La partida más grande jamás jugada
«¿No es el hombre poca cosa? Sin embargo, lo coronaste de gloria y honor, y lo pusiste sobre las obras de tus manos.» — Salmo 8
Han pasado diez años desde que una máquina jugó el «movimiento 37» y humilló al mejor maestro de Go del mundo, el juego de estrategia más sofisticado que el ajedrez. Aquella máquina cabía en una sala. Las de hoy consumen, cada una, más electricidad que una ciudad como Shanghai.
Los números marean. Stargate apunta a diez gigavatios —el consumo pico de Nueva York—. Un solo centro en Indiana, levantado sobre lo que hace dos años eran campos de maíz, devorará 2,2 gigavatios para entrenar un único modelo. Cinco titanes de más de un gigavatio —la potencia de una central nuclear cada uno— encienden sus procesadores este año. Hacia 2030 consumirán tanta electricidad como Japón entero. Sobre la mesa, más de cinco billones de dólares.
Y el hombre, ante esa torre que crece hasta el cielo, vuelve a hacerse la vieja pregunta: ¿nos queda alguna jugada?
La Escritura ya contó esta historia. «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo» (Génesis 11). Los hombres de Babel no eran necios. La tradición apócrifa y las antiguas leyendas cuentan que Nimrod —identificado más tarde con el propio Baal— poseía la ciencia oculta de los arquitectos y que de esa misma estirpe nacieron las pirámides y los grandes monumentos del paganismo. Eran brillantes, unidos y poderosos.
Hoy los ladrillos son de silicio y el betún es electricidad, pero la tentación es idéntica: creer que basta acumular poder suficiente para que el hombre se haga dios de sí mismo. A eso lo llaman «singularidad» — el día en que la máquina, alimentada por la energía del planeta entero, superaría al hombre en todo y se mejoraría sola, sin necesitarnos.
Pero conviene mirar de cerca esa torre. En 2026, sus constructores chocaron contra un muro que no esperaban: no la inteligencia, sino la energía. Para dar un paso más, la máquina necesita quemar la electricidad de todo el mundo. Tropieza con las redes, con el agua, con pueblos que le cierran la puerta —más de setenta y cinco megaproyectos fueron bloqueados por sus propias comunidades en tres meses—. No es un dios que despierta. Es un gigante hambriento y torpe, que debe devorar el mundo para balbucear una palabra más.
Y sigue mudo ante todo lo que importa. «Tienen boca, y no hablan; ojos, y no ven» (Salmo 115). La misma máquina que resuelve teoremas imposibles no sabe por qué se vive, ni qué es una lágrima, ni por qué un hombre perdona a quien lo hirió. Puede consumir la energía de Japón, como Cronos devorar a sus hijos y no comprender un solo gesto de amor. Porque al alma no se entra con gigavatios. Se entra de rodillas.
Recordemos cómo terminó aquella partida de 2016. La máquina ganaba tres a cero. Y entonces Lee Sedol, exhausto, derrotado, jugó el «movimiento 78»: una jugada tan bella e imprevisible que la máquina no supo responderla. Se desmoronó. El hombre ganó.
Los comentaristas —gente de datos y algoritmos— la llamaron, sin poder evitarlo, «el toque de Dios». Su probabilidad era una entre diez mil, la misma que la jugada perfecta de la máquina. Pero note dónde apareció: no en el poder, sino en la debilidad. No cuando el hombre dominaba, sino cuando ya estaba vencido.
Así trabaja Dios. «Lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte» (1 Corintios 1,27). «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular» (Salmo 118). La torre de Babel, con todo su poder, terminó confundida y dispersa. Pero un pastorcito con una honda derribó al gigante que ningún ejército se atrevía a enfrentar. Esa es la lógica del Reino: la jugada 78 no está en el tablero de la fuerza. Viene de más arriba, y llega cuando todo parecía perdido.
Y aquí la advertencia se vuelve súplica. El peligro nunca fue que la máquina despertara. Es que el hombre se durmiera junto a ella.
La máquina se cultiva sola, sin descanso, cada noche mientras dormimos. El alma, no. El alma se cultiva a mano y despacio —«velad y orad» (Mateo 26,41)—: rezando, contemplando, amando, callando, asombrándose ante el cielo. Si dejamos que la máquina se afile mientras nosotros nos embrutecemos, mientras abandonamos el pensamiento, la oración y el silencio, la distancia no la abrirá su inteligencia. La abrirá nuestra pereza. «Un poco de sueño, un poco de dormitar… y llegará tu pobreza como un vagabundo» (Proverbios 24).
El hombre no fue coronado de gloria por calcular rápido —en eso lo vence hasta una calculadora desde hace siglos, y aquí seguimos—. Fue coronado porque lleva dentro el aliento de Dios, esa imagen que ninguna máquina posee ni poseerá, por más ríos que seque y más centrales que encienda.
Diez años después, la torre es más alta y consume la energía de naciones. Pero la jugada que decide el juego sigue siendo la misma, y sigue siendo nuestra: esa piedra imposible que ningún poder de la tierra podrá anticipar.
A la máquina le tocará pulir sus movimientos 37, a costa de los ríos y el agua del tibet secando toda Asia como en el proyecto chino que dejaría sin agua a media humanidad, para la construcción de centrales eléctricas imposibles. A nosotros nos toca lo que siempre nos tocó, y ninguna potencia del mundo podrá arrebatarnos: velar, cultivar el espíritu, y encontrar —cuando todo parezca perdido— nuestro toque de Dios.
«No temáis, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el Reino.» — Lucas 12,32
