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Historia

Los mercenarios ingleses que «libertaron» América… y el precio que pagó la Iglesia


«Toda América no vale la flota británica.»
— Simón Bolívar, 10 de julio de 1825.
La historia oficial presenta la independencia hispanoamericana como una epopeya protagonizada exclusivamente por los pueblos de América contra España.

Sin embargo, detrás de ese relato existe un actor extranjero cuya participación fue decisiva y que rara vez ocupa el lugar que merece: Gran Bretaña.
Cuando terminaron las guerras napoleónicas en 1815, el Reino Unido poseía el ejército más experimentado del mundo. Cerca de medio millón de soldados quedaron sin empleo. Miles de ellos encontraron una nueva oportunidad al otro lado del Atlántico.
Más de siete mil veteranos británicos e irlandeses cruzaron el océano para incorporarse a los ejércitos de Simón Bolívar, José de San Martín y otros líderes independentistas. Formaron la célebre Legión Británica, protagonista de las batallas más decisivas de la emancipación: Boyacá, Carabobo y Pichincha.

Combatían por sueldo, rapiña o la promesa de tierras. Eran soldados profesionales; la guerra era su oficio.
Mientras tanto, el gobierno británico mantenía oficialmente una política de neutralidad. Mientras mantenía las  Sin embargo, permitió el reclutamiento de estos voluntarios porque comprendía perfectamente que la fragmentación del Imperio español abriría enormes oportunidades para el comercio y la influencia británica.
Bolívar nunca ocultó la importancia de esa alianza.
En 1825 escribía a Santander:
«Toda América no vale la flota británica.»
Un año después insistía ante Sucre:
«Una alianza con Inglaterra significaría más para nosotros, políticamente, que la batalla de Ayacucho.»
No eran frases retóricas. Reflejaban una realidad geopolítica: las nuevas repúblicas necesitaban financiación, reconocimiento internacional y apoyo naval. Londres ofrecía las tres cosas.
Pero esa ayuda tuvo un precio.
Las jóvenes naciones comenzaron a endeudarse con bancos londinenses, mientras el comercio británico inundaba los mercados americanos. La independencia política coincidió con una creciente dependencia financiera y económica respecto de Inglaterra.
Al mismo tiempo, las guerras de independencia distaron mucho de ser un enfrentamiento simple entre españoles y americanos. Fueron también guerras civiles. En los ejércitos realistas combatieron miles de indígenas, mestizos, criollos y campesinos que permanecieron fieles al rey y a la Monarquía Católica.

En lugares como Pasto, la resistencia fue tan intensa que terminó en episodios trágicos como la Navidad Negra de 1822, cuando la ciudad sufrió una violenta represión tras su ocupación por las fuerzas republicanas.
Venezuela: el arzobispo que no encajaba en ningún bando
Concluidas las guerras, comenzó otra transformación menos conocida.
En Venezuela, el caso fue particularmente complejo. El arzobispo Ramón Ignacio Méndez, firmante del Acta de Independencia y cercano al proyecto bolivariano, permitió que la Iglesia caraqueña no quedara completamente identificada con el realismo. Su figura fue excepcional en una época en la que muchos prelados eran considerados sospechosos por las nuevas autoridades, precisamente por su vínculo con la Corona, razón por la cual la mayoría de obispos católicos tuvieron que regresar a Roma. Méndez fue, un firme aliado político de Bolívar, quien lo recomendó personalmente ante el Papa León XII para su nombramiento como arzobispo de Caracas en 1827; Méndez defendió con firmeza el proyecto integrador de la Gran Colombia y se opuso a la separación de Venezuela liderada por José Antonio Páez. Paradójicamente, años después también terminaría enfrentándose al poder político cuando este pretendió someter la autoridad eclesiástica al nuevo orden constitucional, siendo desterrado en dos ocasiones durante ese mismo gobierno.
Sobre su figura circula también, en círculos de historiografía masónica venezolana, la atribución de un grado 3º dentro de esa orden. Se trata de una tradición sustentada por los libertarios: la fuente revela que tendría el grado 3 o/y 3 y reconoce no disponer de mayores datos documentales sobre sus actividades masónicas. Se menciona como una atribución en circulación, enarbolada por los padres de las Repúblicas, no como un hecho establecido.
Colombia: dos hermanos, dos destinos
En Colombia, Tomás Cipriano de Mosquera confiscó los bienes de la Iglesia y expulsó las comunidades religiosas. Paradójicamente, su propio hermano, el arzobispo Manuel José Mosquera, fue desterrado por defender la autonomía eclesiástica frente al poder civil.
Recibido en Roma con extraordinario reconocimiento por Pío IX, quien condenó el Libelarismo, y veía en él uno de los grandes defensores de la Iglesia americana, se contemplaba la posibilidad de elevarlo al cardenalato. Sin embargo, el 10 de diciembre de 1853 falleció inesperadamente en Marsella, con apenas cincuenta y tres años. La ausencia de pruebas concluyentes no ha permitido que su muerte haya alimentado durante más de un siglo la sospecha —nunca demostrada históricamente— de una posible conspiración destinada a impedir que uno de los principales opositores al liberalismo americano alcanzara la púrpura cardenalicia. Liderada por su propio hermano, «el mascachochas» que era famoso por su impiedad.

