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EL ÁRBOL Y SU RAÍZ: LEÓN XIII, RATZINGER Y LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN



León XIII murió en 1903, medio siglo antes de que naciera la Teología de la Liberación. No pudo condenarla por su nombre. Pero hizo algo más hondo: condenó **la raíz** de la que ese árbol brotaría. Y cuando el árbol creció, fue otro gran doctor —el cardenal Ratzinger— quien, con la doctrina de León en la mano, lo podó. Entre los dos, a un siglo de distancia, dicen lo mismo. Lo que León XIII envenenó en su raíz

En *Quod Apostolici Muneris* (1878), León XIII ya había desarmado el principio que sería el corazón de la Teología de la Liberación: la **lucha de clases** como motor de la historia. Donde los socialistas veían a ricos y pobres como enemigos irreconciliables, él respondió que la Iglesia *»reconoce la desigualdad entre los hombres naturalmente desemejantes»* y manda que cada uno conserve **»intacto e inviolado, el derecho de propiedad»**. Y puso el dedo en la llaga teológica: estas doctrinas pretenden **»sentar en la sociedad, sin tener en cuenta a Dios, el dominio del hombre»** — es decir, cambian la salvación del alma por la revolución terrenal. La semilla envenenada ya estaba identificada: reducir el Evangelio a una lucha material entre clases, con Dios de adorno.
Lo que Ratzinger cortó en su fruto

Ochenta años después, cuando algunos teólogos latinoamericanos quisieron casar el Evangelio con el análisis marxista, fue Ratzinger quien, en la Instrucción *Libertatis Nuntius* (1984) —firmada por él y ratificada por Juan Pablo II—, nombró el error con una precisión quirúrgica. Su diagnóstico es demoledor y conviene oírlo textual:

La Teología de la Liberación, dijo, toma **»préstamos no criticados de la ideología marxista»**, y con ello produce **»un amalgama ruinosa entre el pobre de la Escritura y el proletariado de Marx»**. ¿El resultado? **»El sentido cristiano del pobre se pervierte, y el combate por los derechos de los pobres se transforma en combate de clase en la perspectiva ideológica de la lucha de clases.»** El pobre del Evangelio —a quien hay que amar y servir— se convierte en el proletario de Marx —a quien hay que armar para la revolución.

Y señaló la consecuencia más grave, la que toca el alma misma de la fe: en la óptica de la lucha de clases, **»el carácter trascendente de la distinción entre el bien y el mal se encuentra implícitamente negado»**. Es decir: ya no hay bien ni mal universales —solo hay *mi clase* y *la clase enemiga*—. Lo que hace mi bando es justo; lo que hace el otro, criminal. La moral se disuelve en la trinchera. Es exactamente lo que León XIII había profetizado: quitado Dios como medida, **»falta todo fundamento a la ciencia de lo justo y de lo injusto.»**

## El mismo veneno con tres nombres

Lo que León XIII llamó **naturalismo** —construir el mundo «como si Dios no existiera»—, Ratzinger lo encontró, un siglo después, en el corazón de la Teología de la Liberación: **»reduce la fe a un humanismo terrestre.»** La salvación eterna sustituida por la liberación política. El cielo canjeado por la revolución. Dios reducido a una bandera de la causa.

Y ambos vieron el mismo peligro final: una **»Iglesia de clase»**, decía Ratzinger —una Iglesia partida en dos, donde los pobres «concientizados» deben liberar incluso a la jerarquía, acusada de pertenecer a «la clase de los opresores»—. Es la lucha de clases metida dentro del templo, el marxismo vestido de Evangelio, la hoz y el martillo bajo el crucifijo. Exactamente la disolución que León XIII combatió: la fe que deja de mirar al cielo para mirar solo la tierra, y que al perder a Dios pierde también al pobre real —el de carne, el que necesita caridad y no agitación—.

## Lo que queda en pie

Que nadie se engañe sobre lo que aquí se condena. Ni León XIII ni Ratzinger condenaron el amor al pobre —al contrario, lo mandaron—. Ratzinger fue explícito: la Teología de la Liberación tenía **»el mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre la defensa de los pobres»**. Lo que se condena no es servir al pobre: es **traicionarlo** —convertir su causa santa en instrumento de una ideología atea que ni siquiera cree en su alma—. El pobre del Evangelio es un hermano a quien amar hasta la cruz; el proletario de Marx es munición para una revolución que, allí donde triunfó, produjo más pobres y menos libertad.

Por eso la verdadera liberación —lo dijo Ratzinger en la misma Instrucción— es *»ante todo liberación de la esclavitud radical del pecado»*. Lo demás, sin eso, es solo cambiar de amo. León XIII lo sabía en 1878; Ratzinger lo repitió en 1984; y la historia del siglo XX, sembrada de paraísos obreros convertidos en cárceles, lo confirmó con sangre. El árbol se conoce por sus frutos. Y este, cortado de su raíz cristiana e injertado en Marx, no dio libertad: dio servidumbre con incienso.

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De #bottegadivina

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