; Alemania recomienda diez días; Suecia repartió el manual “Si viene la crisis o la guerra”; y este mismo octubre el Reino Unido lanzó su campaña “Be Ready”, pidiendo a las familias prepararse para tres días sin servicios esenciales.
Por otro lado, al Estado mayor. El 30 de septiembre, el secretario de Defensa de EE.UU. Pete Hegseth presentó la iniciativa FORTRESS — “Fortaleza América”—: cada una de las cerca de 500 bases militares del país deberá poder operar 90 días de forma totalmente autónoma, sin red eléctrica, sin cadenas de suministro, sin apoyo exterior. Con reactores nucleares portátiles, microrredes propias, reservas estratégicas de munición, combustible y medicinas, y fábricas civiles listas para reconvertirse a producción de guerra. ¿El motivo declarado por el propio Pentágono? “El próximo conflicto se librará en múltiples frentes. Cuando eso ocurra, las cadenas globales de suministro se romperán.”
Y por encima de todos, los que tienen con qué. Mientras al pueblo se le reparte una lista de la compra para tres días, los magnates tecnológicos y financieros llevan años cavando búnkeres en Nueva Zelanda y bajo las islas del Pacífico, blindándose para un “día después” que consideran lo bastante probable como para gastar fortunas en él.
Pongámoslo en una sola línea, porque dicho junto es elocuente: el ciudadano recibe una mochila para 72 horas; el ejército se prepara para resistir 90 días a oscuras; y las élites cavan refugios para años. Tres horizontes de preparación, tres escalas de miedo — y una sola pregunta que nadie en voz alta responde: ¿qué es, exactamente, lo que todos ellos ven venir?
Seamos justos: ni Washington ni Londres han dicho que la guerra sea inminente, y preparar bases o repartir folletos es prudencia, no profecía. Pero la prudencia también habla. Un Estado no ordena a 500 bases alimentarse solas durante tres meses por una tormenta de verano. Lo hace porque ha calculado, en frío, que las redes de las que todo depende —la luz, el agua, los chips, los satélites— pueden caer. Y si el Pentágono lo da por bastante posible como para construir fortalezas autónomas, el ciudadano que recibe su mochila de tres días tiene derecho a preguntarse si no le estarán pidiendo que resista, con una linterna y unas latas, aquello para lo que el ejército se blinda con reactores nucleares.
No es para sembrar pánico. Es para despabilar. Cuando el vigía reparte mochilas con una mano mientras con la otra sella la puerta de su fortaleza, el pueblo haría bien en dejar de preguntarse si hay peligro — y empezar a prepararse, con serenidad y sin histeria, como quien por fin ha entendido que la paz prestada se acabó
Fuentes de actualidad para sostener el editorial
- Reuters: las advertencias nucleares de Putin, 1 de octubre de 2026. Investing.com
- The Washington Post: amenazas nucleares y ataques híbridos rusos en Europa, 6 de octubre de 2026. The Washington Post
- Fortune: las conferencias de Peter Thiel sobre el Anticristo y la inteligencia artificial, 15 de octubre de 2026. Fortune
- Transcripción de Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU, 22 de septiembre de 2026. September 22, 2026