México: la Reforma y la guerra civil más sangrienta del continente
Si en Colombia el enfrentamiento de liberales comtra la Iglesia tuvo un carácter progresivo, en México se convirtió en una guerra civil abierta. Entre 1855 y 1861, los gobiernos liberales impulsaron la llamada Reforma: la Ley Juárez suprimió los fueros eclesiásticos, la Ley Lerdo obligó a la Iglesia a vender sus propiedades rurales y urbanas, y la Constitución de 1857 consagró la separación entre Iglesia y Estado. El episcopado mexicano, con el respaldo de buena parte del clero, se opuso frontalmente, lo que desembocó en la Guerra de Reforma (1858-1861), un conflicto armado entre conservadores —muchos de ellos defensores del orden católico tradicional— y liberales encabezados por Benito Juárez.
La derrota conservadora no cerró el conflicto: una facción buscó apoyo europeo, lo que desembocó en la intervención francesa y el breve Segundo Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867), un episodio que entrelazó de nuevo intereses europeos, ambiciones dinásticas y la cuestión religiosa mexicana, antes de terminar con el fusilamiento de Maximiliano y el triunfo definitivo del liberalismo juarista. Un consejo de guerra lo condenó a la pena de muerte por delitos contra la nación, rechazando los indultos internacionales
Ecuador: García Moreno y la «República del Sagrado Corazón»
Ecuador ofrece el contraejemplo más notable de esta época: durante buena parte del siglo XIX el país fue gobernado por Gabriel García Moreno, quien construyó un Estado explícitamente confesional, consagró la nación al Sagrado Corazón de Jesús y firmó un concordato que otorgaba a la Iglesia un papel central en la educación y la vida pública. Asesinado a tiros y machetazos por miembros de la secta, a uno de ellos se le halló en el bolsillo un cheque firmado por el líder sectario del grado 33. Su asesinato en 1875 fue seguido, décadas después, por la Revolución Liberal de 1895 liderada por Eloy Alfaro, que revirtió buena parte de ese ordenamiento: se estableció el matrimonio civil, se expropiaron bienes eclesiásticos y se secularizó la educación, en un patrón que se repetiría, con variaciones, en Perú, Argentina y otras repúblicas del continente a lo largo del siglo.
Una tensión con eco en Roma
La tensión entre Iglesia y liberalismo no era un fenómeno exclusivamente americano. En Europa, Pío IX observaba con creciente preocupación el avance de gobiernos que confiscaban bienes eclesiásticos, expulsaban órdenes religiosas y subordinaban la Iglesia al Estado. Esa preocupación culminaría décadas después en la encíclica Quanta Cura (1864) y en el Syllabus Errorum, donde condenó los principios del liberalismo radical, el laicismo y la separación absoluta entre Iglesia y Estado.

Mientras tanto, en el norte del continente, los Estados Unidos iniciaban su propia expansión territorial hacia los antiguos dominios de la Nueva España, incorporando inmensos territorios tras la guerra con México (1846-1848). El mapa político de América cambiaba por completo, y con él, el equilibrio entre las potencias que se disputaban su influencia. Convirtiendo el bastión pirata protestante de nueva Ámsterdam en la actual USA.
El cambio de centro de gravedad
Las independencias no terminaron con la influencia europea sobre el continente; la reconfiguraron. España perdió el control político, pero Gran Bretaña ganó una influencia financiera y comercial extraordinaria a través de los empréstitos londinenses, el dominio del comercio exterior y su papel como árbitro naval de la región. Décadas más tarde, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, Estados Unidos emergería como la nueva potencia continental, primero mediante la expansión territorial y después mediante su propia influencia financiera y política sobre buena parte de Hispanoamérica. Impulsando la cristianización de los paganos, es decir la expansión del protestantismo en la América católica, con lo que sellaron su triunfo definitivo con el pentecostalismo que se infiltró en la iglesia.
Vista así, la pregunta histórica central no es tanto si Hispanoamérica dejó de depender de una potencia externa, sino de cuál pasó a depender en cada momento, y bajo qué condiciones: la británica en el siglo XIX, o la estadounidense a partir de él. Esta lectura permite integrar, varios hilos que suelen tratarse por separado: la Legión Británica y su papel militar, los empréstitos con Londres, que aún están pagando las otras potencias americanas reducidas a Repúblicas banameras, las guerras civiles entre americanos, la reducción del poder político y económico de la Iglesia en distintos países, la expansión territorial estadounidense, y la condena del liberalismo por parte de Pío IX. Todos ellos son piezas documentadas de un mismo proceso de reconfiguración geopolítica y religiosa, más que episodios aislados o casuales.
Una pregunta abierta
¿Fue la independencia únicamente una emancipación nacional? ¿O también marcó el comienzo de una nueva dependencia económica y de una profunda transformación del orden religioso y cultural heredado de la Monarquía Católica?
La respuesta está en los 200 años de guerras intestinas, las guerrillas en varios países y la caída de Cuba la primera potencia americana en las manos del comunismo que la arruinó.

Y exige mirar más allá de los héroes y de los mitos. La independencia política abrió el camino a una profunda reconfiguración geopolítica y religiosa de Hispanoamérica: el predominio comercial y financiero británico sustituyó al monopolio español, mientras gran parte de las nuevas élites liberales impulsó, con distinta intensidad según el país, la reducción del poder político y económico de la Iglesia católica. Detrás de las banderas, los discursos y las batallas hubo intereses internacionales, préstamos, mercenarios, conflictos civiles y una larga confrontación entre el liberalismo del siglo XIX y una Iglesia que durante tres siglos había sido uno de los pilares de la América hispánica —una confrontación cuyas dos caras, la de los reformadores y la de sus opositores, siguen siendo objeto de debate historiográfico hasta hoy.

Con una iglesia reconfigurada desde Méndez que derivaría en Medellín en la teología de la liberación, que llevó a Chávez a inaugurar el socialismo del siglo XXI..

Lo que empezó con los mercenarios ingleses y los empréstitos de Londres tuvo su correlato dentro de la Iglesia, y ese hilo tampoco se ha roto.

La misma élite liberal que sustituyó el monopolio español por la deuda británica necesitaba desmontar el otro pilar de tres siglos: la Iglesia católica. Ya lo había ensayado la Corona en 1767, al **expulsar a los jesuitas** de toda América —sus colegios, sus misiones, sus haciendas confiscadas—. El liberalismo republicano solo perfeccionó el método. En Colombia, **Tomás Cipriano de Mosquera —»el mascachochas», célebre por su impiedad— confiscó los bienes eclesiásticos y expulsó las comunidades religiosas**, mientras su propio hermano, el arzobispo Manuel José Mosquera, moría desterrado en Marsella por defender la libertad de la Iglesia. Dos hermanos, dos destinos: la fractura de la nación entera en una sola familia.

De aquella Iglesia arrinconada —forzada primero a la resistencia, seducida después por la política— salió, un siglo más tarde, una tentación nueva y más honda: ya no defender la fe **contra** el poder revolucionario, sino **poner la fe al servicio** de ese poder. El aire de familia va del prelado que firma actas de independencia al modernismo condenado por Pío X, y de allí a **Medellín (1968)**, donde la palabra «liberación» entró en el vocabulario católico latinoamericano. De Medellín nació la **Teología de la Liberación**, que Roma tuvo que corregir por su matriz marxista.

Y entonces la teología saltó del papel al monte. **Camilo Torres**, sacerdote, murió con un fusil en su primer combate en 1966 y quedó consagrado como el mártir fundacional del ELN. Tras él, los **tres curas aragoneses** —Manuel Pérez, Domingo Laín, José Antonio Jiménez— colgaron los hábitos para empuñar el arma; el «cura Pérez» llegó a **comandante máximo del ELN**, fue **excomulgado** tras el asesinato del obispo de Arauca, y convirtió a esa guerrilla en una máquina de ejecuciones. Junto a ellos, seminaristas anónimos que dejaron los claustros —del Huila y de tantas partes— para engrosar, con orgullo revolucionario, las filas de los distintos grupos armados del continente.

El mismo impulso vistió de sotana a la revolución en Nicaragua —Ernesto Cardenal, ministro sandinista, reprendido de rodillas por Juan Pablo II— y dio barniz cristiano al chavismo, con su «Cristo, primer socialista». Hoy el círculo se cierra con signos elocuentes: **Óscar Romero canonizado, Cardenal rehabilitado**, y el propio ELN anunciando en 2026 que halló los restos de Camilo Torres para reivindicarlo, sesenta años después, como su santo con fusil.

De la flota británica a los empréstitos de Londres; de los bienes eclesiásticos confiscados a los seminaristas convertidos en guerrilleros — es la misma historia contada dos veces, en clave económica y en clave religiosa. Hispanoamérica no dejó de depender: cambió de amo. Y su Iglesia, despojada primero y politizada después, tardó siglo y medio en descubrir que la revolución que algunos de sus hijos abrazaron como redención terminó, como siempre, **devorando a los pobres en cuyo nombre decía combatir.**

Detrás de las banderas, los discursos y las batallas, hubo intereses, préstamos, mercenarios — y una larga tentación: la de cambiar el Reino que no es de este mundo por un reino que sí lo es. El precio de esa confusión aún se paga.

Hay una manera de leer el siglo XIX que no necesita conspiraciones para ser inquietante: basta seguir una idea. Porque cuando una misma corriente de pensamiento se apodera de un continente, no hace falta que sus agentes se coordinen. Basta que compartan el mismo espíritu — y ese espíritu, nacido de la Reforma y consagrado en Westfalia, tuvo un nombre viejo: el naturalismo. El hombre como medida de todo. El Estado por encima de la Iglesia. La verdad como decisión del poder, no como Revelación recibida.

Esa idea avanzó sobre el mundo católico en dos frentes simultáneos, como una pinza. Y aunque nadie firmó un plan común, ambos brazos apretaron a la vez.

La pinza americana

En 1786, Thomas Jefferson escribió una frase que suele omitirse en los manuales. Sobre los dominios españoles en América dijo que estaban «en las mejores manos» por ahora — hasta que la población estadounidense «avance lo suficiente para arrebatárselos pedazo a pedazo.» No era un plan operativo con fechas; era algo más revelador: una doctrina de sustitución declarada por escrito. Estados Unidos no fabricó las independencias hispanoamericanas —las hicieron criollos católicos como Bolívar, por sus propias razones—, pero supo exactamente qué hacer con la fragmentación que dejaron.

La Doctrina Monroe (1823) convirtió el continente entero en zona de influencia. La guerra contra México (1846) le arrancó la mitad de su territorio — tierras de misiones católicas que pasaron a manos protestantes. Y donde no llegó el ejército, llegó la deuda: los empréstitos de Londres primero, los capitales de Nueva York después, sustituyeron el viejo monopolio español por una dependencia nueva, sin necesidad de virreyes.

El brazo religioso de esa pinza se hizo explícito en un lugar y una fecha concretos. Cuando la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo (1910) trazó el mapa de la evangelización protestante, dejó fuera a América Latina — por considerarla ya cristiana. Los evangélicos estadounidenses discreparon, y en el Congreso de Panamá (1916) proclamaron lo contrario: que el catolicismo latinoamericano no era verdadero cristianismo sino paganismo, y que el continente necesitaba una «primera evangelización.» Con esa premisa —convertir a los ya bautizados— se volcaron recursos humanos y económicos sobre la América católica. La reconquista espiritual del continente había sido declarada.

La pinza romana

Mientras esto ocurría en América, el otro brazo apretaba en Europa — y contra el corazón mismo de la Iglesia.

El nacionalismo liberal italiano, de inspiración masónica, avanzaba sobre Roma. Garibaldi y Cavour desmantelaron pieza por pieza los Estados Pontificios hasta que, en 1870, las tropas del reino de Italia entraron en la Ciudad Eterna. El Papa perdió su soberanía territorial de mil años y quedó reducido a «prisionero del Vaticano.»

La simultaneidad no fue casual, pero tampoco orquestada: fue lógica. La misma idea que en México despojaba a la Iglesia con las Leyes de Reforma, y en Colombia con las confiscaciones de Mosquera —»el mascachochas», que expulsó comunidades y desterró a su propio hermano arzobispo—, era la que en Italia despojaba al Papa de Roma. No necesitaban comunicarse. Bebían de la misma fuente.

  • Cuando la agresión se hizo interna

El siglo XIX arrinconó a la Iglesia por fuera: le quitó tierras, escuelas, rentas y soberanía. Pero la estrategia tenía un límite — y al llegar a él, mutó.

En 1907, la encíclica Pascendi de San Pío X lanzó una alerta distinta de todas las anteriores. El enemigo ya no estaba solo fuera, en los parlamentos liberales o en las logias. Estaba, dijo el Papa, «en las mismas entrañas» de la Iglesia: el modernismo, que no atacaba desde el asedio, sino desde la teología. La misma idea que había despojado por fuera empezaba a disolver por dentro.

Décadas más tarde, esa penetración encontró su forma latinoamericana. La matriz marxista entró en sectores eclesiales a través de una teología que convirtió la resistencia espiritual en militancia política — y, en sus extremos, en lucha armada. Y en 1968, contemplando la crisis que estallaba dentro de la Iglesia tras el Concilio, Pablo VI pronunció la frase que lo resume todo: sintió que, «por alguna fisura, el humo de Satanás había entrado en el templo de Dios», y habló de una «autodemolición.» No denunciaba un complot externo: reconocía, con dolor, que la amenaza final ya no venía de afuera. Venía de dentro.

  • El hilo, no la mano

No hubo una sala de mando donde Jefferson, Cavour, Juárez y Mosquera recibieran instrucciones de un mismo centro. Buscar esa sala es perder el tiempo — y regalarle al adversario la excusa para descartarlo todo.

Lo que hubo fue algo más profundo y más difícil de combatir: un hilo ideológico que nació en alguna taberna de londres y que atravesó dos continentes y un siglo entero. La convicción de que la fe católica era el gran obstáculo para el mundo moderno, y que debía ser despojada de su poder temporal, sustituida en su influencia cultural, y finalmente diluida en su doctrina.

Empezó rompiendo la unidad de la fe en 1517 y la unidad de la verdad en 1648. Terminó despojando a la Iglesia de sus bienes en América, de su soberanía en Roma, y de su claridad doctrinal desde dentro. Tres golpes, un mismo espíritu.

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De #bottegadivina

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